Luro, de Luciana Sousa

Compartimos un fragmento de Luro, la primera novela de Sousa editada por Funesiana

Somos tres a las tres de la tarde. El día se convierte en una masa espesa y silenciosa que aplasta a todos a la siesta, menos a nosotros. Acá, adentro, las paletas vacilantes del ventilador de techo marcan el ritmo de la vida real con un sonido mecánico y constante. Julio, sobre la heladera–mostrador, revisa los resultados de la quiniela. Sostiene su cabeza con las dos manos. Tiene los ojos apenas abiertos y cada tanto balbucea algún número. Sánchez, sobre la primera hilera de mesas, mira con fascinación la pantalla del televisor que parpadea noticias de un crimen del que ya se cumplen dos o tres años. Intacto, sobre la mesa, está el café que le serví a las dos de la tarde, después del almuerzo. Afuera, sobre el playón, dos camiones llegan, duermen y se van, sin poner un pie en tierra.

Con el timbre de las noticias de las tres, Julio se despabila, levanta la cabeza y me indica que limpie los baños.

Lo miro desanimada y me dice que aproveche, que a esta hora no hay movimiento. Pienso que “movimiento” es una palabra ambiciosa para este lugar, pero no digo nada. Lleno los baldes y salgo.

El silencio del otro lado de la puerta es total. Soy la única cosa viva que se mueve en el espacio. Tres perros duermen a la sombra de los camiones, dispersos, y estoy tentada de tirarles el balde encima, pero me sorprende un calambre en el vientre que me obliga a detenerme unos segundos a pleno rayo del sol. Me acaricio la panza que asoma por debajo de la camisa y sigo.

Los baños están a la vuelta del almacén, de cara al playón. La puerta del baño de hombres ostenta el perfil de un señor vestido de frac y bastón. El de mujeres, tiene la imagen de dama antigua, con sombrero y abanico. Son pocos los que atienden a estas indicaciones.

Empujo la puerta de la dama antigua, pero algo, desde el interior, me impide abrirla por completo. Doy dos o tres golpes más, tratando de apartarlo, y escucho un quejido.

Me imagino un perro. Vuelvo a dar un golpe, esta vez más fuerte. La puerta cede por completo alumbrando un cuerpo negro que se recorta sobre los azulejos blancos del baño.

El cuerpo se encoge, y por unos segundos nos quedamos los dos inmovilizados. Desde que trabajo acá vi todo tipo de cosas adentro de este baño: perros abandonados, bolsos olvidados, cirujas, frases escritas en las paredes con marcadores, rouge e incluso mierda. Pienso en todo eso mientras lo miro. Pienso que nunca vi un negro en vivo y en directo.

Él descubre mi embarazo y sonríe con una hilera de dientes largos y brillantes. Su cuerpo sigue tenso, encogido, y yo cierro la puerta. Del otro lado, pienso. Adentro, silencio, igual que afuera. La ruta está liviana a esta hora y con este sol africano. Vuelvo al bar.

Julio duerme sobre el mostrador, aunque ahora se sostiene la cabeza con la fuerza de su cuello. Me da la impresión de que se le va a quebrar. Sánchez revuelve el revistero. Sigue usando la campera verde de nylon que alguien olvidó hace unos meses, cuando todavía era invierno. Abajo lleva puesta una remera descolorida con una foto de Perón, que sostiene un caniche en los brazos. El perro tiene los ojos bolita negros. Mira fuera de cámara. Perón tiene los ojos chinitos. Sánchez una vez me dijo que la foto era retocada.

La televisión sigue prendida, frente a una vitrina polvorienta que exhibe mates, gorros de sol, cosas que la gente olvida al salir de su casa o que nunca tuvo, y aprovecha para comprar acá.

—Sánchez vení un segundo conmigo, por favor.

—¿Adónde?

—Al baño, tengo un problema en el baño.

—Si quieren que limpie los baños, me tienen que pagar.

—No quiero que limpies los baños, Sánchez. Hay alguien en el baño.

—¿Cómo “alguien”?

Me impaciento y voy hasta donde está Julio. Lo sacudo por uno de sus brazos.

