Yukio Mishima y Rock Hudson nacieron en 1925 y se convirtieron en símbolos de una época que obligó a ocultar el deseo. A cien años de distancia, sus trayectorias dialogan con un presente atravesado por el regreso de discursos estigmatizantes.
¿Qué tienen en común Rock Hudson y Yukio Mishima, aparte del hecho de que este año se cumplen cien años de sus respectivos nacimientos? Sus atribuladas existencias y sus muertes mediáticas hablan de dos formas torturadas de vivir la homosexualidad durante el siglo XX. Dos formas torturadas, hijas de discursos médicos, jurídicos y sociales estigmatizantes que, como los brujos de la canción de Charly García, piensan en volver a un mundo de extrema derecha y en la Argentina de Milei.
Nacieron hace cien años, con muchos meses de diferencia entre ambos. Uno nació en Tokio el 14 de enero de 1925 como Kimitake Hiraoka, en el seno de una familia acomodada; el otro, en Illinois, el 17 de noviembre de 1925, como Roy Harold Scherer Jr., en una familia proveniente de sectores populares. Los dos serían despreciados por sus padres y amparados por sus madres. Ambos pasarían a la historia del arte y devendrían, cada cual a su manera, íconos del siglo XX, siendo simplemente Yukio Mishima y Rock Hudson.
El primero, escritor de más de medio centenar de novelas con títulos como Confesiones de una máscara (1949), Sed de amor (1950), Colores prohibidos (1953), El rumor del oleaje (1954), La escuela de la carne (1963), El marino que perdió la gracia del mar (1963) o La corrupción de un ángel (1970), fue ocasionalmente actor. En los últimos años de su vida codirigió e interpretó el papel protagónico de la película Patriotismo, adaptación de un relato propio homónimo en el que anticipa y narra su propia muerte. Tres veces postulado, Mishima nunca ganó el Premio Nobel.
El segundo, archifamosa estrella masculina de los años dorados de Hollywood, intérprete de más de medio centenar de películas que incluyen melodramas clásicos de Douglas Sirk como Sublime obsesión (1954), Lo que el cielo nos da (1955) y Escrito sobre el viento (1956), y comedias románticas con Doris Day en títulos como Confidencias a medianoche (Gordon, 1959), Pijama para dos (Mann, 1961) y No me manden flores (Jewison, 1964), fue ocasionalmente escritor. En efecto, en 1985 se publicaron de manera póstuma sus memorias, escritas con la ayuda de Sara Davidson: Rock Hudson. Su vida, donde anticipa y narra su propia muerte. Solo nominado una vez por la película Gigante (Stevens, 1956), Hudson nunca ganó el Premio Oscar.
Si bien sus lugares de nacimiento, sus clases sociales, sus vocaciones, sus estilos de vida y sus posicionamientos políticos auguraban vidas disímiles, quizá el hecho de compartir el año de nacimiento y las mismas preferencias eróticas les deparó destinos que, en cierta forma, los hermanaron. También ciertas diferencias los asemejaron o los cruzaron. En diversos sentidos, sus extraordinarias vidas y sus espectaculares muertes mediáticas los convirtieron en símbolos, en prototipos de las formas torturadas de vivir la homosexualidad durante el siglo XX.
Ser gay en el siglo XX
Mishima confesó pública y audazmente su homosexualidad en la primera de sus novelas, Confesiones de una máscara. En ella, Kochan, el personaje principal —una versión ficticia del escritor—, se masturbaba con la imagen del San Sebastián desnudo de Guido Reni, fantaseaba sexualmente con samuráis musculosos y ensangrentados y se deleitaba con el cuerpo atlético y los sobacos velludos de su compañero de colegio, Omi. Sin embargo, hacia el final de la ficción, Kochan terminaba aceptando que, para sobrevivir en el mundo real, tenía que ocultar sus deseos eróticos y sus placeres, fingir que amaba a las mujeres y vivir con esa máscara que anticipaba el título de la novela.
