Pablo Ramos: “Nos queda la estupidez”

El autor de Hasta que puedas quererte solo habló con ArteZeta sobre el sentido de la escritura, sus maestros, sus libros inspiradores, Dios y su mirada sobre la literatura actual. 

Por Ayelén Cisneros
Fotos de Florencia Alborcen

“¿Cómo escribe un escritor, el mejor y el peor, para vos? Escriben de la misma manera. Abelardo Castillo decía que uno no corrige textos, corrige personas. Siempre los consejos de Abelardo fueron morales con respecto a mí. El gran piropo de La ley de la ferocidad no fue Fogwill diciendo que era una obra maestra, lo dijo Liliana Heker: vos no podías no haber escrito este libro. ¿Qué me importa el valor que digan los demás que tiene un texto? Si cambiaría todo lo que escribí por una caricia de mi padre, que no tuve. ¿De qué me hablan? De que la literatura es importante para alguien que no sabe qué es lo importante, la gente es importante, que no haya dolor es importante, esa es mi manera de ver, desde ahí escribo, el día que no lo sienta así me dedico a tocar la guitarra o seguir con mi banda que me gusta mucho más que escribir.”

Pablo Ramos habla rápido. Mira con los ojos bien abiertos y piensa. Busca claridad en lo que dice, se nota que construye las frases de manera minuciosa primero en la mente. Luego las vomita en un torbellino que marea un poco. Está por dar una clase de su taller de escritura en la casa en la que vive en Paternal. “John Gardner dice en el libro Para ser novelista que lo importante es leer lo que se escribe, encontrar lo que se quiere escribir, yo le agrego que lo importante es leer lo que quise escribir, encontrar lo que debo escribir, esa parte moral que tiene que ver con el saber no sabido del que habla Lacan, el saber inconsciente” explica en su faceta de profesor.

A los alumnos en su taller les propone armar un diario personal que deben leer antes del texto que traen para el encuentro. Él dice que inventó esa técnica. A diferencia de otros profesores, no utiliza como disparador el proyecto de escritura, no cree en eso: “hoy no hace falta un escritor en la sociedad, un escritor es una cosa inútil hasta que demuestre lo contrario y se haga realmente necesario y se hace realmente necesario cuando escribe lo que necesita escribir, desde ese lugar”.

Ramos tuvo un raid de entrevistas producto de la presentación de su último libro Hasta que puedas quererte solo, publicado por Alfaguara en 2016. Su última obra se trata de un conjunto de relatos estructurados en doce pasos como el tratamiento para la recuperación de adictos de Alcohólicos Anónimos. A continuación, la charla que tuvo con ArteZeta sobre literatura, su forma de escribir, fragmentos de su personalidad y una actualización a partir de la muerte de Abelardo Castillo.

ArteZeta: Abelardo Castillo iba para el lado de lo moral a la hora de la corrección.

Pablo Ramos: Uno no corrige textos, corrige personas. Por ejemplo, yo tenía una obra de teatro que se empieza a ensayar con tiempo, que se llama Por qué el cielo es azul. En ese texto un proto Gabriel va a visitar a una prostituta, Teresa, que fue como una madre para él, entonces cuando ella se le ofrece, se da cuenta que no fue a humillarse y disimula la situación, ella va a buscar un disco de los Beatles, vuelve, y mientras está adentro dice “me di cuenta de la mezquindad, de mi patética soledad”. Entonces me dice Castillo “¿por qué patética tu soledad y no soledad a secas, por qué ese adjetivo”. ¿Saco o dejo ese adjetivo? Es una cuestión técnica, es muy sencillo escribir: sin gerundios, sin adverbios terminados en mente y sin adjetivos, y ya está. Si sos Alan Pauls, él todavía no entendió eso, todavía no llegó, porque escribe bastante mal, escribe los adjetivos adelante del sustantivo, como si fuera Borges, pero sacalo a él, poné a cualquier otro, ¿qué pasa con ese adjetivo? Es una mentira, al descalificar mi soledad como patética en realidad la estoy calificando, porque estoy escribiendo un texto, porque soy escritor, estoy diciendo que tu soledad es común y corriente y mi soledad es patética porque soy un esteta, soy escritor, y ahondando más en eso, era un momento en el cual yo no estaba nada solo, había nacido él (NdR: señala al hijo, que está presente en la entrevista). Me acuerdo, había sacado mi primer libro de poesía, tenía tres años él, andaba bien con la madre, me había ido a vivir con ella, habíamos alquilado un departamento, por primera vez teníamos una habitación cada uno. ¿De qué soledad estoy hablando? ¿Cuál es la medida? Mi abuelo me cantó un tango, y le dije “Pocho, la mayor me queda alto”. “A ver, cantá… Te queda grande”, me dijo.

