LO MEJOR 2020: LIBROS
Pauta 2021
Según ArteZeta, aquí están, estos son, los libros destacados del 2020.

Por Manuel Álvarez, Ana V. Catania, Horacio Convertini, Agustina del Vigo, Pablo Díaz Marenghi, Antonio Díaz Oliva, Mariana Kozodij, Martina Mendoza y Joel Vargas,

Ilustración: Paula Rosa

Las amigas, de Aurora Venturini (Tusquets)

Habría que preguntarse si Aurora Venturini (1922-2015), escritora argentina, que se hizo famosa recién a los 85 años cuando ganó el Premio Nueva Novela de Página/12 en 2007 por la novela Las primas, tenía muchas amigas. Los que la conocieron dicen que era un personaje difícil, pero entrañable. Eso se entiende del prólogo que escribió Liliana Viola para la edición de Las amigas, novela póstuma de la autora, quien le dejó los derechos de toda su obra antes de morir. Y se los dejó, sobre todo, porque Viola no permitió que el manuscrito de Las primas se enterrara entre los tantos que se presentaron al concurso del 2007. Así, en 2020, Tusquets lanzó, aprovechando que se cumplieron cinco años de su fallecimiento, esta novela aún desconocida, donde Yuna Riglos —también protagonista de Las primas— ya es vieja. Por la casa de Yuna-vieja pasan: una chica que limpia en la casa (más joven), su amiga de toda la vida (vieja como ella, desolada por amores crueles) y dos hermanas gemelas que las conocen a ambas. En esta novela, escrita en una monstruosa (en el sentido de fascinante) primera persona que no descansa ni para buscar palabras en el diccionario —cosa que sí hacía la Yuna de Las primas—, que abreva en los más fantásticos giros de la coloquialidad (la de la época de Venturini, que llegó a ser amiga de Eva Perón, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir), que arremete contra el lector, llamándolo, una y otra vez, hasta vilipendiándolo, todo para dejar bien en claro una cosa que, parecería, se aprende en la vejez: lo único que importa es la pasión por el propio oficio. En el caso de Yuna, es la pintura. ¿Y la amistad? Vaya uno a saber qué es. Agustina del Vigo

Teoría de la gravedad, de Leila Guerriero (Libros del Asteroide)

Hay una frase de Fabián Casas que dice “Toda técnica que te sirva para escribir tiene que servirte, también, para vivir”. Este libro de Leila Guerriero va en esa dirección. Disonante en relación al resto de su obra, producciones más bien alineadas dentro del periodismo narrativo/crónica que la posicionaron como referencia ineludible en el género, aquí se recopilan sus columnas breves escritas para el diario El País durante más de cinco años. Lo curioso es que, además de que cada pieza pueda ser leída de manera independiente, las mismas componen un relato. Se integran. Si bien sus crónicas siempre estuvieron atentas a la sensibilidad humana, a las más profundas resonancias del misterio de la existencia, aquí se encuentra una intimidad mucho mayor. Hay anécdotas de su infancia mezcladas con citas de sus poetas favoritos, como Louise Gluck —reciente Nobel— o Nicanor Parra. Hay viajes, cigarrillos y momentos de running urbano. Hasta una suerte de nouvelle de desamor formada por columnas conectadas bajo el mismo título (Instrucción). También es una suerte de libro de autoayuda, en el buen sentido. Son textos que, por momentos, angustian y emocionan pero dejan entrever una luz al final del túnel. Hay padres, madres y familias. Está la muerte y el devenir insondable que todo humano pretenderá descifrar a lo largo de su paso por este mundo. “Nadie nos advierte, pero el infierno vive en nosotros bajo la forma de la indiferencia” con una contundencia admirable y el lector se frena, en seco. Otro ejemplo: “me pregunté con cuanta vida se pagan esos golpes que no dejan marca ni los huesos rotos”. No importa si uno ha leído o no a esta autora. Este libro le huye con elegancia al regodeo yóico que, por desgracia, abunda cada vez más en escrituras mediocres. Contiene la esencia de esta autora que llegará al lector y lo atravesará, como un golpe de rayo, de manera inevitable. Pablo Díaz Marenghi

Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga (Alfaguara)

