La literatura no murió

A partir de un encuentro de bookfluencers en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, analizamos las ecologías literarias contemporáneas y la relación de las y los jóvenes con la literatura.

Por Florencia Ricardi

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el pasado 13 de mayo tuvo lugar el Encuentro Internacional de Bookfluencers, que contó con la participación de jóvenes reseñadores y escritores, la intermediación de Cris Alemany y la presencia de cientos de jóvenes lectoras y lectores. En los distintos paneles que fueron alternándose a lo largo del Encuentro se analizaron best sellers como la saga Percy Jackson de Rick Riordan, y se propusieron discusiones alrededor de los prejuicios contra la literatura juvenil, la supuesta grieta con la cultura clásica, las nuevas comunidades lectoras, entre otros temas. La imagen de la Sala José Hernández colmada de jóvenes para discutir sobre sus lecturas con emoción y fanatismo, y la expansión en los últimos años del Programa Movida Juvenil dentro de la Feria, nos impulsa a repensar el lugar común que reza “los jóvenes leen menos”. Al mismo tiempo, vuelve necesario revisar cómo están compuestos los entramados literarios contemporáneos y cuál fue el impacto concreto que tuvo el confinamiento del 2020 por el COVID 19 en la relación entre los jóvenes y la literatura.

Solemos escuchar muy frecuentemente que los videojuegos y el lenguaje audiovisual resultan más atractivos para las nuevas generaciones y que han reemplazado el hábito de la lectura. Sin embargo, nos encontramos con evidencia que parece oponerse a esta conclusión un poco apresurada. Por una parte, según el informe de Hábitos de lectura y compra de libros 2020 realizado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), la lectura de libros por ocio en tiempo libre no ha dejado de crecer en los últimos años y acumula un incremento del +12,3% en la última década. También, el estudio muestra que este crecimiento se acentuó especialmente durante el 2020 y que la lectura de libros en España alcanzó un máximo histórico durante los meses de confinamiento. Otro dato muy interesante es que este efecto sobre la lectura se dio principalmente entre los menores de 35 años. En Argentina, una encuesta llevada adelante por la firma Ghostwriter Argentina sobre un total de 7834 casos efectivos revela que un 45,7 % de los consultados reconoce haber comenzado a leer con más frecuencia durante las restricciones impuestas por el coronavirus; entre las personas de entre 18 y 35 años la suba fue del 40,7 %.

Estos datos, aunque siempre implican un recorte parcial, indican un interés creciente por la lectura que también se ha convertido en una herramienta para sobrellevar el confinamiento y el consecuente aislamiento social. Al mismo tiempo, el aumento de la digitalización de todos los ámbitos de la vida y, en particular, de la lectura, así como la expansión de las redes sociales han producido profundos cambios en la circulación, consumo y comercialización de los libros. Este fenómeno abre interrogantes sobre la función de la literatura en nuestra sociedad contemporánea. ¿Qué leen y qué buscan en un libro las nuevas generaciones de lectores? ¿Cómo se entrecruza el hábito de la lectura con el uso de las plataformas digitales? ¿De qué manera se articulan las organizaciones tradicionales de formación, difusión y comercialización (escuelas, editoriales) con el boom de la literatura juvenil y la expansión de los bookfluencers?

“Los libros son para divertirme; si quiero aprender leo un diccionario o una enciclopedia”, anuncia provocativamente Mariela Fernández, bookfluencer y participante del segundo panel del Encuentro. Los otros panelistas acuerdan con esta idea: no leen para instruirse, sino para entretenerse. Y, al mismo tiempo, casi sin quererlo, para aprender ortografía, habilidades de redacción y para ampliar su léxico. Muchos de los libros que más éxito han tenido entre los jóvenes lectores en las últimas décadas podríamos enmarcarlos dentro del género maravilloso—Harry Potter, Percy Jackson, Hush, Hush —, lo cual refuerza la idea de que, ante todo, los jóvenes buscan desconectarse del mundo que los rodea para sumergirse en otro, con otras leyes y otras posibilidades. Santino (19), participante del Encuentro, afirma: “Yo leo para escapar de la realidad. Leer el problema de otra persona, ver si lo mata hoy el dios del Olimpo o no, me hace olvidar de mi realidad. Me encanta poder vivir, a través de la lectura, otros mundos.” Es interesante notar que en esta exaltación de la función de entretenimiento también se consolida una predominancia del leer por placer frente al leer por deber; un deber usualmente impuesto desde la escolaridad, que se ajusta a un canon impersonal. “Leo por gusto; si no me gusta lo que estoy leyendo, o si no me siento con el ánimo para leer, no leo”, afirma Sol (19), otra de las participantes.

