Una adaptación de Carta al padre de Franz Kafka propone un diálogo boxístico de palabras y puños para desnudar qué habita al fondo de lo paterno y lo masculino, con dirección de Alejandro Lingenti. Se presenta los viernes en Espacio Sísmico.

Por Flora Vronsky

El procedimiento por el cual debe pasar un texto para ser adaptado a un lenguaje diferente de aquel con el que fue concebido es por demás complejo, y más aún si es un texto considerado canónico dentro de la historia de la literatura. Pero vayamos más allá. Si a esta complejidad le agregamos el deseo de que tal adaptación sea lo suficientemente sutil como para huir veloz de todas las referencias -asimismo canonizadas- sobre ese texto, entonces estamos sin lugar a dudas ante un universo de rareza y hallazgo al que, por desgracia, no frecuentamos tanto en el campo cultural actual.

Kid, la obra que dirige Alejandro Lingenti sobre la adaptación que hace Alejandro Caravario de la Carta al padre, de Franz Kafka, es la prueba de que las complejidades propias de los procesos creativos pueden dar como resultado algo inquietante, poliédrico; una obra nueva que vaya contra sus propios límites sin maquillar los moretones que deja su impulso inmanente de ruptura.

Dos hombres, los actores Adrián Fondari (el padre) y Facundo Aquinos (el hijo) llenan el escenario desde el comienzo con la presencia y potencia de sus cuerpos. Un gimnasio de box en el que entrenan juntos es el marco de referencia constante –tanto en lo particular como en lo general- del cual no se puede escapar, como ellos no pueden escapar de sus propios cuerpos y, por tanto, de sí mismos. El entrenamiento fluctúa entre diversos ejercicios que van tomando forma a partir del relato que impone el padre -antiguo boxeador con ciertas glorias idealizadas- al que el hijo, en un principio, pareciera adaptarse. Pero a medida que el esfuerzo físico aumenta y esos cuerpos entran en una espiral de exigencia en tiempo real; a medida que el sudor va cubriendo sus frentes y las botellas de agua se vacían por la sed y los músculos se tensan y las venas se van dejando ver, los papeles comienzan un camino de inversión progresivo y a la vez brutal.

Empieza a construirse, así, el lenguaje complejo, belicoso y profundo de la masculinidad en pugna: el vínculo entre el padre y el hijo atravesado por la ambigüedad y la asimetría que alimentan un estado perpetuo de tensión que va a impactar sobre el cuerpo, pero sobre el cuerpo del espectador -sobre el propio cuerpo-, como si emuláramos el sudor real de los personajes de manera íntima, en silencio, sin que se vea. En la construcción del discurso que cada personaje hace de sí mismo se instaura un péndulo que oscila entre los desafíos físicos que presenta el padre y las reacciones retóricas con las que responde el hijo. El resultado de ese movimiento ríspido y esforzado es el modo en el que cada uno de esos hombres va dando forma a su propia identidad masculina definida en cuanto espejo uno del otro. Y es por eso que el universo pugilístico es uno de los grandes aciertos de la obra: el escenario como cuadrilátero flexible, plástico, en el que el principal rival es uno mismo y la táctica es el vehículo de expresión último de la identidad, es la materialización del instinto de supervivencia en su punto más alto: descarnarse, sudar y dolerse frente al otro.

Hay dos elementos capitales que logran sostener el estado de tensión propio de una pelea en la que cada round puede inclinar los puntos hacia cualquiera y coquetear con el nocaut como en una danza. Uno de ellos es la luz, a cargo de Matías Sendón. El manejo de las luces cobra una importancia fundamental sobre todo en salas relativamente pequeñas y en obras de pocos actores, porque termina constituyéndose en una presencia que influye directamente sobre lo que esté ocurriendo. En este caso, Sendón logra no sólo acompañar la potencia de la tensión sino también convertir la luz en un personaje más; aquello que se ilumina habla pero los huecos de oscuridad dicen todavía más. En Kid, la luz es un lenguaje en sí mismo. El otro elemento es el despliegue actoral que hacen tanto Fondari como Aquinos en el escenario. Como dije al principio, llenan la sala con sus cuerpos, los exigen, los hacen sudar, los llevan al límite, al punto tal de cerrar la obra machacándose a golpes. Los textos de ambos tienen en sí mismos una enorme potencia pero la forma en la que hacen que sus cuerpos hablen produce que incluso pensemos en que ciertas escenas en las que las palabras pretenden ser protagonistas indiscutibles, no sean del todo necesarias (como aquella en la que el hijo amenaza al padre con revelar sus constantes evasiones fiscales). Es notable, por tanto, ver cómo se hace evidente la mano del director, esa marca que hace que veamos hasta qué punto esos actores -como el texto mismo- han sido llevados a su límite físico y emocional. Lingenti continúa el camino que inició en Ocio, la versión cinematográfica que dirigió sobre el texto de Fabián Casas, proponiendo el pacto masculino y la paternidad -con sus complejidades, ominosidad y violencia- como un prisma válido y aireado con el cual mirar incluso el derrotero de la pequeña burguesía y la clase media argentina.

El núcleo ficcional más potente es, en definitiva, la figura del padre. Ese interlocutor de la carta de Kafka al que nunca habíamos escuchado, del que sólo conocíamos el recorte que hace su hijo sobre los pedazos de espejo que refractan sus huecos más hondos y que, por esa misma razón, hablan mucho más de él que de su padre. Y aquí es donde la adaptación demuestra su eficacia y su naturaleza huidiza ante cualquier referencia conocida: el hijo es el que gana la pelea desde el minuto uno porque logra tener la “constancia y la valentía de escarbar hasta dar con la bondad” (Carta al padre). Esto hace que toda referencia cristalizada, incluso la psicoanalítica, venga mucho pero que mucho después, aunque haya en esa bondad pocos puntos de luz, aunque el dolor siga sudando amargo. Porque ese hijo construye su identidad integrando en cada golpe la del padre, haciéndose cuerpo con él, dejándolo hablar y hablarse en la violencia de ese tipo de amor que es irrenunciable.

KID

Dramaturgia: Alejandro Caravario / Actúan: Facundo Aquinos, Adrian Fondari / Vestuario: Paola Delgado / Escenografía: Ariel Vaccaro / Iluminación: Matías Sendón / Música y sonido: Ulises Conti / Diseño gráfico: Ana Armendáriz / Entrenamiento corporal: Walter Bongard / Asesoramiento De Movimiento: Soledad Alloni / Asistencia de dirección: Eugenia Campos Guevara / Producción: Fernando Madedo, Ivana Nebuloni / Dirección: Alejandro Lingenti

Los viernes a las 21:00 en Espacio Sísmico, Lavalleja 960, Capital Federal//z