Sepultura: el último pogo
Por Joel Vargas / Fotos de Jésica Giacobbe

Sepultura se despidió de Argentina después de más de cuatro décadas de metal, transformaciones y resistencia. Padres e hijos, madres e hijas, camisetas de Messi, A.N.I.M.A.L., Brasil y un último pogo.


Hay noches en las que parece que todo está terminando al mismo tiempo. Sepultura llegaba al Complejo Art Media de Buenos Aires para dar su último show en Argentina y la Ciudad estaba atravesada por otra despedida: la de Lionel Messi con la Selección. Entre el público había camisetas argentinas con el 10 en la espalda. Argentina y Brasil. Fútbol y metal. Una despedida dentro de otra.

Sudamérica

Antes de Sepultura, el Art Media ya venía acumulando decibeles. Primero fue Consequence of Energy, de Chile. Después llegó No Guerra, de Argentina, que aportó una buena dosis de thrashazos para terminar de preparar el terreno. Chile. Argentina. Brasil. Tres bandas sudamericanas para una noche que, de alguna manera, también permitía medir hasta dónde llegó el metal de esta parte del mundo.

Después, mientras se esperaba la salida de Sepultura, sonaron dos canciones. Primero, “War Pigs”. Después, “Polícia”. Black Sabbath y Titãs. Inglaterra y Brasil. En algún lugar entre esas dos canciones está Sepultura.

Generaciones

Alrededor del escenario podía verse, quizás mejor que en cualquier retrospectiva, la dimensión de lo que Sepultura construyó durante más de cuatro décadas. Había quienes probablemente los habían escuchado cuando salió Arise, quienes llegaron con Roots, generaciones criadas con Derrick Green y pibes que ni siquiera habían nacido cuando Max Cavalera todavía estaba en la banda. Padres e hijos. Madres e hijas. Familias enteras. Remeras gastadas durante décadas junto a otras compradas esa misma noche. Todos metidos ahí, luchando por el metal.

Porque quizás la verdadera medida del tiempo no estuviera en los cuarenta años de Sepultura, sino ahí: en alguien que alguna vez fue al pogo solo y que ahora volvía acompañado por su hijo o su hija. Sepultura consiguió algo más difícil que sobrevivir: envejecer sin quedarse sola.

Adentro

Vi buena parte del último show de Sepultura desde el pogo. La gente estaba enloquecida. Mosh, empujones, cuerpos entrando y saliendo de la ronda, alguien que cae y varias manos que aparecen inmediatamente para levantarlo. El escenario se ve por fragmentos: Derrick Green, un riff, una cabeza que aparece adelante, alguien que te empuja, otra ronda que se abre. Por momentos uno escucha antes de poder ver. Y por momentos directamente no ve nada.

A Sepultura no se la mira: se la atraviesa.

“Inner Self” abrió el show y enseguida empezaron a aparecer distintas vidas de una misma banda. “All Souls Rising”, “Desperate Cry”, “Kairos”, “Means to an End”, “Attitude”, “Against”, “Choke”, “The Place”.

No había un recorrido cronológico. Tampoco hacía falta. El pasado y el presente chocaban como los cuerpos abajo del escenario.

Brasil

Sepultura empezó siendo una banda brasileña que tocaba metal y terminó haciendo algo bastante más difícil: consiguió que el metal sonara brasileño.

Brasil se siente en sus canciones. En la percusión, en los ritmos, en las palabras, en las referencias, en esa manera de incorporar una tradición propia dentro de una música que durante décadas había construido su centro mirando hacia Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. Sepultura invirtió esa dirección. El mundo tuvo que mirar hacia Belo Horizonte. Y ahí quizás esté una de las dimensiones más grandes de su historia.

Sepultura fue una banda de trash metal, pero terminó convirtiéndose también en una de las bandas de rock brasileñas de mayor proyección internacional. No necesitó abandonar el metal para conseguirlo. Hizo exactamente lo contrario. Profundizó su identidad hasta volverla universal.

