Leila Guerriero: “Para contar algo no me sirve la cercanía extrema, necesito una distancia mayor”

A raíz de la reedición de su libro Plano Americano, publicado este año por Anagrama, rescatamos este diálogo en el que la cronista habla sobre su método de escritura, las falencias de cierto sector del periodismo, su preferencia como lectora por la ficción y  la autoexigencia como forma de trabajo.

Por Pablo Díaz Marenghi

Fotos por Diego Sampere

(Una primera versión de esta nota fue publicada en la Revista Alrededores edición papel, año 1, número 1, octubre de 2013).

En la década del noventa, una cajera de un supermercado del interior del país, más precisamente de la ciudad de Junín, decidió canalizar sus ansias literarias y probar suerte enviando un poema al prestigioso diario Página 12. Lo que pareciera ser la trama de una película costumbrista es, en realidad, la puerta de entrada al periodismo de Leila Guerriero. No lo sabía en aquel entonces, pero su texto llegaría a las manos del director Jorge Lanata y sería publicado nada más y nada menos que en la contratapa. Se ganaría, de este modo, un lugar en la redacción de la revista Página 30 y, años después, se consolidaría como una de las mayores referentes del periodismo narrativo de habla hispana.

En 2018 Anagrama reeditó Plano Americano, una antología de perfiles de personajes de la cultura: escritores, artistas plásticos, fotógrafos, cineastas, diseñadores, periodistas, editores y músicos son retratados por su excelsa pluma, que se posa sobre sus vidas generando una mirada única y completa sobre sus propios mundos. Presenta, por ejemplo, al poeta chileno Nicanor Parra comparándolo con un rugido, un dragón o con el estertor de un volcán. A la vez que destila pinceladas de sus contradicciones, como la de protagonizar una publicidad o pretender cobrar altas sumas de dinero en cada reportaje otorgado. También retrata la inseguridad de Fabián Casas, el desorden de Fogwill, los misterios que rondan en torno a la figura de Roberto Arlt (un texto inédito que se suma a esta nueva edición, el más extenso del libro). Así describe a la pianista Felisa Pinto: “la mujer que acaba de rasgar la suavidad de la noche derrama, sobre los que están allí, la sensación eufórica, y a la vez triste, de estar viviendo ya un recuerdo”. Retrató también como nadie la relación de Sara Facio con María Elena Walsh. Combinando información y relato, acción, narración y, sobre todo, poética en el lenguaje, Guerriero forja un estilo único a la hora de contar una vida, recurriendo a las mejores armas de la crónica.

En 2013, en medio de la primera edición de Plano Americano (Universidad Diego Portales) y de la publicación de su crónica Una historia Sencilla (Anagrama), Leila Guerriero reflexionaba en un bar del barrio porteño de Chacarita respecto a sus comienzos en el periodismo, su trabajo en esta recopilación de perfiles, sus consumos culturales y el presente de su profesión. Su postura, respecto a la supuesta “crisis del periodismo”, la resume en una frase contundente que roza el aforismo: “No creo en los medios. Creo en cada uno de los periodistas”.

AZ: ¿Cómo fueron tus comienzos en el periodismo?

Leila Guerriero: Lo recuerdo como algo súper natural. No recuerdo un momento de revelación donde haya dicho “quiero ser periodista”. Llegué a un lugar y, de golpe, empecé a escribir. No tenía ni idea de cómo se hacía una nota. Llegué a la redacción de Página/30, no había hecho ninguna entrevista, no sabía cómo se hacía una pregunta, no tenía grabador. Parece tonto pero para los periodistas es obvio: sabemos que existen departamentos de prensa o que un artista tiene un representante y hay que hablar con esa persona para hacer algo. Yo ni siquiera conocía ese paso tan obvio. Pero creo que todo eso lo aprendí en tres días. Del susto. Porque Página/30 en ese momento era la revista en que todo el mundo quería escribir. Si eras periodista querías estar ahí. Era una revista súper aspiracional y, además, entré como redactora. No es que me dijeron “vas a escribir sobre tal tema”. Tenía que escribir notas. Yo leía y me gustaban mucho las notas que publicaban. Leía a (Rodrigo) Fresán, a (Martín) Caparrós, a todos. Venía de escribir ficción y cuando empecé a escribir en la revista traté de entender cuál era el mecanismo por el cual Caparrós llegaba a determinada información. Intentaba leer las notas y pensaba: “cómo hizo para construir esto, de dónde sacó la información, cómo hace el sistema de citas, cómo jerarquiza la información, cómo pone datos duro” y traté de hacer algo que me parecía decente, un poco aprendiendo de lecturas. Cito a ellos dos pero hay otros cientos de periodistas que me gustaban. Y así aprendí. Recuerdo la sensación de aquellas primeras veces en las que, cuando me preguntaban a qué me dedicaba, decía  “Soy periodista”. Me sentía, por un lado, con una gran naturalidad y, por otro lado, sentía un gusto grande de decir soy esto. Hago esto. Así fue: me di cuenta que quería ser periodista siéndolo.