AZ: Te queda grande.

PR: ¿Por qué me queda grande, Pocho? Vos cuando cantás “Su tango son criaturas abandonadas”, bueno, si no te sentís huérfano no cantés, al pedo, no cantés porque hay un montón de cantantes, esa es mi manera de verlo, saco “patético” y saco “soledad”, entonces uno se corrige, todo lo contrario de desgrabar, a mí me encanta hacerlo. Yo escribo en máquina de escribir para que sea más lenta mi escritura, para después volcarlo y tener que escribirlo otra vez. Vos no le des este consejo a tus pares, no desgrabes, escuchá lo que dice el entrevistado, no desgrabes línea por línea, eso es lo aburrido, y escribí vos lo que dice el texto, reescribilo, vas a ver que deja de ser aburrido y empezás a entender en dónde vibrás con él. Así trabajo yo con mi personaje, y es efectivo, tiene miles de defectos mi literatura y voy mejorando un montón, no tiene nada puesto por nadie, no tiene una sola escena, una sola línea que yo haya puesto ahí para causar un efecto, está lo que tiene que estar, de la mejor manera que pude. A veces soy tan volcánico que son inevitables los baches, sobre todo en una novela, no en estos relatos que los puedo controlar de una sentada (NdR: señala un ejemplar de Hasta que puedas…). Los escribo y los corrijo de una sentada. Para La ley de la ferocidad estuve tres días, quise corregirla de una sentada y casi me muero, llegué hasta la mitad, y claro, son casi 200 páginas.

AZ: Cuando me decís que “no hay nada puesto” lo entiendo como algo artificial, para generar una emoción. Pero vos sabés que lo que escribís genera emoción igual.

PR: No, pero una cosa es que genere emoción cualquier emoción o impacto cualquier impacto, otra cosa es lo que a mí me perturbó y trato de llevarlo intacto. ¿Te acordás de La guerra del fuego? Una película muy vieja sobre el hombre primitivo, te acordás de cómo el fuego lo cazaban los primeros recolectores, y lo llevaban en una canastita. Escribir es eso, el arte es eso, yo hablo de una teoría de los dos silencios, el arte es recibir algo que no es tuyo, es amor, es la transferencia del amor, y mantenerlo y dárselo a punto de que se inflame el receptor, que es el lector. Él va a soplar el aire que lo haga arder, vos lo vas a dar con todas las condiciones para que arda, ahora si sopla mucho, si se cae, si tropieza vos o él, eso se apaga y se apaga para siempre, tiene que esperar. Entonces para darte un término técnico Gardner llama eso el ensueño continuo que tiene que tener un texto literario, si vos te fijás en un texto mío es difícil que la historia te suelte, es algo que yo recolecto de todos los lectores como la virtud máxima. Sebastián Eskenazi, el millonario más grande del país, me llamó y me dijo: “Hijo de puta, perdí un avión por La ley de la ferocidad, venite a cenar”. Me llevó en helicóptero a Punta del Este, vinimos al otro día, bajamos en el helipuerto de Belgrano y me dice “te llevo a tomar un remis” y le digo “no, me tomo un taxi”. Tenía la Sube en el bolsillo en -$2, me subí al colectivo… y si le llego a contar a alguien que recién me bajo de un helicóptero. Y lo loco es que puedo vivir esa cena, puedo vivir el viaje en helicóptero y puedo vivir arriba del 63 también, hay una flexibilidad que me dio la vida, que lo tengo que aprovechar, esa es la flexibilidad de mi literatura. Si vos hablás conmigo viste lo duro que soy en mis conceptos, soy una roca, soy un cabezón, un tano.