Después de Max

Sería demasiado fácil contar esta despedida solamente desde la nostalgia por los años de Max Cavalera. Esos años son fundamentales: Beneath the Remains, Arise, Chaos A.D. y Roots modificaron para siempre la dimensión de Sepultura. Pero después la banda se rompió. Y siguió. Cambió. Grabó discos. Giró. Volvió a cambiar. Sobrevivió. Por eso en Buenos Aires “Against”, “Choke”, “Kairos” o “Means to an End” convivieron con “Escape to the Void”, “Dead Embryonic Cells” o “Territory”. No estaban despidiendo una formación. Estaban despidiendo una vida.

Cuatro

En algún momento conviene dejar de pensar en los más de cuarenta años de historia y mirar simplemente a los cuatro tipos que están arriba del escenario. Porque Sepultura también se explica así. Andreas Kisser toca la guitarra como un animal. Riffs, solos, velocidad, precisión, ruido. Pero, sobre todo, una manera de tocar que terminó siendo inseparable del sonido de Sepultura. Entró en 1987, cuando la banda todavía estaba construyendo su identidad, y desde entonces atravesó prácticamente todas sus transformaciones. Después de verlo esa noche dan ganas de afirmar que Andreas Kisser es el mejor guitarrista que dio el metal en los últimos treinta años. No toca como quien conserva un museo. Toca como si todavía tuviera algo que demostrar.

Al otro lado está Paulo Jr., el último vínculo sobre el escenario con los primeros años de Sepultura. El bajista que atravesó los cambios, las peleas, las partidas, las reconstrucciones y las distintas vidas de la banda. Hay algo casi silencioso en su presencia. Todos se fueron. Paulo se quedó.

Y después está Derrick Green. Durante años cargó con una de las tareas más ingratas que podía tocarle a un cantante de metal: ocupar el lugar que había dejado Max Cavalera. Llegó en 1997 y tuvo que cantar canciones que para millones de personas ya tenían una voz, una cara y hasta una mitología determinada. Pero pasaron casi treinta años. A esta altura ya no tiene demasiado sentido hablar de Derrick como “el reemplazante de Max”. Derrick Green se convirtió en el cantante definitivo de Sepultura. El que más tiempo ocupó ese lugar, el que sostuvo la segunda vida de la banda y el que finalmente va a bajar el telón. No reemplazó una historia. Construyó otra.

Y atrás está Greyson Nekrutman, el último en llegar y probablemente la imagen más desquiciada de esta encarnación final. Un baterista formado también en el jazz, con una técnica monstruosa, tocando Sepultura con una mezcla de precisión y violencia que por momentos parece absurda. Llegó para ocupar un lugar dificilísimo después de Eloy Casagrande y terminó aportándole a esta última formación una energía distinta. Hay que verlo tocar para entenderlo. Mientras adelante todo parece descontrol, atrás hay un tipo organizando el caos. Jazz para hacer explotar un pogo. Paulo Jr., el sobreviviente. Andreas Kisser, el arquitecto. Derrick Green, el cantante definitivo. Greyson Nekrutman, el último en llegar. Cuatro momentos distintos de una misma banda arriba del escenario. Quizás esa sea también una de las explicaciones de por qué Sepultura llegó hasta acá.

Aprendió a cambiar sin dejar de ser Sepultura.


Canciones para una historia

Hay bandas que tienen grandes canciones. Sepultura tiene canciones que explican épocas enteras de su historia.

“Inner Self” todavía conserva la violencia de Beneath the Remains, el disco que empezó a demostrar que desde Brasil podía aparecer una banda capaz de discutir de igual a igual con cualquiera de las grandes escenas del metal mundial. “Arise” llevó esa ambición todavía más lejos.  Después llegó “Territory”. Y “Refuse/Resist”.

Chaos A.D. ya era otra cosa: menos velocidad por obligación, más peso, más groove, más percusión, más Brasil.