AZ: Muchas veces se dice que la mejor forma de aprender periodismo es haciendo periodismo, desde el oficio, antes que estudiando una carrera. ¿Coincidís? ¿Se puede enseñar periodismo?

LG: Sí, pero también creo que hay gente que necesita otro tipo de formación. Por un lado, todo se fue transformando, hay toda una parte comercial, marketinera, y todo un sistema de entrada a los medios que se organizó en torno a que existan determinadas carreras que antes no existían, a través de maestrías, por ejemplo, que te garantizan determinadas pasantías en ciertos medios. A veces pasa que un/a pibe/a que sale recién egresado de la facultad X hace una pasantía en un medio, le pagan un sueldo mínimo pero el/la tipo/a está feliz porque firma. Después, de última, si es bueno y si queda, también el sueldo que le van a pagar va a ser mucho menor. Me parece un horror eso. Por otro lado, hay gente a la que la cosa autodidacta le calza bien para algunas cosas y otros necesitan tener un pensamiento más organizado. Yo doy talleres todo el tiempo y a veces preparo clases y digo “no, esto tiene un grado de obviedad que me van a tirar por el balcón” y sin embargo lo ponés y te das cuenta de que la gente se muestra agradecida de que se lo muestre de esa manera. No tiene que ver con una cuestión de capacidad o talento, sino simplemente con una manera de cómo funciona una cabeza. Entonces, las carreras de periodismo te organizan algún tipo de conocimiento. Te otorgan una clase de seguridad. De pronto, si a los veinte te dicen “tenés que ir a trabajar a la redacción del diario X” y no estudiaste nada y no sabes cómo se hace, hay gente que se siente demasiado lanzada al vértigo de su inseguridad y no puede con eso. Pero estoy segura de que se aprendería de todo modos. Siempre y cuando seas un buen lector. No podés ser un buen periodista si no sos un buen lector. Es la base de todo. Es como la cadena alimenticia.

AZ: ¿Leés mucha más ficción que no ficción?

LG: Sí, de hecho ahora leo un poco más de no ficción por el asunto de las clases, pero sí, sigo leyendo más ficción que no ficción.

AZ: ¿Te parece más nutritivo leer ficción para el tipo de crónicas que escribís?

LG: No, no es que me parezca más nutritivo, me parece que es más bien una cuestión de gusto y de que, siendo sinceros, en todos los rubros hay cosas mejores y peores, en la no ficción y en la ficción. La ficción tiene un corpus, una tradición mucho más fuerte. O no sé si es una tradición, porque Heródoto era un tipo que escribía sobre viajes. No me gustaría decir que es sólo una cuestión de gusto, porque también me gusta la no ficción, si no no escribiría no ficción. Haría otra cosa. Pero me parece que lo que tiene la no ficción, a veces, es una búsqueda más tradicional desde lo formal. En la ficción se hacen muchos más malabares y juegos; hay búsquedas más estilizadas, más arriesgadas y me parece que tiene que ver con eso. Leo mucha poesía también. No tiene que ver ni con una cosa ni con la otra, ni con la ficción ni con la no ficción; la música, el idioma me parece alucinante. La poesía la leo en español, toda. Soy incapaz de leer alguna poesía en otro idioma, salvo algunos poetas en inglés. Creo que la música del idioma es algo muy importante y la poesía te ayuda a desarrollar eso.

AZ: Una vez que recolectaste todos los datos y contás con toda la información necesaria ¿Cómo es tu proceso de escritura de crónicas o perfiles?

