LO MEJOR 2020: SERIES

En el año en el que estuvimos gran parte del tiempo entre cuatro paredes, bajo encierro preventivo y obligatorio, el streaming se convirtió en un férreo aliado para combatir la incertidumbre provocada por la pandemia del covid-19. Acá están, estas son, las series que ayudaron al staff Z a aplacar la malaria. 

Por Carolina Bello, Pablo Díaz Marenghi, Julieta Pastorino y Joel Vargas

Ilustración: Paula Rosa

Carmel, ¿Quién mató a María Marta? (Netflix)

Siguiendo una tendencia, con Carmel: ¿Quién mató a María Marta?, Netflix vuelve a apostar por el género que nos cuenta “la verdad”: el documental como fenomenología del hecho. Si es un documental, es verdad, parece ser, a priori, el postulado para diferenciarlo de la ficción. Aunque por ser aprehensión subjetiva de la realidad, sería naif continuar pensando que la objetividad existe en el género o, si vamos al caso, en cualquier lugar. Ni siquiera la ciencia es objetiva: hace falta una sospecha, una intuición o incluso el azar, para elaborar una hipótesis de la que partir.

El documental también recurre a herramientas del discurso ficcional. Hay, entre testimonio y testimonio, ensambles de la trama con recreaciones de una mujer que oficia de María Marta, desde el momento en el que entra a la casa y es ultimada en el baño de su habitación. Es muy sutil y celebratorio de una intención periodística y artística, que en la última escena del documental, el cuerpo tirado en el piso del baño se levante mientras la cámara retrocede y devela, a su vez, la escenografía como artificio.

Dentro de una chatura generalizada en la fabricación masiva de producciones audiovisuales, en donde cada vez se ha vuelto más imperioso echar mano a obras literarias con las que completar hojas en blanco, el género documental parece haber llegado para quedarse. Cuando mirar en torno nos hace pensar que muchos acontecimientos son más extraños que la ficción, la materia prima para contar historias atrapantes, reverbera. Carmel: ¿Quién mató a María Marta? es un indicio de ello.  Carolina Bello

I may destroy you (HBO – BBC One)

A Michaela Coel podían tenerla de algunos capitulos de Black Mirror. Pero con esta serie, uno de los puntos altos del 2020, se consagró no solo como intérprete de comedia dramática (algo complejo de lograr, que la balanza oscile con un tenue equilibrio y sin desajustes) sino como guionista. Ella misma escribió esta serie de HBO-BBC One basada en una experiencia de abuso sexual que sufrió en carne propia. En una estructura de episodios de corta duración, 20 minutos, la serie se vuelve más que atrapante y cautiva, además, por su estructura fragmentada a la hora de narrar. La protagonista, Arabella, sufre un abuso sexual pero no recuerda del todo los detalles. De a poco, al unísono con el espectador, los irá descubriendo y comenzarán a caerse velos. Ella deambula por sesiones de terapia o fiestas con amigos acompañada de una notable banda sonora y con su inconfundible pelo color rosa chicle (spoiler alert: es peluca). Avanza y lucha por entender qué fue lo que le pasó. Y afloran sus traumas.

La ambigüedad y la ironía abundan en esa serie cuyo final roza la incorrección política pero con inteligencia. Planteando como incluso en una situación tan extrema como lo es un abuso sexual, los sentimientos pueden presentarse de un modo mucho más complejo al que el sentido común suele imaginar. La narradora e intérprete de esta historia se expone desde un lugar más que legítimo para contarlo. Pablo Díaz Marenghi

Gambito de dama (Netflix)

La Miniserie despliega una gama apabullante de virtudes estéticas: según el crítico Diego Brodersen, una de ellas es mezclar el melodrama clásico —muerte, golpes bajos, romance y música sentimental de violines—, con la historia deportiva —juegos ganados, juegos perdidos, suspenso y acción— y la historia de crecimiento, la madurez que va ganando Beth, la protagonista, tanto en el ajedrez como en la vida. Todo eso, sin caer en un pastiche.