20 años después del estreno de Amores Perros, Guillermo Arriaga, su guionista, ganó el Premio Alfaguara de novela por Salvar el fuego. 20 años después sigue contando la crudeza del ser humano. Arriaga es un escritor mexicano, mejor dicho un cazador al acecho de historias y uno de los mejores narradores contemporáneos. Toda su obra lo demuestra, desde sus películas hasta sus libros. Salvar el fuego, es quizás su obra maestra en papel. Es una historia de amor, un amor salvaje y pasional. Un amor prohibido entre un hombre preso por un parricidio y una bailarina. Dicho de ese modo, parece algo simple. Pero Arriaga sabe cómo narrar, cómo tirar del hilo, cómo preparar el terreno, cómo calcar la oralidad, cómo arriesgarse. Ejemplos en el libro sobran: el enfrentamiento con narcos, los textos producidos por presos en un taller literario, las críticas a las desigualdades sociales y los tratados sobre cómo debería ser el arte y qué función tendría que tener en la sociedad. Leer Salvar el fuego es placer. Hay elegancia y rabia. Joel Vargas

El otro lado, de Mariana Enríquez (Ediciones Universidad Diego Portales)

El otro lado (UDP) es el último libro de Mariana Enriquez y llega para mostrar, se supone, el lado B de una de las autoras argentinas más famosas de este último tiempo (su novela Nuestra Parte de Noche recibió el premio Herralde de Novela 2019, y en 2020 Enriquez se transformó en Directora del Área de Letras del Fondo Nacional de las Artes). Sin embargo, en realidad es su lado A. “Retratos, fetichismos, confesiones”, dice el subtítulo del voluminoso tomo (700 páginas para ser exactos) editado por la renombrada cronista Leila Guerriero, admiradora de la autora que renovó  la literatura de terror, poco explotada en el Río de la Plata (Quiroga con sus cuentos de locura y muerte, Laiseca, Luciano Lamberti, Agustina Bazterrica —más contemporáneos—, y pocos más). Pero Mariana, dentro de sus contemporáneos amantes de lo terrorífico, es de seguro la que hoy más fama ostenta y más seguidores tiene. Fans, como los que siguen a las estrellas de la música que tanto gustan a la reina porteña del terror. Fan, también, como ella se define de Suede, Nick Cave y River Phoenix, entre otros. En estas páginas se rescatan Investigaciones sobre la vida privada de los Rolling Stones (en la sección “Alma stone”), Jack el Destripador (“El odio”), crónicas sobre momentos primerizos de entrevistas con figuras como Charly García (“Clásicos”) y otras en primera persona que develan fobias, manías, pasiones sobre la vida del personaje “Mariana Enriquez” (“Mundo privado”). A través de estos artículos publicados entre 2001 y 2020 se ve a esta autora crecer, cambiar, volverse mejor, con cada publicación en Radar, pero también en otras revistas como El Guardián y Freeway de Uruguay. Es un fantástico repaso de cómo ejercer un oficio difícil pero apasionante, donde la primera persona, infiltrada en las pasiones y odios declarados del que escribe, es, según Enriquez, fundamental para el periodismo cultural. Agustina del Vigo

Rock and Roll Islam, de Cicco (Abdul Wakil) (Tusquets)

Un sabio, al sur de la frontera, decide reagrupar a sus fieles en lo más recóndito de la Patagonia argentina ya que está convencido de que el fin del mundo se acerca. Otro místico, formado en la psiquiatría y lector de Gurdjieff, crea una orden de seguidores para, luego, desaparecer misteriosamente. El cabello de un profeta milenario resiste 1400 años protegido en un frasquito a resguardo de diversos creyentes que lo custodian de generación en generación hasta terminar en Mallín Ahogado, El Bolsón, Río Negro. ¿Qué tienen en común estas historias? Están unidas por la misma fe: el Islam. En particular, el sufismo, su rama mística, que hace años echó raíces en la Argentina y es narrada en carne propia por Cicco (Abdul Wakil). Ayer, cronista extremo, creó el periodismo border y hoy abraza con seriedad un camino espiritual hace más de una década. En su último libro desmonta prejuicios y desnuda su conversión. Cicco se esfuerza por cuidar la palabra escrita hasta el más mínimo detalle. Traza varios paralelismos con el amor y el fútbol para tender puentes familiares hacia una religión vista con resquemor por el ojo globalizado. La desmitifica y aleja de visiones que la reducen al terrorismo o a la opresión de la mujer. Con cada historia que relata, unidas por la suya propia, deja un testimonio sobre una fe milenaria que continúa siendo un tabú. Pero, si el lector se aleja del lugar común, encontrará emociones que le serán más propias que ajenas. Pablo Díaz Marenghi

Poeta chileno, de Alejandro Zambra (Anagrama)

