Por Santiago Farrell

Si tuve una adolescencia alienada arquetípicamente noventosa desde lo musical en plena década siguiente se debió en gran parte a mi amor por los Smashing Pumpkins, y en especial por esa montaña de ambición que es Mellon Collie and the Infinite Sadness. Siamese Dream era el experimento sónico flashero y Adore, la calma después de la tormenta, pero Mellon Collie parecía estar diseñado con perversión para colonizar mi cabeza y ocuparme todo el día escuchándolo una y otra vez encerrado en mi cuarto, con su disco para el día y el otro para la noche. Es que el “The Wall de la Generación X”, como lo definió sin tapujos el propio Billy Corgan, cubría en dos horas la amalgama completa de emociones púberes, del éxtasis a la furia homicida. Así, lo fue todo, uno de tantos todos durante aquellos años, y aún hoy me pasan cosas como atormentar a mi banda cuando probamos un cover y no hacen igual tal o cual pasaje porque claro, me los sé de memoria.

Es por eso que, cuando encontré la remera de Zero en algún local perdido unos años después, no fue opción sino obligación comprarla. El tema homónimo es una especie de estandarte de la ira tormentosa que estalla en pleno disco uno, donde está todo mal, todos son una mierda y “Dios está vacío como yo”, bronca volcánica enterrada bajo una marea de guitarras. Y era la remera que Billy usaba en los shows de la época. El corazoncito gay con las iniciales de la banda justo a la altura de la médula espinal le daba ese toque ligeramente emo que tenían las Calabazas en su época clásica.

Desde entonces, fue fija en varios de los mejores shows a los que fui. Aguantó firme en la presentación de Nine Inch Nails en modo topadora en un Pepsi Music. Admiró el maravilloso show de Radiohead. Corrió riesgos en aquella salvaje presentación de Mars Volta en el Personal Fest 08, donde tras empujar a un pobre cheto que salía asqueado de la barbarie vestido íntegramente de violeta a una rueda brutal me la saqué y la revoleé como trapo de hinchada mientras me molían a palos. Pero la apoteosis, el cierre del círculo, se dio en 2010, cuando vino Billy con su versión recauchutada de los Pumpkins a Buenos Aires.

Fue un show irregular, con altibajos, las dificultades técnicas inherentes al Luna Park, la mitad de la lista compuesta por temas de la formación nueva que nunca estarán a la altura y versiones maltrechas de algunos clásicos. Entre la voz de Corgan —gusto adquirido en el mejor de los casos— y el megalómano trabajo de estudio de los temas, se sabe que los Pumpkins nunca van a hacer sonar los temas viejos igual que en los discos. De hecho, “Zero” vino enganchado a “Cherub Rock” y fue tocado a tal velocidad que el riff inicial pasó casi inadvertido. Pero nadie paró de saltar como loco, y ahí estábamos todos los ceros, luciendo tres o cuatro versiones distintas de la misma remera, del mismo sentimiento, festejando cada clásico con alegría desbocada.

El paso del tiempo me apartó de las letras y aquellos días quedaron atrás hace rato, pero pasé a apreciar todavía más el costado sónico de esos temazos y Mellon Collie nunca salió de mis listas. Ahí seguirá, sospecho, por incontables méritos. En cuanto a la remera, tuvo un par de años sabáticos donde la plata no alcanzó para seguir yendo a shows y una mudanza hizo confuso su paradero, pero recientemente reapareció y ahora va a probar algo nuevo: los shows de mi banda. Eso sí, espero que cuando toquemos “Zero”, salga… si no igualito, por lo menos lo suficientemente parecido. Aunque sea con dos y no veinticinco violas.//z

Santiago Farrell nació en Morón en 1986. En su adolescencia vivió unos años en Brasilia, donde, entre árboles con frutas de todos los colores y el calor del invierno, entró en contacto con el rock. Actualmente vive en Buenos Aires, donde trabaja de traductor y prueba suerte escribiendo ficción y reseñas y componiendo música.

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