PabloRamos

AZ: Al leerte creo que hay dos características que tenés, una es una prosa que fluye…

PR: Está muy trabajada.

AZ: Y hay una emotividad, una potencia emotiva. ¿Cómo se hace para construir eso, que esa prosa sea así y que fluya?

PR: El domingo escribí un prólogo de Sin remedio, de Antonio Caballero, una de las grandes novelas colombianas, una edición de la Biblioteca, era una responsabilidad muy grande para mí porque admiro mucho a esa novela y a Antonio. Mi primer borrador era un desastre, eran unas ideas tiradas. Cuando corrijo yo siento un placer enorme, el 80% o más, esto te lo firmo, de las virtudes o de la corrección de un texto es la estructura, donde ubiques cada cosa. Y hay que tener en cuenta que hay dos tensiones, si es un texto de ficción, la tensión narrativa y la tensión emotiva, si las dos tensiones van parejas y la tensión narrativa es la que sostiene a la emotiva, por ejemplo, cuál es el gran principio de la historia de la literatura, ¿cuál es? ¿Cómo empieza un cuento?

AZ: Había una vez…

PR: Claro, había una vez qué, dónde, por qué, cuándo. Eso es la tensión narrativa, y dónde había una vez y por qué. ¿Y por qué si había una vez ahora ya no hay? Esa es la tensión emotiva, ¿quién mejoró ese principio? Una sola persona, Collodi, fijate en Pinocchio: “Había una vez un rey en su castillo encantado, pensarán ustedes, mis pequeños lectores, pero no, había una vez un pedazo de madera”. Así se escribe, pone la carne de gallina del culo hasta las pestañas. Ahí está todo, la tensión narrativa, la desesperación y el hambre por contarte algo, hay una ley física en la naturaleza, la energía. Soy un gran lector de astrofísica, soy un fanático. La energía no se genera ni se elimina, no se puede ni crear ni eliminar energía, se transforma. Ningún libro va a tener la energía que vos perdiste, porque es una ley de la naturaleza, el arte está dentro de un mundo natural, un mundo donde existe Dios, para mí. ¿Qué es Dios para mí? La suma de todas las leyes de la física. Yo no tengo esos conflictos, una vez por mes voy a una misa, todos los seis voy a los monjes trapenses y hago dos días de retiro de silencio. Y soy el falopero más grande, jugador, las tengo todas. Y ese conflicto lo tenía Cheever también, porque vivís el conflicto con todo tu ser, un conflicto existencial. Yo lo discutía con Jorge Dorio y me decía: “Bueno, Ramos, Dios no existe…” De acuerdo, Roquentin, personaje de La náusea, tampoco existe… Esteban Espósito, personaje de El que tiene sed, tampoco existe pero influyeron más en mi vida que este vecino de al lado que me tiene los huevos llenos con la cumbia.

AZ: Uno puede creer en algo que no existe también…

PR: No, uno puede decir “a partir de ahora esto es lo que existe para mí”. El psicoanálisis es una ciencia o no. Creés en tu analista o tu psicólogo si vas. ¿Qué exige Freud? La creencia ciega de la existencia del inconsciente. Creencia ciega es la frase que él usa, y yo lo veo bien, y yo le llamo a eso la luz de mi certeza, yo sé que ahí, por ejemplo, empiezo una historia que es la continuación de El ángel del bar… una novela que nada que ver conmigo. Todo lo que dicen estos boludos “su obra se agota en su vida”, llevo diez libros publicados, por suerte mi vida es bastante rica entonces. Yo publiqué a los 38 años, tengo 52. Pero no porque no quería escribir de chico sino porque tuve que laburar. Ahora, yo sé que allá hay una salida, esa es mi novela, empiezo acá y allá hay una salida, yo sigo esa luz de mi certeza. Es una luz inventada, una luz que creo que está allá. Y en eso la forma es la consecuencia o el lenguaje es la consecuencia de esa trayectoria, que es el retrato interior de mi personaje principal. Creo en la forma literaria, creo en el lenguaje como la frontera exterior de la forma literaria, no como la herramienta con la que se construye la literatura, es una estructura, por eso digo que la literatura es de trazo grueso, si yo digo, entro a esta habitación, y digo… me recordás tu nombre (NdR: señala a la fotógrafa)

