Acorazado Potemkin: “Trabajamos para que cada canción sea un fin en sí mismo”

Juan Pablo Fernández y Federico Ghazarossian analizan Labios del Río, último disco del trío, en el que consolidan su poderoso rock de tintes tangueros y además se animan a experimentar.

Por Pablo Díaz Marenghi y Matías Roveta
Fotos de Florencia Alborcen
Videos de Florencia AlborcenAlejandro Míguez 

Acorazado Potemkin (Juan Pablo Fernández en voz y guitarra, Federico Ghazarossian en bajo y Luciano Esaín en batería) es un power trío de fuerza vital en el rock argentino. En 2011 editaron Mugre, uno de los mejores lanzamientos locales desde entonces: ya desde el título está bien descripto el estilo de la banda, atravesado por un rock urgente que descarga lava de distorsión sucia y sonido valvular. Pero, ese perfil poderoso que los convierte en vivo en la verdadera aplanadora del rock and roll, se matiza con otros elementos: melodías tangueras, arrabal, letras con un vuelo poético sobresaliente, furia punk, algunos climas oscuros y links con la canción popular. Y el cine, también: la banda tomó su nombre de la película rusa de 1925 dirigida por Sergei Eisenstein. Juan Pablo Fernández reconoce, sentado junto a Federico Ghazarossian en la terraza de su casa en Flores en una mañana soleada de lunes, la influencia de lo cinematográfico en el sentido de filtrar en las letras construcciones de imágenes con alto poder de descripción visual. El impacto de ese film puede servir para definir a Acorazado Potemkin en otro sentido: la historia que se narra allí –una tripulación que le hace frente al manejo déspota de los oficiales- tal vez funcione como metáfora para una banda que se hizo de abajo y eligió el camino de la independencia como modo de vida.

En 2014 redoblaron la apuesta y editaron Remolino. Dos canciones de ese disco sirven para seguir sumando elementos que forman parte del imaginario de la banda. Por un lado, la idea de músicos de a pie y alejados de las poses de las estrellas de rock: un signo de autenticidad que recorre “Miserere”, un rock sobre los pesares que padecen los trabajadores a bordo de un tren. “Yo trabajaba en Once y me tomaba todos los días el tren”, cuenta Fernández y su mensaje se ve reforzado por Ghazarossian: “Tenemos mucho reflejo de lo cotidiano porque somos personas como cualquiera de ustedes: transitamos la calle, las estaciones de trenes, las paradas de bondi, el centro, las marchas”. El segundo aspecto se desprende de esto último: los miembros de Acorazado Potemkin siempre han estado alertas a lo que pasa y han plantado bandera en más de una oportunidad. “El pan del facho”, de ese disco, es un ejemplo: “Era un momento en donde se veía venir todo esto: se ve ahora al facho saliendo del placard, están como empoderados y ejerciendo su derecho al racismo”, explica Fernández. “El arte muchas veces puede amplificar las voces de la gente”, completa el cantante sobre el rol que puede asumir la música en tiempos turbulentos.

Este año la banda publicó Labios del Río, un fiel candidato a mejor disco del año. Están las habituales mixturas entre rock visceral y tango (“Sopa de alambre”), rock furioso al filo del punk (“El rosarino”, “Roto y descosido”) y baladas densas sobre corazones rotos: “Mundo lego” y, sobre todo, la gran perla del álbum que es “Las cajas”. Pero además hay otros elementos que amplían la paleta sonora y marcan una clara evolución estilística, desde canciones con alguna veta pop (“Humano”), maridajes de guitarras acústicas y eléctricas (“Soñé”) hasta arreglos de cuerdas, flautas y pianos. “No queremos generar vicios de estilo, que es una de las peores cosas que le puede pasar a un grupo”, aclara Fernández sobre la búsqueda de no repetirse a la hora de encarar nuevas producciones. El disco será presentado oficialmente el próximo 3 de noviembre en Niceto y esa fue la excusa para que ArteZeta dialogue con dos tercios de Acorazado Potemkin sobre el presente de la banda, la grabación de su nuevo álbum, sus influencias, el trabajo con Manza Esaín como productor y de la muerte de Santiago Maldonado.

AZ: Labios del Río mantiene la vara muy alta en relación a los otros dos grandes trabajos de la banda: Mugre (2011) y Remolino (2014). Hay una suerte de consenso sobre ustedes como uno de los mejores grupos del rock argentino actual: ¿cómo conviven con eso?

