En una noche perfectamente primaveral, el power trío presentó en vivo Un Volcán Lado B, su última cría de estudio. Casi sin promocionarse, unos pocos pudieron disfrutar de una banda que mezcla experiencia, fantasmas del pasado y ganas de no terminar cayendo en la típica.

Por Seba Rodríguez Mora

Fotos de Flor Videgain

 

Gran Martell es un bandón. Sí, esto es una nota, hay que ser objetivo, a pesar de todo estamos acá informando, etcétera. Pero esto es rock. Y la banda de dos distinguidos ex como Jorge Araujo en batería y voz (en Divididos hasta hace unos pocos años) y Tito Fargo D’Aviero (guitarrista del primer Redondos, entre otros) está llena hasta los bordes, tanto que se vuelca por el piso y te termina inundando la cabeza.

Con motivo de la presentación de la segunda mitad de su tercer disco –cosa rara: Un Volcán, la primera parte, data de 2010-, se despacharon con un potente show ante un pequeño puñado de seguidores, que salieron empapados del sonido que este power trío ofrece desde 2005, cuando salió su homónimo disco debut. Están en tensión los fantasmas de la Aplanadora y los Redondos, pero si hay algo que debe destacarse de Gran Martell es la capacidad para hacer equilibrio en esa cuerda floja. Caer para cualquiera de los dos lados sería fácil, porque si bien Fargo arpegia por momentos a lo Skay, y Araujo arma esas bases que recuerdan a su participación en temas como “Basta Fuerte” o “Gol de Mujer” del binomio Mollo-Arnedo, no se conforman con eso: se nota la búsqueda de algo un poco más allá. Además, el triángulo se cierra con el sorprendente Gustavo Jamardo, a bordo de su Fender Precision verdoso y castigado. El tipo parece recién bajado del Delorean de Marty McFly, al que se subió en el medio de un show de Deep Purple en 1972. Puro carisma y velocidad para solidificar los andamios por los que trepan todas las canciones.

De los nuevos cinco temas sonaron cuatro, sabiamente intercalados con un parejo repaso de su discografía. El producto final de estas dos mitades es un gran trabajo, que mezcla una primer parte electroacústica compleja, con un lado B bien clásico a pura intensidad y manejo de los ambientes y tiempos rock-bluseros. Recomendable por todos los ángulos.

La noche arrancó con “Tango Griego”, para de entrada marcar territorio: una piña de casi cuatro minutos, con un pequeño oasis de calma en el medio. Siguió “2 Huecos” y su riff que ejemplifica lo antes dicho: el equilibrio entre sonar Skay y sonar Mollo sin dejar de ser original. La gente se copó con el silencio dejado por Araujo en la voz y estribilleó “¿Cuántos huecos hay?/ Hay dos huecos”. Enseguida, Tito Fargo mostró otros de los atributos que esta banda muestra en vivo: con dos sintetizadores armó un monstruoso “Tierra de Campeones”, para que Jamardo también pele un poco de su interesante voz.

Una extendida y cambiante versión de “Vete de mí, cuervo negro”, de Almendra fue la primera muestra del nuevo material (en el disco incluyen la versión grabada en vivo para Much Sessions en 2011, con la colaboración en slide guitar de Richard Coleman). Gran elección en esta época de homenajes al enorme Flaco Spinetta.

Tito Fargo es un arsenal de efectos con los que anda por ahí entremedio de las bases de los temas probando, casi investigando como científico loco hasta dónde se puede llegar, sea adentro o afuera de escala. Se nota en sus solos extraños y anti-intuitivos que casi siempre funcionan a la perfección. Araujo da muestras de ser un eximio cantante aparte la rítmica perfecta, y cuando le toca a Jamardo agarrar el micrófono realmente la rompe –escúchese para el caso “Ojos Desiertos”, una maravilla de Un Volcán. Éste, ya entrando en la recta final de la velada, dejó varias pelucas tiradas por el suelo con un gigantesco solo de bajo con distorsión, enrulando los cuatro dedos de la mano derecha sobre las cuerdas para entrar sin pausa a “El Amigo del Rey”, un último temazo para amagar a irse.

Antes habían pasado “Cara K Pop”, “Gran Dulón” y “Hablar Callar”, entre varios destacadísimos. Para el bis, “Empetrolado” sacó una sonrisa a la gente debajo del escenario. Hay que conocer el estribillo para poder cantarlo, es complejito: “Si del Cielo te llamaran/ Te dirían/ Hey, empetrolado”. Y se terminó, lamentablemente. Los pibes saltaron a pelear en el aire por los palos de Araujo, Jamardo se copó regalando la lista de temas y nos fuimos con ganas de cerveza y algo más de esa frecuencia de vibración que el rock deja en el cuerpo cuando se dan noches tremendas como la del último viernes.