Alejandro Zambra es el escritor latinoamericano más importante del momento. Su obra no tiene fisuras. Se arriesga, juega y conmueve. Poeta chileno tiene 421 páginas, es su libro más extenso. Es el mismo escritor que se hizo conocido por esa obra maestra llamada Bonsai (2011), una nouvelle despojada. Después de la salida de ese libro todos y todas querían escribir como Zambra. La maestría del escritor chileno radica en cómo juega con el lenguaje. Él hace lo que el texto pide. Ni más ni menos. Suena simple pero es muy complicado. Hay oficio, años de escritura y lo más importante: muchísima lectura. Poeta chileno es un homenaje a esas lecturas iniciáticas, al gran universo de la poesía chilena y su panteón: Nicanor Parra, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Raúl Zurita, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas y siguen las firmas. En el país trasandino, levantás una piedra y hay un o una poeta. Esta novela trata sobre eso, o mejor dicho trata sobre los vínculos, en cómo ser padre o en cómo elegir ser padre o en cómo la literatura te marca para siempre o en el amor o en todo eso al mismo tiempo. Todo lo que escriba Zambra no tiene desperdicio. Joel Vargas

El presente, de Ana Basualdo (Sigilo)

Este compilado de crónicas escritas por Ana Basualdo entre los años ’70 y febrero de 2020 toca todo los temas como solo la crónica —la que se apoya en la investigación profunda, la artesanía de la palabra y una pulsión temeraria— puede tocarlos.Estas crónicas no son de fácil lectura y está bien que así sea. El periodismo lucha con la falta de tiempo. Y la literatura no puede existir porque su deuda es hacia la historia que cuenta, pero sobre todo al trabajo con la palabra que requiere el tiempo de los orfebres. Es por eso que encontrar periodistas que, además de poner el ojo y realizar el trabajo de archivo y concertar entrevistas en tiempos siempre escasos, logran además escribir textos con cierta espesura es un doble mérito del que Ana Basualdo goza hace más de 40 años. Agustina del Vigo

Las visiones de Emma, de Daniel Mella (HUM)

Desde su vuelta al mundo literario con El hermano mayor (2016), Mella no para de confirmar libro tras libro que es uno de los mejores escritores uruguayos contemporáneos. En su nueva novela, Visiones para Emma, sigue por la senda de la autoficción. En esta oportunidad narra sus aventuras por New York y sus impresiones cuando publicó sus primeros libros, la trilogía del dolor: Pogo (1997), Derretimiento (1998) y Noviembre (2000).

¿Cómo funciona la cabeza de un pibito que la pega de un día para el otro? Se exilia, cuestiona su fe y su razón, conoce a Levrero: ama su literatura, siente rechazo por su imagen y el culto a su figura. Lo niega, y lo vuelve a amar. Se reconcilia con su padre, lucha contra su pasado, busca la espiritualidad en las minucias, ¿la encuentra? Sí. Vuelve a Montevideo, vive y escribe. Todo eso y más pasa en Las visiones de Emma. Un libro que problematiza el mundo literario y la creación. Un libro que demuestra que Daniel Mella es un escritor y nunca va a poder escapar de eso. Joel Vargas

Loquibambia, de María Moreno (Ediciones Universidad Diego Portales)

Este libro no es tan sólo una recopilación más de artículos periodísticos de María Moreno. Sino que, más bien, forma parte de una necesaria reivindicación pública que viene consagrando a la escritora nacida bajo el nombre de María Cristina Forero como una de las más destacadas cronistas y ensayistas de su generación. Con una pluma eximia y mordaz, pionera a la hora de pensar cuestiones como el feminismo, la sexualidad y las disidencias, dijo en una entrevista: “Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres…Estaba convencida de que, más que ganar la universidad, las mujeres debían ganar las tabernas”. Loquibambia comparte universo con Panfleto y A tontas y a locas, volúmenes que recopilan sus textos más feministas. Aquí se incluyen reflexiones sobre la política, las identidades sexuales, el colectivo  LGTTBI, el sadomasoquismo y los cuerpos. Intercala misiles contra Mauricio Macri con reflexiones tales como: “No soy masoquista porque para sufrir no necesito un amo. No soy dómina porque me gusta hacer daño sin que me lo ordenen”. En el apartado Degenerados incluye algo que sabe hacer con maestría: perfiles de gente muy querida escritos desde la admiración, la erudición y la intimidad, tal como lo demostró en Black Out, su libro de memorias bohemias y etílicas. Aquí retrata a Oscar Wilde, Perlongher, Copi, Alejandro Kuropatwa (“un biógrafo de pellejos”), Pedro Lemebel, Arturo Jacinto Álvarez y Lohana Berkins. En un pasaje, escribe: “Suelo imaginar el mundo como un inmenso bar de infinitas puertas por donde siempre entrará alguien con quien tenemos una conversación pendiente”. De ese modo escribe la Moreno: iniciando una conversación interminable, desaforada y disruptiva que sólo un lector desacartonado podría terminar. Pablo Díaz Marenghi

Castillos, de Santiago Craig (Entropía)

Reconocido por sus cuentos, Santiago Craig sacó en julio del año pandémico, su primera novela: Castillos. Julián y Elvira necesitan vacaciones. Deciden irse a veranear a la costa uruguaya con sus dos hijos. Él es escritor y se promete no escribir. Apuntaron con el dedo un lugar en el mapa y así fue como llegaron a Punta Rubia, una ciudad cerca de Castillos.