Federico Ghazarossian: Es algo que nos pone muy contentos. Poder llegar a sacar un disco y ver que la gente te dice “che, lo lograron de vuelta”… la verdad que es una alegría increíble para nosotros.

Juan Pablo Fernández: Sí, es una gran alegría. Como nosotros armamos toda la producción, hay un momento en el que agarramos el teléfono para empezar a llamar a los soldados del equipo que está alrededor de la banda y siempre todas esas personas están entusiasmadas, quieren seguir laburando. Otra cosa linda que pasa es que la gente se pone contenta cuando nos va bien, como si hubiera algo de apropiarse de la banda. Son felices cuando nos pasan cosas buenas. Lo vivimos así, es como un frasco de vitaminas.

AZ: Cuando empezaron, cada uno de ustedes ya venía con su trayectoria y su experiencia en cada uno de sus proyectos anteriores. ¿Alguna vez se imaginaron todo lo bueno que les iba a pasar después?

FG: Hubo algunos momentos difíciles, creo que al año y medio de empezar a rodar por los bares. Agunos shows, en el Zagúan, por ejemplo, a los que iban diez o veinte personas y llegábamos solo para el flete. Pero, por otro lado, éramos gente que ya había caminado mucho y sabíamos cómo son los vericuetos. Después de pasar por esos momentos duros, el retruco fue cuando empezamos a regalar Mugre y la banda desde ahí no paró de crecer. Ya habíamos sentado cabeza y plantado bandera con un disco, y a partir de ahí fue como que todo empezó a linkearse. Empezó a abrirse mucho más el juego y tuvimos dos o tres años que no podíamos parar de tocar, por Capital y el interior. Ahí nos planteamos el hecho de parar un poco para tener tiempo de componer, porque de otro modo la bola no iba a detenerse. Siempre hay cosas malas que pueden pasar en tu camino musical, pero nosotros siempre creímos en nosotros mismos.

JPF: Fue un momento particular en el que paramos para componer. En Mugre se trató de armar un repertorio para salir a tocar y eso terminó madurando en un disco en sí mismo. Pero con Remolino y Labios del Río se trató de buscar que la banda pudiera tener un ritmo propio. Es algo que siempre nos planteamos. Es lindo que te llamen para tocar, está bueno hacer notas o tocar en un festival, pero también es placentero cuando sabemos parar la pelota para armar nuestras propias reglas de juego. Somos una banda chica e independiente y buscamos lograr nuestras propias formas.

AZ: Tienen un sonido reconocible, ese rock crudo y valvular con potencia de power trío. Pero, también, incluyen otros elementos en su música: desde tango y arrabal hasta punk. ¿Cómo fue el proceso de hacer convivir influencias tan diversas para lograr una identidad propia?

JPF: Trabajamos para que cada canción sea un fin en sí mismo: como una burbuja que tiene sus propias reglas, su lírica, su melodía, y todo eso tiene que cerrar. Cada canción tiene que estar buena y no hay una sola forma de resolver las cosas o un estilo único de la banda. Creemos que, si hay un estilo, es algo que se va armando con la suma de todos esos componentes. También, siempre tratamos de contar lo que nos pasa o lo que cada uno está escuchando en ese momento. Somos muy curiosos y escuchamos muchas cosas los tres.

FG: Todos tenemos mucha experiencia personal por separado y hay momentos en que todo ese bagaje musical va saliendo junto. Así van apareciendo los arreglos y, tal vez, esa es un poco la característica de la banda. Todos hemos mamado y  tocado diferentes tipos de música, por eso es que surgen todo esos aires tangueros, el post punk o la mezcla con la canción popular. Puede ser que inconscientemente vayamos tirando a la mesa todo eso pero el extra de crecimiento es que la personalidad la termina armando el grupo: cuando salimos de nuestro propio lugar personal y se genera esa música que corporizamos entre los tres. Y, con el trabajo de los años, eso se fue asentando más. Un ejemplo es que nosotros hablamos mucho el hecho de no repetirnos.

JPF: Claro. El “qué se descarta” es algo muy habitual en nosotros. Hay canciones, por ejemplo, que ni las arrancamos. Hay mucho de decir “esto ya está hecho”.

