Del diccionario de Aira al Borges de Bioy
Entre librerías de usados, robos, regateos y hallazgos imposibles, Manuel Quaranta reconstruye la historia de una biblioteca hecha a fuerza de obsesión y azar.
Lamentablemente, no tuve la fortuna de recibir la biblioteca de mi padre como acontecimiento capital de mi vida. Tampoco la de mi madre, quien apenas tenía en su haber una veintena de ejemplares de una colección de libros de divulgación psicológica en cuyas tapas aparecían unas espirales coloridas que aún recuerdo con veneración. Nada de dones librescos. No me crié entre libros. Debí hacerme de abajo. Yo solito. Sin la ayuda de nadie. Meritocracia pura y dura, no como el mito de origen de los nenes de papá (o de mamá) que, gracias a los espurios millones heredados, fundan empresas exitosas (vía evasión de impuestos, paraísos fiscales, subsidios estatales) bajo la premisa de la más rancia libertad de mercado.
Yo sí empecé de cero, y a cuentagotas. En el 99. Y entrados los 2000 la cosa fue acelerando. El gran salto hacia adelante en mi crecimiento exponencial (2003) se explica por una librería de segunda mano de la zona norte de la ciudad de Rosario. Lo cierto es que me presenté al local muñido de conocimientos más bien básicos sobre libros, a pesar de mis 23 años. Milagrosamente, los empleados tampoco eran, lo que se dice, un dechado de virtudes y estaban ávidos por liquidar el vasto stock de la librería que el abuelo de uno de ellos había fundado años ha.
Realizaba incursiones casi a diario. Pasaba horas revisando, eligiendo, regateando. Hubiera sido cómico contemplar la escena. Pedía descuento (se negaban), lloraba pobreza (lo sentían) y, gracias a mi tormentosa insistencia, terminaba pagando monedas por joyas (lo supe mucho después).
Los libros allí adquiridos representaron el material de lectura durante años (no leía tanto). Luego frecuenté otras librerías de usados, pero ninguna me proveyó con la eficacia de aquella. Hasta que en 2007 empecé a trabajar en una librería (de nuevos) enfrente de la Facultad de Humanidades, donde estaba a punto de recibirme, medio a los tumbos, de Licenciado en Filosofía.
Acá sí, lo asumo, fue robo a mano armada (sin armas). Perdí la cuenta de los numerosos títulos que sustraía cada jornada laboral, ocultos en mi mochila. Fueron centenares. A ojo de buen cubero, estimo un número superior a mil. Cálculo fácil. Trabajé seis años, tres o cuatro meses por año, contratado para la temporada escolar. Cuando rememoro el saqueo, me felicito. Sustraía de todo, aunque ponía especial énfasis en las ediciones más caras, más difíciles de conseguir. Y había a raudales.
El secreto profesional me impide develar los pormenores del método. Solo diré que el arcaico sistema informático podía ser editado por cualquier empleado. Ejemplo: La ciencia jovial, Friedrich Nietzsche, Monte Ávila. Figuraba 1, lo cambiaba a 0, y listo el pollo. Como si se hubiese vendido. La ventaja era que los dueños vivían en otra ciudad, por lo que el descontrol era unánime.
De todas maneras, quizás el libro más significativo que obtuve durante esas temporadas fue, paradójicamente, una donación. Recuerdo aquella tarde lejana en que vi el diminuto Diario de la hepatitis listo para ser incluido entre los residuos y yo, desconociendo la figura de César Aira, pregunté (siempre cuido las formas) si podía quedármelo. Un hallazgo, visto desde hoy, ya que la oferta de este título es inexistente. No tengo idea de su valor en metal, aunque no lo vendería por toda la plata del mundo.
De Aira podría inmortalizar otro hallazgo, más reciente, comprado a precio vil: la primera edición del Diccionario de Autores Latinoamericanos. Tan vil que aquel librero trasandino me prohibió la entrada al comercio tras intentar canjearme, ingenuamente, el diccionario por tres novelas del mismo autor. Hace poco cerró definitivamente, igual que la librería del saqueo (un amigo malicioso sugirió que yo era el responsable).
Sería imposible e innecesario hacer una genealogía exhaustiva. Solo una fugaz mención para el hijo, ya mayor, de un poeta rosarino que pretendía exprimir hasta la última gota de la colosal biblioteca paterna. Lo visité, cómo olvidarlo, la mañana del 25 de diciembre de 2010. Pagué chauchas por decenas de libros impares que el hombre se resistía a vender.
Precio vil, en el mejor de los casos. Otros hablarían de artimañas y engaños. Acciones lindantes con el delito: timar, engatusar, embrollar; lisa y llanamente, estafas. Así me hice a mí mismo, como decía: meritocracia pura.
Pero lo que acaba de sucederme no lo imaginé en el mejor de mis sueños.
Trabajaba justamente en aquella librería enfrente de Humanidades cuando llegó la novedad del Borges de Bioy. Por esas cosas de la vida decidí no comprarlo. Me hacían el 20% de descuento, pero después de adquirir, entre otros, las obras completas de Borges, el dueño se comunicó con el encargado para suspender el pacto: sospechaba que ejercía la reventa.
Con los años, el deseo de poseerlo fue en aumento, alimentado por el exotismo de aquella primera y única edición y por la suba demencial del precio. Cada tanto lo rastreaba en Mercado Libre, pero el monto era prohibitivo, absurdo: $800.000 para empezar. Así pasó el tiempo, me mudé a Buenos Aires, me hice escritor y seguí con el Borges de Bioy revoloteando por mi incansable mente.
Y de pronto, una mañana de domingo fría, gris, muy temprano, como me gusta levantarme, yendo a desayunar con mi novia, ocurrió el milagro de San Telmo: mi ojo avizor detectó una pila de libros al costado de un contenedor. Algo que, en principio, no prometía grandes recompensas. Por eso me acerqué sin esperanzas, por mera curiosidad, para despuntar el vicio de la rapiña. Pero en la primera ojeada distinguí ¡el Borges de Bioy! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Me temblaban las manos. Mi novia se preocupó. Balbuceaba: no puede ser, no puede ser. Era imposible. Volví a mirar, y ahí estaban esperándome los dos escritores, pitucos, sentados en la escalerita, como atornillados, desde hace veinte años.

Gracias a que Lucía capturó el momento, subí la foto a Instagram junto a la versión escrita del episodio. El posteo, por lejos, muy lejos, es el que más interacciones ha conseguido: miles de likes, cientos de nuevos amigos y compartidos.
Sin embargo, la alegría sopla un airecillo de congoja: ningún libro rebelde me acecha. Se terminó, quizás, una larga historia de prodigios y hazañas.
Siempre fui amigo de lo ajeno, de lo extranjero, de los otros.
Espero no dejar de serlo.//∆z