—Julio, despiértese, hay alguien en el baño.

—¿Qué baño?

—El baño de mujeres, Julio. Hay alguien en el baño de mujeres.

—Ya lo hablamos, acá no vienen nunca mujeres, así que no me molesta que usen ese baño. Mientras me consuman algo después…

—¡Hay un negro en el baño! ¡Un negro negro, un negro de África, de un país de negros! Un negro, durmiendo en el baño.

—¿Un negro negro? ¿Está armado?

No me había fijado en eso. Julio se incorpora rápido y saca la escopeta que guarda bajo el mostrador. El arma tensa el ambiente, y los tres, en silencio, vamos para el baño.

Cuando nos detenemos frente a la puerta, Julio me dice que me corra, que me proteja.

—No me parece peligroso— le contesto.

Julio gira muy despacio el picaporte, y tras él, espera Sánchez. Un calambre me endurece la panza y me inmoviliza.

La puerta cede y descubrimos al negro, en la misma posición que lo había dejado. Sigue sonriendo, pero ahora me parece más flaco, más débil que antes. Será por la escopeta.

Él la nota y se asusta, pero no tiene forma de salir de ahí. Julio empuña el arma.

—Pará ¿qué hacés, animal?— le dice Sánchez, agarrándolo del brazo.

—¿Y qué querés que haga, que lo deje acá?

—¿Y qué vas a hacer si lo matás? ¿Vas a ir a la policía diciendo que mataste a un negro muerto de hambre porque te ocupaba el baño de mujeres?

Quiero intervenir, pero estoy atravesada por un espasmo que me recorre de las piernas hasta el vientre. Me duele hasta el reflejo de la luz en la cara. El negro está sentado,

con los brazos sobre sus rodillas. Mira a uno y a otro, pero no entiende nada. Parece preocupado pero, como yo, no interviene.

—¿De dónde sos?— le pregunta Sánchez, separando las sílabas y en voz muy alta.

El negro sabe que le hablan a él, pero solo dice que no con la cabeza y abre las manos.

—No entiende nada, pobrecito— dice Sánchez. —Seguro tendrá hambre, con lo flaquito que está.

—¿Y que querés? ¿Qué encima le demos de comer?

—Y sí, aunque sea le traemos un poco de agua, andá a saber hace cuánto tiempo que está acá.

—Tanto tiempo no hace,— replica Sánchez. —Limpió los baños a la mañana hoy y no había nada.

Habla de mí como si yo no estuviera presente o si, como el negro, no entendiera una palabra de lo que dice.

—¿Y de dónde sale este hombre?— pregunta Sánchez.

Un camión se acerca muy despacio desde la ruta al playón y Julio cierra la puerta de un golpe. De su bolsillo, saca el llavero y del montón saca una llave pequeña y plateada, que pone un instante después en el picaporte.

—¿Lo vas a encerrar?— pregunta Sánchez.

—¿Y qué querés que haga? ¿Querés que alguien venga al baño y se lo encuentre? ¿Qué le digo yo a la clientela?

Nos quedamos de nuevo en silencio, mientras Julio cierra la puerta. Sin decir una palabra se va para el almacén. Parece el más convencido de los tres. Nosotros lo seguimos.

El camión, mientras tanto, estaciona junto a los perros, y de él baja una persona enorme. Le cuesta un poco desacomodarse del asiento.

Nosotros, ya en nuestras posiciones, lo esperamos adentro. Estamos los tres junto al mostrador, mirando entrar al hombre. Yo me puse el delantal negro con rayitas blancas. Los demás me marcan demasiado la panza. En un par de semanas, pienso, no me va a entrar ninguno.

Julio, con una servilleta de papel doblada en cuatro, se seca la transpiración de la calva. Sánchez, finalmente, se saca la campera de nylon.

—Buenas tardes,— saluda el hombre enorme mientras se sienta delante de la tele. —¿No me traés una coca?

Lo conozco. Hace la ruta 3. Pasa los jueves.

—¿Tenés algo para picar?— me pregunta cuando le acerco la gaseosa.

Le recito la variedad de sándwiches y elige milanesa, como siempre.

