Laura Fernández: “Sin la ficción no podemos vivir”
Rescastes #2 - Por Joel Vargas

Una entrevista inédita con la escritora española Laura Fernández, recuperada para RESCATES. Una conversación alrededor de La señora Potter no es exactamente Santa Claus, su universo literario, la escritura y los libros, que permaneció guardada durante años y que publicamos por primera vez en ArteZeta.



En 2022, durante una visita a Buenos Aires para participar del FILBA y presentar
La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández conversó con ArteZeta en el patio de la Biblioteca Nacional. La novela, publicada un año antes en España, había confirmado a la escritora catalana como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea.

La entrevista quedó inédita. Hasta ahora.

En su segunda entrega, RESCASTES vuelve al archivo de ArteZeta para recuperar conversaciones, textos y materiales que, por distintos motivos, nunca llegaron a publicarse. No como piezas de museo, sino para volver a ponerlos en circulación y descubrir qué tienen para decir cuando se los lee desde el presente.

Aquella tarde, la charla con Fernández empezó alrededor de La señora Potter y su desmesurado universo literario, pero pronto se abrió hacia otros territorios: Stephen King y David Lynch, la crítica y la literatura española, la familia, los padres y los hijos, la soledad, la necesidad de pertenecer y la ficción como una manera de construirse una vida.

«Sin la ficción no podemos vivir», dice Fernández en algún momento de esta conversación. Más de cuatro años después, aquella frase también parece explicar por qué valía la pena rescatarla.


ArteZeta: Hace tiempo que quería leer algo tuyo. Y pensaba también en algo que sucede acá: pareciera que en Argentina prestamos poca atención a la literatura española contemporánea.

Laura Fernández: En España tampoco, ¿eh? A mí me gustan pocas cosas y muy concretas. Me gusta Agustín Fernández Mallo, todo lo que pasó con la Generación Nocilla; Manuel Vilas, sobre todo sus libros anteriores. Vilas como poeta y como escritor me encanta. Creo que hace una vanguardia de la literatura española clásica, una especie de Góngora del siglo XXIII. Sara Mesa me gusta mucho. Cristina Morales me parece enorme.

La literatura española no es combativa. Está muy domesticada. La mía lo es en otro sentido. Entendí, a raíz de las cosas que me preguntan sobre mis novelas y de mi obsesión por la literatura posmoderna americana y el absurdo, que en el fondo hay ahí una postura política. No una postura política de un color determinado, sino más bien anti-cualquier color.

Al escritor posmoderno no le gusta cómo está construido el mundo y por eso lo descompone todo el tiempo. Muchos de aquellos escritores estadounidenses de los sesenta y setenta habían ido inútilmente a la guerra siendo casi niños y habían vuelto pensando: «El mundo es idiota, es absurdo, no tiene ningún sentido». Rompieron todos los juguetes y empezaron a jugar con ellos de otra forma.

Yo empaticé enseguida con eso porque tampoco me gusta cómo está montado el mundo. No entiendo la idea de la separación por haber nacido en un lugar o en otro. Somos seres humanos por encima de todo. Quizá el hecho de que mi familia sea una familia de inmigrantes y de no tener demasiado pasado también me empujó hacia esa automitificación de los estadounidenses, hacia el absurdo.

Durante mucho tiempo la literatura española no me interesó porque no encontraba ningún espejo. Esa gente rica que vivía en un piso de Barcelona no hablaba de mí ni de mi familia. Hablaba mucho más John Fante de mi familia que Carmen Laforet. Entonces pensaba: ¿por qué esta tiene que ser mi tradición? Yo no elegí dónde nací. Quiero que mi tradición sea otra. Y podemos hacerlo.

ArteZeta: ¿Y cómo sentís que te lee la crítica? ¿Te consideran una especie de rara avis?

Laura Fernández: Antes de La señora Potter, con Connerland, empezaron por fin a reseñarme en medios grandes. Nadal Suau utilizó una expresión maravillosa: «dominatrix de lo insólito». Pero ahora no sé si me siento comprendida; me siento aceptada.

