María Luque: “No me canso de dibujar los lugares que habito”
Por Diana Romero

En un recorrido por el Museo Nacional de Bellas Artes, María Luque comparte las obras que la conmueven y reflexiona sobre el dibujo, la historieta, los vínculos, el feminismo, la inteligencia artificial y la belleza de las pequeñas cosas. Una conversación sobre el arte como forma de mirar y habitar el mundo.


Justo cuando estoy a punto de entrar, María Luque abre la puerta. No es su casa, pero es como si lo fuera. Es domingo al mediodía y el Museo Nacional de Bellas Artes está lleno. Ella se filtra entre la multitud con la naturalidad de quien camina por el pasillo de su propio living. Hubo una época en la que venía a dar talleres de dibujo clandestinos: “Juntaba un grupito en la calle, les daba consignas, entrábamos a dibujar y conversábamos en el pasto”. Para María, el museo es un refugio emocional, un espacio para habitar. “Hay que venir y ver qué te pasa a vos con esto”, dice, desarmando la solemnidad institucional. Inmediatamente pienso en Visita al Louvre con Cézanne, el pasaje que dibujó en Noticias de pintores. ¿Estoy viviendo en una escena de María?

Avanzamos hacia el sector de Cándido López. Decido dejar el cuaderno de preguntas en el bolsillo, la conversación se hila sola mientras María desarma los óleos con la mirada. Nos detenemos frente a una de las batallas y menciono el texto de María Gainza sobre los vigilantes que juran ver fantasmas dentro de los cuadros. ”Es esta de acá”, me explica. “No sé si quedó inconcluso o es un efecto de la bruma, pero parecen fantasmas”. Hay un preciosismo conmovedor en la minuciosidad de Cándido, quien recolectaba hojas secas en la guerra del Paraguay para replicar cada árbol con exactitud matemática. La devoción de María hacía él es casi mística: lanza el deseo de que el museo exhiba alguna vez su cuaderno de notas original, guardado bajo llave.

Para entender su trabajo, pasamos a la sala contigua donde cuelga La vuelta del malón. El contraste es violento. Mientras sus contemporáneos buscaban una narrativa épica de caballos desbocados y soldados sosteniendo cabezas, Cándido prefería la miniatura: crónicas visuales de llanuras infinitas donde el conflicto se dispersaba en un registro coral. En medio de la marea de turistas, María me confiesa el vértigo que le dio meterse con esa tragedia histórica en su libro La mano del pintor. No quería un texto solemne, pero tampoco faltarle el respeto al dolor del Paraguay. La solución apareció de forma lúdica: traer a Cándido al presente como un fantasma medio gracioso. El humor fue su herramienta contra la distancia histórica. “Me había metido en una trampa”, se ríe, recordando que no tenía guión ni el entrenamiento técnico de Cándido. Su genialidad fue apostar por la simplicidad de su propio estilo: armar un fanzine, sacar fotocopias y hacer circular la memoria.

Su forma de narrar elude la gran empresa militar. María investigó el reverso de la historia oficial leyendo las cartas de los soldados: allí no había épica, sino hombres que pasaban frío, extrañaban a sus mamás y sobrevivían a base de sopa y arroz mientras sus superiores disfrutaban de banquetes. En su libro, ese subtexto opera a través de la ternura. Cándido le dice a su personaje que va a tener que dibujar el horror, y ella lo resuelve desde una sensibilidad que define a toda una generación de dibujantes argentinas: una mirada enfocada en los vínculos y los afectos que no quedan registrados en las espadas de una batalla.

Mientras la escucho marcar esa distancia, entiendo que en la analogía de sus mundos opera la misma fuerza. Hay un hilo invisible que conecta a Cándido con el universo de María Luque. Así como López desafió la solemnidad histórica de su tiempo con sus crónicas milimétricas, el trabajo de María rompe con la dictadura del dibujo perfecto y la grandilocuencia del arte institucional. Lo suyo es la ruptura a través de la frescura del trazo y la crónica del presente. 

