El secreto de sus ojos

Manchester by the sea es una de las sorpresas nominadas al Oscar y le aporta espíritu independiente a una premiación devaluada. 

Por Alejo Vivacqua

Lee Chandler trabaja arreglando departamentos en Boston. En las primeras escenas de la película lo vemos lidiando con la cañería del inodoro de una inquilina o trabajando sobre una ducha que pierde. En uno de esos arreglos, Lee discute con una mujer y abandona la casa en plena tarea.

Más tarde se lo verá tomando algo en la barra de un bar. En toda esa escena, y antes de que termine agarrándose a piñas con dos hombres, Lee aparece con el gesto adusto que va a mantener durante toda la película y desde el cual podemos intuir que algo anda mal en él, o, sobre todo, que algo le salió mal en algún momento de su vida.

Tras un llamado, en el que le avisan que su hermano murió, debe regresar a su pueblo natal, del que se fue hace años y (acá está el núcleo de la historia) huyendo de un acontecimiento trágico.

El problema surge cuando la misma frialdad que transmite el personaje de Chandler, un hombre evidentemente golpeado por la vida, se contagia por momentos a la narración de la historia. Las críticas elogiosas que recibió Casey Affleck por su actuación, con una nominación al Oscar incluida, quizás se deban mucho al acierto del director Kenneth Lonergan en elegirlo para un tipo de papel como éste, el de un hombre totalmente inexpresivo, que se adecúa a las limitaciones del aún así más talentoso de los hermanos Affleck. Porque si el carácter del Lee Chandler incapaz de expresar algún sentimiento empático que vemos durante casi toda la película está bien logrado, y tomando en cuenta lo que Casey ha demostrado a lo largo de su carrera, seguramente tiene que ver menos con sus virtudes como actor que con la identidad del personaje que Lonergan construyó muy bien desde el guión.

En todo este halo de frialdad en el que se mueve Lee Chandler se destaca la relación que mantiene con su sobrino adolescente, a quien debe cuidar tras la muerte de su hermano. Es en las charlas que mantienen ambos donde está el punto fuerte. A medida que la historia avanza puede percibirse el paso que da Lee desde convertirse en compinche de su sobrino hacia una figura obligada de mayor autoridad, algo que le da al protagonista la posibilidad de morigerar, al menos, el sentimiento de culpa que lo viene acompañando a lo largo de su vida.

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Quien debió tener más minutos en pantalla es Michelle Williams. Aparece bastante menos de lo que uno supondría a priori, en parte esperando que su nominación como mejor actriz de reparto estuviera un poco más justificada. Sin embargo su personaje forma parte de uno de los momentos más intensos de la película, aquel en el que se encuentra con Lee Chandler después de varios años sin verse, y en un cruce que no está del todo bien aprovechado. Un problema bastante notorio se da en el momento en el que el uso de la música excesivamente recargada (¡el adagio en Sol menor de Albinoni!) perjudica a la escena clave y más fuerte de la película, quitándole fuerza y generando un sentimiento de sensiblería que poco tiene que ver con el resto del film.

Si hablamos estrictamente de los Oscar hay que decir, en principio, y a pesar de algunas críticas en esta reseña, que es un buen indicio que una película como Manchester by the sea esté entre las nominadas. No tiene los requisitos por los que uno, al menos, cree que la Academia elige a sus favoritas, y es, quizás junto a Hell or high water, dos de las buenas sorpresas entre las nominadas de la edición de este año. Su ritmo, su falta de golpes bajos y su tratamiento poco pirotécnico del dolor dentro del género drama hacen que la película de Lonergan, que también compite por las ternas en dirección y guión, le aporte el toque de espíritu independiente a la competición, y sería, por qué no, si resultara ganadora, una buena excusa para que la Academia se redimiera de las elecciones de los últimos años, donde se premiaron en su mayoría películas bastante olvidables. //∆z

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