FG: Y la síntesis. En Remolino y, sobre todo, en Labios del Río llegamos a un mejor poder de síntesis que capaz Mugre no tuvo. El solo de “Desert”, por ejemplo: lo escuché el otro día y dije “che, qué bueno todo este desarrollo que nos permitimos” (risas). Ahora estamos mucho más sintéticos en ciertas cosas, vamos más a las piñas.

JPF: Eso redunda en que el repertorio no se repita. Y, si es cierto que la banda sigue manteniendo un nivel de calidad, capaz tenga que ver con eso. Tratamos de no ser monótonos como trío y admitir que puede haber algo repetitivo en la forma de resolver las canciones o en los sonidos. Hay un instrumento que canta más (la guitarra) entonces se trata de buscar que haya una articulación más con el bajo, que las baterías tengas distintas afinaciones o que las voces pasen a formar dos timbres más en la banda y así pasar a ser cinco. No queremos generar vicios de estilo. Es importante mantener la curiosidad y el espíritu de aceptar lo que propone el otro, entenderlo y después sumar lo tuyo.

AZ: Si bien en Labios del Río está presente ese rock poderoso y sucio característico de ustedes, también es palpable la búsqueda de incluir nuevos matices sonoros: flautas, arreglos de cuerdas, guitarras acústicas y hasta canciones con alguna veta pop.

JPF: Sí. Nos hicimos cargo de ciertas cosas más misteriosas: desde lo que proponían los instrumentos de los invitados hasta las líricas de algunas canciones. Nos parece que, más allá de ejercer esa parte linda de que el disco es una cosa en sí misma, después no vamos a poder recrear todo eso en el vivo. El tema, de algún modo, tiene que también funcionar con nosotros tres porque no siempre van a estar los músicos invitados. Eso nos obliga a trabajar las canciones para que de alguna manera estén tocables y cerradas con nosotros tres.

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AZ: Con respecto a los invitados: ¿los pensaron en función de cada tema en particular, recurrieron a gente que de antemano ya querían que estuviera presente o, una vez ya terminadas las canciones, recién ahí pensaron en quién podía tocar en cada una?

JPF: Sería un poco de las tres cosas. En “Hablar de vos”, por ejemplo, queríamos que estuvieran Mariano (Fernández Bussy) cantando. A Mariana Päraway no la conocíamos, pero cuando hicimos “Flying saucers” teníamos en la cabeza una voz de mujer, como si fuera algo que pudiera estar muy por arriba incluso de las voces de Lulo y mías. Nos pareció que ella tenía un modo de cantar que podía resolver eso para nosotros. Después, Christine (Brebes) casi que nos dijo ella “che, yo quiero tocar con ustedes”: a nosotros nos encanta, tiene una forma de arreglar y de encontrarle el sonido al violín que nos fascina. Entonces fue como plantearnos que seguro queríamos contar con ella. La pensamos para dos o tres canciones (“Sopa de alambre”, “Santo Tomé” y “Hablar de vos”) porque teníamos ganas de que su sonido de violín fuera parte importante del disco. Y Elbi Olalla es pianista y la conocimos tocando, haciendo colaboraciones mutuas con su banda Altertango, que va tocar como grupo invitado con nosotros en Niceto. Con todos los invitados se trató de cómo hacer para que nos pudieran acompañar y a la vez generaran un sonido que interpelara lo que estábamos haciendo nosotros. Queríamos que nos acicatearan y nos dieran vuelta lo que hacíamos nosotros.

FG: El día que probamos los temas con Juliana (Moreno, invitada en “Flying saucers” y “Dos de nosotros”) teníamos que tocar todo muy bajto porque, claro, la flauta tiene un rango que, una guitarra eléctrica o una batería, la pasan por arriba. Y lo conseguimos, estuvo buenísimo.

AZ: Ese proceso de clara evolución del sonido que surge de incorporar nuevas texturas de arreglos, ¿fue parte de una búsqueda natural de la banda o un poco también tuvo que ver Manza (Esaín), que volvió a trabajar de productor con ustedes?

