Lo que quedó de ese viaje astral

1998, el cuarto disco de Reno y Los Castores Cósmicos, reafirma a Reno como un cantautor excepcional y a los Castores como una máquina de rocanrol salvaje e inclasificable.

Por Claudio Kobelt

El nuevo disco de Reno y Los Castores Cósmicos, 1998,  es un disco doble o mejor dicho un ser humano sensible y su corazón partido a la mitad, con el motor imparable de esa banda salvaje dándole propulsión infinita a sus palabras. El álbum contiene un lado A, profundamente eléctrico y rockero,  y otro, el B, abierto a una mayor experimentación y búsqueda. Ambos conforman un registro único e infaltable y el camino ideal para acercarse a uno de los cantautores más prolíficos y  metamórficos de nuestras tierras

El Lado A, que lleva por título “Entrando al Rio Nung” (el cauce de agua que atraviesa Vietnam, según aprendimos en Apocalypse Now), es decididamente hard rockero, repleto de punteos y distorsiones, de baterías rabiosas y pulso frenético ideal para el vivo.  De entrada suena la bella “Agradecimiento”, la misma o casi la misma canción que abre el lado B. Casi ya que gracias al cambio de algunas líneas, en un interesante ejercicio lúdico-poético, otorga una nueva visión de la letra.  El siguiente track, “Caballo Loco”, es un rock salvaje montado a pelo, indómito, cabalgando libre la pradera sónica, una fiera radiante de belleza primaria y animal. “Nadie me espera del otro lado de la autopista” y “Solíamos reír” tienen un clima más pop pero sin dejar de jugar con el sonido y las sensaciones, ambas de lirica aguda y de múltiples lecturas. La voz de Reno es siempre cruda y desgarrada, sangrante, carne viva de canción.

El lado B, de nombre “En la orilla del océano cósmico”, acertado título referencia al capítulo 1 de la serie Cosmos de Carl Sagan, exhibe una mayor exploración en las múltiples posibilidades de los instrumentos, algunos de ellos no tan convencionales o frecuentes, como por ejemplo el sitar. Además posee diversos experimentos sónicos con cintas  y un sondeo minucioso en el esqueleto del sonido. En este lado las canciones son de una suavidad dulce y desgarrada, de una sensibilidad honesta y sin disfraz. La poesía de Reno se desgrana en cada verso explotando viva de melancolía cruel.

Un reconocible zumbido indica el comienzo de “Las abejas cuentan hasta cuatro”, que junto a “Villa Golf”  conforman una dupla letal de baladas espaciales, de sonoridad inabarcable y de los momentos más logrados del disco. “Educación Sentimental” exhibe una letra simple pero no por eso menos romántica, de poética dulce y cotidiana, y “Cabalgando el otoño”  no se queda atrás en ningún sentido, con una criolla ardiendo de sentimientos, una melodía que atrapa y una lírica cruda e intensa. El cierre llega con “Río Salvaje”, track experimental pleno de ruidos y sonidos in crescendo hasta llegar el clímax dinamitando la percepción, como el soundtrack ideal para la película Scanners.

Noise rock, hard folk, grunge, canción latiendo… Es imposible definir a Reno y Los Castores. Es todo eso y mucho más. Este disco posee el acierto de captar el punto justo de maduración de un artista único como Reno, un songwriter en constante mutación y lamentablemente no tan valorado, o al menos no como lo merecería. 1998es el cuarto disco en su largo recorrido junto a Los Castores Cósmicos, pero de número incalculable en toda su discografía solista y de discos a dúo. Numerosos registros en los cuales evita la repetición a la vez que mantiene su núcleo, su esencia, y esta placa vuelve a demostrar su naturaleza camaleónica condensando el sonido pasado, presente y futuro en la obra inmensa de este gran cantautor, un poeta bravío y emocional, un jinete cósmico cabalgando las estrellas  de un cielo al que nunca debemos dejar de mirar.

Arecia_Octubre

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