Muerte, resurrección, reciclaje: Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet

Un futuro no tan distinto y tan diferente: la novela premio a la Joven Literatura Latinoamericana nos pasea por un mundo donde ciencia (¿-ficción?), género y romanticismo cohabitan el día a día.

Por Sebastián Rodríguez Mora

¿Y si nos diésemos cuenta de que el futuro no es muy distinto a hoy? Sin caer en la sentencia ricotera de “el futuro ya llegó”, qué bello desafío sería soportar la certeza de que ese mundo con taxis voladores y robotinas no existe, y en su lugar tenemos la posibilidad de morir y vivir cuantas veces queramos, mientras el bolsillo aguante. Cambiar el auto, cambiar los muebles del living, habitar un cuerpo hermoso casi sin usar.

Martín Felipe Castagnet nos presenta en Los cuerpos del verano –su debutante novela ganadora de la edición 2012 del Premio a la joven literatura latinoamericana de La Casa de Escritores Extranjeros y de Traductores, otorgado en Francia con un jurado conformado por figuras de la talla de Eduardo Berti, Michel Lafon, Pablo de Santis, Vlady Kociancich, Alan Pauls, Iván Salinas y Silvia Hopenhayn- una visita a la cotidianeidad de la nueva vida de un muchacho reencarnado o, para meternos ya en el léxico, “quemado” en un cuerpo de señora gorda. Como quien burnea un dvd virgen, digamos. Internet es el Cielo, el espacio en blanco donde van a parar los muertos, a la espera nostálgica de volver al ruedo, en un estado de flotación casi vacacional. Imagínense al abuelo ansioso por vernos conectados a Facebook, para preguntarnos desde el Más Allá cómo venimos con la facu y contarnos que el otro día anduvo mirando ofertas del supermercado que nos vendrían de perlas para llenar la heladera.

¿Hablar del futuro implica siempre hablar de ciencia ficción? No necesariamente. Con la capacidad elegante de gambetear definiciones, la novela se enfrenta a las etiquetas repasando en el relato el gran espectro de situaciones que los desarrollos tecnológicos y científicos van dejando como desperdicios en su galope desbocado. Para el caso, hablar del fin de la determinación biológica del género –léase migrar previa eutanización de mi original cuerpo de muchacha frágil a un sudoroso hachero del bosque canadiense- ¿obliga a afirmar que es esta una novela de género? Otra vez nos precipitaríamos. Hay en todo momento la sensación de poder palpar ese tiempo distante y a la vez sincrónico, un hoy lleno de artefactos novedosos. Entonces, si las barreras que la muerte nos impone cayeran, si ese vértigo romántico de la única imposibilidad por sobre todas las posibilidades pasara a ser sólo una elección más (porque claro, también perduran los chapados a la antigua que prefieren morir a secas), entonces lo humano quizás surgiera de la manera más esclarecida. Y allí es donde campea uno de los grandes logros del autor: debajo de los disfraces y las novedades con pantalla touch, permanece encendido el afán primigenio de ser amado, reconocido, vengado.

Durante apenas un centenar de páginas editadas por Factotum, paseamos por la disolución categórica de lo real y lo virtual. En este mañana literario y posible a la vez, el alma es efectivamente un archivo perdurable y elástico, nunca antes tan fáctica y software, a la vez que la tecnología viene a ser el dogma bajo el cual los cuerpos y las mentes nadan el océano social. Sin dudas uno quisiera sondear más, saber más de los intersticios posibles, que las tramas se complejicen y se enmarañen. Pero para eso tenemos nuestras propias vidas. Martín Felipe Castagnet permite apenas una visita guiada, con un estilo propio de la mejor literatura, diciendo algunas resonantes cosas y dejando en el lector la obligación de completar la línea punteada. Si quieren más, vayan reservando un IP de ultratumba, desde donde esperar online un nuevo envase terrenal.//z

Arecia_Octubre

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