JPF: Manza tuvo que ver en el sonido, seguro. Él ni siquiera participó de la preproducción, pero tenía cosas en la cabeza que quería probar con nosotros. Nos ayudó a decidir el estudio, por ejemplo, porque tenía ganas de que grabáramos en vivo. Con los años, se armó con él un vínculo mucho más fluido y abierto en el cual están muy claros los roles. Hubo momentos, por ejemplo, en los que nos echaba del estudio: nos decía “bueno, ahora ustedes váyanse y yo me arreglo” (risas). Se quedaba trabajando solo, armando algunas cosas, laburaba algunas partes y nos ayudaba a elegir mejor las tomas. Manza es muy generoso. Es un productor que logra que algunas ideas y ganas de experimentar que tiene siempre estén en función de la banda con la que trabaja. No es alguien que tienda a estandarizar sus producciones, sino todo lo contrario: cada banda logra con él potenciar los rasgos y los manierismos personales. Es como alguien que cree en vos más incluso que vos mismo. Trabajar con Manza es una inyección de confianza y con la certeza de que el disco va a sonar bien. Podés lograr un sonido que, para nosotros, sea fiel y a la vez innovador.

FG: En este disco él jugó mucho con los sonidos de la guitarra, por ejemplo. Un día trajo un pedal para meter ruido básicamente. Era como para potenciar todo el quilombo nuestro (risas). “Flying saucers”, por ejemplo, tiene toda una base de ruido con ese pedal.

JPF: Sí, o la idea de doblar guitarras para conseguir que una de las dos estuviera más rota. Pero no quedó artificioso, no es que se le ven los piolines a eso, sino que terminó potenciando el sonido. Tuvo que ver con él ya tenía previamente algo en la cabeza y supo qué usar para llegar a ese punto. Labios del Río tuvo mucho de eso: nosotros dando el puntapié inicial y él potenciando todo.

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AZ: ¿Y el disco lo terminaron grabando en vivo? Se nota también un trabajo por capas de sonido y de detalle en los arreglos.

 JPF: Se dieron las dos cosas. Somos una banda que tiene un presupuesto chico, pero por suerte va creciendo: pudimos conseguir, por ejemplo, cuatro o cinco días extras de grabaciones y overdubs con coros más los instrumentos invitados. El trabajo, de todas maneras, no llegó a ser experimental porque la mayoría de las cosas ya las habíamos compuesto y arreglado en la preproducción que hicimos en la sala de ensayo. Pero, sí, lo del trabajo por capas apareció mucho en este disco más que en ningún otro. Teníamos ganas de eso, incluso de usar filtros de sonido por el simple hecho de ser curiosos.

 FG: El hecho de grabar en vivo con todo el ambiente infectado por la guitarra y el equipo de bajo, te lleva a estar muy conectado. Todo lo que se toca queda sí o sí; no te da mucho lugar para editar. Si se edita, se edita a la banda completa, no editamos los instrumentos en forma personalizada. Grabar así te lleva a estar muy afilado desde el sonido y  la tocada.

 AZ: Es como si su lugar de experimentación fuera la sala y luego llevan todo bastante definido al estudio.

 FG: Sí. De alguna manera, como dice Juan, nosotros al ser una banda independiente tenemos los costos bastante más acotados. No tenemos ese tiempo de psicodelia en el estudio (risas). En la sala sí, probamos muchas cosas y vamos cortando y pegando, invirtiendo temas y cambiando partes. Ahí es donde movemos casi todo y está la selección de notas. Siempre trabajamos así y, además, solemos tener la posibilidad de probar los temas en vivo.

AZ: Una cosa llamativa de Labios del Río es la inclusión de dos covers, Lila Downs y The Beatles. ¿Por qué los eligieron?

JPF: El de los Beatles surgió jugando con el riff de inicio del tema. Le encontré otra vuelta que me gustaba, me parecía que podía ser distinto y lo terminamos haciendo. Me encanta porque tradujimos la letra: la cantamos en castellano e incluso le dimos un sesgo más adolescente, de dos amigos que se quedan de noche tarde o que se la pasan sin dormir. Después fuimos deconstruyendo el tema. Algunas cosas de la coda final las pusimos dentro del solo de guitarra. La forma en la que llegamos a ese puente/estribillo que tiene el tema para nosotros es distinta. Cuando uno de nosotros trae una idea a la banda, uno quiere que el otro se lo apropie y le guste para poder trabajar. Así, va a terminar sonando como nosotros, sea de los Beatles, Lila Downs o de cualquier otro artista. Me gusta ese ejercicio de apropiarse de la canción. El de Lila lo venía escuchando más Fede y también le encontramos una vuelta distinta.

AZ: En este disco se reparten entre ustedes dos la composición de las letras. ¿Cómo fue ese proceso de trabajo?