–¿Qué son los detalles, papá?

–Son lo que hace que una cosa sea distinta de otra. O no. 

El detalle es lo que podría haber sido y no fue, es apuntar con el dedo dos centímetros hacia un lado o hacia el otro, es permitir que, ¿destino? ¿casualidad? los conduzca. Un libro que se desenvuelve con la ligereza de un cuento y se tiñe de una sensación difusa y gris de extrañeza que germina a lo largo de las páginas hasta llegar a consolidarse sobre el final. Nunca deja de oscilar entre lo siniestro y la aparente tranquilidad de unas vacaciones en familia, donde lo no dicho es la oscuridad que empasta toda la trama. El autor nos guía como por un pasillo tan luminoso y despejado que pasa a ser engañoso. No solo los protagonistas se ven rodeados de hechos, detalles ínfimos pero extraños, sino que el lector también termina enredándose como el pelo con el viento de la playa, en aquella historia que roza el realismo. Entonces, ¿quiénes son los atrapados? ¿Aquella familia o nosotros, los lectores y lectoras? Como diría Abelardo Castillo, hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Martina Mendoza

Los abetos, de Luciano Lamberti (China Editora) 

Samuel Beckett es una de las figuras más importantes de la narrativa del Siglo XX. Quien diga lo contrario se equivoca. Su porte, sus pelos, su rictus, su mirada. Ver una foto de él, es ver un mito. Esperando a Godot es su obra más conocida. ¿Quién alguna vez no escuchó un chiste con el título? Entonces, es un artista que trasciende fronteras y está en el imaginario popular. En 1938 un tipo lo apuñaló a la salida del cine, en el juicio su atacante le explica por qué lo hizo: “Je ne sais pas, Monsieur. Je m’excuse”. (“No tengo ni idea, señor, lo siento mucho”) Locura extrema, ¿no? Los días posteriores a este suceso, son narrados por Luciano Lamberti en Los abetos, una suerte de biopic o, mejor dicho, una biografía novelada. El escritor cordobés se calza el traje de “biógrafo” y juega con la vida del artista irlandés y su influencia en el arte. Es un libro que potencia lo “beckettiano”. Corta la bocha. Joel Vargas

Voyager, de Nona Fernández (Literatura Random House)

Con La dimensión desconocida (2017), Nona Fernández fue premiada y su proyecto literario se consolidó. Sus editores en Random le propusieron escribir un ensayo sobre la memoria. Ella, adepta a transgredir las fronteras entre los géneros desde siempre, escribió un texto híbrido que parte desde un costado más íntimo y casi científico. De nuevo su vida personal es el disparador: su madre se desmaya en la calle, aduce olvidos, desmemorias y se somete a un examen neuronal. Allí Nona hace un click al ver los resultados de aquel test médico: “lo que observo evoca un paisaje astral. La fantasía de un coro de estrellas que titilan con suavidad para tranquilizar a mi madre desde su cerebro”, escribe. Eso le recuerda una teoría disparatada que le contaban de niña sobre la identidad de aquellos astros luminosos: serían, en realidad, seres diminutos sosteniendo espejos que intentaban darle un mensaje. “Luces del pasado instaladas en nuestro presente, aclarando como un faro la temible oscuridad” se lee en Voyager. Por eso, una vez más, la Dictadura chilena emerge como un fantasma imposible de ser evadido. Así como las sondas Voyager exploran los límites del universo desde que fueron lanzadas al espacio exterior en 1977, Nona Fernández indaga sobre los límites de la memoria bajo el prisma de la literatura y la reflexión histórica. Su libro es un llamado de atención que se incrusta como un dardo en la omnipotencia humana. Trastoca los límites entre pasado, presente y futuro. Pablo Díaz Marenghi

Blanco, de Bret Easton Ellis (Literatura Random House)

Luego de Suites Imperiales, esa fallida segunda parte de Menos que cero, Bret Easton Ellis se dio cuenta de que la nueva literatura no es literatura. Por eso Blanco no es un libro de ensayos sino más bien remixes memorísticos de sus furiosas e inspiradas introducciones para su podcast.

Blanco como una mezcla entre Joan Didion (quien, no olvidar, votó por Reagan y odiaba a los hippies), Norman Mailer, y las memorias de un escritor emblema de la generación X, aquel que, a diferencia de sus coetáneos, sí usa las redes sociales (aunque para explorar y reírse de la hipersensibilidad millennial).