Por el contrario, Rock Hudson no confesó su homosexualidad hasta encontrarse a las puertas de la muerte. El star system de Hollywood lo condenó a ser el prototipo del galán heterosexual, al punto de obligarlo a casarse con su secretaria y a vivir una doble vida basada en el secreto, la mentira y la vergüenza de su intimidad amorosa. La historia de su existencia, plasmada en sus memorias póstumas, bien podría haberse titulado como la novela de Mishima, Confesiones de una máscara. Quizá las películas que más lo representaron fueron las del llamado género del “polvo aplazado” que interpretó junto a Doris Day en la década del sesenta, no solo porque en esas comedias románticas parecía destinado a no consumar frente a cámara su verdadero placer sexual, sino también porque en ellas era un simulacro invertido y grotesco de sí mismo: generalmente, en alguna escena, sus personajes heterosexuales fingían ser maricas amaneradas para poder acercarse a las mujeres.
Siendo niño, Mishima había descubierto en la biblioteca de su abuela el cuento El enano y la rosa, de Hans Christian Andersen. En el relato, un apuesto príncipe era apuñalado por un villano con un enorme cuchillo mientras acariciaba una rosa que le había regalado su amada. Desde entonces, comenzó a fantasear sexualmente con jóvenes bellos y musculosos asesinados. Su despertar sexual se complementó con escenas y estampas de guerreros y príncipes muertos de libros de fábulas medievales y del arte de la Grecia clásica.
La misma obsesión sadomasoquista que conjuga eros y Tánatos, belleza y sangre, sexo, éxtasis y muerte pobló las ficciones de sus novelas y relatos. Así, en Sed de amor, su segunda novela, una joven viuda se enamora y enloquece de deseo por un campesino jardinero de espaldas anchas. Cuando el joven intenta amarle, la viuda lo mata clavándole un azadón en el cuello. “¿Hay algo en este mundo más hermoso que el semblante de un joven embellecido por la concupiscencia y radiante de pasión?”, se pregunta la mujer antes de mutilarlo y luego quedarse extasiada frente a la visión de su espalda desnuda y su cuerpo ensangrentado. Como en muchas de sus fantasías sexuales, Mishima mata al joven por el que se siente atraído. Soñaba con derramamientos de sangre, con la aniquilación de jóvenes circasianos sobre grandes mesas de mármol y con comerse luego sus cuerpos despedazados. Una torturada fantasía que quizá era correlato de un mundo que reprimía y condenaba la homosexualidad.
Más convencional, Rock Hudson adoraba las bellezas masculinas de cabellos dorados y cuerpos esculturales. Siendo ya rico y famoso, se hicieron célebres las fiestas privadas en su mansión de Beverly Hills, que posiblemente incluyeron gozosas orgías y una piscina plena de rubios espléndidos. En sus ficciones, por el contrario, frecuentemente era el “chico bueno”: el joven jardinero que amaba la naturaleza y a una viuda que casi podría ser su madre (Jane Wyman en Lo que el cielo nos da); el médico que salva una vida y devuelve la vista a su amada (nuevamente Jane Wyman en Sublime obsesión); el conductor de ambulancias que se enamora de una enfermera en plena guerra mundial en Adiós a las armas (Vidor, 1957); o el joven despreocupado e indiferente por el que enloquece de amor Dorothy Malone en Escrito sobre el viento.

Las fachadas de Mishima y Rock
En su juventud, Mishima era un flaco enclenque y enfermizo, al punto de ser rechazado por el ejército. Sin embargo, hacia el final de sus días, tras moldear su cuerpo en el gimnasio con feroz disciplina, había devenido un hombre tan macizo, musculoso y recio como aquellos que poblaban sus fantasías sexuales, y que le devolvían la imagen de masculinidad y normalidad que le exigía la sociedad machirula de su tiempo.
En su juventud, Rock Hudson era un monumento de casi dos metros de músculos y pecho velludo, prolijamente delicado, que le valieron el apodo artístico de “Rock”. Sin embargo, hacia el final de sus días, a consecuencia de las complicaciones del sida, era un hombre maduro, flaco y frágil.
En la plenitud, ambos coincidieron en legar imágenes que parecen salidas de un sex shop gay avant la lettre, fotografías que parecen inaugurar el porno soft a nivel global. Con reminiscencias de las revistas de fisicoculturismo al estilo de Bob Mizer, que hicieron las delicias onanistas de generaciones de gays, se popularizaron escenas de Rock Hudson entrenando o exhibiendo sus músculos en el gimnasio; saliendo de la ducha con una toalla en la cintura; tomando sol con el torso desnudo o en la piscina junto a algún amante atractivo, como el actor George Nader o Tom Clark, su pareja durante largos años. De manera similar, se difundieron fotografías de Mishima semidesnudo como un samurái, empuñando una katana fálica; entrenando bíceps o sosteniendo una barra con pesas sobre sus fornidas espaldas. En sus últimos años, Mishima posó para el fotógrafo Kishin Shinoyama en la serie Muerte de un hombre. Las imágenes lo muestran muriendo de múltiples formas: ahogado en el barro, con un hacha clavada en la cabeza, o caracterizado como San Sebastián, con los brazos atados a una rama y las flechas atravesando sensualmente su sobaco y su costado.