Subimos las escaleras hacia otra sala y menciono la escena de La mano del pintor donde María le explica a Cándido qué es un fanzine. Para ella, el fanzine es un formato que defiende con militancia latinoamericana. “Es un artefacto superpoderoso”, me explica con entusiasmo, “en especial acá, donde las economías para dibujar son tan precarias”. Un libro exige un tiempo y una resistencia que no todos pueden sostener para sobrevivir, pero autoeditar un fanzine de dieciséis páginas es una meta posible, un terreno libre de reglas. Entre risas, recuerda que alguna vez, intentando esquivar las etiquetas rígidas de ilustradora o dibujante, se autodefinió como una “fanzinera ambiciosa”. Para María, la autoedición representa el gesto más honesto y verdadero de la creación: hacer sin esperar que nadie te lo pida, movida únicamente por el propio entusiasmo.

Llegamos a una sala más abierta y María se detiene frente a un cuadro de Alfredo Guttero. “Es justo acá adelante. ¿Querés que nos sentemos un ratito?”, propone, invitándome a habitar el espacio. Nos sentamos y le planteo mi visión: para mí, ella funciona como un nodo cultural clave en el desarrollo de la historieta argentina contemporánea, un eslabón que impulsó espacios compartidos y enseñó a trabajar con lo simple. María escucha con pudor y desvía la mirada, argumentando que así funciona la humanidad y que no hay nada especial en lo que hizo. Sin embargo, reconoce que lo que la enamoró de este ambiente, a diferencia de la competencia en otros ámbitos artísticos, fue la generosidad absoluta. Recuerda con emoción su primera llegada a Buenos Aires, cuando entró a Moebius sin conocer a nadie: “Mostré mis dibujos y me dijeron que sí al instante, me ofrecieron muestras y talleres sin dudarlo”. Define esa red de afectos y crecimiento mutuo con una metáfora orgánica perfecta: crecemos alimentándonos los unos a los otros, como un hongo.

Si el fanzine es el artefacto, el verdadero movimiento que mantiene viva a la historieta es el tejido humano que se genera a su alrededor. María me explica que sus proyectos siempre nacieron de una necesidad muy honesta: combatir el aburrimiento. “Dibujar es un hecho muy solitario; esa soledad es hermosa, pero te aburre”, dice con una sonrisa. Para romper ese aislamiento fundó en Rosario las Meriendas de dibujo, un espacio para compartir, pedir opiniones y, sobre todo, encontrar las amigas que hoy son las más cercanas de su vida. Fue en ese ecosistema donde conoció a un grupo de dibujantes con las que empezó a reunirse en la Plataforma Lavardén. Con el tiempo, el espacio provincial les ofreció presupuesto y les insistió para que armaran algo más grande. Así nació el Festival Furioso de Dibujo, que tuvo varias ediciones entre 2014 y 2017. Para María, el festival fue una resistencia hermosa a la centralización porteña: “Los rosarinos siempre terminamos viajando a Buenos Aires para todo; era lindo que algo pasara en Rosario”. El festival funcionó como un laboratorio de formación, pero sobre todo como el semillero donde José Sainz (a quien María define como el verdadero motor y responsable de gran parte de los libros de historieta que existen en el país) empezó a impulsar a nuevos autores.

Le menciono Vamos las pibas, el mítico festival de historieta autogestiva de mujeres, y los ojos de María vuelven a encenderse. Recuerda estar verdaderamente impresionada por la cantidad de chicas que copaban ese espacio. Aunque lamenta que ya no se haga, para ella fue la prueba física de una explosión exponencial: “Cuando era chica me costaba pensar nombres de dibujantes mujeres. De golpe, había un festival entero donde éramos solo nosotras”. Me confiesa que ver ese cruce generacional le da esperanzas en el mundo. 

Esa transformación no fue sencilla. Incluso cuando empezó a trabajar en Noticias de pintores, hace ya casi una década, constató la herida de esa ausencia: en las entrevistas ficticias del libro solo aparecían hombres, y en La mano del pintor deslizó aquella frase sobre la costumbre histórica de culpar siempre a las mujeres de todo. Al recordar esos primeros destellos de incomodidad, se ríe: “Me siento muy afortunada de haber nacido en esta época, porque para las que estuvieron antes fue mil veces más difícil”.

