The‌ ‌Bats:‌ ‌una‌ ‌oda‌ ‌a‌ ‌la‌ ‌continuidad‌ ‌estilística‌ ‌

La banda neozelandesa con más de treinta años de actividad lanzó Foothills, su décimo disco. ArteZeta conversó con ellos (su primera entrevista a un medio hispanoparlante) acerca de esta producción, la estabilidad de su sonido y la música de las islas oceánicas

Por Julieta Pastorino

Todas las bandas se enfrentan, en caso de que alcen vuelo, con un obstáculo que las despista: el mercado. Algunas se estrellan contra él y caen atontadas. Otras, en cambio, lo sobrevuelan. En Nueva Zelanda, The Bats pudo con ese sobrevuelo y remontó hacia donde quiso. El resultado: un jangle pop único, con toques de folk y capaz de resistir la corrosión de la industria. De la mano de Foothills (2020), su décimo álbum, los murciélagos estrenan otro par de alas a la medida de su convicción.

The Bats debutó con Daddy ‘s Highway (1987), un clásico del jangle. Allí lucieron su máximo hit, “North by north”, y el tema le gustó tanto a R.E.M que lo hizo sonar en todas las previas de sus conciertos. Como la mayoría de los álbumes del grupo, su debut fue lanzado por Flying Nun, sello de la escena neozelandesa que acuna a todas las bandas indie locales y que engendró, a partir de los 80, un movimiento con una identidad bien plantada: el Sonido de Dunedin. Aunque los Bats discuten esa etiqueta.

Nueva Zelanda es un archipiélago con dos islas: una al norte, otra al sur. The Bats son oriundos de Christchurch, una ciudad del sur. Dunedin es otra ciudad sureña, y podría enfrentarse a Christchurch emulando la riña musical Manchester-Liverpool. “Preferimos hablar de un Sonido de la Isla Sur, aunque quede menos cool”, dice Paul Kean, bajista de  la banda: “¡Flying Nun comenzó en Christchurch y la mitad de las bandas eran de allí!”.

“De todas formas, Dunedin es una ciudad pequeña y preciosa, tiene sentido que se haya pegado la etiqueta”, sigue Kean. “Incluso, muchos artistas se mudaron allí después de que el Dunedin Sound se hiciera viral”.

En la actualidad, Robert Scott, vocalista principal del grupo, también decidió mudarse a Dunedin. Por eso, desde hace un tiempo, los Bats operan a la distancia: Scott compone las canciones, las manda al resto de los integrantes en Christchurch y ellos agregan sus líneas. Así trabajaron los temas de Foothills, hasta que no quedó más remedio que reunirse.

“Nos tomó mucho tiempo organizar el nuevo material”, cuenta el vocalista. “Sabíamos que era hora de reunirnos a grabar un nuevo álbum ya que realmente nos gustaban las nuevas canciones”.

Para grabar el décimo LP, la banda apeló el aislamiento que, de por sí, tiene la vida en Nueva Zelanda. “Quisimos volver al proceso que seguimos en Daddy ‘s Highway. Montamos nosotros mismos un estudio móvil en una granja durante una semana, nos aislamos de las distracciones, y nos pusimos a grabar”, explica Paul Kean.

Celosos de esta dinámica autogestiva, supieron liberarse de los productores estadounidenses que quisieron convertirlos, con grandes presupuestos, en un tanque pop. “En Fear of God (1991) y Silverbeet (1993) estuvo a punto de suceder, pero tuvo costos enormes, como la pérdida de nuestra libertad creativa”, comenta el bajista. Después de este revés, la banda se alejó de la industria y recuperó su independencia con Couchmaster (1995), grabado y producido por ellos mismos en Christchurch.

Hoy, Foothills sigue la tradición de un grupo que hace lo que se le da la gana. En el álbum, como siempre, no hay renovación estilística. Sólo hay, en palabras de Scott, una nueva colección de canciones en las que trabajaron duro para hacerlas sonar bien. “Alguna vez, sí, pensamos en una renovación de estilo”, comenta Kean, “pero decidimos no hacer cambios radicales. Nuestro sonido está evolucionando felizmente a un ritmo cómodo: la gente nos escucha y sabe que somos The Bats”.

Doce temas pintan a Foothills como un intencionado y saludable más de lo mismo. La gran constante: coros celestiales que se activan, tarde o temprano, en todas las canciones. Esta marca distintiva de los Bats puede rastrearse en su devoción por Mammas and the Papas o The Byrds. Pero las voces dulces y armónicas también hacen pensar en un grupo de chicos que salió directo del coro de la iglesia a tocar al pub del pueblo.

