Un paréntesis de disturbio

Ryan Adams da muestra de su intransigencia musical y le brinda a su fans un EP fundido en las raíces del hardcore punk de los ochenta.

 Por Pablo Mendez

Alejado del tono rock-pop-country, Ryan Adams arremete con un EP que con seguridad se convertirá en objeto de culto de sus fanáticos. La influencia es clara y contundente: diez canciones de corte veloz y mensaje directo, en pocas palabras un álbum de hardcore punk y noise que le rinde tributo a bandas como Black Flag, The Jesus Lizard y Fugazi, en estricto orden cronológico. De ahí que el título, 1984, remonte a una segunda generación alimentada con los setenta no solo en el punk sino también el garage rock.

El guitarrista y compositor de Carolina del Norte surtido por el enjambre de acordes simples y su en voz en estado límite, sin que ello conlleve a una alteración en la afinación, estructura el nuevo material en una bola de ruido controlada, delicada y producida matemáticamente. Y de esto sabe mucho, no solo por haber producido a artistas de la talla de Counting Crows, Weezer, Cowboys Junkies o la mismísima Norah Jones, tan disímiles entre si, sino también por haber rodado por bandas con intenciones bastante distantes. Con los Whiskeytown llevó al country a la astucia eléctrica, con The Cardinals necesitó del sostén standard de una banda con la amplificación necesaria para no salirse del género rock y en su carrera solista amalgamó la glotonería pop con la melancolía estilo Jeff Buckley; una trayectoria acomodada a la necesidad.

1984, podría hacer alusión a la influencia directa del álbum My War de Black Flag del mismo año al que hace referencia la producción de Adams. Aún así, las raíces insurrectas que se encuentran en este riesgo discográfico, no llegan a escurrir el exceso de uniformidad, las canciones suenan tan parecidas unas de otras que pareciera estar escuchándose una sola composición de larga duración, hardcore punk progresivo o un real canto a la creatividad encerrada. Cada canción se ensimisma en la siguiente como una cópula involuntaria, tan solo un intento de tributo carente de erotismo artesanal: “When The Summer Ends”, “Change Your Mind”, “Rats In The Wall”, “Push It Away” se intercalan en esta atmósfera de clima melancólico, cliché en el que se enmarca la zona geográfica de su arquitectura musical, aun ante la semblanza cruda que caracteriza al género.

De todas la intenciones posibles, la de alimentar a sus fans como colación de sus discos de estudio mayores/importantes, pareciera la más acertada. El resultado, aunque pretencioso es digno dentro de la amenaza almibarada en la que se suele caer luego de cortar los hilos que mantienen a un artista colgado del estandarte comercial. El salto de riesgo bien vale la atención, con la conjura de una expectativa que no debería decepcionar en el futuro cercano.//z 

Arecia_Diciembre

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