Boiler Room: la caldera de las vanidades

Buenos aires fue sede una vez más de la fiesta electrónica más selecta: Boiler Room. Aquí una crónica descarnada de lo acontecido.

Por Alan Ojeda

¿Bailar un sábado? Está perfecto, el domingo se descansa sin problemas, pero los lugares están llenos. ¿Bailar un viernes? Está bueno terminar la semana así, pero mucha gente suele trabajar el sábado por la mañana. ¿Bailar un jueves? Simplemente perfecto, porque nadie que conozco puede estar ahí, donde los chicos cool con billetera abultada y ropa pomposa creen vivir la exclusividad. Algo en ese cinturón VIP falla, estoy en la puerta: oficio. Alsina 940, mejor conocido como State, una disco del mainstream porteño, qué novedoso. Hay una serie de portones negros de metal y afuera no se ve ninguna persona esperando. Son las 19:30, hora en la que la prensa debería llegar si quería entrevistar a los Djs. Toco un timbre y espero. No se escucha ningún ruido. En la parte superior del portón se abre una rejilla desde donde me miran dos ojos cansinos.

-¿Si? ¿Qué necesitas? –me pregunta con voz poco amistosa.

-Prensa. Artezeta -le respondo sin verbos y sin conectores, como si fuera en código. Mi vestimenta no es la adecuada. Tengo bermudas de jean, unas zapatillas Adidas estilo básquet y una remera que va en degradé de azul a celeste. Tendría que haber venido con disfraz.

El hombre cierra la rendija y abre la puerta.

-Pasá, seguí derecho y hasta el fondo. Es allá.

-¿No tengo que registrarme?

-No.

No quiero discutir, no me conviene y tampoco me importa. Camino hasta el fondo y empujo la puerta. Entiendo todo. State, “Palacio Alsina”, ese es el nombre que mejor le calza. Primera vez que entro acá. Este lugar siempre me sonó muy glam y a mí me gustan la oscuridad y las paredes transpiradas de los subsuelos ocultos.

Todo está muy tranquilo. En el fondo, como cincuenta metros más adelante de donde estoy yo, hay una pantalla gigante que proyecta las palabras BOILER ROOM en un paisaje de montañas y tierra colorada. Barem (Mauricio Barembuem) está probando el sonido, mientras los camarógrafos lidian con las vibraciones de los sub-woofer.

Barem es uno de los Djs argentinos que más éxito tuvo en el exterior. Trabaja en M_inus, mítico sello de Minimal Techno fundado por Richie Hawtin.  Básicamente vive sueño del pibe –al menos el de todo pibe que le guste la electrónica-. También están dando vueltas por ahí Chancha via Circuito (Pedro Canale), que se hizo conocido gracias a haber producido uno de los soundtracks de la última temporada de Breaking Bad. En el capítulo 10 de la temporada 5, Walter White va a guardar sus millones al desierto. Comienza a sonar una voz masculina muy conocida, con una fuerte base de bajos: “Quimey Neuquen” de José Larralde, pero en una versión remixada. También están los djs argentinos Alexis Cabrera y Ernesto Ferreyra. No veo por ningún lado a la parejita de djs de DFUNKLUB.

Hay cerveza gratis. Frente a una de las barras hay unos receptáculos raros con hielo y botellas pequeñas de Miller. En otra de las barras están armando el stock para cuando comience la fiesta. El auspiciante principal es la marca de vodka Skyy. Ernesto Ferreyra está con una botella de agua, a unos metros a mi izquierda, mirando a Barem que prueba el sonido. La cabina es lo que puede verse en streaming cuando se engancha un video de Boiler. El Dj está de espalda a la pista, una pista pequeña y bastante exclusiva, donde la gente a veces baila. Lamentablemente hay un amor demasiado grande por la cámara y muchos de los que asisten a los eventos luchan por posicionarse a espaldas del Dj para ser eternizadas en un set que verán millones de personas.

Son cerca de las 9PM y ya hay bastante gente dando vueltas. Va a comenzar Chancha Via Circuito. Siendo sinceros no es una música para bailar pero la propuesta no es para nada mala y la fusión entre música folklórica y electrónica queda muy bien. No es como el tango electrónico que siempre queda grasa, porque lo único que intentan hacer los productores es poner una base electrónica y arriba todos los instrumentos. Sin dudas eso no es hacer música electrónica. Para que quede bien deberían lograr generar la cadencia del tango a través de los samplers y los sintetizadores. Eso está bien hecho. Una mujer llamada Miriam, que parece ser de algún pueblo originario, lo acompaña con voz y una percusión. ¿Por qué hago tanto hincapié en la producción y el baile? No se trata de una especie de fascismo musical, sino de distinguir el verdadero trabajo de aquellos que solo desean fama. Captar una esencia musical es un trabajo de atención, de análisis, de dejarse llevar por esa experiencia única del sonido. La música es inefable, sí, pero eso no quita que se pueda encontrar una forma de capturarla, como sonido, de buscar sus especificidades en la práctica y no en la explicación. En fin. Chancha via Circuito empieza.