Insisto en su rol de referente, pero su modestia es inquebrantable. Se niega a colgarse medallas institucionales y prefiere usar su memoria para iluminar a otros. Tiene clarísimo cómo la presencia de PowerPaola en 2011 funcionó como un faro que activó a toda una generación de mujeres a dibujar historietas en el país. Para María, el arte no es una cumbre individual, sino un contagio permanente: cruzarte con alguien, ver lo que hizo y encender el deseo propio de intentar ver si vos también podés. 

Su propia conciencia cambió al ritmo de la ola feminista. María confiesa que antes aceptaba las injusticias bajo la resignación de que “el mundo era así”. El despertar colectivo se coló inevitablemente en sus viñetas. Hoy revisa sus primeros libros con ternura y compasión: “Veo algunas cosas como diciendo: qué tierna, cómo me animé a decir eso… A veces me toca revisarme a mí misma, ver que algo ya estaba clarísimo y yo no me daba cuenta”. En esa autocrítica no hay culpa, sino el mismo cuidado que define su forma de narrar. 

Para María, el feminismo no pasa por discursos teóricos, sino por habitar el mundo de forma auténtica y agrandar el espacio trabajando. Buscando entender ese motor, le pregunto qué significa para una autora participar de un festival. Para María es la oportunidad de viajar, pero sobre todo, un catalizador: “Los festivales tienen una efervescencia que te alimenta. Capaz estás medio desanimada, vas y ves a alguien mostrando el primer fanzine de su vida y se te renueva el entusiasmo. Es un motor”; y su memoria viaja a un festival en Perú donde la lista de invitados estelares estaba monopolizada por hombres. Allí decidió anotarse en el taller de fanzines del brasileño Fábio Zimbres. La revelación de esos días modificó su oficio para siempre. Zimbres, autor consagrado, les confesó que no usaba tarjetas de presentación. En lugar de eso, dibujaba un fanzine durante el viaje en avión. Al aterrizar, buscaba una fotocopiadora de barrio para conocer a la gente real del lugar, se llenaba los bolsillos con las copias y las repartía. “Una tarjetita con una página web no la mira nadie, pero el fanzine da cuenta real de tu trabajo”, explica María. El gesto la desarmó. Los festivales sirven para eso: para cruzarse con otros autores que te quitan los prejuicios y te habilitan a creer que vos también podés.

Esa geografía de viajes nos lleva a repasar su propio mapa. Hubo un tiempo que María fue nomade. Ese intercambio me da pie para preguntarle qué ventaja tiene ser una autora argentina. Ella no lo duda: nuestra gimnasia para la crisis. “La autogestión la tenemos muy incorporada”, reflexiona. “Hay algo en el argentino de querer resolver aunque no tengas herramientas. Estamos muy acostumbrados a no tener recursos y a querer hacer las cosas igual”. Bajo esa luz, el fanzine, Cándido y las meriendas cobran sentido: crear es una forma de supervivencia activa.

Aprovecho la intimidad de la sala para preguntarle por el “mal del dibujante”, ese cruce donde el cuerpo se funde con la obra y aparece el dolor. María se acomoda en el banco y confiesa que piensa mucho en eso por su tendencia a obsesionarse con técnicas exigentes como el lápiz de color o el bordado. “Me obsesiono al punto de hacerme daño y tener que frenar porque el cuerpo se rompe”, admite. De hecho, su propia evolución estética fue moldeada por la lesión: tuvo que abandonar los lápices y volcarse a la pintura, lo que terminó abriéndole un universo técnico desconocido.

Le confieso que estuve rastreando sus fotos de prensa, posa con el gesto exacto con el que se autorretrata. María larga una risa cómplice y admite que la frontera entre su persona y su personaje está borrada. Se mira el suéter que lleva puesto y me cuenta que lo compró pensando en cómo luciría en el papel. Su pelo cortado en triángulo o sus lentes son decisiones de diseño para su alter ego. Sin embargo, esta simbiosis genera cortocircuitos: “A veces me pongo muy exigente y digo: voy a tener este corte de pelo para siempre porque es el que me gusta dibujar. Ahora me dan ganas de cambiar y entro en conflicto. Siento que traiciono un poco al dibujo”. Tal vez detrás de esa transformación física asome una nueva etapa artística, le digo. María sonríe y reflexiona sobre cómo nos encasillamos en las narraciones que nos armamos de nosotras mismas, igual que cuando se definía como “la que dibuja con lápices de colores” hasta que la lesión la obligó a cambiar. Le pregunto cuál es el cambio estético la tiene tan conflictuada. “Me quiero hacer un flequillo”, confiesa. Un dilema para no confundir a sus propios trazos. Su ternura me desarma.