Han aceptado que hay una persona extraña en un rincón haciendo cosas extrañas y que esas cosas pueden estar bien. Sentirse aceptada es un descanso.

Cuando gané el Premio Ojo Crítico y me llamaron para decírmelo, tuve un bajón corporal como si me hubiese tomado diez Valiums. Colgué el teléfono y sentí que había estado todo ese tiempo en una isla desierta agitando los brazos cada vez que pasaba un avión y que, de repente, uno me había visto y estaba descendiendo a buscarme. Pensé: «Uf, España me ha visto».

No es que España me haya visto: es que considera que lo que hago es bueno. Entonces ya puedo descansar. Ahora solo tengo que intentar ser mejor para mí.

Antes sentía mucha incomprensión. Era una especie de juguete extraño. En España está todo bastante estancado y la cuestión de los géneros cuesta mucho. Para mí, los géneros son medios, no fines. Son medios para llegar a lugares. Kafka ya lo hacía hace muchísimo tiempo.

Cuando me decían que escribía ciencia ficción pensaba: «Ojalá fuese escritora de ciencia ficción», porque admiro muchísimo a esos escritores. Pero yo quiero lo humano. Juego con la ficción, aparto la realidad para conseguir que todo sea mentira y, desde esa mentira, contar la verdad.

Pasé del ostracismo, de ser el bicho raro del sótano, a que me subieran a la mesa, me sentaran, me dieran un plato y dijeran: «No sabemos exactamente qué quiere esta persona, pero ya forma parte de la familia».

Y creo que eso es positivo porque el éxito de un libro como este puede abrir un camino que en España prácticamente no existe y que aquí sí: que la experimentación pueda ser válida. Que los editores se arriesguen.

Un editor tiene una responsabilidad enorme sobre el tipo de literatura que existe en un país. Cuando un libro que está fuera del sistema entra, lo rompe y encuentra muchos lectores, de alguna manera le está diciendo al editor: «Sé más valiente».

ArteZeta: Y además sucede en una época dominada por la inmediatez. Que se publique una novela de este tamaño ya parece ir contra algo. Tengo entendido que originalmente era todavía más larga.

Laura Fernández: Tenía doscientas páginas más. Fueron cinco años y seis meses y, al final, seis meses de reconstrucción, de reedición pura y dura, de lucha con el texto. Hubo cuatro versiones.

Yo no sé hacia dónde voy cuando empiezo una novela. Hago lo que dice siempre Stephen King: hay unos personajes, hay una situación y la novela empieza a bajar. Yo desaparezco, entro en ella y contemplo lo que sucede a la vez que lo escribo. Soy mi primera lectora.

Una novela con cien personajes o más, en la que además hay muchos personajes principales porque también lucha contra la idea de qué significa ser secundario, es incontrolable hasta cierto punto. Es un animal salvaje.

Yo avanzo sin mirar atrás. Cuando llego a un lugar en el que no veo la salida, me detengo. Con Bill, por ejemplo, estuve varios meses pensando si debía marcharse o no del pueblo.

Cuando una novela deja de gustarme, borro hasta el punto en el que dejó de gustarme. Sin dolor. Digo: «Esto no pasó. No existió». Porque quiero divertirme todo el tiempo. Si llevo una semana sin querer sentarme a escribir, significa que ya no me estoy divirtiendo. Entonces busco el momento exacto en el que eso ocurrió, corto y vuelvo a empezar desde ahí. Siempre funciona.

Cuando finalmente llegás al final, tenés un montón de subtramas que te permitieron llegar hasta allí, rodeos que necesitaste hacer para comprender la novela. Y entonces volver al comienzo consiste en limpiar las malas hierbas.

Con La señora Potter trabajé muchísimo con Albert Puigdueta. Me dijo algo que se me quedó para siempre: «Al lector tienes que llevarlo de la mano. Puedes soltarlo un rato en una plaza, como a un niño, pero tienes que estar viéndolo y, antes de salir de la plaza, volver a cogerlo de la mano».