JPF: Hay letras que vienen enteras. Otras se arman con mucha personalidad, como la de “Mundo lego”, que son tres poemas de Josefina Saffioti a los que les encontramos una forma común. Eso nos permitió que fueran dos estrofas distintas y un estribillo, y que a la vez fueran contando lo que queríamos contar en una letra integral. En “Santo Tomé”, por ejemplo, había como una idea: quería hablar de algo puntual y no tenía muy claro cómo iba a resolverlo. Son formas muy distintas de laburo. Después nos opinamos mutuamente. “¿Esto está bien así?”. Cada tema tiene una forma de resolverse y hay letras más cotidianas, otras más oníricas, otras de crónica de una noche, como “Santo Tomé”.

AZ: La letra de “Santo Tomé” parece ir en sintonía con las “Miserere” o “La carbonera” de discos anteriores: pueden entenderse como crónicas urbanas de la clase trabajadora, con sus sacrificios y sus pesares. ¿Cómo esas escenas tan cotidianas, que seguro ustedes las atraviesan en el día a día, los inspira para hacer canciones?

JPF: Estamos permeables a eso. Hay muchas cosas en las que estamos adentro. Uno puede ponerse en cronista y contar algo, y en otros casos estar directamente dentro del remolino. Entonces, lo contás desde un lugar de verdad. Algunas letras van a salir mejor, otras peor y otras serán más precisas. Respecto a “Miserere”, yo trabajaba en Plaza Once y me tomaba todos los días el tren. Después queda en cada uno qué le encontrás a cómo contar eso. “La carbonera” no es un universo mío concreto. Tiene más que ver con qué dejarle a los hijos. Tenía que ver con cómo ser padre y qué heredan los hijos (a partir del nacimiento de mi primer hijo). Había ido a hacer un trabajo a La Matanza y pasé por un lugar donde había muchas carboneras. Después lo situé en la ruta 202 porque era un lugar donde iba a veranear con mi viejo cuando éramos chicos, en San Miguel. No soy ni negro, ni pobre ni picador, pero de alguna manera usé algunas cosas que sentí que narraban mejor lo que quería contar.

FG: Tenemos mucho reflejo de lo cotidiano porque somos personas como cualquiera de ustedes: transitamos la calle, las estaciones de trenes, las paradas de bondi, el centro, las marchas. Es parte de nuestra vida y se refleja en las canciones. También en el sonido, porque a veces las traducciones de la música son un poco lo que estás viviendo con tu contexto. Capaz que, si viviéramos en las sierras de Córdoba, le daríamos al ukelele y al cajón peruano.

AZ: Algo que atraviesa en parte a las letras es el tema de las separaciones, las rupturas amorosas: “La mitad” y “Las cajas” podrían ser ejemplos. Lo interesante es cómo desmitifican la idea de un amor idílico, romántico y lo presentan como un lugar de lucha y sufrimiento.

JPF: O de construcción, también. Porque es un día a día. Cuando estás entusiasmado o bien, capaz no te sentás a componer eso. Más que hacer hincapié en la ruptura, sería como un “ojo, ojo”. Como una alerta vital para volver a creer, preguntarse las mismas cosas todo el tiempo para poder seguir.

FG: Claro, yo lo tomo más por ese lado. Como una construcción sobre la relación y de cómo seguir. Son materias que uno nunca termina de aprobar, las vas aprendiendo con la vida. A veces, lo que uno piensa no termina sucediendo, pero quizás sucede de otra forma más adelante. Creo que es importante asumirlo y, para nosotros que somos músicos, plantearlo es un hecho catártico.

AZ: Hay un elemento que también reluce en su artística y es lo cinematográfico: el nombre de la banda, la referencia a Quentin Tarantino en el primer disco (“Puma Thurman”) y “Santo Tomé” con toda su carga de descripciones visuales. ¿Sienten que el cine es parte de su arte?

 JPF: Vemos películas. No sé si cinéfilos pero el cine nos gusta y muchas veces aparecen en nuestra música pequeños recortes. Hacemos un encuadre de una situación, como decía Fede antes, desde la síntesis. Muchas veces, describiendo lo visual, aparecen cosas. La letra de Homero Manzi en “Barrio de tango”, por ejemplo, hace casi una lista de imágenes visuales evocando recuerdos, algunas absolutamente informativas y descriptivas sin ningún tipo de pretensión poética. Pero, la acumulación de esas imágenes, va acompañando la forma en la que uno va razonando y pensando. Nosotros mismos a veces usamos eso. En “Santo Tomé, para contar una escena de un bar, empiezo diciendo que la luna está tan llena que platea todo el río y en la barranca se ve todo siendo de noche. Termina siendo una imagen muy visual que remite al cine.

