Premios Oscars 2019: las nominadas y las excluidas

Antes de su 91ª edición, presentamos las películas nominadas a los premios de la Academia y elegimos, a modo de capricho, cuatro obras que merecían más reconocimiento.

Como viene haciendo anualmente desde 1929, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas estadounidense dará a conocer (este domingo 24 de febrero) a los ganadores de los premios con más parafernalia de la industria. En su habitual sede del teatro Dolby de Los Ángeles, la ceremonia suele ser también el pie para que, desde sus casas y a miles de kilómetros, los consumidores seriales del streaming se enreden en una guerra a distancia contra los popes del consumo irónico y los que se desviven por demostrar su rechazo hacia todo lo que huela a Hollywood. Son los que, en fechas como estas, más parecen disfrutar su salida de la madriguera.

A excepción de las categorías a mejor documental y película animada –que parecen mantener un nivel mayor de exigencia–, la lista de nominadas a mejor película de este año refleja, y sin pedirle peras al olmo, la jugada que la Academia viene haciendo con aciertos y errores desde su creación. Como se sabe, para una industria en la que siempre predominó la visión liberal y demócrata, y que en momentos de efusividad política parece querer tener mayor protagonismo, la noche de los Oscars es el punto de encuentro donde, en nombre de la comunidad cinematógrafica, cualquier actor, actriz, director/a, guionista, o trabajador/a puede ganarse su minuto de ovación. (Este domingo, mientras tengamos un ojo puesto en su cuenta de Twitter, será entretenido contar las veces que el nombre de Trump saldrá de la transmisión oficial).

Y a la ya irreversible –y conquistada– tendencia de tomar en cuenta la perspectiva de género, en el último tiempo el jurado de la Academia sumó entre sus prioridades cederle un lugar a la temática racial, aunque casi siempre con disponibilidad mayor para obras de ficción que tienen una vocación de moraleja (12 años de esclavitud) y de poner la otra mejilla y menor para aquellas historias más combativas y, sin dudas, más incómodas para el establishment.

Así todo, aunque cueste creer que durante el año pasado no hubo obras más potables que varias de las nominadas, de entre las ocho que llegaron a la final en esta edición resaltan directores de renombre, la incursión de Netflix como un actor ineludible en el mercado –que seguirá alimentando el debate en cualquier festival por el que pase–, la vigencia del gusto hollywoodense por las películas musicales y las dos o tres figuritas intrascendentes que nunca faltan y que son, cómo no, necesarias para mantener encendida la maquinaria de la polémica.


MEJOR PELÍCULA 

Roma, de Alfonso Cuarón

Cuarón tiene el caballo presupuestario del comisario y decide rodear una historia mínima de un universo, logrando el milagro de que lo único que podamos mirar sea esa historia, con el beneficio para nuestros ojos. Es sin dudas un canto a la opulencia: todo lo que ocurra en distancias medias y lejanas de cada plano es un despliegue de arte propio de los clásicos, pero centrado en acompañar una historia que pretende ser, a veces con acierto y a veces forzando por demás, abarcadora de una época mexicana. Se engaña el espectador si cree que lo que protagoniza es lo popular, representado en Cleo (Yalitza Aparicio), empleada con cama adentro de una familia de clase media profesional de las de antes, una familia que se resquebraja. El relato tiene todo para ser una película progre: se habla por momentos en mixteco, una de las escenas centrales discurre durante la masacre de Tlatelolco, las riendas y el sufrimiento son de las mujeres, los ricos son exagerados y paternalistas, los pobres son brutos pero tienen dignidad. Sin embargo, algo queda ahí de maravilla poética, de mostración y no sugerencia, eso que cada tanto precisamos para no perder referencia de qué es una buena película. Debería ganar el Oscar, lo cual sería el primero para Netflix, el monstruo del entretenimiento por streaming.  Sebastián Rodríguez Mora