Eso es algo que en Connerland no supe hacer y acá sí. Cada capítulo es una plaza enorme en la que dejo libre al lector. Después lo vuelvo a coger y le digo: «Estamos aquí. Seguimos».

ArteZeta: Al principio tuve justamente esa sensación: está todo abarrotado, es un quilombo. Pensé: «¿Dónde me estoy metiendo? ¿Qué es este flash?». Pero después empezás a entrar en ese mundo. Y aparece algo hermoso: el narrador empieza a entrometerse, a hablarle al lector. ¿Cómo trabajaste esa voz?

Laura Fernández: Apareció muy a posteriori, sobre todo a partir de los títulos de los capítulos. Cuando terminé el libro me di cuenta de que tenía títulos muy simples, como los de Connerland. Y pensé: «Pasan demasiadas cosas dentro de cada capítulo para que se llamen así».

Entonces leí a Goran Petrović, un escritor serbio que recomiendo muchísimo, y su novela La mano de la buena fortuna. Es una preciosidad. Trata sobre lectores que se encuentran dentro de los libros. Los capítulos comienzan con enumeraciones de las cosas que van a suceder. Me pareció una genialidad.

Y, claro, está también El Quijote. A partir de ahí se me ocurrió que el título de cada capítulo tenía que coger al lector y decirle: «¿Tú qué opinas?», «Tú vas a ser el único que sepa esto», «¿Qué harías si estuvieras aquí?».

Después el juego se vuelve constante. Como el libro huye de la realidad en un nivel extremo, el lector tiene que imaginar sin parar. Como dice Samanta Schweblin, escribes en la mente del lector.

Los personajes no tienen edad, no existe prácticamente contexto social ni histórico, ni siquiera hay dinero. Todas las marcas están inventadas, todas las razas de perros están inventadas. Entonces cada lector imagina un personaje distinto.

El narrador busca constantemente la complicidad del lector porque también es un lector. La idea de que la historia está sucediendo y el narrador es el primero que la ve y te la cuenta me gusta muchísimo. Para mí funciona así: la historia ocurre y yo digo: «¡Eh, cuidado, mirad esto que está pasando!».

Eso también viene de Stephen King. King hace algo parecido todo el tiempo: lleva una narración normalmente, la detiene y de repente te entrega una palabra o una información que vos, como lector, conocés, pero los personajes todavía no.

Yo no invento nada. Copio y reelaboro, como todo el mundo. Pero es en la reelaboración donde inventas.

ArteZeta: Mientras la leía pensaba que es casi un ejercicio semiótico extremo. Se pueden ir siguiendo los hilos de cómo fue producida la novela, incluso desde los nombres de los personajes.

Laura Fernández: Los nombres están sacados de otras novelas. Para mí el libro es casi autobiográfico porque escribo aproximadamente una página al día y muchas páginas fueron escritas en lugares diferentes y tienen que ver con esos lugares.

Solo aparece un lugar real: Arequipa. Estuve allí en un festival, en Perú, y me resultaba tan irreal estar allí, con los volcanes y todo aquello, que lo incorporé a la novela. Me parecía un territorio completamente ficticio.

Hay una reelaboración constante del lector voraz que va incorporando y reescribiendo todo lo que consume. Mientras escribía la novela, por ejemplo, vi todas las temporadas de Orange Is the New Black y necesité que hubiera una cárcel de mujeres.

También está Fargo. La calle de la carnicería viene de la serie. Yo imaginaba a Bill caminando por esa calle, mezclada a su vez con la calle de un pueblo real de Noruega en el que había estado.

La realidad se funde con la ficción todo el tiempo y terminás construyendo un discurso que se aleja de lo real pero que inevitablemente lo copia. Como El Quijote: encanta la realidad todo el tiempo.

 

ArteZeta: Entre tus influencias aparecen Pynchon, Foster Wallace, pero también Stephen King. Mientras leía la construcción del pueblo y sus personajes pensaba mucho en él.