AZ: Flor

PR: “Flor entró, la habitación tenía cuatro metros por seis metros, una escalera de tres tramos, donde dos cuadros y una lámpara.” o digo “Flor entró, no se dio cuenta de que Ramos la miraba desde arriba”. Ya la escalera, los cuadros y todo lo demás van en función de esa tensión narrativa, de los personajes en sí, entonces esa manera de narrar es la consecuencia de una ideología de una persona que se sienta a escribir y por lo tanto es un escritor. Yo no recomiendo a nadie que lea El señor de los anillos a un niño, porque ese es un xenófobo, los elfos son rubios y eternos y bellos, los enanos no se diferencian el hombre de la mujer, son como son parecidos, y los hobbits son estos burgueses, y los orcos son… Les falta la bandera musulmana, pie de elefante, son negros, feos, tienen un sonido gutural que es el idioma. ¿Quién era Tolkien? Uno de los siete escritores católicos recalcitrantes. Un católico que tenía fobia al Islam, él y el hermano, igual que Chesterton. Tenían un miedo a esa cosa. Hasta parecen pijudos los orcos…

AZ: Sí, bastante oscuro…

PR: Tremendo, la ideología sale por los poros. Impresionante, por ejemplo, hay cosas buenas, la mezquindad, el pecado, el egoísmo que envuelve a la persona, el que murmura… ¿Cómo se llama el que se deforma todo? Es la envidia, es la necesidad, lo mejor de Tolkien es el conflicto espiritual que vive en ese personaje Gollum.

PabloRamos

AZ: Quería saber sobre el proceso de escritura de Hasta que puedas… Ese camino hacia la luz.

PR: Hacía dos años que estaba escribiendo. Escribir escribo, no tengo pruritos, publicar es el problema.

AZ: Pero vos no tenés problemas para publicar.

PR: Literatura. ¿En qué sentido?

AZ: Problemas para publicar, a título personal.

PR: No, me compran hasta las ideas pero no, el problema en Alfaguara, mi editora es Julia Saltzmann y Julieta Oberman, es que me cuidan muchísimo: “estás seguro que querés publicar, querés esperar un año más”.

AZ: Uno imagina que no es así…

PR: Yo no defiendo la multinacional, lo que pasa que Alfaguara adentro es una familia, y hay editoriales chicas que también lo son, y hay editoriales chicas les chamuyan los ejemplares a los autores que venden 200 ejemplares. “Vendí 50”. Yo la verdad soy a la antigua, cada vez que escribí soñé en publicar en una editorial grande, creo que como sueñan todos, si me hubiera ido mal hubiera publicado en una editorial chica contento, no creo en el discurso de publicar en una editorial chica porque… No sé, yo estoy cómodo acá, mis libros llegan a todos lados. Peleé el precio, este libro sale muy barato.

AZ: Vos estabas diciendo que se te complicó publicar, o más bien…

PR: No, hacer público este libro, en ese sentido. Mi hermano cae otra vez, está internado, mis amigos, pregunté a los chicos de NA (NdR: Narcóticos Anónimos) qué les parecía, no encontraba la estructura, no estaban escritos los pequeños prólogos.

AZ: ¿Por qué los prólogos?

PR: Porque ponen un contexto, le dan una estructura por fuera del libro.

AZ: Para mí no sé, eh…

PR: Sí, pero tenés algo más también, son reflexiones. En realidad en cualquier crónica entra cualquier paso, porque tanto para no recaer como para recaer tenés que cumplir o no cumplir esos pasos previos. Me dio una oportunidad. La pregunta que me hiciste es muy buena, porque te voy a decir la verdad, tengo la misma duda que vos tenés, decidimos esto, lo consulté con mis editoras que son de confianza. Cuando hablo de editor hablo de la misma relación que tenía Samuel Beckett con su editor. No una relación “ah, me corrige algo”. Julia Saltzmann entiende mi literatura mejor. Escribo y ella me explica lo que escribí, yo soy muy duro, la mujer me ablanda mucho. Yo dije, me daba una oportunidad muy muy importante de hablar de Dios, en todo NA está el tema del poder superior, y es un tema que me sentí capaz de abordar, reflexionar, llegué al vacío sagrado, que me parece un concepto que me encanta, a la ternura como una idea de poder superior, que es habitable, casi llegué a lo contrario de la ferocidad, me permitió esa idea del resentimiento y la casa oscura, es una idea en sí misma muy potente, creo que se pueden evitar leer, no arruinan el texto si los leés, se pueden evitar leer y hasta a veces pueden potenciar el libro, no el texto.

