Por Pablo Krantz

Alguna vez, si mal no recuerdo, yo fui un hippie rematado. Un pelilargo de 16 años, remeras de Led Zeppelin y sweaters llenos de agujeros, tristemente enamorado de Janis Joplin, soñando con algún Woodstock de pacotilla; me bañaba sólo lo imprescindible, pero mi concepto de “lo imprescindible” difería bastante del del resto de la humanidad. Un domingo por mes peregrinaba a Parque Rivadavia a comprarme más y más discos en vivo de Jimi Hendrix, pero ya ni siquiera los escuchaba. Desde hacía un tiempo, estaba harto de solos de guitarra interminables y de anhelar el regreso de un Verano del Amor que, por supuesto, nunca había conocido. Necesitaba un cambio, cuanto antes. Pero todo cambio necesita un detonante, un explosivo que lo vuele todo en pedazos, o cuando menos una grieta, una tontería sin importancia que abra alguna compuerta secreta y deje paso a la inundación definitiva. La voluntad de ser otro es por sí sola insuficiente para comenzar la mutación.

Finalmente, tuve un encuentro que cambiaría mi vida (musical, pero también la otra) para siempre. Sucedió en el tren de Retiro a Tigre y, aunque parezca absurdo, no fue con una persona sino con una remera. Obviamente, alguien la llevaba puesta: un pelado de barba, que a decir verdad no presentaba ninguno de los símbolos distintivos que yo solía asociar por entonces con un individuo digno de interés: ninguna de sus ropas tenía agujero alguno; incluso (¡blasfemia suprema!) parecía haberse bañado no hacía tanto, ese mismo día quizás. Todo vestido de negro, llevaba una remera con el dibujo de algo parecido a un encefalograma o a un paisaje montañoso, y encima la leyenda: “Joy Division”. Abajo agregaba: “Unknown Pleasures”.

De alguna manera, intuí que aquel pedazo de tela podía ser el antídoto que necesitaba para comenzar mi necesaria metamorfosis; me pareció (seguramente sin razón) que la vida de aquel pelado estaba llena de la bizarra sofisticación que yo ansiaba para la mía. No le dirigí una palabra ni nada por el estilo. (¿Qué teníamos para decirnos? Su mundo y el mío debían ser totalmente paralelos, nuestras discotecas debían ser incapaces de mirarse a los ojos sin escupirse.) Pero al día siguiente marché muy decidido hasta una disquería de avenida Lavalle y, sin dudarlo, sin necesidad de escuchar siquiera la menor nota, intercambié dos cassettes importados de Jefferson Airplane (había tenido también mi dramático cuarto de hora de enamoramiento con su vocalista, Grace Slick) por un vinilo brasileño de “Closer”, de Joy Division. Me habían estafado, por supuesto, pero no me importó. Regresé a mi habitación, puse el disco, apagué la luz y comencé a volverme la persona que soy hoy.

No mucho tiempo después, yo mismo llevaría puesta aquella misma remera de Joy Division y gracias a ella conocería (en dos encuentros callejeros fortuitos) a los futuros integrantes de mi primera banda, El Pesa-Nervios.

Pablo Krantz es un músico y escritor argentino nacido en 1970 en Buenos Aires, con cinco discos y seis libros publicados en Argentina, Francia y España. Entre 2002 y 2007 estuvo radicado en París, donde editó un disco de canciones, dos novelas y un libro de cuentos (todo ello en lengua francesa). Actualmente, vive en Buenos Aires, donde editó en 2011 su quinto disco, Démonos cita en una autopista (para volvernos a estrellar), con canciones en francés y en español.

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