Black Panther, de Ryan Coogler

Black Panther es la primera película masiva y popular de un héroe negro. Si bien en el pasado ya hubo adaptaciones cinematográficas de Blade, protagonizada por Wesley Snipes en tres ocasiones, nunca antes un film de superhéroes había sido tan exitoso con un protagonista negro. Fue un récord en taquillas y consiguió ser nominada a varios Globos de Oro (Mejor película dramática, entre otros), y su banda sonora (hecha por Kendrick Lamar) también se hizo de varias nominaciones importantes: disco del año en los Grammys, y “All the Stars”, mejor composición. Este reconocimiento de la industria se debe a varios factores. Algunos podrán decir que son políticamente correctos destacando a una película sobre la cultura negra -algo que podría ser cierto- pero eso sería desmerecerla. Black Panther es un drama shakesperiano disfrazado de película de superhéroes. La creación de Stan Lee y Jack Kirby tiene una carga simbólica muy fuerte. T’Challa (Black Panther) es el rey y protector de Wakanda, una nación ficticia de África dueña de una tecnología sin igual en el Universo Marvel: el metal Vibranium. Por eso mismo, es un país aislacionista. Son muy recelosos, sus recursos no pueden ser conocidos. En la adaptación de Ryan Coogler no falta nada: nos cuentan cómo T’Challa llega a ser un monarca y su posterior lucha por el trono. En términos narrativos no hay ninguna innovación, simplemente es una buena historia. Un hit inmediato. Lo más importante es lo que generó. Muchísimas personas diciendo “Wakanda Forever” en redes sociales, o futbolistas festejando goles de ese modo (Jesse Lingard y Paul Pogba). En tiempos donde la discriminación es cada vez más fuerte, con el avance de una derecha más extrema, Black Panther reivindica a la cultura negra. Joel Vargas.


Green Book, de Peter Farrelly

En los últimos tiempos, las películas que invitan a la reflexión sobre temas raciales se han incrementado de forma notable en el cine hollywoodense y los Oscars suelen incluir varias entre sus nominadas –Lincoln, Django Unchained, 12 years of Slavery, Selma- y en esta edición hay dos bien diferentes: el policial con toques de comedia negra de Spike Lee (BlackKKKlansman) y este nuevo filme del director de Loco por Mary e Irene, yo y mi Otro Yo. Alejado de la irreverencia y el filtro bizarro que lo acompañó durante los noventa, esta vez le dio vida a una buddy movie que reúne a dos estrellas con actuaciones notables: Mahershala Ali y Viggo Mortensen. El primero encarna a un pianista de jazz refinado, de formación clásica y afroamericano, que decide emprender una gira por el sur en los años sesenta, con todo lo que eso implica. El segundo es Tony Lip, un ex patovica italoamericano del Copacabana Club que será su chófer y el encargado de que llegue sano y salvo a todos sus shows. Lo acompaña un libro (el que da nombre a esta historia) que incluye recomendaciones de lugares donde “los negros pueden hospedarse y cenar tranquilos”. A lo largo de su viaje, por las rutas del interior rural, se enfrentan al racismo exacerbado de los lugareños. El contraste entre la rudeza y la sensibilidad de ambos personajes hace que uno aprenda del otro, transformando la gira en un viaje inolvidable. El director deja de lado su tradicional humor ácido para adoptar una corrección política extrema, llevándolo a momentos edulcorados de bajada de línea (como la escena de los trabajadores del algodón acompañada de una melodía melosa). La película es correcta; conmueve y redondea con un final aceptable. Pero, vale decir, su repercusión actual se debe, en parte, a la tendencia contemporánea de congraciar al arte que deja en evidencia al blanco racista y discriminador. Algo necesario, luego de siglos de opresión, pero que corre el riesgo de volverse un lugar común, demagógico y trillado. Pablo Díaz Marenghi


Vice (El vicepresidente: Más allá del poder), de Adam McKay

Sin dudas, la carta política de Hollywood de este año. Criticada –con orgullo– por el ala republicana, mezcla de géneros que podrían ir desde el documental, el cine combativo, la comedia simplona y la biopic con muchas libertades, siempre desmesurada, la película del director de Anchorman y The Big Short –y su nominación– pueden explicarse, como decíamos en el comienzo, a partir del contexto político de la era Trump.