AZ: Sentí como un salto, no sé si es en el tono.

PR: ¿Sabés qué me copié también? Hay un maravilloso libro… A mí Fresán me encanta cuando escribe prólogos. Un poco está copiado de él, un poco mucho. Un prólogo de la antología La geometría del amor, de Cheever, para mí el más grande escritor después de Kafka, y él le pone a cada cuento un pequeño prólogo que decís “bueno…” Vos decís no leo los prólogos, uno los saltea, pero son una exquisitez esos prólogos, tienen el tono justo. Yo no logré tanto, no arruina, y le dan una potencia al libro por elevación, y para determinado lector son fundamentales, acordate que este libro excedió mis lectores comunes, y yo soy una persona medianamente inteligente, sabía que iba a exceder. Alfaguara sacó 6000 ejemplares y yo les dije que se quedaban cortos y me dicen que vendo 6000 ejemplares en tres meses, que es un montón… A la semana, antes de la primera nota no había ningún libro, sacaron los de Uruguay, mandaron los de Uruguay, en España ya está distribuido, y dije que este libro se iba a vender, porque viene con una impronta, hay una necesidad de que alguien hable de esto, cuando lean esas palabras preliminares, si alguien vibra, este libro sabés que libro es. El que la gente quiere regalarle a alguien, que no le sabe decir “tengo miedo que tengas el problema”. Cómo te encaro… “che, te regalo este libro”. Cómo te digo “te veo escabiar mucho”. Algo pude colaborar, si algo aporté, no es género autoayuda, los libros ayudan, yo no creo en la posmodernidad, en la inutilidad de la literatura. A mí la literatura de los otros me salvó la vida, yo no tenía nada, nada. A los once años estaba con mi hermano bobinando motores de barco, yo no terminé séptimo grado y él sexto. Y en la biblioteca de un cura encontré la salvación, en la laica. Primero Santo Tomás, San Agustín, la Biblia, que siempre releo. Yo tengo esa obsesión de la clase obrera, hay que estudiar. Tano cabezón, lo que vos creas, todo lo que vos quieras, todo el talento, toda la imaginación y toda la sensibilidad que podía tener, no hubiera sido nada si no hubiera leído esa biblioteca. El primer libro te comento, era La isla del tesoro, de Stevenson, el segundo El mayorazgo de Ballantrae, de Stevenson, después venía Bajo el volcán de Malcom Lowry. Empecé a leer Bajo el volcán, iba por la página 100 y me agarra el cura y me dice “qué estás leyendo”, y yo con la tapa de la Biblia… y no le voy a mentir, “leo esto, llevo 100 páginas y no entiendo nada”. “Seguí, dale 20 páginas más” y a la página 120 dije yo quiero escribir, entendí todo.

PabloRamos

AZ: ¿Viste las películas de Favio?

PR: Sí, claro…

AZ: ¿Viste Crónica de un niño solo?

PR: Sí, claro… todas las de Favio… él, tengo la carta, sobre la película El origen de la tristeza, felicitándonos por el guión.

AZ: ¿Sabés que me hace acordar a El origen de la tristeza?

PR: Ah, muchas gracias, ojalá…

AZ: La cuestión de no juzgamiento moral del chico.

PR: Sin embargo es un chico que busca una moral, por ejemplo Rolando (NdR: uno de sus personajes) para muchos era un tipo cualquiera, y lo único que hacía era dormir donde los demás estaban muertos, y eso qué tiene de malo. Eso es una moral, una moral por fuera de la moral preestablecida, una moral propia, de no haber venido el neoliberalismo de Menem, capaz que Gabriel habría sido el superhombre de Nietzsche, pero compró la vida fácil, el juego, las prostitutas, Menem.