A la hora de narrar este híbrido, se actualiza el desafío de construir partidas de ajedrez con un montaje que contemple, por un lado, el dinamismo competitivo y, a la vez, la introspección psicológica. Varias apuestas se suceden a lo largo de los capítulos para mostrar los enfrentamientos entre jugadores pero es una la que se la juega por lo simbólico. En el quinto episodio los planos de cada ajedrecista aparecen enmarcados en pequeños cuadraditos que son, por supuesto, casillas de un tablero. Los jugadores mimetizados con las piezas.

A Beth no le interesa hablar de por qué juega tan bien si es mujer o por qué se viste tan bien si es ajedrecista. Le interesa el ajedrez de los jugadores, su nicho, no el del mercado mediático. Le gustan los ajedrecistas que son peones, no por su humildad fingida — ella no la tiene— , sino por el sacrificio noble, estético —”el ajedrez puede ser bello”, sacude Beth a la periodista de Life—  de romperse la cabeza en el tablero. Pero, ¿Hasta qué punto? ¿El de vomitar las derrotas en un trofeo? ¿O hasta que los amigos nos llamen para ayudarnos a ganar la final del mundo? Julieta Pastorino

La conjura contra América (HBO)

En 1927 el aviador Charles A. Lindbergh cruza el Atlántico a bordo de su monoplano, “El espíritu de San Luis”. Es el primero en hacerlo. Trece años después, en 1940, se convierte en el presidente de los Estados Unidos derrotando en las elecciones a Franklin D. Roosevelt. Su gobierno se caracteriza por ser filonazi. Lindbergh persigue a los judíos y restringe las libertades sociales. Este es el plot de La conjura contra América, de Philip Roth. La historia está contada desde la perspectiva de una familia judía que vive en Newark, Nueva Jersey.  Página tras página vemos cómo las políticas antisemitas repercuten en la población. Roth es un experto en retratar el dolor y el sufrimiento. Husmea en el lado oscuro del ser humano.  ¿Es su novela anti Bush? Es una lectura posible, aunque Roth diga lo contrario. Supuestamente, se le ocurrió leyendo la autobiografía del historiador Arthur Schlessinger, donde contaba que el Partido Republicano barajó como posible candidato para disputar las elecciones en 1940 a Lindbergh, simpatizante de Hitler y fuerte militante del aislacionismo estadounidense. Esto fue mucho antes de la administración Bush y de las medidas que tomó el presidente después del 11S.  ¿Elegimos creerle? 

Ahora imaginen esa historia adaptada al formato audiovisual por David Simon, creador de The Wire, y estrenada durante el gobierno de Donald Trump y la avanzada de un nacionalismo extremo. La conjura contra América es una miniserie clave para entender el slogan America for Americans. Joel Vargas

The Last Dance (Netflix)

A priori podría parecer una serie deportiva más. Algo hecho para fanáticos del basquet. Los más conocedores de las producciones de ESPN, notables todas, quizás ya intuían algo. The Last Dance, dirigido por Jason Hehir, es mucho más que un relato sobre deportes o una pseudo biopic de Michael Jordan, el mejor basquetbolista de todos los tiempos. Es, en líneas generales, un relato sobre la obsesión. De la mano de más de noventa entrevistas y un material de archivo mega jugoso, a lo largo de diez episodios se van contando dos historias a la vez: por un lado, la vida y obra de MJ. Por el otro, su última temporada en los Bulls en donde ganaría su último anillo de campeón de la NBA. Ese fue el último baile. Así lo bautizó el mítico entrenador Phil Jackson, una suerte de maestro zen que cruzó una formación deportiva e intelectual con su interés por la filosofía de los nativos americanos.