Laura Fernández: Totalmente. Pero más que La cúpula, es La tienda. La señora Potter es Leland Gaunt, en realidad.

Está la idea de la pequeña comunidad en la que entra el mal, los vecinos que chismorrean y cómo una pequeña maldad va transmitiéndose. Yo no introduje exactamente el mal porque mis personajes son hiperinocentes, pero sí existe esa idea del pueblo como personaje. Es el Castle Rock de La tienda.

Stephen King es un creador de escritores y, primero que nada, de lectores. Te crea como escritor porque hace parecer no solo sencillo sino apasionante ser escritor. El mecanismo de su ficción funciona porque es un enorme creador de personajes. Los personajes construyen la historia y están vivos porque son la historia.

En eso me siento muy identificada. Para mí los personajes están vivos y, si están bien creados, allá donde vayan crean solos la historia. King dice que necesitás una situación y un montón de personajes, y que después la historia se escribe sola. Tú solamente contemplas.

Ha sido un padre, un maestro y un compañero durante todo este tiempo.

Siempre pienso que, si algún día pudiera entrevistar a Stephen King, lo primero que le preguntaría sería: «¿A cuánto has tenido que renunciar para ser Stephen King?». Porque creo que el mercado y ser Stephen King son, hasta cierto punto, una condena.

Es un lector enorme y no me creo que no tenga novelas posmodernas. Cuando eres muy lector no puedes no querer ir a más como escritor.

ArteZeta: En tu caso parece suceder lo contrario, no querés quedar encerrada en «ser Laura Fernández», en repetir una fórmula.

Laura Fernández: Lo que quiero seguir siendo es algo que busca. Y eso, como escritora, es un reto y es lo que va a mantenerme viva. No quiero hacer nunca el mismo libro.

Superar algo como La señora Potter me cuesta mucho en términos formales porque quiero que lo siguiente sea distinto. Y eso tienes que encontrarlo. Es algo muy intuitivo que puede aparecer o no.

Por eso tengo claro que no voy a escribir demasiado. Tardaré mucho, y cada vez más, en escribir lo siguiente. No tengo ninguna prisa. Si tardo diez años, perfecto.

El éxito de esta novela me da el privilegio de poder ser alguien que crece todo el tiempo hacia algún lugar inesperado. Si estás en mi sintonía, vas a dejarte llevar porque siempre habrá una historia y siempre intentaré llevarte de la mano. Pero vamos a llegar a lugares que yo tampoco conozco. Y eso es lo mejor.

Como escritor estás siempre en una batalla contra la literatura. Hay momentos en los que lo pasas muy bien y otros de batalla infinita contra ti misma: cómo puede salir esto, por qué tiene que ser así, cómo llego de aquí hasta allí haciendo algo que valga la pena leer.

Pero esa es la única batalla que vale la pena.

ArteZeta: Hay algo de Bill que me atravesó personalmente. Mi viejo se fue cuando yo era chico y terminé creciendo entre dos figuras paternas, mi padre y mi abuelo. Mientras leía pensaba mucho en qué significa ser hijo y en cómo uno termina construyéndose a partir de esas presencias y esas ausencias. En esa necesidad de «matar» al padre o a la madre sin necesariamente querer hacerlo.

Laura Fernández: Construirte desde una ausencia es muy complejo. Lo de Bill me parece terrible.

No sé si te diste cuenta de que cuando fantasea con convertirse en un pincel para poder irse con su madre hace el camino inverso de Pinocho: quiere convertirse en madera. No le importa renunciar a la vida con tal de estar con su madre.

Yo no tuve esa experiencia exactamente, pero también hice mucha terapia y tuve una madre niña. Una vez mi terapeuta me preguntó: «Si tu madre era la niña, ¿quién eras tú?». Y yo era la madre.

Mi casa era bastante perversa en ese sentido. Ser hija única hizo que formara parte del matrimonio de mis padres de una manera muy extraña. Con mi padre tengo una relación casi de pareja en algún sentido: hablamos de mi madre como si fuera el bebé que hemos cuidado durante todos estos años.