LG: Básicamente me encierro a escribir. No hago más que eso. No salgo de mi casa. Es muy difícil, a veces, que la gente entienda eso. O sea, ponele, si estuviera escribiendo ahora no estaríamos acá sentados. Aunque fuera una hora. El día que sé que tengo que salir, ya sé que es un día perdido de escritura. Incluso si tengo que salir a las siete de la tarde, o tengo que ir a una cena, ya está. El grado de compromiso y concentración que tengo se pierde por completo desde temprano. Escribo durante muchas horas. A lo mejor esa es una diferencia con la ficción. Creo que un escritor de ficción no puede estar dieciséis horas escribiendo porque el proceso es distinto. En ese sentido, me parece que la ficción requiere un desgaste y una intensidad tremenda. Es otro tipo de mecanismo el que se pone en marcha para escribir ficción. El periodismo no digo que sea más fácil, al contrario, me parece que te tenés que atar un corset gigante. Hay momentos de la escritura que son un poco más eso, pensar datos, poner información. Un encierro. Nunca me siento a escribir sin la frase del principio. Eso, para mí, es básico para mí. Pero una vez que tengo la frase del principio y la idea en torno a lo que va a ser el primer párrafo, ya puedo sentarme segura. Y siempre es una tarea desgastante. Capaz el día está divino afuera y no interrumpo ni para salir a correr.

AZ: ¿Sos muy exigente a la hora de corregirte y auto editarte?

LG: Sí. Conozco poca gente que escriba bien y no haga eso. No digo que escribo bien pero me parece que si no sos un buen editor de tus propios textos es muy complicado. Soy bastante matemática con eso, precisa. Reviso los textos muchas veces. Si hay una repetición de una palabra o una cacofonía a mí me interesa que se note. Que esa cacofonía o esa repetición estén puestas por un motivo determinado, no porque se me escapó o porque no me di cuenta de que repetí el verbo “hacer” siete veces en una frase conjugando en distintas personas o tiempos. Me fijo mucho en esas cosas.

AZ: ¿Cómo manejas el tono en los personajes de tus crónicas o perfiles? Hay una crónica en donde narrás una situación en un supermercado chino (“El amigo chino”) y recreás, literalmente, el modo de hablar del empleado.

LG: Sí, no siempre. En el caso de “El amigo chino” creo que si la hiciera ahora la cambiaría. Pasa  que no vuelvo a tocar el trabajo ya hecho. Pero trato de mantenerlo. Me parece que no todo el mundo habla igual. Me gusta que esas cosas se noten pero sin exagerar. Podés tomar la esencia de eso que hace a esa persona pero, por ejemplo, si tenés a alguien que se come las eses todo el tiempo y vos lo escribís así, todo el tiempo, haciendo hincapié en esa esa aspirada, termina siendo algo casi denigrante para el otro. En el caso de Ale (el empleado chino) lo morigeraría un poco. Intento mantener el tono de los personajes sin caer en un costumbrismo exagerado. Me suena hasta demasiado canchero, como una especie de rictus medio antipático, casi como estar haciendo mofa del otro. Y también tengo en cuenta eso. Hay que ser cuidadoso; cómo sin alterar algo podés reflejar el habla del otro. A lo mejor lo podés reflejar en los giros que hace,  su manera de conjugar tiempos verbales o si dice “hirve” o “estea”. A lo mejor es una manera, y no hacer todo el tiempo hincapié. Con cinco o seis cosas que pongas a lo largo de un texto ya está. Se entiende.

AZ: ¿Qué consejos le das a los periodistas jóvenes que te encontrás en tus talleres?

LG: Primero, lo que digo siempre, es que no me gusta dar consejos y, después, que la última persona para dar consejos es un periodista. Que no busquen consejos en periodistas. Me parece que cada uno tiene que encontrar su método y confiar en él, que va a ser el único leño que lo va a salvar en la tormenta cuando no sepa por dónde arrancar. Ese método consiste en encontrar la manera de saber qué es lo que uno quiere decir. Cosas básicas, como leer muchísimo. Pero realmente odio dar y que me den consejos. Me suena a Moisés bajando de la montaña con las tablas de la ley. En el fondo, de lo único que se trata es de que encuentres la manera de hacer lo que vos querés con un método que te sirva. Hay gente que labura de manera caótica y termina en una cosa increíblemente matemática o viceversa. A través de los talleres, intentás transformarte en una buena guía para que el otro encuentre su método. Nada más.

AZ: ¿Cómo fue la (primera) edición de Plano Americano? ¿Cómo se gestó? ¿Cómo analizaste la recepción de dicha obra?