Con una gran dirección de McKay, que mantiene un ritmo vertiginoso –por momentos abrumador, lleno de datos y personajes; por otros poético–, la biografía política de Dick Cheney, el vicepresidente más poderoso de la historia estadounidense, llama la atención tanto por sus virtudes técnicas y de estructura como por el tono ligero con que aborda muchos temas. En su afán paródico, en el retrato patético que hace de muchos personajes que pasaron por el gobierno de George W. Bush, se terminan diluyendo hechos de vital importancia como las invasiones a Irak y Afganistán, el espionaje masivo a ciudadanos, la rebaja de impuestos a grandes grupos empresarios y los negociados con las petroleras, entre muchos otros, todas decisiones que están inmersas dentro de la teoría de que Cheney y su gente fueron artífices, durante el período 2001-2009, de una estructura de gobierno paralelo a espaldas de Bush. En este menjunje, algunas figuras de primera línea (Colin Powell, Condoleezza Rice, incluso el propio Bush) parecieran quedar, por estupidez o debilidad, rescatadas del oprobio: el manejo déspota que Cheney –un hombre todoterreno que fue escalando en las filas republicanas desde la época de Nixon– ejerció por esos años los mantuvo al margen de las cuestiones importantes. Como tuiteó alguien por ahí, en sintonía con esta visión simplista de los acontecimientos: “los republicanos son conservadores, no estúpidos”.

En sus actuaciones, principalmente, está el punto de mayor elogio hacia Vice,  sobre todo en la dupla que forman Cheney y su mujer, Lynne. Mientras la figura engordada de Christian Bale –el actor, junto a Philip Seymour Hoffman, más versátil de los últimos años– se pasea por la Casa Blanca, por los despachos del Pentágono y los paisajes rurales de Wyoming, la multifacética Amy Adams despliega su histrionismo en un rol de esposa controladora y de armas tomar con el que, como se vio en The Master, de Paul Thomas Anderson, parece encajar a la perfección. Alejo Vivacqua


A Star Is Born, de Bradley Cooper

Quizás lo hayan visto pasar en redes sociales: Lady Gaga diciendo que de 100 tipos en un salón, el único que había confiado en ella era Bradley Cooper. Él la dirige y también coprotagoniza esta remake del clásico de 1976 protagonizado por Barbra Streisand y Kris Kristofferson: un famoso y autodestructivo cantante de country rock conoce de pura suerte a una camarera que despunta el vicio de la comedia musical en un bar con sus amigues drags. La cámara ama a Gaga y Bradley, nosotros los amamos a la vez, quizás más y mejor que a Emma Stone y Ryan Gosling en La La Land porque acá son imperfectos en serio, no con filtros de Instagram. La enorme y maravillosa nariz de ella, sus leves pero evidentes retoques quirúrgicos, todo eso está puesto en primerísimo primer plano, y se la banca, es parte esencial del relato de esta película que debe tener el mejor soundtrack de los últimos años. Después al guión no le podemos pedir mucho, y si la ven tampoco esperen tanto. Una historia trágica e hiperedulcorada, pero qué nariz maravillosa, qué voz, qué bueno que está Bradley Cooper, a ver cuándo saca un disco él solo. Sebastián Rodríguez Mora


BlacKkKlansman, de Spike Lee

El director de Haz lo correcto, La hora 25 y Un Plan Perfecto retoma sus tópicos habituales (la segregación racial y los derechos de los afroamericanos en EE.UU) y le agrega una pátina de homenajes cinéfilos (al cine de los setenta y al blaxploitation), tintes narrativos tarantineanos, notables actuaciones y un manejo fluido del montaje narrativo para forjar una de sus mejores películas. Por supuesto que sus bajadas de línea no dejan de subrayarse un segundo y algunos aspectos se explicitan por demás, al punto tal de que el final parecería un trabajo práctico de un estudiante de escuela secundaria sobre la discriminación. Sin embargo, el verdadero valor agregado de esta cinta radica en el toque que Spike Lee aporta como autor. El director hace lo que quiere y se da el lujo de ser megalómano, irónico, ácido y gracioso sin perder el eje en una causa noble: la denuncia de la desigualdad histórica y la opresión blanca. El protagonista de esta historia es Ron Stallworth (John David Washington, hijo de Denzel) quien se convierte en el primer policía negro de la división de Colorado Springs y, junto con Flip Zimmerman (Adam Driver), decide infiltrarse en el Ku Klux Klan, aquella organización que pugna por la supremacía de la raza blanca, famosa por sus capuchas blancas, su quema de cruces y su ideología racista extrema. El resultado es desopilante e impacta por partida doble al estar basado, salvo algunas licencias, en un caso ciento por ciento real. ¿Algunos diálogos, que tienden puentes al presente, podrían haberse omitido? Sí, claro. ¿La moralina del director se torna, por momentos, excesivamente pedagógica? Puede ser. Sin embargo esto no opaca la construcción de una notable obra de uno de los directores que más hizo a través de su arte en pos de la lucha por la igualdad. Por todo eso, y por la confección de un barniz estético y retórico admirable, sus excesos, en tiempos de pobreza discursiva 2.0, son bienvenidos. Pablo Díaz Marenghi


