Compartimos la intro de la última novela de Esteban Castromán editada por Alto Pogo.

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Vivimos en el signo.

Aunque intentemos escapar de la pesadilla del sentido, no somos más que prisioneros perpetuos encerrados tras sus rejas herméticas, inviolables, blindadas.

No existe un afuera.

La naturaleza tampoco es una posibilidad de fuga porque también significa.

En una dimensión general, las aves utilizan un sistema de memoria visual para determinar el punto en que se encuentran y hacia dónde se dirigen; perspectiva aérea que les proporciona marcas y señales cuya posición relativa en la imagen deben guardar cierta lógica reconocible para alcanzar su objetivo.

En una dimensión particular, un pajarraco sobrevuela un laberinto de pasillos sinuosos formado por la arborescencia del bosque.

Hasta que encuentra su nido y desciende para llevar a sus pichones el botín alimenticio.

Pero antes de llegar, el árbol se mueve, sus cálculos fallan, atraviesa una maraña de ramas y se estrella contra el tronco del castaño.

Su pico acierta en el centro de un nudo y por la fuerza de la colisión lo divide en dos mitades iguales.

Es falso que el nudo se parte al medio: tan solo se trata de una alteración en la apariencia superficial sobre la corteza, una huella accidental que de todos modos nos permite identificarlo respecto a los demás árboles del bosque y hasta atribuirle cierta individualidad a nuestro árbol.

En verdad, nuestro árbol no se está moviendo sin explicación, sino que cae porque alguien se encarga de talar su tronco desde abajo con una motosierra.

Ese alguien es un leñador llamado Martín Pereda, a quien suelen decirle Tinchus.

Tinchus fue contratado, debido a su experiencia en el manejo de motosierras y machetes, por un grupo empresario de capitales extranjeros dedicado a la industria forestal, con licencia para explotar comercialmente esta vasta extensión regional.

Sin embargo, sería una falacia decir que Tinchus está trabajando acá, en este bosque, especialmente contratado por un grupo empresario de capitales extranjeros.

Porque no es posible establecer relaciones próximas, puentes humanos tan directos, en un contexto de política neoliberal, donde aun el signo opera de manera singular, misteriosa, traicionera.

Lo cierto es que el grupo empresario decidió tercerizar el talado de los árboles y para ello contrató a una empresa mediana local.

Pero como la actividad principal de esta empresa mediana local era la pesca y desconocían las especificidades del sector forestal, sus directivos optaron por tercerizar el talado de los árboles y el resto de los servicios relacionados a otra empresa que tuviera el conocimiento y la capacidad para cumplir con las exigencias técnicas del contrato, absorbiendo un porcentaje de los honorarios por las tareas de gestión.

La empresa elegida por la empresa mediana local en verdad no era una empresa, desde el paradigma industrialista regido por la estructura de mando vertical, sino un contratista individual (algo ermitaño, algo mezquino, algo feroz) con mucha experiencia y una red de trabajadores disponibles.

Tinchus había trabajado algunas veces para este contratista, quien cada tanto solicitaba sus servicios, aunque no muy seguido porque se había hecho la idea de que Tinchus era un obrero apagado y débil.

Pero Tinchus no era el mismo Tinchus con la motosierra que sin la motosierra entre sus manos.

Cuando Tinchus agarró la motosierra, un rato antes de talar el castaño, no se lo veía inseguro ni fóbico; la máquina le contagiaba una extraño hechizo de seguridad.

Una vez terminada su tarea, ahora mismo, recorre la extensión del árbol caído como si su machete fuera una topadora perfeccionista.

En su avanzar va cortando ramas, tallos, hojas, espinillos y frutos.

Hasta que se detiene en un punto específico, porque algo sobre la corteza le llama la atención.

El dedo índice de Tinchus se acerca a un nudo doble para comprobar la veracidad de esta anomalía del orden natural.

 Sin embargo, no se anima a tocarlo.

 Mientras tanto, el pajarraco vuela bajo en busca de su nido caído, pero no lo encuentra.

Hasta que un grupo de uniformados con overoles verdes toma el control de la situación y les piden a los leñadores que abandonen el área, para cargar los troncos recién talados sobre el remolque de un camión, utilizando un sistema de ganchos, poleas y cables de acero.

El camión marcha por caminos vecinales, rutas, escenografías montañosas, llanuras y pequeños poblados.

En el aserradero descargan los troncos y seccionan las maderas en láminas según los espesores requeridos por su principal cliente: una importante fábrica de puertas blindadas.

Una vez en la planta fabril, el fragmento delgado de nuestro árbol que lleva la huella del nudo doble se integra junto con otras tablas similares para conformar el enchapado que recubrirá el exterior de una puerta.

Puerta disfrazada de clasicismo y material noble, ocultando una estructura bestial formada por premarco y marco de acero, cerradura multipunto, cantoneras, corta vientos, hoja de acero, tres bisagras de seguridad, doble plancha de acero, seis puntos fijos antipalanca, escudo protector de cilindro, cilindro de seguridad y (finalmente) los paneles de madera.

Aquella tarde en que un colocador especializado reemplazaba nuestra antigua puerta, lo que más me llamó la atención de la nueva fue una marca simpática, un nudo doble, estampado en su centro exacto, como capas circulares formando un blanco derritiéndose.

Por alguna razón, relacionada con aquella imagen o no, me pregunté si sería posible medir el sentido, si el signo tiene unidad de medida, si acaso existe un tester capaz de calcular el voltaje significante, mensurar su energía.

No obtuve certezas respecto a la probabilidad de cuantificar ninguna cosa.

Pero de lo que sí estaba seguro era que la noche en que lograron derribar la puerta blindada supuestamente impenetrable, bajo un cielo estrellado, minutos después de medianoche, barrio residencial, cuadra solitaria, para entrar a nuestra casa, el primer golpe lo dieron apuntando al doble nudo.

El sector de la puerta que debería haber funcionado como fortaleza de protección, no hizo más que envalentonar a los atacantes (ya sea por simpatía, diversión o extravagancia), como las moscas que pintan dentro de los mingitorios masculinos para orientar la puntería líquida.

Aun sabiendo que mi final podría no ser del todo feliz, repatrié aquella epifanía extraña ocurrida durante la noche de los asesinatos, como si desde las vísceras mi pulsión de odio hubiera enviado un mandato de tan solo 17 caracteres con espacios al resto del cuerpo: ¡MATALOS A TODOS!

LA CUARTA DIMENSIÓN DEL SIGNO_tapa