 

Apago el grabador y abro la cámara. El visor me la devuelve idéntica a su versión de tinta: un gesto honesto, despojado de poses. Mientras retrato su timidez, me adelanta que está dándole forma a un proyecto nuevo que marca su reencuentro creativo con José Sainz, su editor histórico. Le pido que me describa el peso de esa figura y María defiende el rol editorial como algo vital: “La mano del pintor no existiría sin su compañía”, confiesa con gratitud.

Al terminar La mano del pintor, María no tenía idea de lo costoso que resultaba imprimir a color en un formato tan grande. La Editorial Sigilo se interesó en la obra, marcando un hito para un catálogo que hasta entonces solo publicaba narrativa tradicional. Para financiar su obra, recurrieron a una preventa colectiva donde más de cuatrocientas personas compraron el libro antes de que existiera físicamente. María sonríe al recordar a esos lectores que todavía se le acercan para recordarle que fueron indispensables: “Te hace darte cuenta de que cuando se junta mucha gente, se puede lograr algo que estando sola jamás podrías”.

Nos levantamos del banco y reanudamos la marcha. De golpe, María se detiene en seco ante una obra que parece imantarle los ojos: una mujer de rojo junto al lienzo de Foujita. “Esta pintura no estaba antes exhibida”, dice, analizándola con la fascinación de una niña que descubre algo por primera vez. Detalla las manos de la figura y el rojo vibrante, que nos transporta de inmediato al filtro cromático de Portugal que ella misma dibujó en Noticias de pintores.

A María le fascina Foujita, a quien suele retratar en cuclillas porque, según me explica, esa era su fisionomía al pintar. “Vino a la Argentina en 1932 escapando de unas deudas y haciendo una gira”, relata mientras leemos el cartel de donación. “En esa época era una estrella total, la gente se cortaba el pelo como él. El peinado es espectacular, y la manera en que pintaba a los gatos me encanta”. 

Al ver esa fascinación por lo simple, le pregunto si siente que existe una forma feminista de narrar, más ligada a la ternura y a la observación de lo cotidiano. María reflexiona un instante y evoca un faro teórico que acomodó sus ideas: La teoría de la bolsa de ficción, de Ursula K. Le Guin. “Ella explica cómo las historias siempre fueron contadas por hombres desde las cavernas bajo la épica del héroe que vuelve ensangrentado”, me dice, conectando el concepto con los óleos belicosos de Cándido López que vimos hace un rato. Le Guin dice que las historias de las mujeres, que recolectaban frutos en una bolsita, no tenían esa misma emoción porque no había conflicto. Por eso prevaleció la narrativa masculina, donde siempre se espera que algo se resuelva.

Reconoce que le costó entender y defender su propia forma de narrar hasta que leyó a Le Guin y a la cineasta Lucrecia Martel, quien sostiene que esa estructura dramática basada en el conflicto es una forma belicosa de entender el mundo. “En mis libros no hay conflicto. La gente va al supermercado, pisa caca, hace las cosas de la vida. En mi día a día yo no tengo conflictos con arcos narrativos todo el tiempo”. 

Esa resistencia a las estructuras tradicionales se vuelve carne en Budín del cielo, su novela protagonizada por una jubilada que pasa el tiempo mirando pájaros en el parque, cuida a su vecina y se va de viaje a Mar del Plata con unos exalumnos. “Es eso, no pasa otra cosa”, sintetiza María con una sonrisa. Recuerda que antes de publicarlo, su editor en Sigilo, Maximiliano Papandrea, le advirtió que debían avisar en la contratapa que el libro carecía de conflictos tradicionales porque “había gente que se podía enojar”. A María no le interesa escribir con el estilo de Hollywood ni someterse a la tiranía de las plataformas de streaming, donde los guionistas están obligados a sobre explicarlo todo en los primeros tres minutos para que el espectador no se distraiga con el teléfono. Sentada frente a las paredes del Bellas Artes, María entiende sus elecciones estéticas como una declaración de principios: “Ponerme a contar la historia de una jubilada que va al parque a mirar pájaros es mi manera de luchar contra eso. Es sacarme esas estructuras patriarcales y belicosas de encima, y otorgarle un valor a lo cotidiano. Ahí también hay una historia que puede ser interesante y valiosa”.