Hay un grupo no muy grande de gente que baila detrás del Dj. Me quedo del otro lado, viendo al Dj de frente, donde también hay gente. Mientras escuchamos seguimos hablando de música. Sin duda, de lo que propuso Boiler Room en Buenos Aires, Chancha es de lo más original. Lo demás puede sonar bien, pero la propuesta no es nueva. Hubiera sido más interesante traer a los Djs Pareja a que mezclen un poco de las cosas de sello de Matías Aguayo y su sello Cómeme.

Las chicas van y vienen. Muchas parecen modelos, más lindas incluso que las que se ven en TV, más lindas aún que la realidad detrás de cámara de muchas chicas de Hollywood que le comen la cabeza al público en cada nuevo estreno. Hay un problema, la belleza de estas mujeres y chicas: es fría, distante, duele. No me refiero acá a una cuestión emocional o a una sensación de inferioridad que me puedan llegar a generar, eso en lo que hago hincapié es esa humanidad ausente en la mirada, en la forma de caminar y de relacionarse. Sus sentidos, mejor aún, su “mundo circundante” está compuesto por un par de cosas totalmente ajenas a todo tipo de posible socialización real: fama, dinero, notoriedad y moda, solo responden a eso. ¿Podría conversar con estas chicas? Creo que no. Si alguna nos dirige la palabra a mí o a Lorenzo -un joven periodista del Buenos Aires Herald que vino a  cubrir el evento- es por error o para preguntarnos por alguien más. De alguna forma la gente debe creer que estamos ahí por algo, que alguien nos conoce y por eso nos dejaron pasar, sin embargo nadie puede reconocer quiénes somos exactamente. Ante la duda mejor ignorarnos. Mientras los demás se exhiben y se muestran unos a otros como si tuvieran señales de luces en el cuerpo, mi compañero y yo miramos cómo todo sucede, y cómo esas chicas a las que la naturaleza ha dotado de una biología de rigor casi formalista bailan, posan y se prenden un cigarrillo. Están aburridas, lo sé. El tiempo de alegría se les pulveriza, experiencia de superficie. Mientras más las miro más me doy cuenta de algo: como todo producto bello, como todo lo concebido desde la estética, sólo está ahí para la contemplación, la vampirización visual. ¿El contenido? A nadie le debe interesar demasiado, a esta gente le encanta el packaging.

Está tocando DFUNKLUB, me aburro. Es temprano, pero esto es como un soundtrack para una estar sentado en algún lugar tranquilo y cómodo, o acostado en una hamaca paraguaya viendo el fluir del río. Acá está oscuro, acá la gente quiere bailar. Esto no calienta la pista, la enfría. Yo paso el rato hablando con Lorenzo.

La gente comienza a llegar en masa. No sé de donde salieron o quién los invitó, pero están desesperados por pasar, se les nota en la cara. Tienen la efervescencia típica de los que quieren pertenecer. Eso no es cool. Cool es fresco, para ser fresco hay que tener cierta indiferencia, cierta distancia, no estar consumido por el engranaje y su ritmo.

Arranca Alexis Cabrera. Lo escucho sin mucha atención. Con Lorenzo queremos entrar a la pista detrás del Dj, pero está lleno. El seguridad que vigila la entrada nos dice que con nuestra pulsera amarilla que nos dieron podemos pasar por el otro lado. Eso implica que puedo acceder a donde otros no. Del lado derecho de lo que se ve en la pantalla al poner el streaming hay un pasillo, tranquilo, donde hay buen sonido y por donde andan los Djs.

Cabrera termina de tocar y comienza Ernesto Ferreyra. Estoy en el pasillo con Lorenzo. Miro para atrás, entro en shock:

-Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo, mirá atrás mío, disimulá. ¡Hay dos tipos iguales a Federico Klem! –Lorenzo se da vuelta y apenas puede mantener la risa. Son una versión surrealista de las niñas del pasillo en la película El Resplandor.

Ernesto Ferreyra es otro de los djs argentinos que ha logrado hacer su carrera con éxito en el exterior. Su trabajo es, básicamente, mantener la fiesta en la república de la fiesta: Ibiza. La música es buena. No lo niego, pero siento que estoy asistiendo a algún tipo de representación.

Algo no cuadra, quizá soy yo. Barem comienza a acercarse para hacer la transición. Ya es la 1 AM. La música sigue siendo buena y yo trato de despegarme un poco de lo que veo, para disfrutar tranquilo, pero no puedo. Paso las horas mirando lo que hay a mi alrededor.

Es tarde. Ferreyra vuelve a asomarse a las bandejas. Ya son las 3 AM, la fiesta terminó para mí. Bah, “la fiesta”. Recuerdo el evangelio de la música house y pienso: la fiesta solo existe cuando todos son amigos y, por lo tanto, cuando nadie es nadie. ¿Cómo compartir la comunión del baile con alguien que trata de no despeinarse, con quien pasa horas tratando de lucir despeinado, casual, con los que están en pose, los que quieren cámara? Salgo de Palacio Alsina, la calle está vacía. Me tomo un taxi y vuelvo a mi casa pensando en esos tugurios subterráneos donde la vida y la muerte se mezclan continuamente y el éxtasis del baile destierra la imagen y purifica al espíritu de la impureza del tiempo. Yo no acabo de salir de una fiesta, acabo de salir de una obra de teatro con buena música, donde todos quieren ser el actor principal. Sólo fui un espectador.//z