Sobredosis y abstinencia

Se termina Breaking Bad y para los acólitos de Heisenberg nada volverá a ser lo mismo.

Por Cristian J. Franco

I

Primera aclaración. Esto que vas a leer está escrito por un advenedizo, un recién llegado: un mes atrás no tenía ni idea de que existía algo llamado Breaking Bad.

Segunda aclaración. Tengo mis serias dudas de que Breaking Bad sea la mejor serie televisiva de toda la historia de la civilización occidental.

Tercera aclaración. Considero que cualquier persona en pleno uso de sus facultades que no sepa quién es Heisenberg merece el oprobio de la sociedad en su conjunto, el ostracismo, la peor de las maldiciones gitanas, el desdén, el olvido. Aunque no necesariamente en ese orden.

Una vez hechas estas aclaraciones, podemos empezar a hablar.

II

En más o menos un mes me clavé los 61 capítulos de Breaking Bad estrenados hasta la fecha. Si tenés una calculadora a mano podés hacer la cuenta del promedio diario. Hay que decir, para ser justos, que la culpa de semejante despropósito la tuvo mi amigo Joel Vargas. Él me fue cebando de a poquito para que, tarde o temprano, yo terminara gugleando Breaking Bad torrent y —después del tiempo dictaminado por mi precaria banda ancha— empezara a devorar lo que según Joel habían calificado como “una de las 10 mejores series de la historia”. Desconozco cuál es el incierto tribunal donde se dictaminan ese tipo de banalidades, pero el argumento no era del todo despreciable.

Sabemos que las síntesis siempre son traicioneras y reduccionistas, pálidas: el estudiante que mata a una vieja usurera para robarle unos mangos (Raskolnikov); el pobre tipo que le inician una causa y no sabe nunca cuál fue su crimen (K.); ese viejo que se le quema el cerebro por leer muchos libros de caballería y termina creyéndose caballero (Don Quijote); el patético profesor de química que se entera que se va a morir de cáncer y empieza a fabricar metanfetaminas para dejarle guita a su familia (Walter White).

El resto es desarrollo.

El resto es literatura.

El resto es eso que nos termina enganchando y enfermando la mente y metiéndose en nuestro cuerpo como un veneno exquisito que nos deleita y nos corroe. Sí, Breaking Bad es eso: un veneno irresistible (y claro, hay que decirlo: la quimio, la meta, la guita, la ricina, todos venenos que hacen de Heisenberg lo que es; son esas las ponzoñas que lo alimentan y nos hacen adictos a ese envenenamiento desenfrenado).

III

Es muy fácil ahora, con el diario del lunes, decir que Breaking Bad es una genialidad. Siempre es fácil sumarse al fervor popular, al veredicto irrefutable de las masas, a esa caravana triunfante y deforme y anónima del fanatismo desbocado que se regodea en su propia monolítica certeza.

Pero ya no hace falta. La única verdad es la realidad, dijo —o dicen que dijo— una vez cierto enigmático general sudamericano. Y la realidad es que ahora que se viene el final, ahora que están todas la cartas sobre la mesa, ya nadie puede poner en duda la verdad: Walter White/Heisenberg es uno de los grandes personajes de la literatura de nuestro tiempo (sí, leíste bien, caro lector: LI-TE-RA-TU-RA). ¿Por qué? Sencillo: porque los que fuimos arrastrados capítulo a capítulo al interior de la metamorfosis de ese incoloro profesor de química no hicimos otra cosa que asistir al destino de un hombre. Y por lo menos desde los griegos y sus tragedias, una buena parte de eso que llamamos literatura no ha sido más que eso, la presentación de un destino humano, siempre terrible y patético, siempre único, ínfimo, incomprensible.

No. Breaking Bad no es una genialidad. No es la mejor serie de la historia. No es lo más importante que le paso a la humanidad en los últimos 5000 años. Es, por suerte, bastante menos que eso, apenas una historia que desnuda nuestras oscuridades y quiebra nuestras torpes certezas. Breaking Bad no es ni más ni menos que eso que quería Kafka de un libro: un hacha que rompe el mar de hielo que tenemos adentro. Si un libro no es eso, decía Franz, ¿para qué mierda tomarse el tiempo de leerlo?

IV

Hay una palabra que me sirve para definir a Walter White/Heisenberg: ROSCA. Hay otra palabra también: DESMESURA.

Nos atrapa cómo el tipo se va enroscando y enroscando y enroscando en algo que lo supera, que no puede controlar, que lo transforma en un monstruo implacable. Nos atrapa la desmesura de esa metamorfosis trágica donde un pobre diablo se transforma en dios inclemente y todopoderoso, pero al hacerlo siembra las semillas de su propia destrucción… Que es un poco lo que decía Marx de la dialéctica del capitalismo, ¿no? Sí, Breaking Bad es también una fábula sobre el capitalismo, sobre la lógica de un sistema que para conservarse tiene que destruir todo lo que toca, con el autoconvencimiento de que la causa es noble: dios, patria, familia. El viejo problema del fin y los medios llevado al extremo. Walt solamente quería asegurarles un porvenir dichoso a sus hijos, hacer un poco de plata vendiendo droga sintética y después morirse tranquilo… El reverso exacto y turbio del American Dream.

Pero una vez que la rueda empieza a girar, cada vuelta de la rosca no hace otra cosa que hundirlo cada vez más rápido en el destino que ya estaba escrito para él desde el principio. Y ahora la rueda está por detenerse. Ahora a la rueda le queda una última vuelta. Y en esa vuelta también algo se decide para cada uno de nosotros. En esta última vuelta tal vez Heisenberg baje la mirada y descubra sus pies de barro, que son también los nuestros.

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento que el hombre sabe para siempre quién es. Eso que escribió nuestro denostado y glorificado Jorge Luis no se puede decir mejor. Tal vez el final de Breaking Bad nos ofrezca ese momento y sepamos —por fin, para siempre, oscuramente— quién es Heisenberg.

V

Tengo la leve sospecha de que Joel tenía todo planeado desde el principio: él sabía muy bien que la droga era muy rica, que una vez que la probara no iba a poder parar. 61 capítulos en cuatro semanas. Sacá la cuenta: sobredosis. Joel Vargas, lo tenías todo planeado. Necesitabas que alguien se intoxicara para tener tu maldita nota en ArteZeta. Lo conseguiste, acá la tenés.

Y ahora que todo termina, ahora que se fue todo definitivamente al reverendo carajo, ahora que ya no hay vuelta atrás, ¿qué nos queda? Esperar. Rezar. ¿Y después qué?

¿Hay vida más allá de Heisenberg? No sé. Lo que sí sé es que ya nada será lo mismo.

Lo sabés: la abstinencia será terrible.//z

 

Arecia_Octubre

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