Bohemian Rhapsodyde Bryan Singer

Como contracara perfecta de la canción de la cual toma su nombre, Bohemian Rhapsody está llena de cliches. Es un film apto para todo público, de  cualquier género, edad, religión y nacionalidad, que apenas sobrevuela la crudeza de las drogas, el descontrol orgiástico y los horrores del SIDA de los ’80. No le hace honor a las provocaciones de Mercury. Se ocupa de estos temas como quien envía una tarjeta postal. Una imagen, un par de palabras y eso es todo. Los que critican que la película es tibia tienen toda la razón. Pero cualquiera que conozca medianamente a Queen, incluso quienes sólo conocen sus hits, saben que la banda inglesa siempre buscó la masividad y la mereció más que nadie. ¿Cómo pretender que una película sobre uno de los grupos eternos del rock universal ponga el énfasis en un plato de cocaína, una montaña de cuerpos bigotudos o las manchas violáceas de los sarcomas de Kaposi? Queen es una marca registrada del entretenimiento y su película lo deja en claro. Es lo que muestra los quizás exagerados pero disfrutables largos minutos en los cuales se recrea el recital en Live Aid: padres e hijos, meseros y técnicos de sonido, ciudadanos del mundo, abrazando la música, los himnos, hipnotizados ante los bigotes de Freddie Mercury. ¿Y qué si la relación con el padre parece sacada de un programa de Cris Morena? ¿Acaso importa que no todo lo que se cuenta sea tal cual fue? ¿O que falte alguna canción que debería estar? Ahí están los libros y los documentales en YouTube para quienes quieran saber cuánto hay de cierto y cuánto de ficción. Y están los discos para los que busquen más hondo, más adentro de una carrera brillante, heterogénea, siempre innovadora. Enzo Maqueira


The Favourite (La favorita), de Yorgos Lanthimos

Escudada en una impronta visual y una dirección de arte notables, la película del director griego lleva la delantera en la lista de nominaciones (diez, entre las categorías a mejor actriz, dirección, diseño de vestuario, y fotografía) y aporta, al menos dentro de las competidoras de este año, una nota distintiva. El retrato que Lanthimos hace de la reina Anne, en el siglo XVIII en Inglaterra, lleva su característica –y por momentos forzada– cuota de extrañeza y perversión, y encuentra en Olivia Colman, en una actuación descomunal, una acompañante perfecta.

Es a través de sus dos asistentas (Rachel Weisz y Emma Stone) que la reina –mientras grita intempestivamente, hace berrinches antes de dar un discurso o juega infantilmente con sus conejos– encuentra un cauce para su inestabilidad emocional. El triángulo de competencia, celos y sumisión en el que se ven envueltas queda enmarcado por planos imponentes dentro del palacio real, algunos toques de comedia logrados, diálogos filosos y una sensación de que, a pesar del esfuerzo, algo de todo ese círculo retorcido no termina de llegar al fondo de la cuestión. Viendo The favourite, sobre todo desde la majestuosidad que ofrece una sala de cine, es inevitable no pensar en que algo de la obra de Paul Thomas Anderson –algo de sus obsesiones y sus métodos– sobrevuela la trama, aunque Lanthimos no llegue a alcanzar siquiera nada de lo que el estadounidense, con una visión personal sobre las relaciones humanas, logra transmitir. Quizás, como se le recrimina al griego desde Dogtooth (2009) –su segunda película, con la que saltó a la fama–, haya algo más interesante en los seres humanos para mostrar que un escaneo por su miseria y sordidez. Y, aún así, aunque se quiera resaltar esa imagen del mundo, sigue siendo difícil entender ciertas actitudes cuando faltan el contexto y la motivación que llevan, a determinados personajes, a actuar de la forma que lo hacen. Alejo Vivacqua