LG: Fue bastante fantástico y maravilloso. Ha tenido una especie de rebote muy impresionante. La editorial Universidad Diego Portales es una editorial universitaria pequeña y yo soy muy amiga de Matias Rivas, el editor, y  me da muchísima alegría que lo mataron a pedidos por un libro mío. Alcanzó, muy pronto, la segunda edición. El otro día le decía a un amigo: “Es muy raro porque es un libro que nunca va a ser un best seller pero le está yendo muy bien” y me encanta que eso haya pasado con una editorial independiente, chica, universitaria, con una apuesta muy pop por publicar no ficción. Hay como una especie de sensación de ganar lo bueno pero por la editorial, no por mí, me da mucho placer eso. Que (Mario) Vargas Llosa haya escrito una columna para el diario El País sobre el libro también hizo que estallara un poco. Han salido notas en todos lados diciendo cosas muy lindas. Espero merecerlas.

AZ: Varios de los perfiles que aparecen en el libro se publicaron anteriormente en revistas o suplementos y algunos se consiguen en internet.

LG: Claro. Algunos son inéditas, como la de Roberto Arlt. Están sólo en el libro. Algunas son versiones ampliadas de lo ya publicado. Lo de Arlt fue una decisión. Cuando publiqué mi primer libro, Frutos Extraños, fue una primera antología de laburo, general. O sea había textos, crónicas,  perfiles, un montón de cosas y de diversísimos temas: había una sección que se llamaba discusiones y una sección sobre el periodismo. Este libro no. Plano Americano es sólo un recorte sobre gente que hace cosas creativas. Son todos escritores, pintores, artistas plásticos. Es una parte de mi laburo, no es todo mi laburo ni la parte más gruesa. Cuando decidimos sacar esta nueva antología pensamos que debía tener un nuevo texto, inédito. Y medio que Matías (Rivas) y yo al mismo tiempo dijimos “Roberto Arlt”. Había vivido en Chile y tenía un interés. Después me arrepentí cien veces, porque fue muy difícil. Muy difícil. Siempre es difícil hacer el perfil de una persona muerta. Hacer el perfil de una persona muerta en el ‘42 es mucho más difícil, porque no quedan prácticamente personas vivas que lo hayan conocido, y  empecé a notar que había una especie de sequía de fuentes tremenda. Ya había hecho el de Pedro Henríquez Ureña, pero ahí fue muy fácil dar con su hija, que estaba viva. Bueno, la hija de Roberto Arlt también. Pero Sonia (Henríquez) era muy accesible y Mirta (Arlt) era un poco más arisca a la hora de dar entrevistas. Y, a un periodista, saber que hay fuentes vivas y no es posible acceder a ellas le da una impotencia, una rabia… Sobre todo sabiendo que te dirían cosas interesantes. Los primeros tiempos fueron de avanzar y retroceder, de decir “¿Qué no estoy viendo? ¿Cómo puede ser?”.

AZ: ¿Cómo se gestó Una historia sencilla (2013)?

LG: Fue una historia que hice durante tres años. Empecé pensado que iba a ser una crónica para la revista Gatopardo pero seguí la historia por mi cuenta. Nunca le avisé al editor. Pocas veces hago esas cosas, de creer en algo. Me gusta tener siempre un resguardo enorme con esa situación. O sea, no le cuento a nadie. Sabe solo mi marido, porque obviamente implican viajes, pero no me gusta estar exponiendo las cosas antes. En este caso, yo tampoco sabía a dónde iba a llegar, si iba a terminar bien o mal. Envié el manuscrito a algunas personas en cuya lectura confío, porque cuando terminé de escribir dije “me parece que esto es más que una crónica”. O sea, más no quiere decir mejor. Lo que me parecía era que había un libro. Pero no tenía mucho. Finalmente el manuscrito llegó a manos de Jorge Herralde, editor de Anagrama, y me escribió diciéndome que la había leído y que estaba emocionadísimo, que le había encantado y lo quería publicar. Así fue, pero la verdad es que la historia era una historia muy chiquita, muy local y terminó llegando a un lugar con el que yo estoy feliz. Pero, durante el proceso en sí de una construcción de una historia, surgían preguntas como: “¿Será demasiado local? ¿No lo será? ¿Estoy loca?” y, además, es una historia que no tiene que ver con los lugares comunes de la crónica latinoamericana, que es poner siempre la mirada en los desastres, las catástrofes. Esto es lo contrario: es contar una historia.

AZ : Respecto a esto último que señalas, en la especial atención de la crónica latinoamericana por los márgenes o los temas violentos, en algunas entrevistas señalás que no hay que prestarle atención solo a estos aspectos sino intentar abarcar otros temas que a veces pasan de largo. ¿Tu crónica sobre el malambo podría ser un ejemplo de retratar detalles inadvertidos por el grueso del periodismo?  