“El cristianismo era la religión principal en la isla cuando éramos jóvenes y siempre tuvo mucha presencia”, dice Kean. “Muchos de nosotros íbamos a la iglesia y nos criamos cantando himnos y canciones populares. Todo eso fue, probablemente, la base para nuestro desarrollo musical temprano y nuestro amor por las armonías”.

“Red car”, sexto tema del disco, ilustra mejor que ningún otro esa vibra pastoral: en medio de un folk, Robert Scott viaja a lo profundo de sus graves. Mientras tanto, la voz aguda de Kaye Woodward, también guitarra principal, aporta el brillo a cada verso. Aunque el jangle pop quede suspendido, el tema guarda la sinergia de las voces como un frasquito de esencia Bats concentrada.

Pero el sonido de la isla no está hecho sólo de religión. También, de aislamiento: el indie neozelandés no está asfixiado de influencias porque ningún isleño tenía, hace cuarenta años, el mismo acceso a la música que, por ejemplo, un londinense. Los LPs exóticos circulaban cuando alguien los traía desde Australia o el Reino Unido. Pero no es casual la sensación de que el Sonido de Dunedin, más que guiños a otra música, lo que entrega es un nombre propio.

Este pulso de creación tuvo el marco de la naturaleza: “Creo que la geografía de Nueva Zelanda ha tenido un impacto en nuestros grupos: los paisajes son imponentes y cambian demasiado en distancias muy cortas, es imposible ignorarlos”, analiza Scott. Para entender de qué habla el frontman, basta con ver la trilogía de El Señor de los Anillos, grabada entre las colinas verdísimas y ondulantes de la Isla del Norte y las cordilleras nevadas del Sur.

“La vista al mar es mía, sí, la vista al mar es amplia / ásperas son las olas que amortiguan el barco / es hora de salvar todo lo que flota”, cantan los Bats en “Electric sea view”. La canción cierra Foothills y es la única que apuesta a las distorsiones. En el resto del disco, con la batería trepidante de Malcolm Grant de fondo, la guitarra arroja riffs limpios y saltarines como el de “Warwick”, “Field of visión” y “Trade in silence”. Sin embargo, por más pogo indie que engendren, nunca se les va la dulzura: como si los Bats fueran unos REM pastorales, unos Feelies untados en miel.

La naturaleza de las islas puede ser bella, pero vivir en Nueva Zelanda no es todo indie pop y paisaje postal. Cada miembro de The Bats tiene un trabajo que le permite pagar las cuentas. En la isla, como en casi todo el mundo, ser músico no compra autos ni casas.

“Cuesta mucho ganar plata con recitales”, sostiene Robert Scott, y agrega que es difícil hacer que la gente salga y vea una banda en Dunedin, porque solo viven 100.000 personas allí. Mientras tanto, en “Beneath the visor” invita a conocer su tierra: “Ven a la Isla, será lindo / no hay tantos lugareños / podrás bañarte los pies”.

El cantante enseña música en una escuela, dirige una galería de arte junto a su pareja y es pintor. “Siempre que salimos de gira llevo mis cuadros para venderlos en los conciertos”, dice, y añora el mundo pre-Covid.

Más allá de su faceta plástica, la música es una actividad esencial en la vida de Robert. Incluso alguna vez un crítico se burló de él por ser un compositor serial: “Escribo demasiadas canciones, tengo suficientes para otros 30 álbumes”, confiesa desde su casa en Dunedin.

A esta altura, sin embargo, lo prolífico está lejos de volverse falta de criterio en The Bats. Si bien sus discos no son todos brillantes de principio a fin, todos se encienden en tracks que funcionan como refugios —“Mastery” en The Law of Things (1990) o“Looking for sunshine” en The deep set (2017), por nombrar algunos ejemplos. La pluma maniática de Scott tuvo que pasar por muchos momentos olvidables para destapar, cada tanto, esa excelencia pop.

Con los riesgos de ser prolíficos bien asumidos, pasaron diez álbumes. El tiempo, como los Bats, voló: “Con Foothills llegamos a un punto donde sentimos que nos tratan con respeto, como fundadores y pioneros”, se enorgullece Paul.

Suena a estatua indie, monumento intocable. Pero el reconocimiento llegó sin esa nostalgia que paraliza la creación: “Estaré sacando álbumes hasta que me muera”, dice Robert Scott, y el mar le regala un nuevo aliento para avanzar, después de treinta años, sin girar a las tendencias. //∆z