Yo eché de menos una figura materna real. Y esa figura aparecía en momentos muy pequeños. Vivíamos en una ciudad con un centro muy pequeño y los sábados por la tarde yo salía con mi madre. Era lo más parecido a tener una madre. Me invitaba a merendar, alguna vez me compraba un muñeco, yo la acompañaba a mirar ropa y me quedaba esperando en el probador.

Para mí eso era tener una madre.

Son momentos muy pequeños que atesoro. Yo hubiera querido que fuese así siempre.

También hay un intento de comprender que los padres tampoco saben lo que hacen cuando lo hacen. Ahora que soy madre me doy cuenta de que tampoco sé exactamente qué estoy transmitiendo a mis hijos. No sé qué clase de taras les voy a dar, pero también me doy cuenta de que no puedo hacer otra cosa.

Madeleine soy yo y también es mi madre. Yo soy las dos cosas a la vez. Soy Bill encontrándose con la idea de una madre que nunca estuvo como él quería que estuviera, a la que echó muchísimo de menos.

Por eso me parece tan bonita la comunicación entre ellos a través de los cuadros. Ella le envía los cuadros para darle lo mejor de sí misma y él los renombra con aquello que debería haber sucedido: «No estabas cuando se me cayó mi primer diente».

Es la idea de comunicarse a través de lo que creas. No hay nada físico, pero existe una comunicación irreal.

Y Bill queda detenido como personaje secundario. Cuando tu padre o tu madre desaparecen justo cuando tú tendrías que convertirte en el personaje principal, pueden abandonarte en una especie de secundariedad.

A mí me ocurrió con mi madre. Ella fue siempre el personaje principal de mi casa porque era la niña. Desde que nací fui un personaje secundario.

ArteZeta: Leyendo a Bill recordé un verso de Vicente Luy: «Para cuándo yo mi propio Dios». Y creo que ahí aparece otra capa de la novela. Más allá de que alguien quiera llamarla fantástica o ciencia ficción, es también una novela sobre la familia, los vínculos, sobre ser hijo.

Laura Fernández: Y sobre cómo te deforma la creación. Tus padres te han creado y eres la creación de alguien que espera algo de ti, algo que tú no puedes controlar. Intentas agradar todo el tiempo porque quieres que tu creador te quiera.

Cuando ese creador no te aprueba, creces torcido. Creces preguntándote cuál es tu lugar, qué eres exactamente. Entonces buscas eso: «¿Cuándo yo mi propio Dios?». Buscas una fortaleza y, por suerte, existen los libros.

Necesitas encontrar una narración análoga. Yo tuve profesores que decían: «Esta niña va a ser escritora». En mi casa no ocurría.

Mis padres trabajaban en fábricas y no estaban nunca. Éramos una familia de inmigrantes, tres personas en un lugar hostil, sin familia alrededor. Yo estaba sola desde muy pequeña.

Por eso los estadounidenses me gustan tanto. Arturo Bandini es mi personaje favorito; de hecho, mi hijo se llama Arturo por Arturo Bandini. Cuando lo leí pensé: «Pero si soy yo».

Cuando nadie te aprueba, solo te tienes a ti misma. Y tienes el humor, que desarticula el dolor. Después está tu propia autoaprobación: decir «yo importo mucho» aunque sepas que en realidad nada importa demasiado.

Precisamente porque nada importa, yo importo mucho. Y eso te salva.

Cervantes abrió ese camino. Nos dijo: «Podéis ser así y no pasa nada. Puedes ser un extraño, puedes ser un raro, puedes ser un marciano y estar en la Tierra, y serás aceptado».

Alejandro Zambra tiene una frase increíble: «Escribo para pertenecer». Me siento completamente así.

Como no perteneces, escribes porque quieres pertenecer al resto de las personas que han escrito. No a un lugar, una civilización o un momento histórico: a esa gente que se ha encerrado en los libros.

Formar parte de esa cadena es pertenecer por fin.

ArteZeta: En el fondo uno también quiere que lo quieran.