Leí Blanco dos veces en dos momentos muy distintos de este 2020.

La primera en inglés en Estados Unidos (donde la mayoría de mis amigos “progres” y/o “liberales” no aguantan a Ellis). Y la segunda en español para preparar la entrevista que le hice en mayo (“Soy el escritor con peor crítica de mi generación”, me dijo, “pero también del que más se escribe y comenta”). Sin embargo, solo ahora, cerrando el 2020, me doy cuenta de que si Psicópata Americano marcó el inicio de la era Trump (recordar: Patrick Bateman ama The Art of the Deal), Blanco es la transición entre los años MAKE AMERICA GREAT AGAIN y el comienzo de lo que Ellis, en uno de sus ensayos, llama el Postimperio, el fin del Estados Unidos como potencia.

En Blanco hay una contagiosa irreverencia, una ironía fina y una curiosidad cultural que enfurece, deleita y provoca. Antonio Díaz Oliva

Pasado mañana, de Luis Chitarroni (Ediciones Universidad Diego Portales)

Luis Chitarroni es un escritor, un editor, un intelectual, un crítico, un científico de las letras. Es eso y mucho más. Es una suerte de Aleph literario encarnado en un hombre. Cada palabra que emite, cada opinión, cada argumentación, cada lectura vale la pena de ser escuchada, estudiada y analizada. Pasado mañana, publicado por la editorial chilena Ediciones Universidad Diego Portales y editada por el crítico español Ignacio Echeverria (quien supo ser albacea de la obra de Bolaño), es una gran muestra de la sabiduría y el ojo puntilloso de las lecturas de Chitarroni.

Es una antología que contiene una variedad de artículos escritos a lo largo de treinta años que funcionan como un muestrario de las obsesiones del reconocido crítico argentino:  ¿Cuáles son los hilos detrás de una gran obra? ¿Cómo es el texto definitivo? A lo largo de sus páginas aparecen: Cioran, Barthes, Dickens, Chesterton, Borges, Bolaño, Cortázar, Faulkner, Bradbury, Nabokov, Vallejo, Bradbury, Fogwill, Gombrowicz, Joyce, Puig, Viñas, Guebel, Chejfec, Pauls, Aira, y más, muchos más. Hermoso, ¿no? Joel Vargas

Periodismo: instrucciones de uso. Ensayos sobre una profesión en crisis. Prólogo y selección: Reynaldo Sietecase. (Prometeo Libros)

El periodismo necesita, hoy y más que nunca, de Juan Román Riquelme. Es decir, necesita de alguien que haga una pausa. Que se detenga en el instante preciso, lea entre líneas y saque un pase certero por entre medio de un marcador central desprevenido para dejar al delantero, en este caso al lector, de cara al gol. ¿Y cómo hacer eso cuando todo, al parecer, va en dirección opuesta; el ritmo es cada vez más vertiginoso, el tiempo de lectura es más efímero y la capacidad de prestar atención más compleja? La era de las comunicaciones llegó hace rato. En el mientras tanto, ¿Qué hacemos los/as periodistas y comunicadores? Algunas claves, más que valiosas, se hallan en Periodismo: instrucciones de uso... Aquí hay desde relatos de experiencias de vida formadas en redacciones que vivieron los cambios en carne propia (Graciela Mochkofky) hasta plumas consagradas que piden escribir en contra del público (Martín Caparrós) o jóvenes que analizan con datos y precisión de qué hablamos cuando hablamos de algoritmos, clickbait, digitalización y precarización disfrazada de “periodismo multitasking” (Natalí Schejtman, Noelia Barral Grigera). También hay dilemas éticos (Reynaldo Sietecase, Ezequiel Fernández Moores) y una contextualización desde la academia, pero no desde el pedestal, más que necesaria a cargo de Martín Becerra. Completan la nómina de quienes escriben Cristian Alarcón, María O´Donnell y Hugo Alconada Moon. Subyace la idea de intentar un paradigma periodístico menos veloz y más interpretativo. ¿Será posible parar la pelota, cual JRR, en el medio del vértigo en un contexto cada vez más híper mediatizado e, incluso, potenciado por el encierro pandémico? Sólo el tiempo lo dirá. Pablo Díaz Marenghi

Vida de lago, de David James Poissant (Edhasa)

En 2014 David James Poissant sacudió Estados Unidos con su gran libro de relatos: El cielo de los animales. Un compendio de historias deudoras de la tradición realista del cuento norteamericano con Raymond Carver y John Cheever a la cabeza. En su momento, lo entrevistamos y afirmó: “En Estados Unidos no se lee tanto, la gente mira más televisión y esas cosas, y los que son más lectores tienden a leer más novelas que cuentos. Entonces, un editor tiene que realmente creer en un libro de relatos. En general hay autores que sienten que tienen que tener un libro todos los años y otros que se sienten satisfechos solo con escribir seguido.” Y seis años después vuelve a romper todo con Vida de lago, su primera novela, que muchos podrían catalogar como la clásica “gran novela americana”. Una familia, una tragedia y quilombitos existenciales. Todo lo que está bien para leer. Joel Vargas

