Los catorce cuadernos, de Juan Sklar  

Juan Sklar ofrece en su primera novela la historia de ocho amigos que alquilan una casa en el Tigre y conviven durante un mes entre asados, menús vegetarianos, tiradas de tarot, porros y pajas en la ligera nada del paisaje isleño. Bienvenidos sean a estas vidas que se derrumban.

Por Juan Alberto Crasci

La generación perdida

Nada pasa. Los narradores de entre 30 y 40 años trabajan los problemas de su generación: incomodidad laboral, insatisfacción sexual, la dilación de la juventud y el escape de la realidad por medio de drogas. Como en Merca (Alto Pogo), de Loyds o en Electrónica (Interzona), de Enzo Maqueira, en Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo), Juan Sklar expone las preocupaciones de un joven sin grandes necesidades ni urgencias, abandonado a la rutina de cojer, masturbarse y fumar porro para pasar sus días.

El mapa y el territorio

Entre los ocho amigos que alquilan la casa en el Tigre para pasar las vacaciones se encuentran dos parejas: PalitoBruja y PintorBebota; dos lesbianas: Bola de Fuego y Agua de Tanque; dos solteros: el Tierno y Macho isleño (nuestro héroe). Es interesante destacar la preponderancia en la historia de las dos parejas, siendo Bola de Fuego, Agua de Tanque y el Tierno, actores de reparto, que poco participan y nada deciden en la pequeña comunidad vacacional. Macho Isleño quiere cojer, esta es casi su única preocupación, y es una misión imposible con las dos lesbianas y el Tierno, el único soltero –de quien, al pasar, insinúa que está enamorado de Palito–, por lo que decide hacerlos a un lado. Macho Isleño lee el mapa, va conociendo el territorio: Bruja es su amiga, no es lo suficientemente atractiva para él y no entiende qué le vio Palito para enamorarse perdidamente de ella, porque no comprende la dinámica del amor, o, si la comprende, decide destruirla, como sucede con los personajes de las novelas de Michel Houellebecq, que devora una tras otra. Bebota es hermosa y provocadora;  es todo lo que desearía cualquier hombre, es la novia de Pintor y la destinataria de todas sus pajas.

Macho Isleño es guionista y sólo quiere cojer. En los meses en que todos vacacionan, él, por su oficio debe trabajar y decide hacerlo en el Tigre, junto a sus amigos. La tranquilidad del paisaje lo calma, pero al mismo tiempo lo exaspera y a veces vuelve a la ciudad a buscar el sexo que no encuentra en las islas. Sin fortuna, vuelve a la calma del Tigre; vuelve al culo redondo y a los labios de Bebota, con quien fantasea día tras día, de quien se enamorará perdidamente.

Yo necesito amor

La obsesión por Bebota llevará a Macho Isleño a replantearse su situación ante la vida. La frustración amorosa desencadena una serie de cuestionamientos existenciales que no podrá ocultar detrás del sexo y el porro. Las vías de escape se han anegado –como con el árbol caído que corta la ruta de las lanchas que regresan a Buenos Aires. El camino a la felicidad se le hace inalcanzable. Él vive la vida de los personajes de Houellebecq. El problema de Macho Isleño es el de toda una generación: ¿cómo dar el paso a la adultez? ¿Qué es lo que realmente quiere? ¿Cómo torcer el rumbo de su vida? ¿O será que debe conformarse con lo que tiene?

La insoportable levedad del ser

Juan Sklar, guionista de profesión, articula una novela ágil, de rápida lectura, sin ripios ni grandilocuencias. Cito un pasaje de la novela por medio del cual se puede leer y entender una parte de la producción de algunos de los jóvenes narradores argentinos: “multiplico mi frecuencia masturbatoria, duermo mal, como peor y empiezo a creer firmemente que escribir de culos y conchas es literatura.” (pag. 80). No hay metáforas, no hay grandes temas. Sólo pequeñas obsesiones, pertenencias de clase, vértigo y un largo camino de soledad y autodestrucción.//z

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