Entre silencios, animales y fondos oscuros, la ilustradora peruana Issa Watanabe construye libros que transforman la fragilidad y el desarraigo en experiencias visuales profundamente humanas.
Escuchar a Issa Watanabe es muy parecido a recorrer sus libros: hay que saber habitar los silencios. En sus audios, grabados tras su paso por la Feria del Libro de Buenos Aires y ya de regreso en su Perú natal, las palabras no salen atropelladas. Ella las busca, las sopesa y las suelta con la misma delicadeza con la que un artesano aplica oro sobre una cerámica rota. No hay apuro, porque para Issa, las historias no se inventan; se encuentran en el tiempo.
Reconocida internacionalmente por obras como Migrantes (2019) y Kintsugi (2023), Watanabe ha logrado algo que parece imposible en la era de la sobreestimulación: narrar el dolor, el exilio y la esperanza sin usar una sola palabra escrita. Sus libros álbum son escenarios donde el negro profundo no es vacío, sino una “caja negra de teatro” que nos obliga a mirar lo que realmente importa: el cuerpo, la emoción y el otro.

En esta charla a distancia, la ilustradora nos invita a entrar en su proceso intuitivo, donde los animales antropomorfos nos permiten “bajar la guardia” y donde el arte no busca dar respuestas terapéuticas, sino simplemente hacernos sentir que, en nuestra fragilidad, no estamos solos.
AZ: Tus libros prescinden de las palabras. ¿Cómo trabajas ese ‘guión’ de lo que no se dice y cómo controlas el ritmo del relato (el aire, la saturación) para que el mensaje llegue claro sin necesidad de globos de texto?
Issa Watanabe: Mis procesos son muy intuitivos. No existe una idea cerrada, previa, acerca de lo que quiero contar. Creo que las historias se van formando en el tiempo. Si yo intento contar en perspectiva cómo surge Migrantes o Kintsugi, estas historias empiezan años atrás, con algún suceso, alguna idea, algo que luego se fue encontrando en el camino con otras experiencias de vida o con cosas que leemos, que vemos, que conversamos. Todas van encontrando un poco su propio camino. Luego hay detonantes. Estos detonantes pueden surgir muchísimo después y de pronto se arma todo, como si fueran piezas de un rompecabezas. En ese sentido, esa aproximación es intuitiva. Pasa por un lugar en el que intento transmitir emociones vinculadas a esas ideas, que muchas veces me rondan por la cabeza o me obsesionan. Y al hacerlo de esa forma, dejo abierta la posibilidad de que el propio proceso te lleve por un lugar inesperado, que te sorprenda. Como autora, me coloco siempre desde un lugar en el que no me sé todas las respuestas.
Cuando comienzo a elaborar el libro, por ejemplo, dejo que esos espacios aparezcan en forma de silencios, por ejemplo, no explicitar todo, no cerrar ideas y contar las cosas a través de símbolos, de metáforas, para permitir que el lector tenga un espacio para conectar desde su propia mirada y su propia experiencia con la historia, y, de esta manera, que surja su voz como interlocutor, que haya un diálogo, una escucha atenta de lo que tiene que decir la persona que interactúa con el libro.
Nunca hago un storyboard. Son al final secuencias casi teatrales. Me interesa lo que transmite el personaje o los personajes, más la historia que cuenta el personaje. Me gusta que se entienda que algo le está ocurriendo desde la emoción y que quien lo ve no solamente mire, sino que ese ver sea desplazado por un reconocer. Que reconozca que hay alguien y que a ese alguien le está sucediendo algo, y que eso que le está sucediendo, importa.

AZ: El uso del negro profundo en Migrantes es impactante. ¿Considerás el color un personaje más?
IW: Más que un personaje, el color negro es un recurso que permite, por un lado, hablar de las de las dificultades, de los diferentes viajes, en un caso el migratorio y, en otro caso, un viaje un poco más interno. Habla de esa dureza, de lo difícil que puede ser el camino.
En el caso, por ejemplo, de Migrantes tenemos un fondo, que a veces es un bosque oscuro, otros es un desierto, otros un mar, pero en los tres casos es casi la misma continuación de esta gran oscuridad, de este “desierto” que parece no terminar.
El negro funciona también como una especie de caja oscura, como esta caja negra de teatro que permite concentrarse en lo que está sucediendo con los cuerpos que están en primer plano. Luego ante el fondo oscuro resaltan muchísimo más los colores y transmite como símbolo vital y esperanzador, el hecho de que los personajes llevan colores muy vivos frente a la oscuridad del camino.

AZ: ¿Por qué elegir animales para narrar experiencias humanas complejas? ¿Sentís que eso ayuda al lector a conectar desde un lugar más instintivo?
IW: La idea de que sean animales tiene que ver, por un lado, con la posibilidad de universalizar el mensaje. No remitir específicamente a una cultura. Mantiene una distancia de cuidado, de respeto y luego, finalmente, permite ficcionar un tema tan complejo, tan difícil, para que la aproximación de un niño sea menos violenta. Los niños pueden empatizar mucho con los animales, acercarse de esa manera hacia un tema difícil y verlo desde las posibilidades, complejidades y capacidades de cada lector.
Puede pasar, por ejemplo, que más que la historia de personas que están atravesando una migración forzada, un niño pueda leer, en la escena que aparece el conejito muerto, de forma casi independiente y le permita asociarlo con una mascota que se ha muerto recientemente. Es un ejemplo que uso, porque ha sucedido varias veces en algunas presentaciones.
Por otra parte, son animales de diferentes especies. Esto permite hablar de cómo especies, que en la vida real podrían devorarse, en este caso se cuidan, se ayudan. Como en el caso de el zorro con el ratoncito, que contrario a lo que sucedería en la vida real, lo acompaña y lo cuida.

AZ: ¿Cómo influye tu identidad en tu proceso, incluso cuando tocás temas que son universales?
IW: Mi identidad está en cada una de las obras que he hecho. Quizás, a veces, lo más notorio tiene que ver más con mi ascendencia japonesa, porque hay mucho de esa cultura en mis libros, pero podría decir, por ejemplo, que los colores, la expresión de lo de lo vivo, la esperanza a través del color, puede tener un origen más claro de mi identidad peruana.

AZ: Tu obra Kintsugi habla de sanar a través de las marcas. ¿Creés que la ilustración tiene ese poder de ‘reparar’ algo en el lector, uniendo piezas rotas como lo hace el oro en la cerámica?
IW: Pienso que el arte en general tiene esa capacidad reparadora. Es importante hacer la distinción de que no es que tenga una funcionalidad, digamos, terapéutica, pero que en muchos casos puede generar reparaciones a quien conecta y se siente interpelado, representado, entendido, escuchado. Tiene el poder de conmover. Nos hace sentir que no estamos solos y que hay cosas que nos atraviesan como seres humanos, que hay sentimientos universales, experiencias de las que somos parte.
Así, entre hilos de oro y silencios necesarios, Issa Watanabe se despidió de Buenos Aires, dejándonos la certeza de que, aunque estemos rotos, siempre hay una forma de volver a armar el rompecabezas.//∆z