Hasta llegar a Roots. “Kaiowas”. “Ratamahatta”. “Roots Bloody Roots”. Ahí la transformación quedó completa. Sepultura ya no necesitaba parecerse a nadie. Sonaba a Sepultura.

Y quizás esa sea la verdadera medida de una banda fundamental: que alcance con escuchar unos segundos para saber quién está tocando. Por eso la lista de esta última noche funciona también como una pequeña autobiografía. Beneath the Remains. Arise. Chaos A.D.. Roots. Pero también Against, Dante XXI, Kairos y los discos de una segunda vida que terminó siendo más larga que la primera. No fue un grandes éxitos. Fue una banda recorriendo las distintas versiones de sí misma antes de desaparecer.

Refuse / Resist

El show avanza y los discos fundamentales empiezan a ocupar cada vez más espacio. “Escape to the Void”. “Kaiowas”. “Dead Embryonic Cells”. “Convicted in Life”. “Beyond the Dream”. “Territory”.

Hay un detalle que desde el escenario anticipa lo que vendrá después: Andreas Kisser toca con una remera de A.N.I.M.A.L. Un brasileño, en la despedida de Sepultura de Argentina, llevando en el pecho el nombre de una banda argentina. No hace falta mucho más.

Y entonces llega “Refuse/Resist”. Hay riffs que no necesitan presentación. El pogo explota.

Andrés Giménez, Cristian “Titi” Lapolla y Marcelo Castro, la formación completa de A.N.I.M.A.L., suben al escenario para tocar junto a Sepultura. La imagen completa lo que la remera de Kisser había anticipado. Argentina y Brasil. Dos historias del metal sudamericano encontrándose en medio de una canción que parece haber sido escrita específicamente para provocar el caos.

Y no es un encuentro casual. Kisser y A.N.I.M.A.L. tienen una relación que viene de antes, una cercanía construida durante años entre dos bandas que hicieron del metal sudamericano algo más que una copia de lo que sucedía en el norte. Arriba, todos juntos. Abajo, caos. Mosh. Empujones. Gente cantando. Una ronda que vuelve a abrirse. Cuerpos que chocan y se separan para volver a chocar. Treinta años después, “Refuse/Resist” todavía produce exactamente lo que promete.

Después llega “Arise”. Y ahí empieza a aparecer una sensación que hasta ese momento podía mantenerse más o menos escondida. Es la última vez. La última “Territory”. La última “Refuse/Resist”. La última “Arise”. Las canciones empiezan a convertirse en recuerdo mientras todavía están sonando.

Roots

Después del solo de batería llega “Ratamahatta”. Brasil vuelve a ocuparlo todo.Y finalmente quedan esas palabras: Roots. Bloody. Roots. Difícil imaginar otro final. Porque si la historia de Sepultura pudiera comprimirse en una canción, probablemente sería esa. El metal. La percusión. Brasil. La violencia. La tradición. La ruptura.

Una banda que salió de Belo Horizonte queriendo tocar metal y terminó consiguiendo que millones de personas alrededor del mundo reconocieran algo brasileño apenas empezaba a sonar un riff. El pogo vuelve a abrirse. Otra vez los cuerpos. Otra vez los empujones. Otra vez alguien que cae y alguien que lo levanta. Y entre todo eso todavía aparecen camisetas argentinas con el 10 de Messi.

Miles de personas gritan “Roots Bloody Roots” por última vez frente a Sepultura en Argentina.

Y se termina. Las luces vuelven. Quedan vasos en el piso y cuerpos transpirados. La noche había empezado con dos despedidas: la de Messi con la Selección y la de Sepultura con Argentina. Una pelota de un lado, guitarras del otro. Dos historias enormes que se resisten a terminar. Sepultura se va después de más de cuarenta años. Afuera, Buenos Aires sigue como si nada. Adentro, todavía retumba el último riff. Roots, bloody roots.//∆z