AZ: Hace poco tocaron en un festival en Parque Centenario en el que se pidió por Santiago Maldonado y en otras oportunidades también han tomado partido por situaciones de la coyuntura. ¿Cuál creen que debería ser el rol del artista en una situación de recrudecimiento represivo y ajuste económico como el actual?

JPF: Estamos bastantes cercanos a las luchas de los militantes porque son amigos nuestros. Participamos en algunas campañas o luchas y acompañamos a personas de nuestro entorno. No las vivimos como algo ajeno. Le escapamos a la declamación de consignas o a la demagogia porque asumimos que el arte nos permite comprender el lugar o el momento que nos toca vivir, para así poder conectar con la parte más emocional de todo esto que pasa. Eso que ustedes nombran, la sensación de que sigue habiendo desaparecidos en democracia. Que el gobierno no hace lo que tiene que hacer para aclararlo, que tarda muchísimo en asumir esa problemática y eso nos vuelve a hacer pensar en un encubrimiento y en una política de represión. Asumimos con humildad que nosotros no somos los que ponemos el cuerpo día a día como los militantes que están en la lucha, pero sí sabemos que el arte muchas veces permite conectar con eso y amplificar las voces de la gente.

FG: Tiene que ver con hacernos cargo de la parte que nos toca. Lo hacemos de corazón. Hemos ido a marchas por el caso de Santiago, tocamos en un festival por la Ley del Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Es como decir “estamos en el 2017 y siguen pasando estas cosas”. Todo el retroceso que hubo en materia de derechos. El poder que tiene la policía en el último año. Cualquier cosa está mal vista. Me parece que está bueno hacerse cargo. Es parte de la creación de la sociedad que uno quiere. No es que vivimos en nuestra burbuja musical y nada nos afecta. Estamos afectados por todo como ustedes.

AZ: ¿Lo podríamos resumir a que hacer arte, estar arriba de un escenario, hacer un disco y que tanta gente los escuche, les permite conscientizar o alertar sobre ciertas cuestiones que, por toda la confusión mediática que hay, por ahí pasan de largo?

JPF: Sí. O encontrarse. Favorecer ese encuentro. Capaz no somos nosotros los que logramos conscientizar porque no siempre tenemos los mensajes tan claros. Esto lo digo con humildad. Hay gente que puede explicar mejor que nosotros por qué hay que estar en un festival o porqué tiene que estar tocando ahí Acorazado Potemkin. A nosotros nos toca dejar que estos temas, que están a nuestro alrededor, nos interrumpan en la sala de ensayo para poder hacernos cargo de eso.

AZ: Quizás la muestra más explícita en su repertorio de cómo estos temas se filtran en sus canciones sea “El pan del facho”.

JPF: Esa canción la trabajamos bastante. Era un momento en donde se veía venir todo esto: se ve ahora al facho saliendo del placard, están como empoderados y ejerciendo su derecho al racismo. Nosotros tratamos de mancharnos, de meternos y pensar qué podía hacer cada uno de nosotros para no reproducir esa lógica, no repetir esas consignas. Está bueno cuestionarse un poco en qué lugar está parado uno. Qué elije cada día. Nunca tenemos que perder de vista cómo y desde qué lugar se compone, dónde se escribe. Esa letra tiene que ver con eso, hasta tiene chistes. De todas maneras, no creemos que el estar comprometidos con algunas causas nos haga mejores poetas o mejores músicos. Estamos convencidos de que nos hace mejores personas. Le da un sentido nuevo a lo que hacemos. Sabemos que muchas veces el artista se vuelve a su casa y el militante sigue trabajando, pero hay algo de eso de amplificar la voz: en lo que podamos acompañar, vamos a estar.//∆z

Acorazado Potemkin presenta Labios del Rio el viernes 3 de noviembre en Niceto Club, (Niceto Vega 5510, CABA), a las 20.30. Grupo invitado: Altertango. Entradas anticipadas a $200 en Ticketek. Continuarán su gira por Mar del Plata, Junín, Montevideo, Mendoza, Córdoba, La Plata, Rosario, Firmat (Santa Fe) y cierran el año el 14 de diciembre en La Tangente (Honduras 5317, CABA).

 

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