Mucha experimentación, pocas canciones

MGMT en su disco homónimo explota a pleno la experimentación sonora y deja de lado el formato canción.

Por Agustín Argento

MGMT es, en definitiva, una banda extraña. Conformada por un dúo (Andy VanWyngarden y Bend Goldwasser), al escucharlo pareciera que fuera una orquesta de no menos de siete personas. Sintetizadores, teclados, guitarras, bajos, baterías y, por sobre todo, voces (muchas voces), generan un ambiente en extremo psicodélico y prometedor.

Su tercera placa, MGMT, es simplemente psicodelia prometedora. En un año en el que el rock más clásico tuvo sus máximos lanzamientos (Artic Monkeys, Franz Ferndinand, Pearl Jam, entre otros) y en el que el electrónico también tuvo lo suyo (Delta Machine de Depeche Mode o Hesitation Marks de Nine Inch Nails, vieron la luz en 2013) el nuevo material del grupo de Connecticut pareciera, a priori, una brisa de aire fresco para los oídos. Sin embargo, este disco, al final, termina solamente insinuando lo que un gran LP podría ser.

Con una producción que supera ampliamente lo que muchos músicos contemporáneos podrían hacer (Justice, Daft Punk o Radiohead son comparables), MGMT se termina perdiendo en su propio juego; en un laberinto de sonidos que siempre muestra la salida, pero que termina escabulléndose por los mil y un pasajes que la maquinaria instrumentista ofrece.  Como si no hubiera una luz al final del túnel –o, mejor dicho, como si no se pudiera llegar-, los once temas navegan por un mar de tranquilidad en el que, imaginándose surfistas, se necesita alguna que otra ola de rock para poder generar cambios de ritmos y de ambientes.

La mayoría de las canciones empiezan con alguna melodía prometedora. Y todas ellas, sin excepción, se acercan a una especie de estribillo en el cual siempre se espera el estallido para el lado de la rítmica, la distorsión o, cuando menos, la melodía. Las voces, además, naufragan en una letanía monocorde, que insinúa algún grito, pero que se estanca en la pasividad, se podría decir, del lisérgico final.

Pese a estas críticas, que lo transforman al disco en una producción de acompañamiento en el mercado de música 2013, MGMT también tiene, como se dijo al comienzo, sus puntos positivos. El faltante de estribillos (o, más específicamente, del formato canción en el sentido más amplio)  no le resta originalidad a las composiciones musicales; la inacabada expresión en las voces se puede transformar en una marca registrada.

Goldwasser ha dicho que siempre se proponen hacer canciones más pop, pero que, en el momento de realizarlas, “simplemente” no les salen. Una respuesta similar a la que diera Ariel Minimal, de Pez, hace algunos años. Queda en Goldwasser y en VanWyngarden continuar en la pasividad o convertirse, como el power trío porteño, en un grupo de culto.

Arecia_Octubre

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