Confesión, de Martín Kohan (Anagrama)

A mitad del año pasado, cuando la pandemia se descontrolaba, salía Confesión, una novela que se vale de la estructura, del control quirúrgico (del tejido, del lenguaje) de Kohan, para narrar la dictadura, o mejor, sus efectos, ya que la dictadura no está en el centro, Videla no es el protagonista, su figura aparece de manera lateral (no tiene voz, es cuerpo al principio y sombra después). Lo que importa es lo que provoca esa figura sobre Mirta Lopez, la verdadera protagonista. ¿Cómo se narra un tema sobrescrito? Una respuesta la da la novela: cambiando la perspectiva desde donde se mira.

En esta gran novela es Mirta Lopez –primero como adolescente, después como abuela– con su conciencia remordiendo por su accionar del pasado, entre ingenuo y macabro, el personaje que pesa, que marca el tono. Porque es a través de su memoria personal, balbuceante, suspendida y, sí, subjetiva que se recrea un tiempo, las condiciones necesarias para que se vivieran esos años oscuros en donde una porción grande de la sociedad eligió no dejar que sus vidas fueran alteradas por hechos exteriores, aunque estuvieran ahí, a la vista de todos. Manuel Álvarez

Éramos tan modernos -Costumbres argentinas de decir no, de Moris a Babasónicos-, de Gustavo Álvarez Nuñez (La Carretilla Roja Ediciones)

Con el estreno de la serie documental de Netflix Rompan todo a.k.a “El rock lationamericano según Santaolalla”, el debate sobre el rock, su genética e identidad volvió a las primeras planas. Por desgracia, la discusión estuvo contaminada de amarillismo salvo excepciones (un notable artículo de Anfibia, por ejemplo). En sintonía con los análisis hechos por Fernando García en Crimen y Vanguardia, el último libro de GAN (ex director de Inrocks, la voz de la banda de culto Spleen) llega a iluminar zonas algo incómodas dentro de la rockería vernácula. Aquí se enaltece, al fin, a Diana Nylon, se analiza a popes como Spinetta/Luca/Cerati/Charly de maneras poco habituales, se reivindica a Virus y se problematiza mucho sobre los ochentas en torno al under, la new wave, las modas y el concepto de modernidad en un sentido amplio. Su lectura se vuelve obligatoria para ampliar la comprensión sobre un fenómeno como el rock argentino/”Nacional” que conforma una maquinaria significante cuya potencia no deja de latir más allá de que en las redes sociales se vaticine su muerte hace varios años. Pablo Díaz Marenghi

No es un río, de Selva Almada (Literatura Random House)

¿Qué pasa cuando lo estancado se revuelve? Las superficies cambian, en especial en un cerrado mundo isleño tan apretado como un puño frustrado, tan hipnótico como el agua abriéndose al paso. En No es un río (2020), novela corta que se lee de una sentada, llaman la atención tres factores: los personajes, la atmósfera y la línea de tiempo. Por un lado, están Enero Rey y el Negro, dos amigos que llevan de pesca a Tilo, hijo de Eusebio- que murió ahogado en el río- en una especie de ritual de sanación paternal. Por otro lado, conocemos a Aguirre- en el rol de vigilante de las buenas costumbres isleñas-, su hermana Siomara- la purificadora-, y las quiméricas adolescentes Mariela y Lucy junto con una variedad de personajes al mejor estilo pueblo chico infierno grande.

La naturaleza hunde a todos (incluido al lector) en una atmósfera de melopea y desconfianza a partir del momento en que uno de los pescadores devuelve al agua la raya muerta que fue arrancada del fondo del río, a fuerza de horas de tanza y de unos balazos. La línea de tiempo sobre las existencias se mezcla con ansias de estallido, las memorias y el universo de las creencias y lo mágico.