Laura Fernández: Sin parar. Hay una canción de Counting Crows, «Mr. Jones», que dice: «When everybody loves you, you can never be lonely».

Esa idea de que la fama va a conseguir que nunca estés solo es algo que busca mucha gente famosa y que no encuentra. Porque, en realidad, siempre vas a estar solo.

Hay que asumirlo.

Pero está bien que te quieran. Está bien asumir que te van a querer en la distancia y que hay alguien como tú, en algún lugar, sintiéndose como tú. Vas a estar solo igualmente, pero sabes que hay hermanos en otros lugares.

 

ArteZeta: La señora Potter… también es una enorme reflexión sobre el arte y la creación. Aparecen distintas formas posibles de ser escritor: los Benson, Feldman, Francis…

Laura Fernández: Amo a los Benson. Para mí son de lo mejor de la novela. De hecho, durante mucho tiempo la novela se llamó Los Benson, hasta que me di cuenta de que aparecían en la página ciento y pico y pensé: «No puede llamarse así».

Feldman representa la condena de la obra maestra: esa obra que te persigue, te oculta y te aplasta. Francis es el mal escritor que cree que es un gran escritor, aunque en el fondo sabe que no. Quiere ser admirado en su pueblo y nadie lo quiere allí. Tiene un único lector, algo que viene de Vonnegut y de Kilgore Trout.

Creo que un escritor contiene todas esas posibilidades a la vez. Todos esos personajes son exageraciones de cosas que alguna vez pensé sobre la escritura y sobre el tipo de escritor que uno puede llegar a ser.

Me reconozco en cada uno, con sus mezquindades, sus envidias, sus odios, su ego. La tentación de abandonarte al ego, la tentación de vivir en tu propio mundo.

Los Benson son la idea del escritor perfecto que vive dentro de su propia realidad y puede construirla a su antojo. Hasta que la realidad rompe su ficción y, de repente, desaparecen como escritores. Se pelean, creen que nunca volverán a escribir porque se rompieron todos sus rituales.

Cuando cierra la tienda de la señora Potter desaparece la posibilidad de la ficción y todo se apaga en el pueblo. Después vuelven las hermanas Forest y crean otra ficción a partir de lo que habían sido antes de quedar sepultadas por sus propios personajes.

Ahí aparece también la autoficción: la autoficción no deja de ser una forma de ficción.

Sin la ficción no podemos vivir, no importa de qué tipo sea.

ArteZeta: A veces te definen como «tarantinesca», pero mientras leía pensaba casi lo contrario. Te siento mucho más cerca de David Lynch: por el absurdo, por la extrañeza y también por ciertos momentos profundamente siniestros.

Laura Fernández: Totalmente. Sobre todo por el absurdo y por la extrañeza del mundo.

Bertie Smiles, por ejemplo, es un personaje muy siniestro. Escribe la vida de todo el pueblo sin contarle nada a nadie, come latas de alubias mientras mira una fotografía que está en un motel de un escritor de terror que pasó una noche allí… A mí esa persona me daría miedo.

Tiene además esas citas eróticas rarísimas en baños con gente que no conoce. Es alguien que no querrías encontrarte nunca y, además, te está viendo. Lo sabe todo sobre ti, pero no se lo contará a nadie.

Bertie Smiles es la oscuridad del pueblo. Lo contiene todo y ella misma es oscuridad.

ArteZeta: Y al mismo tiempo, todo ese enorme dispositivo formal puede leerse simplemente como una historia y disfrutarse. La novela tiene muchas capas.

Laura Fernández: Eso es exactamente lo que busco. Es probablemente lo más difícil para mí cuando escribo.

El mercado, para poder llegar a la mayoría, te pide solamente la superficie. Pero yo creo que puedes construir una superficie como la de un iceberg y tener todo lo demás por debajo.

Es muy fácil hacer solamente la superficie. Y también es muy fácil escribir un tostón que hable únicamente de semiótica para alguien de Letras y sea superaburrido, algo que yo jamás leería.

Conjugar las dos cosas es el gran reto.//∆z