Se suman personajes secundarios de lujo, como el inefable gusano Dennis Rodman, el coequiper Scottie Pippen (que desnuda fantasmas y claroscuros muy interesantes), el bizarro presidente de los Bulls Jerry Krause y el base Steve Kerr (quien también tendrá su momento emotivo). Hay competencia, mucha. Hay superación, contradicciones, mañas. Hay violencia, porque violenta es la vida. Pero también hay espíritu de equipo. Y el querer ser mejor. Poder llegar a la cima. A lo más alto. Algo de eso se respira en esta serie y se consolida en sus segundos finales. Es, sin dudas, una obra maestra de la narración audiovisual contemporánea que va mucho más allá de lo deportivo. Cala hondo en los huesos del drama humano e invita a pensar sobre una mente obsesiva al extremo como la de MJ y ayuda a entender no sólo el por qué de su éxito (y de las genialidades que ha hecho en una cancha) sino, también, su modo de sentir el deporte y la vida. Pablo Díaz Marenghi.

Song Exploder (Netflix)

¿Existe algún elemento común que una a todas las canciones? ¿Es posible codificar, cual si fuese una cadena de ADN, lo que comparten todas y cada una de aquellas combinaciones de melodía, armonía, ritmo y lírica? Luego de ver la serie documental Song Exploder, producida y conducida por Hrishikesh Hirway, parecería quedar en claro que sí. Ese elemento común si existe. Y no. No se puede explicar. Pero, al menos, queda claro que puede exhibirse, mostrarse, narrarse y describirse.

Esta serie, que nació como un podcast, explora una canción por episodio mediante entrevistas en profundidad con todos los implicados en el proceso creativo y a través de pinceladas de material de archivo. Así es como, en la primera temporada, el espectador se entera de la sorpresa con la que R.E.M. vivió la llegada de su estrellato a partir del hit “Losing my religion” o de la génesis del exitoso musical Hamilton de la mano de su creador, Lin-Manuel Miranda, que entrecruza la historia de la independencia estadounidense con ritmos urbanos como el rap y el hip hop.

En la segunda temporada repasan uno de los hits de Dua Lipa, la madurez de The Killers, la oscuridad ominosa de Trent Reznor (Nine Inch Nails) y la metamorfosis que reencontró a Natalia Lafourcade con sus propias raíces. “Sobrevivir te hace más fuerte” dice Lafourcade en un pasaje y tal podría ser el aura espectral que sobrevuela cada episodio de esta serie. Hay algo que, por más que se explique o se ejemplifique con el mayor de los tecnicismos, permanecerá oculto hasta que un escucha en alguna parte del mundo le de play a una canción y complete la experiencia de manera definitiva. Pablo Díaz Marenghi.

Jeffrey Epstein: filthy rich (Netflix)

Lo mejor de esta serie documental, dirigida por Lisa Bryant, es, tal vez, el halo de misterio que lo recubre hasta sus minutos finales. Si bien cada capítulo echa luz sobre la oscura red de explotación sexual a menores de edad que llevó adelante el magnate Jeffrey Epstein con la ayuda de celebridades y contactos muy poderosos (desde miembros de la realeza hasta presidentes de los EE.UU se muestran implicados) el final deja al espectador descolocado. Si bien (spoiler alert) se lo enjuició y condenó, su misteriosa muerte (¿suicidio?) deja más dudas que certezas y esto no hace más que profundizar la angustia que atraviesa todo el relato. El tono narrativo se sostiene a partir de los testimonios, que son muy potentes, crudos y dramáticos. En una sintonía similar al documental Leaving Neverland (2019) de Dan Reed, donde se visibilizaban los casos de abuso sexual por los cuales se acusó al rey del pop Michael Jackson. Llega, además, en momentos de empoderamiento feminista y necesarias discusiones en torno al patriarcado y al machismo. El contexto lo potencia y resignifica. Es, sin dudas, un producto audiovisual interesante para pensar sobre temas de los cuales el ciudadano de a pie aún sabe muy poco y ser consciente de ello se vuelve en extremo angustiante. Pablo Díaz Marenghi.

 

Ilustración: Paula Rosa (Instagram: @paularosapintura)