El ocaso de dos vidas
Finalmente, en el ocaso, tanto Mishima como Rock Hudson encontraron en sus agonías y muertes la completitud de sus obras artísticas, el final deslumbrante que hacía de sus vidas una obra de arte. El 25 de noviembre de 1970, Mishima se presentó en el cuartel general del Ejército Nacional y lanzó una proclama ante las tropas de las Fuerzas de Defensa Nacional, en la que exigía un golpe de Estado que remilitarizara Japón, devolviera los valores tradicionales de la edad de oro del imperio japonés, implantara una política más contestataria frente a los Estados Unidos y restituyera el poder al emperador. Tras ese acto, Mishima halló su muerte voluntaria practicándose el harakiri —el suicidio al estilo samurái—, secundado y ayudado por el joven Masakatsu Morita, el último de sus amantes, quien a continuación hizo lo propio.
La pareja tuvo una muerte joven y bella, similar a la que Mishima había imaginado para los amantes de Patriotismo, donde un apuesto teniente se vacía las entrañas para no participar en un complot organizado contra el emperador y su esposa se suicida de una puñalada. Los preparativos para el suicidio de los recién casados son semejantes a los ritos del amor: se bañan, hacen el amor y, antes de suicidarse, Mishima describe minuciosamente el cuerpo del marido y se detiene en las axilas y el dulce aroma de su vello, que contiene “la esencia de la muerte joven”. Al practicar mutuamente el seppuku, Mishima y Morita alcanzaban la estética de la existencia: el ideal de placer sadomasoquista, de belleza y cuerpo ensangrentado, de éxtasis y muerte que el escritor había perseguido toda su vida.
“En mi opinión, tan solo se debe hablar de erotismo cuando el ser humano arriesga su vida y busca el placer hasta la muerte”, había declarado pocos días antes aquel que, una vez que construyó el cuerpo bello que buscaba, lo destruyó con un movimiento de su espada.
Paradójicamente, Rock Hudson fue víctima de una enfermedad que conjugaba literalmente el placer sexual y la muerte. Cuando se supo enfermo y desahuciado por el sida, convocó a una conferencia de prensa en París y decidió hacer pública, al mismo tiempo, su enfermedad y su homosexualidad, sabiendo que de esa manera ayudaba a las generaciones venideras.
Rock Hudson falleció a los cincuenta y nueve años en su residencia de Beverly Hills, tras una breve agonía y largos meses de desesperanza y sufrimiento. Sin embargo, la confesión pública de su homosexualidad y del sida devino una denuncia de lo que Hollywood era capaz de hacer con sus actores cuando escapaban a la heteronormatividad. Su muerte propició que la sociedad pudiera hablar del sida, hasta entonces una enfermedad estigmatizante y vergonzosa de la que no se hablaba en público. Su martirio legó al mundo la posibilidad de ponerle palabras y enfrentar la enfermedad. Dos años después de su muerte, y tras una larga lucha de los activistas, el presidente Ronald Reagan pronunció por primera vez la palabra sida. Tal como le confesó a su amigo Burt Lancaster: “No me alegro de tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos puedo saber que mi propia desgracia tiene un valor positivo”.
Las vidas torturadas y las muertes prematuras y ejemplares de Mishima y Hudson, atravesadas por una cuota de consciente o inconsciente autoinmolación, cobran hoy una vigencia particular cuando una parte del mundo vuelve a girar hacia la derecha, insiste con políticas homo-lesbo-transodiantes y, en la Argentina de Milei, se retoman discursos estigmatizantes contra la comunidad LGTBIQ+, se recorta el presupuesto destinado al VIH y se elimina la PrEP. El mismo contexto que habilita crímenes de odio como el reciente asesinato de Samuel Tobares en Córdoba./∆z
