En una época de pantallas e individualismo, el hardcore insiste en algo simple y revolucionario: encontrarse. Un show de Cursi No Muere alcanza para entender que la escena sigue siendo, ante todo, un espacio de encuentro.
Fotos de Jorge Noro
Las luces se apagan y el primer acorde alcanza para que todo se transforme. Hay quienes se abrazan, quienes se empujan en el pogo, quienes cantan con los ojos cerrados y quienes viven su primer recital junto a personas que podrían ser sus hermanos mayores. En un show de Cursi No Muere, como en tantos otros de la escena hardcore, no solo hay una banda tocando. Hay una comunidad que vuelve a encontrarse.
Y eso, en estos tiempos, tiene un enorme valor político.
Se habla mucho del voto joven. Se lo mide, se lo segmenta, se lo persigue entre encuestas, algoritmos y tendencias de redes sociales. Pero poco se observa dónde se encuentra esa juventud cuando nadie la está midiendo. Qué espacios habita, qué vínculos construye y qué cultura produce.

En Buenos Aires, el hardcore sigue siendo uno de esos lugares.
Lejos de ser apenas un género musical, la escena funciona como una comunidad. Una tradición que tuvo su auge durante los años noventa, atravesó divisiones, episodios de violencia y largos períodos de dispersión, y que hoy parece recuperar fuerza a partir de una nueva generación que decide apropiarse de ese legado sin repetirlo de manera mecánica.

Hay algo llamativo en este regreso. Mientras gran parte de la vida social se traslada a plataformas que prometen conexión, pero muchas veces profundizan el aislamiento, el hardcore insiste en el encuentro físico. En verse las caras. En compartir un espacio. En cantar con desconocidos. En empujarse durante un pogo y levantar inmediatamente a quien cae.

En tiempos en los que la agresividad se legitima desde los discursos públicos y la confrontación permanente parece convertirse en un valor, la lógica de estos recitales propone otra cosa. La intensidad no desaparece; cambia de sentido. La violencia deja de ser una herramienta contra el otro para transformarse en una energía compartida, sostenida por códigos de respeto y cuidado mutuo que todos parecen comprender sin necesidad de explicarlos.

La escena no existe sin el colectivo. No importa demasiado quién está arriba del escenario y quién abajo. Las bandas, los sellos independientes, quienes organizan las fechas y quienes las sostienen asistiendo forman parte de un mismo ecosistema. La identidad se construye entre todos.

Un show de Cursi No Muere resume bien ese espíritu. Hay chicos que descubren la escena por primera vez y personas que la habitan desde hace décadas. Conviven generaciones distintas bajo un mismo lenguaje. Los cuerpos chocan, las canciones se gritan como si fueran propias y, por un momento, desaparece la lógica individual que domina buena parte de la vida cotidiana. No se trata solamente de ver una banda: se trata de volver a encontrarse.

Quizás por eso el hardcore conserve una dimensión política, incluso cuando no enuncia consignas partidarias. Porque sigue defendiendo algo profundamente contracultural: el valor del encuentro. En una época atravesada por la fragmentación, el consumo individual y la hiperconectividad solitaria, reunir cientos de personas alrededor de un show para construir una comunidad real puede ser uno de los gestos políticos más potentes de nuestro tiempo.
Tal vez ahí resida la verdadera fuerza del hardcore. No en la nostalgia por los noventa ni en la estética de una escena, sino en su capacidad de recordarnos que todavía es posible construir comunidad. Que todavía es posible encontrarse, cuidarse y reconocerse en el otro. Porque, a veces, la forma más profunda de hacer política empieza mucho antes de una elección: empieza cuando decidimos no atravesar esta época en soledad.//∆z