Si en el Viento que arrasa (2012) Almada nos dio el golpe de calor del prejuicio y el desarraigo, y en Ladrilleros (2013) una violencia desbocada, en No es un río nos trae nuevamente un mundo masculino, pero con una prosa pulida que no lo teme a lo errático ni a la poética de la intriga. “El aire tiembla, lleno de avispas”; solo nos queda leer y caer en el hábil juego de la pausa y la tensión. Mariana Kozodij

Sinfín, de Martín Caparrós (Literatura Random House)

Es el momento de dejar de introducir a Martín Caparrós como un periodista o un cronista. Es un escritor, ¡Carajo! ¿Alguien a esta altura lo sigue dudando? Otra prueba cabal de esto es Sinfín, su última novela, en donde decidió jugar aún más con las fronteras difusas entre los géneros y utilizar los procedimientos narrativos de la crónica para narrar una historia completamente ficcional que plantea el fin de la muerte. Así es: la vida es eterna y las peronas pueden derrtoar a la fragilidad de la carne (en un plot similar al de Los Cuerpos del Verano de Martín Felipe Castagnet). En un pasaje, escribe: “Alguien dijo que la historia del mundo es la historia de lso intentos de los hombres por esquivar la certeza de la muerte. Lo dijo hace décadas o siglos, cuando equivalía a decir que, entonces, la historia del mundo era la historia de un fracaso. Quién sabe qué diría, ahora. Qué importa qué diría ahora”. Como siempre en su obra hay ironía, humor y sordidez. Una distopía que se adelantó al covid-19 (se publicó en marzo de 2020) pero que, de alguna manera, contiene esas fibras apocalípticas. Pablo Díaz Marenghi

Los llanos, de Federico Falco (Anagrama)

A días de que se termine el 2020 –el año que amamos odiar–, se publicó Los llanos, de Federico Falco, una novela hermosa que narra cómo atravesar un duelo amoroso. En ella se cuenta la historia de Federico, un escritor en sus cuarenta que, después de ser dejado por Ciro, su pareja desde hace siete años, decide escapar a Zapiola, al silencio del campo, y sembrar una huerta. Ahí, en los días largos en la llanura, intenta escribir pero entre el dolor y la desesperanza no puede. Ahora, ¿no es trabajar la huerta una manera de escribir?

La novela no se centra solo en el duelo, habla también del paso del tiempo, de la construcción de relatos propios y los efectos de su caída, y, sobre todo, de la lectura y el proceso de escritura, de la tensión entre la escritura y la siembra (es decir, el arte y la vida, que, como a la huerta, no se le puede dar forma). Falco se suelta, cuenta sin pretender entender en el medio. Puro sentimiento. Su estructura acá, a diferencia del orden de sus cuentos, parece la de un pintor abstracto al mejor estilo Pollock. Y lo hace y brilla. Parafraseando a Cerati: sacar belleza de ese caos es virtud. Manuel Álvarez

Nada dentro salvo el vacío, de Ana Catania (años luz editora)

El lado oscuro de la maternidad, la muerte de la madre, el flirteo y el desamor, la libertad sexual o la abulia son algunas de las caras del poliedro que se construye en estos relatos. Catania explora las diferentes dimensiones de la existencia humana y la particularidad que atraviesa la existencia de una mujer. Porque hay trayectorias, conflictos y experiencias diversas y la autora se encarga de convertirlas en literatura. También hay cultura pop y guiños meta-literarios. Con un ritmo elegante, como de jazz, y una prosa contaminada por la mejor narrativa norteamericana, en estos seis cuentos que marcan su debut editorial evidencia un potencial para narrar que entusiasma. Pablo Díaz Marenghi

El último Falcon sobre la tierra, de Juan Ignacio Pisano (Baltasara Editora)

La trama transcurre en un futuro cercano de la Argentina después de una inundación devastadora. La protagonista vive como puede junto a su sobrina, una nena de siete años que no habla, y su abuelo, un ex campeón de TC que quedó ciego. Se alimentan de las cajas que entregan cada tanto unos soldados que llegan en camiones. Como en Mad Max, el poder es del que tiene la fuerza, en este caso el Chili, el jefe de la pandilla del barrio y quien maneja el contacto con los de la Ciudad Alta, ese territorio que se salvó del agua y en el que, se presume, todavía persiste algo de civilización. Pero la joven tiene un poder del que los pibes bravos carecen: es profesora de Literatura, sabe leer y escribir, por lo que les redacta sus demandas a “los dueños del circo” a cambio de baterías con carga. El Chili traerá un Falcon destruido para que el ex campeón de TC lo ponga a punto. Este auto, será, a la vez, el punto de conflicto con otra pandilla, el reverdecer del anciano ciego y la esperanza de una fuga. Pisano narra a rienda corta. Pocas palabras, secas. Una prosa que encaja a la perfección con el ambiente severo y tenso de la historia. Como en Plop, de Rafael Pinedo, el futuro argentino es la regresión a un estado de barbarie. La vida pre inundación se menta como algo demasiado lejano e irrepetible. La supervivencia apenas deja lugar para la nostalgia. El último Falcon sobre la tierra, ganador del premio Filba 2020, es una novela sobre la marginación contada desde adentro por quienes saben que no tienen nada por ganar. Gran libro, gran autor. Horacio Convertini