Sin embargo, algunos de los y las panelistas no creen que se deba prescindir de los clásicos; para ellos, la literatura juvenil puede consolidarse como una puerta de acceso a la lectura desde el placer ya que logra conectar más fácilmente a las generaciones más jóvenes con la lectura. A partir de ese primer acercamiento, cada lector puede emprender su recorrido singular. Dewars Bracho, bookfluencer y participante del segundo panel, sostiene: “Llegué a clásicos como Cien años de soledad a partir de lecturas juveniles. Está bueno que los jóvenes lean libros para su edad; después, eventualmente, llegan a los clásicos, al origen. Es lo que está pasando, por ejemplo, con el éxito actual de Jane Austen”. Precisamente, los participantes enfatizan en que los libros equivocados en el momento equivocado —algo de lo que, según manifiestan, se encarga la institución educativa tradicional— pueden tener un efecto muy negativo en la relación de los y las jóvenes con la lectura. Al no construirse una relación desde el placer, la literatura suele asociarse a una actividad pesada, aburrida y, muchas veces, sin sentido. “Entiendo que tengamos que ver clásicos, pero a los diez años no me pongas a leer el Martín Fierro. Creo que si en la escuela hubiésemos leído Harry Potter o Percy Jackson muchísima más gente se hubiera interesado por la lectura. Si les das un libro con palabras re difíciles de entender a chicos de doce años, dudo que les guste mucho”, explica Santino. A su vez, la circulación de los retellings -—un nuevo género que busca narrar de formas alternativas y contemporáneas algunos relatos clásicos— y los fanfiction —rescrituras creativas sobre relatos y personajes de obras consagradas— han promovido nuevas formas de conexión entre los clásicos y los adolescentes. De esta manera, como señala Dewars, los retellings de novelas como Orgullo y prejuicio han contribuido al éxito editorial de los últimos años de autores consagrados como Jane Austen.

Por otra parte, según manifiestan las y los participantes del Encuentro con quienes conversamos, una de sus principales búsquedas en la literatura tiene que ver con la identificación con los personajes; para que una lectura resulte satisfactoria necesitan que exista una afinidad emocional. De esta manera, el hábito de leer literatura también se constituye como una instancia de reflexión y formación afectiva. “Leer me ayuda más a entender los sentimientos. Cada vez que leo tengo más empatía”, señala Melanie (19). Al mismo tiempo, la posibilidad de ver en un otro —aunque se trate de un otro ficcional— el reflejo de los propios sentimientos suspende el angustiante aislamiento emocional (y físico) tan acuciante en nuestra época. Pilar (19), otra de las participantes, argumenta: “Leer algo con lo que me siento identificada me hace sentir bien, me hace sentir vista y acompañada.” En este sentido, resulta muy interesante pensar funciones de la literatura asociadas al acompañamiento y al entretejido de grupos de pertenencia. En este proceso, las redes sociales y las plataformas digitales como Twitch se han convertido en los principales puntos de encuentro e intercambio. Maratones de lectura online, debates y reflexiones sobre libros han sido algunas de las modalidades que se han consolidado como nuevos hábitos de expresión y contención, opuestos a la tradicional concepción de la lectura como actividad solitaria. En este sentido, los bookfluencers han jugado un papel fundamental en estas formas de circulación y se han erigido como importantes referentes para las autoproclamadas “comunidades lectoras” o “familias literarias”. Sus recomendaciones y reseñas han influenciado hasta tal punto el mercado editorial que las editoriales han comenzado a incorporarlos como parte de su staff y a incluir estos nuevos formatos en sus estrategias de difusión.  Estos jóvenes reseñadores han propuesto un nuevo formato para la clásica figura del “intermediario cultural”: su cercanía con el público (etaria, cultural y lingüística) se confronta con los tradicionales mediadores intelectuales, con su léxico elevado y su distancia crítica.

Por otra parte, los nuevos circuitos y ecosistemas culturales no solo han producido modificaciones en los hábitos de lectura; también han transformado las formas de producción de la escritura literaria. El tercer panel del Encuentro estuvo conformado por cuatro bookfluencers y escritores—Maxi Pizzicotti, Matías Gómez, Alvin Garat y Tory Resco— que han publicado inicialmente en la plataforma Wattpad y, más tarde, en editoriales reconocidas, convirtiéndose rápidamente en éxitos comerciales. Estos productos literarios que se gestan desde la interacción virtual con las y los lectores y que buscan “explicar cosas complicadas con palabras no complicadas”, como destaca Alvi, proponen, ante todo, una construcción alternativa de la figura autoral y del ejercicio de escritura, tradicionalmente asociados a un proceso solitario e introspectivo.  “Un libro es un beso, necesita de dos personas, de la conexión”, afirma Maxi. Y es que en estas nuevas configuraciones culturales resulta difícil pensar en un sujeto individual y ensimismado que bucea en su interioridad para desarrollar un proceso creativo. Esta época propone una producción desde la retroalimentación y la viralización, un nuevo desafío para la posición del escritor o escritora: ¿cómo contrarrestar los dictámenes del mercado y del gusto mainstream al momento de componer una obra? ¿De qué manera conjugar una apertura hacia la interacción, con otras potencias del arte como la incomodidad y la crítica? ¿Cómo evitar que esta forma de producción se convierta en un proceso serializado de objetos similares, y que pueda encontrar las grietas para la disrupción y la innovación?

Lo que resulta indiscutible es que, a pesar de las frases tremendistas que circulan, las y los jóvenes no solo no han dejado de leer, sino que han encontrado en esta actividad un refugio y una posibilidad de encuentro. Analizar las nuevas configuraciones de la literatura implica reflexionar sobre las superposiciones y coexistencias entre un paradigma que, aunque trasgredido, aún continúa en vigencia (la publicación editorial continúa teniendo prestigio y valor, las instituciones educativas continúan teniendo un rol protagónico en la formación intelectual de los jóvenes), y un nuevo paradigma alimentado por los flujos de los usuarios y determinado por los procesos de viralización. Este escenario habilita nuevas potencias y desafíos para el ejercicio literario que ya no se pretende individual, cerrado y trascendente, sino colectivo, abierto e inmediato.