Nena, nunca voy a ser un superhombre

La nueva película de M. Night Shyamalan nos introduce en un laberinto dramático a través de un trailer psicológico que levantó polvareda en la crítica. 

Por Ivan Piroso Soler

“Es la teoría de que si realmente debemos pasar por algo muy traumático para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos y si nunca eliges atravesar el fuego, si nunca eliges abrir esa puerta que sabes que es dolorosa, sabes que vas a salir lastimado y va a ser malo, si nunca decides dar ese paso ¿puedes llegar a ser la mejor versión de ti?”. En una entrevista con la versión online de GQ Magazine, Shyamalan dejó bien en claro la intención detrás de Split. Lo que ocurre en su doceavo trabajo se aleja mucho de las imágenes promocionales en las que vemos a un McAvoy transformado en un energúmeno, más cercano a una película de exorcismos que a este lánguido thriller psicológico. Aquí el director retrocede a lo más profundo de su carrera.

Casey es una chica por demás retraída que mira de lejos a sus compañeras, Marcia y Claire. Su tío no la pasa a buscar a tiempo por el cumpleaños, quizá el último al que tenga que ir acompañada por un mayor, y tiene que retirarse con las otras dos muchachas. Están adentro del auto y alguien las mira desde el exterior. Casey cree intuirlo, pero aún así se concentra en sus pensamientos mientras las otras dos charlan en el asiento trasero.

El manejo de la cámara subjetiva siempre es una apuesta arriesgada y no siempre le es funcional al relato. En los primeros minutos de Split, nos metemos en la cabeza de un personaje que aún no conocemos y que entra al auto de un hombre al que derriba, secuestrando a sus tres ocupantes: tres chicas que no pasan los 18 años. Lo que sigue no baja de ese tono y sin embargo nos inquieta, ya que esa subjetividad en las que nos introdujo Shyamalan al principio es tan solo una de las 23 con las que comparte habitación. La cámara subjetiva, entonces, construye el principio acertado de una película que le devuelve a su autor el título de exponente del suspenso.

Shyamalan se mete con un tema para nada sencillo como es el de los secuestros de mujeres. Es difícil esquivar la polémica: el tema central no es la desaparición forzada de personas sino que coloca el foco en la problemática que aqueja al secuestrador, otro tema no desligado de debate como es la disociación de personalidades. McAvoy interpreta a Dennis y a Patrice y también a la Bestia, como a otras 21 personalidades más. Lo hace de manera desencajada, atroz, intensa. Sin embargo lo que llama la atención es la interpretación de Anya Taylor-Joy, la joven actriz que se alzara con el protagónico de The Witch, la obra majestuosa de Robert Eggers del año 2016. Contrastando con las seis o siete personalidades de McAvoy, su única expresión en la película, una constante mezcla de sorpresa, miedo y decisión, llena la pantalla por completo. El grave tono de su voz corona la esencia de una actriz que promete alzarse con premiaciones en un futuro cercano.

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A medida que avanza el relato las identidades siniestras del secuestrador van ganando terreno frente a las más inofensivas. Quien se esconde debajo de esas capas es Kevin, un joven que, tras sufrir un trauma demoledor en su infancia, aprendió a defenderse con la ayuda de las múltiples personalidades que viven dentro de él. El problema surge cuando tres de ellas forman un grupo que llaman La Horda, cuyo objetivo es demostrar una tesis conocida: lo que no te mata te hace más fuerte. Es así como, entre sesiones con una terapeuta convencida de que el trastorno que aqueja a Kevin es un síntoma que afecta a gente superdotada y la resistencia de las tres muchachas cautivas, el lado oscuro de La Horda gana terreno frente a personalidades más débiles de la psiquis.

El elemento filosófico no es un elemento necesariamente nuevo en la obra de Shyamalan. En La Aldea se planteaba la idea de una sociedad nueva que retome las tradiciones puras de antaño a costa del aislamiento de la depredación pos-capitalista. Incluso el filósofo esloveno Slavoj Zizek teoriza sobre esto en varias de sus obras -en especial Sobre la violencia – Seis reflexiones marginales, de 2006-. En Split, no hay que ir muy lejos para encontrarse con el concepto de Übermensch, el superhombre surgido a partir del derrocamiento de los viejos valores que levanta la humanidad a partir de la debilidad en la misericordia occidental, fundamentalmente judeocristiana. Esto es lo que plantea La Horda: son las cicatrices, el sufrimiento superado lo que purificará a la humanidad. El secuestro de las tres mujeres con el objetivo de atormentarlas para empujarlas a la purificación es la metodología. La Bestia será la cara del Übermensch.

Tal planteo no tardó en levantar la polvareda de las críticas. En el portal salon.com, el periodista especializado en género Nico Lang explica que el sobrevivir a una violación -una de las tesis de la película- no necesariamente te hace más fuerte. Lo que Shyamalan expone de una manera cuasi-filosófica, Lang lo contrasta con datos científicos, estudios que demuestran que las víctimas de violación son más proclives a desórdenes psicológicos derivados del trauma. Algo similar a lo que plantea el principio del film.

La realidad es que Split conecta al director hindú con los inicios de su carrera, incluso, en cierto punto, de manera explícita. Con un presupuesto mucho más acotado al que utilizó en sus últimos films pudo potenciar los recursos que otrora lo llevaron a la primera plana en sus inicios. Con una construcción más por climas que por despliegue escénico y con puro método de los actores, Shyamalan logra reducir los espacios generando un laberinto dramático por demás intrigante. Cada elemento de la puesta de escena está colocado por una razón, sólo resta seguir las pistas que nos llevarán, gratamente, al principio.//∆z

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