Surrealismo y densidad

Los OctoPus (ex Los Pus) lanzaron su nuevo disco El Hielo Hoy, que combina letras oníricas con melodías pesadas, garageras y guitarras furiosas. Un aporte de potencia rockera a la nueva escena.

Por Pablo Díaz Marenghi

Con solo ver la ilustración de la tapa del último disco de Los OctoPus, El Hielo Hoy, es posible dilucidar de qué se trata esta maraña de canciones eclécticas, garageras e irrefrenables. El modelo atómico creado por el científico Niels Bohr, flota en el medio de un cielo estrellado y contiene pequeñas imágenes en cada extremo: dinosaurios; un hombre de las cavernas; un guerrero medieval; vegetación y paisajes diversos. La naturaleza, la nostalgia, el surrealismo y el delirio conviven en este trabajo que sucede a Circoscuro(2011) –bajo el nombre de Los Pus- y que viene a pisar fuerte dentro de la nueva escena independiente.

De la mano de BlackFish Records, los OctoPus brindan una propuesta más furiosa, que emana de los cimientos del postpunk y el garage, opuesta y a la vez armónica con otros estilos más lindantes al acústico o al folk. El Hielo contiene quince canciones que son pura furia y no dan respiro. Lejos están de la significación que provoca la palabra hielo: sus melodías parecerían ser su opuesto, fuego puro que se enciende entre los rasguidos de sus guitarras, tan características en su estilo.  Ya con su primer corte, “Antiguo Astronauta”, esto queda en evidencia: guitarras y baterías veloces que remiten al grunge o al garage; un título que remite al espacio sideral, una letra onírica que plantea la ambivalencia del tiempo en dos líneas. Los OctoPus en su máximo esplendor.

El disco continúa con “Duende Tercero” –sus acordes recuerdan en algo a Dinosaur Jr.- y “La Sangre en el Ojo” cuya letra es casi un manifiesto que podría haber sido escrito por André Breton o Antonin Artaud: “Nosotros las almas perdidas, nosotros el fuego en el cielo, nosotros la sangre en el ojo. Invisibles”. El tema que da nombre al disco, “El Hielo hoy”, ratifica los dichos anteriores: “No cumplimos las normas para ir al cielo” cantan Matías y Mai Malen, las voces de los OctoPus. La batería de Juan Delmal resuena con furia, por momentos muy punk, y la guitarra de San Delmal esculpe melodías que generan un clima por momentos oscuros, por momentos encantador.

La música de OctuPus es una explosión constante de guitarras que atraviesan a quién los escuche de raíz. Es imposible ser indiferente ante la potencia y la densidad-concepto clave- de su sonido. Sus melodías son pesadas, densas; le pasan cerca al stoner y al punk en ciertos momentos como en “Hermanos Enredados” o “Hablame Bien” –en donde Mai canta casi afónica con tintes de shoegazing y PJ Harvey. El rock alternativo se cuela por entre los poros rabiosos de los OctoPus –esto es claro en melodías como “Cabeza de Sol” o “Bebé Verde”. Las canciones, historias de no más de cuatro minutos de duración, evocan paisajes, “Elefantes, diamantes, congelados”, magos, brujas y demás imágenes que brindan un carácter visual muy intenso.

Si en cuanto a lo musical resalta la densidad y lo pesado del sonido de Los Octopus, producto de esa madeja entrelazada de guitarras bien grunge garage, respecto a la letrística predomina el surrealismo. Quizás el mejor exponente de esto sea “Puerta Derretida”. Allí Matías canta “La puerta se derrite, el reloj está ardiente” en una figura que recuerda a los relojes derritiéndose en el desierto pintados por Salvador Dalí en su obra La persistencia de la memoria. Frases que en su mayoría son unas pocas líneas; a veces sólo un par de palabras. Los Octopus componen utilizando el lenguaje como el disparador de imágenes mentales. Pequeños haikus adornados con guitarras potentes y desprolijamente ordenadas.

Masterizado por Hotline Mastering en New York y grabado durante una maratónica semana de agosto de 2013 en Estudios Pronoise, El Hielo Hoy es un compendio de pura potencia garagera y descarnada. Rock descontracturado, grabado de un tirón pero, al mismo tiempo, moldeado con delicadeza. Luego de mutar de Los Pus a los OctoPus, parece notarse una evolución en cuanto a su disco antecesor –Circoscuro– en donde se notaba la misma rabia pero quizás menos matices estilísticos que esta obra si reúne. Una bomba molotov en formato rockero a punto de estallar en los oídos de cualquier amante del rock rabioso y la poesía surrealista. La banda sonora perfecta para leer a Breton a Artaud: letras oníricas y guitarras densas que producen una mezcla digna de ser pogueada.

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