Patti Smith o la sana costumbre de la sordidez

Banga, último disco de Patti Smith, se mece entre la rabia y ternura. La oscuridad al servicio de la incomodidad musical, característica siempre vigente en su historia discográfica.

Por Pablo Méndez

Hay cuestiones que no se quebrantan. Por tradición o por simple acatamiento a estructuras adheridas a la cultura nos mantenemos emplazados en la ociosa figura de lo correcto.

– ¿Y qué es lo correcto, Méndez?

Ejemplifiquemos: robar siempre está mal; estudiar abogacía o economía deviene en prosperidad económica; los que sacan mejores notas son los que más saben; los hombres y mujeres más bellos son los que se florean en la televisión; las mujeres que tiene sexo en la primera cita nunca serán dignas para una posible relación comprometida. Y así hasta enumerar  los supuestos más mundanos propuestos por el evangelio y cristalizados en diez aburridos mandamientos. Entonces también se podría reducir la cuestión al mundo del periodismo: ordenar la información en la pseusoarquitectónica pirámide invertida, escribir en tercera persona y en pasado, tratar de reemplazar el uso abusivo de los gerundios, y sobre todo utilizar frases cortas y lenguaje claro.

(Ya todos imaginarán que algo políticamente incorrecto está por suceder)

Claramente todos estos preceptos me tienen sin cuidado, y el excesivo párrafo explicativo anterior es la ostensible y desmedida forma de una exclamación más breve: esta reseña no tiene nada de reseña, es más, no me interesa escribir una reseña como una reseña se debiera escribir (esta oración también va a contrapelo: mucha adjetivación y repetí cuatro veces la palabra “reseña”).

– Uy ahora te vas a meter con el periodismo… Mirá que es el que te da de comer eh…

En teoría lo que sigue es un montón de palabras sobre el último disco de Patti Smith, Banga, o la simple excusa para escribir sobre una de las artistas más cinematográficas/literarias del siglo XX. O mejor aún, un par de oraciones inconexas que no explican ni analizan, solo son escupitajos de sensaciones, malformaciones narrativas en busca de una cantante y poetisa difícil de escuadrar.

(Acaricio el botón de play, suena Banga)

Siempre me gustó su voz lastimada y de turbia armonía. Nunca dejó de deambular por la sordidez y el entramado confesional. Casi el suspiro de la inclemencia, casi un orgasmo que se convierte en herida.

He leído el extracto de una entrevista en la que sin pudor ha contado que solía masturbarse quince veces por día con el solo objeto de sentirse viva.

Sus homenajes literarios a su amigo Robert Mapplethorpe la han convertido en una de las plumas más interesantes de los últimos tiempos (no sería descabellado pensar en una futura candidatura al Premio Nobel de Literatura, si es que ese privilegio muchas veces se lo han regalado a Bob Dylan).

Es una de las letristas que mejor ha interpretado a Rimbau y Baudelaire.

– Che, Méndez, es muy depresiva esta mina… ¿No tenés algo de A-Ha?

Durante los años ochenta estuvo desaparecida de la escena musical, sumida en un ostracismo que la interceptó y la alejó de la locura de los tóxicos años setenta.

Sus canciones se apetecen con mayor gusto en días nublados, para los días de sol escuchen U2.

Es dueña de la mejor versión de un tema de Nirvana.

Es artífice del mejor coro que haya hecho un invitado en una banda (E-Bow The Letter de R.E.M.)

– Mostrame una foto. Parece un viejo loco…

Doce canciones componen Banga, doce muestras de la sutil permanencia en el tiempo.

Horses fue su álbum más emblemático, Easter el éxito comercial, Banga la exhumación de su dolor latente.

Escuchar a Patti después de una golpiza, con Jack Daniels en la boca mitigando el ardor, no es un plan tan malo.

Una metáfora irreverente sería la siguiente: Adele tragando clavos y leyendo a Ginsberg.

Una heredera: PJ Harvey.

Hay gente que dice ser fanática de Patti solo por haber escuchado el último disco. Claramente es porque frecuentan la zona palermitana por donde hoy pululan los indie que no saben quién es Sam Shepard ni qué tuvo que ver la Smith.

-Pará man, me decís que esta mina es un ícono del rock… ¿ Y Tina Turner?

No hay método para medir la ternura o lo salvaje, simplemente hay que dejar derruir los oídos en las catapultas de su rabia, o simplemente adormilar en la gravedad de su garganta. Eso es Banga, eso es Patti. Esta reseña (¿reseña?) intentó fulgurar en el enigma: si nunca escucharon a Patti compren, bajen o roben este último disco, si lo hicieron han desperdiciado varios minutos de su vida leyendo algo que ya sabían.

-Méndez, ya terminé de escuchar el disco, ahora decime cual es mi recompensa.

-Tomá lee esto que escribí…//z

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