Analizar su propia voz autoral es, según ella, un producto de los años, de la experiencia. Distingue con claridad el impulso ciego de la juventud, donde se crea sin prejuicios ni temores por los costos de impresión. Sabe que todavía le quedan preguntas sin respuesta: “Cuando leí el texto de Úrsula se me acomodó una estantería”, reflexiona. “Ahora hay muchas otras estanterías que siguen desordenadas y que se irán acomodando con el tiempo. Está buenísimo que sigan apareciendo nuevas intrigas”.

En su obra la falta de solemnidad se traduce en la imperfección de sus trazos, donde opera el error y el azar. “Me gusta que se vea la mano humana, sobre todo ahora”, reflexiona María. “No me preocupa que haya errores. Cuando los veo, me agrada que estén”. Bajo esa premisa, su mente choca inevitablemente con el uso de la Inteligencia Artificial. Lejos de pararse en un lugar de juicio moral contra quien usa la tecnología por falta de recursos, a María le obsesiona el fenómeno desde una dimensión sensible: “La gente se va a hartar de esas imágenes que no tienen calidez ni espíritu. Cuando ves una pintura acá en el museo, podés imaginar el movimiento que tuvo esa mano. Eso es imposible de reproducir artificialmente. La máquina puede imitar a Foujita, pero no te va a conmover”.

Para ella, el peligro no es la herramienta en sí, sino el relato corporativo que busca instalarla como una entidad inteligente. “Son empresas dirigidas en su mayoría por hombres blancos, cis y heterosexuales, con sesgos de todo tipo”, advierte. “Las imágenes generadas dan cuenta de eso. Tener presente que son corporaciones es fundamental: es como encargarle el logo de tu negocio a Elon Musk. Es un horror. Más vale usar un dibujo de tu primito; va a ser mucho mejor”. Sabe que, en un mundo inundado de algoritmos, el verdadero valor migrará hacia el rastro del esfuerzo. Recuerda a una profesora de arte en México que no sabía cómo evaluar a sus alumnos porque temía que usaran IA. “El proceso ahora va a ser más importante que el resultado, porque es lo que demuestra que ahí hubo un humano trabajando. Y a mí eso me parece espectacular. Yo disfruto mucho más el proceso de hacer un libro que cuando el libro finalmente sale”. 

Ese amor por el proceso empieza mucho antes de apoyar el lápiz; nace en la promesa de los materiales. “A veces comprás algo y tardás cinco años en usar algunos, pero la emoción de lo que te puede ofrecer un material es pura adrenalina”. En sus libros, la descripción de las tonalidades es tan minuciosa que le pregunto por su relación con el color. “El color me hace salivar”, admite. “Se me activan las papilas gustativas, sobre todo cuando preparo las mezclas o veo un color muy hermoso hecho por otra persona. Me dan ganas de comerme los colores. Cuando junto dos tonos, siento que algo empieza a pasar en la boca”. Esto es poesía.

Cruzamos la sala y salimos a un pasillo donde nos topamos con el célebre Cristo sobre el avión de caza occidental de León Ferrari. “Él siempre fue un provocador que cuestionaba a la Iglesia Católica”, reflexiona María contemplando la obra. “Logró que le cancelaran muchísimas muestras, pero no se cansaba de buscar esa reacción. Siempre ponía todo en discusión”. En ese pasillo, suspendido entre salas como un puente colgante, el Jesús controversial de Ferrari sintetiza nuestra conversación sobre la narración épica y canónica. El museo nos acompaña.

De vuelta en las salas abiertas, le pregunto qué cosas no se cansa de dibujar. Su respuesta es un elogio a la insistencia: “Me di cuenta de que hay algo en la repetición que es crucial. Es muy necesario repetirse a una misma. En esa repetición aparece lo que realmente te interesa, lo verdadero”. María desmonta la fantasía que le exige al artista una novedad constante y disruptiva. “Yo no me canso de dibujar escenas de gente en bares. Parece una pavada, pero son los lugares que me gusta habitar y lo voy a hacer siempre, porque aparecen cosas nuevas que contar en esos dibujos. Sostener y repetir está mal visto, pero para mí es muy potente”.

