“Una carta para Stanley Noon”, de Pablo Toro

Presentamos un cuento de Hombres maravillosos y vulnerables, libro del escritor chileno editado por La Calabaza del Diablo. 

EN LONDRES, 2015, un guardia de seguridad del Museo de Arte Contemporáneo de Westminster ha escrito una carta dirigida al contador Stanley Noon, de cuarenta y dos años. El nombre del sujeto que firma la misiva es Jim Baker, de cuarenta años. Baker no conoce a Noon. Noon no tiene idea quién es Baker.

Estimado Stan, espero poder llamarte Stan, no me conoces y probablemente esta carta te parezca bastante peculiar, pero algo, un algo que lógicamente no puedo describir, me dice que una vez que la empieces, la seguirás, hasta el final, así es que vamos al grano. Resulta que Oscar Wilde fue un niño huérfano. Algo que pocos saben y que muchos niegan. Nunca llegó a conocer a sus verdaderos padres. Es posible imaginarlo, Stan: el pequeño Oscar, de sólo unos pocos días, dejado en una canasta de mimbre acolchada con algunas esponjas, tapado con telas que apenas lo protegían del frío, en la entrada de la casa de una familia aristócrata de Dublín, en 1854. Es posible imaginar a la verdadera madre de Oscar alejándose de aquella entrada, manos temblorosas, sintiendo que ha condenado su existencia al abismo o quizás escondiéndose detrás de unos arbustos esperando que alguien encuentre lo que ha sido depositado en la puerta de entrada.

Margaret O´Flannery, la criada en la casa del cirujano y anticuario sir William Wilde, encuentra la canasta a eso de las seis de la mañana, y lo primero que nota es un pendiente o botón verde y brillante que está incrustado en la ropa del niño. Margaret O´Flannery decide súbitamente apropiarse del pendiente y lo pone en su bolsillo antes de proceder a tomar la canasta e ir donde sus patrones para comunicarles la insólita situación. Un niño ha sido abandonado en nuestra puerta, lady Jane Francesca, les debe haber dicho. Pero lo que seguro no les dijo es lo del pendiente verde, y lo mantuvo en su bolsillo por los siguientes seis años.

Antes que Oscar cumpla los siete años, en un día de lluvia negra y rayos eléctricos en que el niño adoptado viste ropas de niña –efectos de esto se pueden constatar en sus libros, concordarás conmigo, Stan–, Margaret O´Flannery le entrega el pendiente verde y le advierte sobre el inmenso poder que en él reside. Un poder no comunicable, un poder ciego, le dice, y Oscar no logra entender qué quieren decir esas palabras, pero igual toma el pendiente y lo pone en su bolsillo, no sin antes prometerle a Margaret O´Flannery que será el secreto de los dos y de nadie más. Y después el niño se pone a saltar y a cantar como una niña y Margaret O´Flannery lo mira como diciéndole que no es gracioso, pero el niño entiende algo distinto y prosigue su baile andrógino mientras Margaret O´Flannery piensa probablemente en el futuro de aquella criatura endiablada y en el suyo propio.

Te preguntarás Stan, cómo puedo saber todo esto. Pero aunque yo te dijera que mi fuente de información es la hija –hoy mujer anciana– de la mismísima Margaret O´Flannery, lo que importa no son las preguntas, sino ese pendiente verde.

Resulta, Stan, que el joven Oscar Wilde, ya convertido en un dandi que revolotea por las calles de Londres en 1872, le entrega el pendiente a una mujer a la que dice amar, una mujer a la que dice necesitar, aunque, en lo personal, creo que Wilde nunca necesitó a nadie realmente. Esta mujer se llamaba Nelly Bloom, y Nelly Bloom mantuvo el pendiente por años hasta que se lo entregó a su hijo, en 1919, antes de morir; y su hijo, jugador profesional de fútbol y lateral izquierdo del Tottenham F.C. llamado Charles Wiggins, sí, el mismo que nos dio la clasificación frente a los franceses en las eliminatorias del 30, que dicen logró toda su habilidad en los pies gracias a ese pendiente verde, se lo entregó a su vez a su hijo, Ronald Wiggins, en 1969. Ya entenderás cómo va el asunto, Stan: Ronald Wiggins creció y se convirtió en productor de televisión y de a poco derivó en el cine. Hace unos años produjo la película Velvet Goldmine, dirigida por el inglés Todd Haynes, que es un marica muy talentoso. La película iba sobre un par de maricas que se convertían en estrellas del pop y en dandis drogadictos. Supuestamente estaba basada en la relación de maricas entre David Bowie e Iggy Pop, pero para mí que estaba más bien basada en la mente del marica que la escribió, que no tengo idea quién es. Quizás Haynes. No importa. Ese no es el punto.

Lo que ocurre, Stan, es que en esa película aparece como elemento narrativo el pendiente verde, puedes buscarla y comprobarlo, o yo estaré encantado de prestártela, y el productor Ronald Wiggins fue quien propuso incluir la historia del pendiente en la trama. Una mala movida de Wiggins, concordarás conmigo, Stan.  El pendiente, hoy en día, está en manos del actor Ewan McGregor, que hacía de un rockero sicótico llamado Kurt Wilde en Velvet Goldmine. Un gran personaje. Pero al fin y al cabo un marica (No sé cuál es tu posición con respecto a los maricas, pero confío en que tienes sentido del humor, ¡¿ah, Stanley?!) Al parecer McGregor le pidió el pendiente verde a Wiggins durante el rodaje, y éste, tras explicarle lo del poder que contenía, se lo obsequió, por lo que deduzco que Wiggins debe haber sido un marica también.

McGregor tiene el pendiente, Stan. Te estoy proponiendo que nos apoderemos de él. Robémosle al puto de Ewan McGregor y descubramos en qué consisten esos poderes. Piénsalo: Charles Wiggins fue un gran futbolista. Ronald Wiggins es un pez gordo de las películas. Ewan McGregor es una estrella de Hollywood. Oscar Wilde fue Oscar Wilde. Y todos tuvieron ese pendiente verde y brillante. Ahora podemos tenerlo nosotros. Tú y yo, Stan. No lo dudé a la hora de elegirte. Busqué en la guía telefónica y pensé: una persona para compartir el secreto. Y después pensé: un hombre. Entonces en el tope de una página vi las letras: Stanley Noon. Es un gran nombre, pensé. Un nombre como de película de espionaje. Stanley es el hombre para llevar a cabo este plan. Y ahora sólo falta saber si estaba en lo correcto o no.

Trabajo en el museo de Arte Contemporáneo de Westminster. Mi nombre es Jim Baker. Puedes ir al museo cualquiera de estos días y hablaremos de las estrategias y del plan de acción. Para no entrar en detalles técnicos, sólo diré que está casi todo planeado en mi mente. Cuento contigo. Ven, y discutiremos el golpe a la casa de McGregor o, si no te parece bien, si todo esto no te parece nada bien, Stan, si te parece inverosímil, si crees que toda esta historia es una estúpida mentira, te pido que vengas igual, por favor, ven y simplemente nos sentaremos y nos tomaremos unos capuchinos mirando los cuadros impresionistas de Turner y, quizás, nos haremos amigos. Todos necesitamos un amigo en nuestras vidas. Concordarás conmigo, Stan.

Jim

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