Vuelvo al mostrador, y cruzamos miradas entre los tres. Julio está nervioso pero sereno y, enseguida, prende el horno eléctrico para la milanesa. La expresión de Sánchez, en cambio, es delatora. Menos mal que no lo matamos, pienso. Busco algunos aderezos y servilletas. Cuatro hombres, grandes como el primero, entran al almacén. Bajaron de una camioneta blanca que quedó al sol.

Me acerco y tomo el pedido. No se deciden, así que les recomiendo las milanesas, que están recién hechas y salen rápido. Aceptan.

Otra vez me invade un calambre. Llego doblada de dolor hasta el mostrador y me agarro firme de la mesada, hasta que pasa. Julio me mira. Está serio, le transpira la cara, el pecho y las axilas.

–¿Estás bien?, me pregunta Sánchez.

—Sí— le digo.

No me siento bien y, cuando me agacho en la heladera para sacar las gaseosas creo haberme hecho pis encima.

Contraigo mi vejiga. Falsa alarma. Pasa todo el tiempo. Pero, por las dudas, me sostengo la panza entre las manos mientras me levanto.

—¿Querés que te ayude con las botellas?— insiste Sánchez.

Debo estar pálida. No le contesto. Agarro por el cuello los cuatros envases y voy a la mesa.

—Gracias, linda— me dice el más viejo. —¿De cuánto estás?

—Siete meses —contesto.

—Linda época, ¿es el primero?

—Sí.

—El primero siempre es el más trabajoso— le comenta a los otros tres, sin mirarme. —Mi señora lo sufrió mucho: tenía vómitos, mareos, se hinchaba toda…

Los que están frente a él me miran con desagrado, tratando de rastrear algún síntoma. Me apoyo sobre la mesa y acomodo vasos y platos. Atrás mío viene Sánchez, con los cubiertos, las servilletas y varios sobres de mayonesa.

—Yo puedo, gracias— lo atajo.

—¡Cómo sos, dejá que te ayude!

No le contesto y se sienta en la mesa de al lado.

—A algunas mujeres en este estado nada les viene bien.

Lo ignoro, y voy hacia el mostrador, a darle una mano a Julio, con las milanesas. Salen las cinco juntas.

—Mirá si te nace negro —me grita Sánchez desde la mesa.

Julio y yo nos asomamos desde la cocina.

—Yo vi una vez un documental de chicos que salían negros sin tener padres negros— cuenta Sánchez —explicaban que a veces se altera algún gen y chau, te sale negro nomás.

Los otros asentían, sorprendidos.

—¿Y qué hacés si te sale negro?

—Pero en esta zona no hay negros— le contesta el viejo.

—Los negros que había en el virreinato los mandaron a pelear al Paraguay.

—Ah, pero lo negros siguen viniendo— le dice Sánchez.

—Se escapan de África, en los barcos. Algunos se hunden, pero otros llegan.

—¿Y vos viste alguno?— le pregunta uno, burlándose.

—Sí, muchos— asegura Sánchez, serio —lo que pasa es que acá se tienen que esconder, la gente no los quiere, prefieren llamar a la policía.

Julio tiene problemas para maniobrar las bandejas que saca del horno. Sirve las milanesas, y tira las asaderas en la pileta. El ruido interrumpe la charla.

—Sánchez, ¿no me das una manito acá con el horno?— le grita Julio, tras el mostrador.

Yo salgo de la cocina con tres platos. Le sirvo primero al hombre que sigue solo y en silencio, más apartado, mirando la televisión. Julio le dice algo a Sánchez, al final del boliche.

Lo toma del brazo. Sánchez se suelta y vuelve a la mesa, cerca de los demás. Están en silencio mirando en la pantalla una placa roja que informa sobre un accidente aéreo en Brasil. No hay sobrevivientes.

—Seguro eran todos negros— dice Sánchez.

Los demás no le contestan. Miran por encima mío mientras les dejo los platos. A mis espaladas escucho la puerta. Los clientes apenas entornan las cabezas. Frente a mí, la cara de Sánchez se transforma. Julio, detrás del mostrador, respira profundo.

—Buenas tardes, comisario— le dice.//∆z

luro de luciana sousa

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