Que el mundo me conozca

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Doce episodios le bastaron al director Israel Adrián Caetano para narrar la historia del gran cantor argentino que conquistó el continente. Celebrada por muchos y criticada por otros,  y con un final transmitido “en directo” en un Gran Rex repleto, Sandro de América confirmó la vigencia de los mitos populares en la gran ficción nacional.

Por Iván Piroso Soler

Trazos gruesos atraviesan la figura de Sandro que construyó Caetano. En forma de unitario, el director de Okupas y Bolivia dirigió la docena de capítulos que recorre la historia del astro, desde sus inicios en los años ‘60 hasta su muerte, en 2010. Lo que muchos se preguntaron en un primer momento pasaba por quién llevaría adelante la interpretación de una figura aún vigente, tan aclamada durante muchos años y que tuvo un consenso pocas veces visto. ¿Quién sería Sandro ahora? La respuesta provino de tres lugares, tres actores: mientras que Agustín Sullivan le puso voz y cuerpo al Sandro de los primeros años, Marco Antonio Caponi lo fue en su adultez y Antonio Grimau en su versión final. Todo un recorrido de registros para enmarcar una épica popular.

Sandro de América cuenta la historia de un joven que siguió sus sueños y se convirtió en el cantante más famoso del continente. Los primeros momentos nos acercan a un Roberto Sánchez fanático de Elvis, enamorado de su novia y querido por su familia. El fresco se compone de un costumbrismo casi ingenuo en una zona sur del Gran Buenos Aires en los años sesenta. La convulsión política pasa, en la serie, más por las pintadas en las paredes del barrio que por las charlas y peleas, y los conflictos se resuelven en el bar con un vino y una soda. Agustín Sullivan se desenvuelve bien en los movimientos frenéticos y eléctricos del primer Sandro, el vanguardista que trae a los escenarios del conurbano la danza del mejor Elvis y se muestra inocente en su relación con su madre Irma (una austera Paula Ransenberg) y su padre Vicente (un rígido pero claro Jorge Suárez).

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La épica del futuro Gitano se configura sobre las bases clásicas de un relato ascendente. El joven incomprendido por sus pares debe de hacerse de valor para conseguir su sueño: ser famoso y cantar en Nueva York. En el medio toca en bares y peñas, conoce mujeres y se pelea con algunos amigos de la vieja época. Su objetivo se acerca cada vez más tras conocer a Oscar (Luis Machín), un productor que se la juega por la joven promesa y no se mueve de su lado a lo largo de muchos años. La relación con su origen, ese Valentín Alsina inmortal, es un ida y vuelta constante, así como la relación con su sufrida madre. Quizá eso será lo que prefigure la forma en la que Sandro entable lazos con diferentes mujeres a lo largo de su vida, algunos de ellos más tumultuosos y otros más esporádicos.

Caetano no tiene problemas en la forma en la que se enfrenta a una figura tan popular como Sandro. A través del guión coescrito junto a Esther Feldman, Mariano Vera y Nora Mazzitelli, lo potencia, entiende el desafío y redobla la apuesta. Por momentos más cercana a una telenovela clásica y por otros a una producción independiente, la virtud del director pasa por mostrar de una manera simple algo potente y turbulento como fue la vida del astro. Y dejó atrás los problemas de producción: una historia tan convocante no podía estar exenta de cuestiones estrictamente comerciales como, por ejemplo, que Pablo Echarri hubiera sido descartado del casting por sus opiniones políticas.

La pregunta que surge del éxito que cosechó Sandro de América es si este suceso abrirá un camino de biopics en la ficción argentina. Con un horario asignado en el prime-time (se transmitió por Telefé de lunes a jueves a las 22.30), la serie acercó a los espectadores nuevamente al televisor, sin la posibilidad cada vez más instalada de verla de forma maratónica.

Sin embargo, y más allá del acierto en este caso, es difícil encontrar las características tan únicas y personales de la historia de Sandro, de la vida de Roberto Sánchez, un ídolo con luces y sombras que mantuvo respuestas herméticas para algunas de las preguntas que el pueblo se hizo durante mucho tiempo. Con buen ritmo y de manera sobria, Caetano y su equipo repartieron en doce capítulos de trazo grueso y baile frenético retazos de la historia cultural y popular de nuestro país. //∆z

 

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