Esa resistencia a la dictadura de la vanguardia la llevó recientemente a los textos de Elvira Espejo Ayca, una artista textil y pensadora boliviana. María evoca su libro La crianza mutua de las artes con una fascinación que le enciende la mirada: “Ella habla desde la cosmovisión andina sobre cómo sucede un textil o una pintura. Explica que sacarle la lana a la llama es un proceso mutuo: cuidás al animal para que tenga una linda vida y te dé su fibra. No es que vos solo necesitás de la llama, la llama también necesita de vos. Para poder crear, tenés que estar en armonía con la materia que vas a usar. Pensar el arte de esa manera te da vuelta la cabeza”.

María piensa cada objeto de su casa para poder dibujarlo, inyectándole un afecto que se expande a sus colaboraciones comerciales con marcas como Monoblock. Lejos de renegar del mercado, encuentra poesía en el objeto reproducible: “Me parece hermoso que los dibujos acompañen la vida de alguien; que haya una manta que te abrigue una siesta placentera. Sé que mucha gente no va a comprar nunca un original, pero sí una reproducción. Eso democratiza el arte”. Sin embargo, cuida con recelo sus límites creativos. Recuerda haber editado unas libretas con el rostro de Charly García que se agotaron de inmediato: “La gente me pedía que para la próxima llevará a Fito Páez. Pero dije que no. Yo no me dedico a dibujar ídolos si no hay un deseo genuino detrás. No se puede abusar”.

Mientras caminamos, evoco una idea de María Gainza sobre Cándido López, quien afirmaba que para retratar la realidad era necesario deformarla. Le pregunto si siente que ese principio atraviesa sus trazos. “No me interesa la perfección ni el virtuosismo técnico”, responde sin rodeos. “En los museos, las manifestaciones más virtuosas son en las que menos me detengo. A todos nos criaron para corregir el error, pero cuando estoy en un museo y veo una mano medio chueca, entiendo que esa es la que realmente me interesa. ¿Por qué voy a corregirme a mí misma para generar algo que no me atrae ver en los demás?”.

Frente al arte concreto de Tomás Maldonado y las geometrías limpias, le pregunto cómo distribuye sus viñetas en la página. “No suelo planear mucho; divido con un lápiz muy clarito, marco las caras, escribo el texto y después dibujo”, confiesa. Su proceso manual está gobernado por el collage y la enmienda. En vez de dibujar todo de nuevo, recorto el error, le pego un papel encima y lo vuelvo a hacer con cinta. Reacomodo sobre la marcha. Si vengo de dos viñetas grandes, cambio el ritmo en la siguiente, pero lo voy resolviendo mientras avanzo”.

En sus historietas, la palabra suele aparecer antes que los trazos. El proceso detrás de un libro como Noticias de pintores exigió horas de una investigación minuciosa, que ella, por supuesto, disfrutó como una arqueóloga. Buscaba un detalle oculto, una pepita de oro que le permitiera desarmar el mito del artista. “Con Van Gogh, por ejemplo, todo el mundo conoce el episodio de la oreja cortada, pero a mí no me daba ganas de dibujar eso”, explica. “Investigando descubrí que había estudiado música y que tenía un componente sinestésico con los colores: percibía las notas musicales como tonalidades. Me pareció hermoso rescatar eso”. Ante su destreza para transformar biografías colosales en relatos íntimos y accesibles, le pregunto qué es lo que más valora de lo simple. María sonríe y confiesa: “Lo que más aprecio ahora es tener tiempo libre. Tiempo para hacer lo que tengo ganas y no lo que me piden los demás. Tener tiempo para tomar café, sobre todo eso”.

– ¿Vamos a tomar un café?, le propongo.

– Sí, vamos.

Justo a la salida, el museo nos regala una última complicidad. En el camino nos topamos con el autorretrato de Marie Laurencin, la misma artista que María retrató en Noticias de pintores. La figura del cuadro luciendo un flequillo idéntico con el que María Luque está a punto de empezar a dibujarse. Por un instante, siento que las dos se miran.//∆z