En las bateas expuestas, crónicas del amor y el hartazgo con los libros, de Cristian De Nápoli (años luz editora)

El autor es traductor, escritor, editor y librero. Desde su experiencia y sus vivencias, fue desperdigando pensamientos, ensayos breves, disquisiciones, primero en Facebook o blogs para luego corporizarse en este notable volumen que recopila diversas reflexiones sobre el mundillo de los libros. Quien ame la lectura y la escritura encontrará aquí un disfrute absoluto. Desde una crónica muy completa y poética sobre la historia del Parque Rivadavia, detalles sobre los libros de saldo, los formatos (papel, ebook), estadísticas sobre la industria editorial (la independencia, el mainstream) y apreciaciones sobre la literatura nacional y el mercado (notable el texto “El escritor argentino y la extradición”). Su prosa combina displicencia y erudición con una pátina de crónica urbana. Una de las gratas sorpresas del año editorial. Pablo Díaz Marenghi

La teoría de la luz y la materia, de Andrew Porter (China Editora)

“Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno”, escribió Flannery O’Connor en su citadísima charla “El arte del cuento”. Más de medio siglo después, el primer libro de su coterráneo Andrew Porter, La teoría de la luz y la materia, ganador del premio que lleva el nombre de la magnífica escritora sureña, le rinde culto a esa oración/plegaria que (imagino) más de un aspirante a cuentista tiene apuntado en una ficha de tres por cinco, como diría Raymond Carver. Las diez piezas que integran el libro, publicado originalmente en 2008 y traducido al español por Caterina Gostisa para China Editora en 2020, hacen que el género del short story norteamericano reluzca en su esplendor: anécdotas como puntas de iceberg para esas segundas historias que se despliegan hacia atrás, hacia delante, hacia los costados, y que obligan al lector (como a los propios personajes) a pescar en la entrelínea (en lo no dicho) los indicios o las intuiciones del choque, de la fatalidad, de la explosión. Nos empecinamos junto a ellos, los personajes (un chico que ve morir a su mejor amigo, una pareja sin hijos que acoge a un joven gay, una universitaria que pasa las noches en el departamento de su profesor de física, un adolescente que espera a su madre subido al techo de su casa, mientras los coyotes aúllan), en buscar sentido a lo absurdo y caótico de la realidad, una realidad hecha de pérdidas y sacrificios, de nostalgia e incertidumbre, de sueños rotos, culpas y cobardías. “Sentía como si mi infancia entera hubiera transcurrido en ese tejado, observando el agua y creyendo que si la miraba lo suficiente descubriría algo sobre el funcionamiento del mundo”. Y lo hacemos guiados por la escritura bella y verdadera de Andrew Porter, que es capaz de revelar en cada combinación de palabras, en cada frase, en cada párrafo, el misterio de la personalidad humana. Ana V. Catania

Crónicas completas, de Hebe Uhart (Adriana Hidalgo Editora)

Hay que leer a Hebe Uhart. Una de las escritoras más potentes de la literatura nacional, atravesada por la docencia (sus talleres literarios han hecho escuela), la escritura de novelas, cuentos y crónicas, que se recopilan completas en este volumen editado de manera eximia por Adriana Hidalgo editora. El primer impacto es físico. El peso. Es un ladrillo textual de 889 páginas que recopila todas las crónicas publicadas por Uhart. Inclusive la última, escrita en 2018, en plena internación hospitalaria y publicada en el mes de su muerte (octubre de 2018). Dicho texto arranca así: “Estoy internada en una sala de terapia intensiva, estoy en un sanatorio chico”. Uhart era una escritora que, tal como afirma Mariana Enríquez en el prólogo de este volumen, “ponía la dignidad en primer lugar”. Decir que sus crónicas forjaron un estilo propio, una voz propia, un tono propio, sería, más bien, pereza intelectual. Más justo sería decir que uno no sale indemne de su lectura. Ya no es el mismo. Que la sensibilidad que allí se aloja en cada anécdota, cada descripción de algún pueblito o ciudad, ya sea en La Patagonia, Arequipa, Lima, Cartagena o la Plaza San Martín, conmueve. Provoca un temblor como el de un pedazo de glaciar despedazándose. Sus semblanzas de animales son de una belleza inusitada. Su crónica final, la que cierra el libro y su vida, termina con la siguiente oración: “Y les serví a todos un poquito de vino reservado”. Esas fueron sus últimas líneas publicadas o, mejor dicho, sus últimas palabras. La respiración de Uhart era, y será, la palabra escrita. Pablo Díaz Marenghi

Ilustración: Paula Rosa (Instagram: @paularosapintura)

Pauta 2021