UNA NOMINADA A MEJOR PELÍCULA DE HABLA NO INGLESA (que TUVO nuestra atención)

Cold war (Zimna wojna), de Pawel Pawlikowski  (Polonia-Francia-Reino Unido)

El polaco ganador del Oscar por su film anterior (Ida, 2015) vuelve al ruedo con una trágica historia de amor ambientada en la posguerra europea. Realizada en un cristalino blanco y negro y con pantalla casi cuadrada (4:3), la película narra la historia de Zula (Joanna Kulig) y de Wiktor (Tomasz Kot), una cantante y un pianista de diferentes estratos sociales, gustos y temperamentos, que más allá de las distancias y de las diferencias se ven condenados a estar juntos y a reencontrarse a través de los años. Dicho de este modo, nada parece muy remarcable en la obra, pero tanto la fotografía como la composición, los planos y el ritmo de la narración, la transforman en una pieza de gran belleza.

Solo 84 minutos le bastaron a Pawlikowski para crear un exquisito melodrama con tintes de musical y de film noir en una Polonia rural que intentaba cicatrizar sus heridas de guerra, paseándonos también por París, Yugoslavia y Berlín, mostrando ambas caras de la moneda; por un lado la París lujosa, abierta culturalmente, atenta a las últimas tendencias musicales (el desembarco del jazz, con su libertad total, que atrae a los jóvenes y a Wiktor, nuestro protagonista exiliado) y por otro la Europa oriental, volcada a la tradición (con el folklore adaptado a los requerimientos del sistema como estandarte) y a la defensa de los valores estéticos (y éticos) del régimen comunista.

Pawlikowski narra sin grandilocuencias, y filtra toda la tensión de la guerra fría con sus devenires sociales y culturales en los encuentros y desencuentros de los protagonistas. Y también, sin grandilocuencias, son remarcables los pequeños momentos en los que quedan expuestas las peores miserias de ambos lados de la cortina de hierro. Allí, la férrea burocracia estatal dominando la esfera artística y cultural; aquí, la libertad absoluta, casi frívola, en la que la novedad se convierte automáticamente en dios. Es excelente la aparición (y la actuación) de Agata Kulesza (en el papel de Irena Bielecka), quien con sus fuertes convicciones se decide a no ceder a los requerimientos del régimen. A poco de comenzada la película, termina su participación.

Quirúrgica, mínima y sin concesiones, Cold War es toda una experiencia estética que puede disfrutarse aún más en pantalla grade. El film cuenta con tres nominaciones a los Premios Oscar:  Mejor director, Mejor fotografía y Mejor película extranjera. Juan Alberto Crasci


CUATRO que deberían haber entrado

Teniendo en cuenta su presencia en la lista tentativa que la Academia elabora todos los años antes de definir las nominaciones, elegimos cuatro películas que, creemos, merecían haber entrado en la competencia por mejor largometraje. Exceptuando First reformed, de Paul Schrader (un nombre que impone respeto en el cine estadounidense), que compite en mejor guión original, el resto de las obras quedó también marginado en cualquier otra categoría.

The Mule (La mula), de Clint Eastwood

A sus 88 años Clint Eastwood sigue reflexionando sobre la naturaleza del héroe, con sus lealtades, sus errores y sus culpas; poniendo el cuerpo detrás y delante de cámara en una película de una sencillez infrecuente en el cine de hoy. El que quizás sea su ultimo film con él como protagonista cuenta la historia de un hombre golpeado por el paso del tiempo y por las malas decisiones que tomó como esposo y padre de familia. Su Earl Stone proyanqui, xenófobo y en quiebra gracias al avance de internet y las ventas virtuales, termina trabajando para un cartel dominada por… mexicanos.

