A propósito de la publicación de Aquí me paro, que reúne textos inéditos de Javier Marías, Pamela Caire explora el vínculo entre la literatura, el amor y los rituales compartidos. Una historia íntima sobre las palabras que nos acercan y los silencios que nos separan.
Javier Marías murió el 11 de septiembre de 2022. Ese mismo día, después de dos meses sin publicación, apareció en El País Semanal la última de las columnas que había publicado cada domingo durante casi dos décadas. Cuatro años después, Alfaguara reunió 66 textos inéditos en Aquí me paro, un libro que vuelve a poner en circulación aquella voz dominical en sus facetas menos conocidas como cinéfilo, apasionado del fútbol y pensador literario.
La penúltima columna que escribió fue en julio. Dejó de publicar 3 meses, y la última que dejó escrita salió en septiembre
A propósito de esta reciente edición, publicamos este texto de Pamela Caire: una historia sobre Marías, pero también sobre los rituales de lectura, el amor y esas palabras ajenas que, durante un tiempo, pueden volverse parte de la intimidad de dos personas.
Siempre he tenido mis sitios consentidos para desayunar. Es verdad que me gusta conocer algún lugar nuevo y llevarme una buena sorpresa, pero siempre será mayor el gusto de llegar y sentarme en la mesa de siempre, tomar el menú que conozco de memoria y revisarlo solo por hacer tiempo para después pedir exactamente lo mismo de todos los domingos: huevos divorciados con chilaquiles a un lado, acompañados de un jugo de naranja. Nunca de zanahoria, tampoco de toronja. Mucho menos verde.
Cuando llegué a Ciudad de México intenté algunos lugares cerca de mi departamento y, entre esa búsqueda, encontré algo que no me esperaba. O, más bien, a alguien. Las salidas mañaneras se redujeron cuando empecé a salir con un compañero de la oficina. Salíamos los viernes juntos por un trago al bar donde tocaban jazz, pasábamos por tacos a la salida y alguna noche empezó a quedarse conmigo de manera regular durante el fin de semana.
Desperté un domingo en la mañana, lo vi junto a mí leyendo a través de la pantalla de cristal, me dio un beso en la frente y empezó a leerme en voz alta desde su teléfono. Había algo en el sarcasmo, en la perspicacia, en el tono y en el reproche que me parecía fascinante. No sabía entonces quién lo había escrito; me causaba algunas risas y asombro. Recuerdo haber incorporado la postura desnuda sobre la cama para escuchar atenta. Incluso la voz de él cambiaba cuando leía del teléfono. Parecía más decidido, orgulloso, valiente. Leía erguido, como si adoptara por un momento el personaje del autor de quien estaba tomando prestadas las palabras, y su voz inundaba la habitación con garbo. Pronto se nos convirtió en un ritual.

Yo esperaba que llegara el fin de semana y, específicamente, que fuera domingo para escucharlo leer la columna de la semana. Incluso hubo veces que, aunque me invitara a salir a desayunar, primero le pedía atender la lectura de la mañana y después el desayuno, las sesiones de caricias o lo que fuera. Hubo veces que le pedía repetir la lectura porque me había parecido demasiado corta, demasiado buena o porque había encontrado alguna combinación de palabras que me gustaba cómo articulaba. Luego, probablemente, lo detenía a la mitad en un arranque de besos al lector (o al autor).
A las semanas tuve la necesidad de empezar a leer sus novelas. Empecé con Berta Isla y aún recuerdo con ánimo y gusto la escena de su primer encuentro con el banderillero Esteban Yáñez, cuando acaba de salvar a Berta Isla de un guardia a caballo y de pronto la lleva a su piso para curarle la herida de la pierna que le había rasgado las medias. Nunca había confesado que fingí haber perdido la lectura y reiniciado el capítulo para volver a imaginar al banderillero soplando la herida. Todas las veces que leí ese párrafo volví a sentirme Berta Isla, sin mayor apuro, con la falda subida unos centímetros, y a sentir el rubor ante los toquecitos de los algodones empapados en alcohol.

Al mismo tiempo que avanzaba y retrocedía por gusto propio en la lectura de la novela, seguíamos con las lecturas de las columnas que se publicaban cada domingo sin falta. Me causaban tanta gracia las voces que le ponía mi querido lector a cada personaje en los diálogos del cuento Catherine del Biombo.
Desde la primera publicación, a principios de enero de 2022, había algo que me hacía identificarme con Catherine del Biombo. Las primeras líneas la describían como una mujer tan guapa y exuberante como insegura. Era tan insegura que tenía la necesidad de coquetear con quien se le apareciera, fuera un amigo de su novio o un camarero. Mi lector nunca me dijo nada, pero por la acentuación que hacía de cada uno de los rasgos que mencionaba el cuento, sabía que él también nos asemejaba en cierto nivel.
Era de piel bronceada, pelo negro ondulado y ojos azules. Esta última era la única característica que no tenía yo, pero no hacía falta para jugar a ser Catherine del Biombo. Además, Catherine del Biombo había estudiado literatura española y había escrito un libro. Claro que iba a querer saber qué se sentía ser ella. Así que, de pronto, me vestía más sexy, sexy como Catherine del Biombo con Benet, y así esperaba a mi lector del fin de semana.
La mañana del cumpleaños de mi mamá, el 29 de julio de 2022, me cepillaba el pelo frente al tocador mientras escuchaba atenta la columna y veía, a través del reflejo, cómo mi lector alzaba las cejas y meneaba la cabeza casi sin darse cuenta, como por inercia de los diálogos y la cadencia del cuento de la sexta parte de El profesor Pírfano. Cuando terminó, se ajustó los tirantes sobre la camisa, se puso el saco y salimos al cumpleaños de mi mamá.
Aquella fue, sin saberlo, la última vez que leeríamos juntos la columna del domingo. Desde luego, nos reunimos el fin de semana siguiente, pero no hubo columna publicada. Ni ese ni el siguiente fin de semana, ni los meses siguientes tampoco. No volvimos a saber del profesor Pírfano, ni de Catherine del Biombo, ni de Aurora ni del profesor Cotta. Seguí por cuenta propia la lectura de Berta Isla y me sumergí, al igual que ella, en la misma distancia y desánimo con mi querido lector que, en realidad, ya no leía.
Nos mirábamos los domingos sin saber qué hacer, prolongábamos las caricias de las mañanas o pretendíamos no haber despertado para evadir el silencio de vernos y no reconocernos entre los personajes que ya no éramos. En un cuarto donde fuimos tantas cosas, solo volvimos a ser nosotros.
Cuando salió la noticia, nos reunimos una última ocasión para leer la última columna de septiembre. Luego, no volví a escuchar de mi lector, nunca volví a releer las columnas, volví a salir a desayunar y, desde luego, siempre que existe la oportunidad, vuelvo a empezar Berta Isla.//∆z
Pamela Caire es economista y escritora mexicana. Tiene especialidad en Historia del Pensamiento Económico y ha dedicado su investigación a explorar la relación entre la filosofía moral y económica de David Hume, con la felicidad como hilo conductor.