Perestroika Blues

Arecia_Agosto

En épocas de alergia desmedida hacia eso que llamamos spoilers, un análisis de la sexta y última temporada de The Americans, una de las series más interesantes y con menos prensa de los últimos tiempos.

Por Juan Martín Nacinovich

Adiós a las armas

1986. La Guerra Fría está en su tramo final. Por un lado, la URSS se ahoga en incertidumbre y tambalea al borde del abismo debido a poderosas internas que quieren destituir a Mijaíl Gorbachov, cabecilla soviético que aparentemente perdió el verdadero rumbo de la madre Rusia durante el último lustro. Cruzando el charco, el presidente Ronald Reagan acusa públicamente a sus enemigos como “el imperio del mal” mientras intenta negociar un acuerdo de paz y desarme militar en una cumbre a realizarse en suelo norteamericano. Así, tan sólo a un botón de distancia del apocalipsis nuclear, se posiciona el tablero entre Moscú y Washington durante la sexta y última temporada  de The Americans, la serie que desde 2013 supo mezclar con maestría espionaje y drama familiar de la mano de Joe Weisberg (ex-agente de la CIA) y Joel Fields, sus dos creadores.

Por razones tan políticas como personales, Philip y Elizabeth están distanciados. Embelesado por el capitalismo de occidente, Philip (Matthew Rhys) no se halla consigo mismo y está fuera de la KGB, alejado de las armas, los operativos y, sobre todo, los asesinatos. Ya derramó mucha sangre. Elizabeth (Keri Russell), hastiada, cansina, dubitativa, redobla su trabajo de espionaje desde que Philip no está activo. Su patriotismo ciego comienza a resquebrajarse desde el momento en que, por primera vez, no sigue una orden directa por parte de Claudia (Margo Martindale), su nexo con el soviet. Ambos se hacen preguntas; se preguntan el porqué de toda esta vida. Lo que a Philip le llevó seis temporadas, Elizabeth lo digiere tan solo en una. Si antes la historia se nucleaba alrededor de la familia Jennings, ahora esta no existe más. Henry (Keidrich Sellati) vive en un colegio pupilo, donde juega al hockey y desconoce por completo la vida que llevan sus padres; Paige (Holly Taylor) es una aprendiz de agente secreta: comienza con los operativos de seguimiento, recolectando inteligencia. Comete errores, pero aprende rápido. Abandona su casa junto al paraguas adolescente y se convierte en adulta, evitando un sinfín de lugares comunes.

Enfrente de la casa que supo conglomerar a los Jennings al mejor estilo american way of life todavía se yergue la figura del amigo-enemigo número uno: Stan Beeman (Noah Emmerich). Luego de que su carrera como agente del FBI temblequee, Stan reactiva su sensor de dudas, ese arquetipo de sexto sentido, y está al acecho otra vez. El antecedente más cercano recién se da en el episodio piloto, cuando entra en el garaje de sus vecinos y no encuentra nada. Se equivocaba. Ahora la sospecha se solidifica cuando los Jennings viajan a Chicago mientras en Detroit (también en la costa Oeste) se llevaba a cabo un operativo de gran envergadura por parte del FBI para capturar a un ilegal –Philip y Elizabeth se apersonan para el rescate heroico en un capítulo exquisito–. Dentro de su estadio incorruptible, Stan siempre fue lógico, humano y leal. Se desprenden dos arcos secundarios a raíz de él: Oleg Burov (Costa Ronin), un personaje otrora principal, abandona Rusia y vuelve a los Estados Unidos en una misión secreta por pedido expreso de Arkady Ivanovich (Lev Gorn), ex-residente de la Embajada Soviética en Washington; Renee (Laurie Holden), su esposa, ingresó a la serie durante la quinta temporada y todavía nada se sabe de ella. ¿Es una espía soviética, también? Stan tendrá que tratar con eso por su cuenta.

Con bajos ratings y un ninguneo inaudito en los máximos galardones para con la pareja principal (sobre todo Keri Rusell) durante estos seis años, The Americans no solo ingresó al podio de las mejores series de la historia junto a The Wire, Los Soprano, Mad Men y compañía, sino que se convirtió en la última gran serie de la segunda década de los dos miles. Tras los escraches y las continuas denuncias hacia Kevin Spacey, House of Cards restó considerablemente su valor, mientras la británica Peaky Blinders se perfila como una posible candidata para mantener la antorcha de la buena televisión a largo plazo.

Siempre fiel e inteligente, con una estética y ambientación perfecta donde subyace la tragedia, The Americans potencia la retórica del antihéroe políticamente incorrecto, que se redondea en una temporada excelente, de alto nivel discursivo, con diálogos quirúrgicos y algunos momentos muy logrados. Además, el cierre posiblemente sea uno de los mejores finales de serie de todos los tiempos. Una vez más: The Americans es la mejor serie que ha dado la televisión durante los últimos años.

(Atención: puro spoiler a continuación)

 

La escena en el garaje

Stan espera apostado enfrente del edificio donde vive Paige. Entorna la mirada cuando los ve salir. Philip, Elizabeth y Paige atraviesan el hall de entrada y Stan recula dos segundos, pero sale al encuentro de inmediato. Su corazonada ya no es solo una sospecha, sino un hecho. Los intercepta en el garaje. Con aire irónico, Stan les pregunta qué hacen ahí, a dónde van, sabiendo que la mentira ya colapsó; después de tantos años, los Jennings quedan al descubierto. Ese es el momento justo en que vuelven a convertirse en Mikhail y Nadezhda, aquellas vidas tan lejanas y oxidadas. Stan desenfunda el revólver, su tic en el pómulo izquierdo se incrementa, nervioso. Su mundo colapsa. Después de unos segundos de silencio, Philip dice: “Teníamos un trabajo que hacer”. Se saca la careta, no hay vuelta atrás; ahora están de igual a igual. Elizabeth y Paige quedan a un costado, expectantes. No hay música, solo el sonido incidental de máquinas. “Yo hubiese hecho cualquier cosa por vos, Philip, por cualquiera de ustedes”, asegura Stan y la tensión llega al cénit; se corta el aire. Su relación con Philip siempre fue verdadera. En ese momento, lo saben. Stan todavía se resiste, pero Philip se convierte en héroe: “No sé por qué deberías confiar en mí. Deberías odiarme, probablemente deberías matarme, pero nos subiremos a ese auto y nos iremos”. En total son once los minutos de conversación donde convergen toda clase de sentimientos. Sin disparar una sola bala, concluye uno de los arcos argumentales más emotivos de The Americans. Una escena orquestada a la perfección. //∆z

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