Injustamente ninguneada por la Academia, La mula reflexiona sobre el final de la vida laboral (tanto de su protagonista como de su director) profundizando en lo cotidiano y en un sentido opuesto al de otras películas de su filmografía como, por ejemplo American Sniper (2014). Sin subrayados y apelando a un clasicismo teñido de poesía, Clint triunfa a la hora del drama, de la comedia y del suspenso. Se disfruta verlo en pantalla, como a un anciano-niño que conoce el juego del cine, más allá de toda pretensión, premio o academia. Martín Escribano


Private life, de Tamara Jenkins

Producida y distribuida por Netflix, esta película protagonizada por Kathryn Hahn y Paul Giamatti (cómo te extrañamos) pertenece a la etiqueta de comedias dramáticas intimistas que encontró, en los últimos años, una continuación del legado en directores como Alexander Payne o Noah Baumbach. Si en su anterior largometraje –The savages, de 2007, con Laura Linney y Philip Seymour Hoffman- se relataba la historia de dos hermanos que se reencontraban tras la internación de su padre, en Private life la directora pone el foco familiar en una pareja de cuarentones (Rachel  y Richard) que intenta, por todos los métodos posibles, concebir un hijo. En su lucha contra la infertilidad, mientras vemos  en distintas escenas cómo Richard le aplica inyecciones a su mujer, la idea de la familia se instala entre ellos con tanta fuerza que, en el arrastre, las críticas externas  y los reproches mutuos parecen terminar llevando la relación a un punto de no retorno, sobre todo cuando la opción de la donación de óvulos, algo que Rachel ve como inaceptable, se presenta como única solución.

Es en los gestos de hastío tras la múltiples consultas médicas; en la construcción de los lazos familiares y de amistad que la pareja mantiene -entre ellos, con la tercera protagonista de esta historia, su sobrina Sadie (Kayli Carter)- y en algunos diálogos inteligentes y por momentos desesperados donde el relato toma la fuerza para tratar, dentro de un tono amable pero no por eso edulcorado, los límites difusos entre la moralidad , el egoísmo y la perseverancia que hay en el acto de procrear en un mundo como el de hoy, en el que, como dice Rachel en una de las primeras escenas, mientras espera ser atendida en una clínica, ‘acechan el cambio climático y el crecimiento del neofascismo’. Alejo Vivacqua


Hereditary, de Ari Aster

A poco más de un año de su estreno en el Festival de Sundance, Hereditary ya es un clásico, cosa que no puede decirse de ninguna de las nominadas a mejor película. Al igual que ocurre con la notable novela de terror gótico Los elementales (La Bestia Equilátera, 2017), la muerte de una abuela matriarcal funciona como disparador para narrar la historia de la desintegración psicofísica de una familia “tipo”. Entre el terror y el drama familiar, entre el miedo y la angustia y en sintonía con El bebé de Rosemary (1968) y la más reciente The Babadook (2014), la ópera prima de Ari Aster va del duelo al delirio, de la sugerencia al gore puro y duro y presenta a una Toni Collette descomunal que merecía, al menos, una nominación como mejor actriz. Incluso siendo una ficción tremendamente ambiciosa, Aster logra un soberbio manejo de los recursos técnicos y narrativos para hacerse un merecido lugar entre los clásicos del terror psicológico y también sobrenatural. Martín Escribano


First Reformed, de Paul Schrader

El planteo de una de las películas más lúcidas del año pasado y acaso la mejor en toda la carrera de Paul Schrader es tan real y lógico que asusta: ¿vale la pena traer un hijo al mundo… a este mundo? Un memorable Ethan Hawke interpreta a un pastor en una antigua iglesia que es más una atracción turística que otra cosa. A él acude una mujer en busca de guía y consejo. Ella está embarazada pero su pareja, un activista contra el cambio climático, no quiere ser padre. Lo acongoja una idea: el mundo será inhabitable. No habrá que esperar demasiado, si su hija nace, nacerá a un mundo que está muriendo a causa de la contaminación. ¿A qué salvación apelar si el mundo ya está roto a nivel político, social, económico, medioambiental e íntimo? ¿Qué ha sido de Dios? ¿Cuál es su poder si no puede salvar al mundo del hombre?

Drama ecológico y religioso que cuenta la muerte (interna y externa, del hombre y del mundo), film político por donde se lo mire, que plantea que frente al desamparo divino y una iglesia que es ante todo empresarial, hay al menos un salvavidas. Dios no habla pero aun está el cine. Dios no habla pero el hombre filma. Martín Escribano

 

 

 

 

Arecia_Diciembre

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