AZ: ¿Rolando existió así? Porque para mí es uno de…

PR: ¿Que dije?

AZ: Que sí.

PR: Y tuve que poner “esta persona existió, créanmelo”.

AZ: Pero qué sé yo, capaz es un engaño de escritor…

PR: No, tuve que ponerlo así, que existió, cuando lo llevan el mar a los 50 años, cuando le toca el mar con los ojos tapados… eso lo cuenta mi tía… y el tipo dijo “me quiero ir” a los quince minutos, vos sabés la historia… y a la noche le dicen “¿por qué te quisiste ir del mar tan rápido?” y él responde “tenía una enorme necesidad de recordar”.

AZ: ¿Cómo sigue la escritura de Pablo Ramos? ¿Hay un proyecto literario?

PR: Sí, esto es un punto final, es un proyecto muy grande. Si ahora abrimos mi computadora te lo puedo demostrar. Podés sacar fotos.

AZ: Hay personas que dicen negativamente “él habla de lo que vive”.

PR: Hay tanto que si hablo de lo que vivo no me alcanza la vida así que voy a pasar a otra cosa. Y bueno, no es negativo, es una opinión que es respetable. Ahora uno debería publicar sus obras completas antes de empezar a escribir, para que los demás no hablen. Este libro le pone un punto final a la familia Reyes. Estoy escribiendo “Las mujeres secretas de Berlín”, una historia que la vive el Carpito, un pibe que se llama Norberto Napolitano de la Paternal, que no es Pappo, y le dicen el Carpito. Otra de las mujeres de Berlín es la emperatriz de Charlottenburg. Tengo mil páginas escritas, lo mismo inédito que publicado, tengo veinte cuentos juveniles que nada que ver con Gabriel, tengo el texto que ahora, no se va a llamar así, Los ángeles también deben morir que es una historia que publiqué en La mujer de mi vida, que va a ser mi gran novela, es una historia de una sirena y un vampiro, una sirena que cree que es sirena y vive en una pileta de cristal, y un vampiro que cree que es vampiro y el hermano le tiene que dar de beber sangre, es la continuación de El ángel del bar

AZ: Pero era una sirena real…

PR: Ella cree que es sirena… vos vas a ver si es real o no. Si la sacan del agua se muere. ¿Qué es lo real? La realidad es psicológica, no se imaginan lo que hay ahí. Hay otra novela que se llama Mientras mi mujer no está, todas siguen teniendo cinco palabras.

9789877382259

AZ: Hay una obsesión con eso de las cinco palabras…

PR: A vos qué te parece. Tengo un miedo de cambiar. El único libro que no tiene cinco palabras En lo pasado pisado, que no lo compró ni mi vieja.

AZ: Como que permite dar un sentido mayor tener más palabras.

PR: Soy un gran titulero, tengo buenos títulos.

AZ: ¿No te cansaste de la etiqueta de la literatura del yo?

PR: Nunca la acepté la etiqueta, yo soy como… Me pegás una etiqueta y se me cae, soy muy grasa, de tanta grasa que transpiro se me despegan las etiquetas, quedate tranquila.

El 2 de mayo de 2017 murió Abelardo Castillo, uno de los maestros de Pablo Ramos. ArteZeta volvió a hablar con el escritor.

AZ: Si bien al ser escritor uno deja su obra, ¿qué sentís que se fue con Abelardo para vos y para la literatura argentina?

PR: Para mí se fue una de las pocas personas, la tercera persona mayor que yo de la cual aprendí algo, no aprendí nada de nadie nunca más. Para la literatura argentina se fue el ser escritor, ahora nos queda esta onda de los escritores del reviente, esta onda de no saber a qué tradición se pertenece, de leer poco, entender poco que la escritura es un sistema, de trabajar poco en pos de ese sistema. De no entender lo qué es la belleza, según Abelardo lo opuesto a la estupidez. Nos queda la estupidez prácticamente. Excepto por algunas excepciones, pero siempre el arte está hecho de excepciones. Voy a trabajar para ser una de ellas.//∆z

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