LG: Sí, pero la verdad que el primer acercamiento al tema fue algo fortuito. Lo cuento en el libro: había recortado una nota chica que había salido en 2009 en el suplemento espectáculos de La Nación. Lo recorté, me llamó la atención. Yo soy eso, algo capta mi atención, por algún motivo determinado, y la guardé y finalmente creo que dos o tres años después viajé por primera vez  con la idea de hacer algo puntualmente de esa situación, se empezó  a transformar en otra cosa y terminó en esto. Pero no fue una especie de “vieron, se puede hablar de la felicidad y de una persona común”. A lo mejor, también, tu cabeza va cambiando; te vas preparando para estar abierto a otros temas. Por otra parte, yo jamás renunciaría a contar temas de gente común. A mí los temas de los márgenes siempre me han interesado muchísimo. Todo tipo de márgenes. O sea, para mí el ambiente del tango es un margen también; los coleccionistas de cactus son el margen también. Todo lo que se va del mainstream es el margen. Me interesa muchísimo todo eso, me va a seguir interesando y voy a seguir escribiendo sobre eso, pero siento que también está todo lo otro que es un mundo que me resulta muy fascinante. Tengo un compañero en el diario La Nación que me decía siempre: “no hay nada más marginal que el lobby del Hotel Ritz en una cena de gala” y creo que ese también es un mundo marginal, las clases altísimas, que no tenés ni idea de cómo funcionan, ni de qué hablan ni cómo piensan. Es un mundo de poder y de clases altas que no estamos contando los que nos dedicamos a la crónica. Por ahí lo abordan más los periodistas de investigación, porque en esas clases hay corrupción, negociados, entramados, entonces todo eso está como hecho desde ahí, pero no desde una mirada como de decir “bueno, voy a la cosa tal y hago tal cosa”. Volviendo a Una historia sencilla, de alguna forma, sigue siendo un mundo del margen, porque es un mundo muy pequeño, como una burbuja. Pero, en el fondo, lo que cuenta es una historia que no rima con el dolor y la pena. Es distinto. Pero no es que lo hice para demostrar algo. Salió así y supongo que habrá llegado en este momento porque uno va viendo otra situación, se va abriendo a otras historias posibles. Quizás en veinte años no hubiera visto en esos hechos una historia posible.

AZ: ¿Cómo ves al periodismo argentino actual? ¿Creés que hay buenos periodistas escribiendo?

LG: Sí, claro. Siempre los hubo. Lo que pasa es que parece que de pronto queremos que todos sean informalmente buenos y nunca fueron todos informalmente buenos. Hubo épocas en las que el periodismo tuvo revistas o diarios muchos más interesantes, que marcaron época. No se puede pedir que cada cinco años haya una revista o un diario que haga época. Esas cosas pasan una vez cada tanto en la historia de un país. Parece que está muy instalada la idea de decir que todo el mundo es malo o es un tendencioso. Esta idea un poco peligrosa de que porque trabajás en un medio, tu cabeza, tu pensamiento se encolumna necesariamente con ese medio. Una vez un profesor de lingüística en Alcalá de Henares, Madrid, me dijo: “Yo no creo en las nacionalidades, creo en los barrios”. Me pareció muy iluminador. Me pasa parecido con los medios. Yo no creo en los medios, creo en cada uno de los periodistas. Entonces, obvio, en casi todos los medios encuentro gente que me parece buena, honesta. No sé. Tampoco si juntaras una revista con toda esa gente… no sé si sería la revista ideal. Pero sí creo que se ha precarizado mucho la labor en el sentido de que hoy cada vez menos gente hace cada vez más cosas. Hoy si sos periodista en un medio tenés que tener un Blog, Twitter, Facebook, tenés que llevar las noticias, sacar las fotos, hacer el video. Me parece que eso sí es contraproducente y en algún momento eso se va a volver en contra. Es peyorativo contra el lector pensar que un lector nada más está dispuesto a leer veinte líneas. Hay medios que les piden a sus periodistas una nota sobre X cosa y que repitan tantas veces la palabra tal, porque se generan más clicks. Eso me parece perverso. Terrible. Veo que muchos medios importantes hacen eso y ahí sí creo que hay una responsabilidad de todos: desde el periodista que dice que sí, incluso cuando no le queda otra. Es una manera de empezar a socavar la calidad de lo que hacemos todos. Me parece que los editores siguen convencidos de que los lectores no leen, como dice (Martín) Caparrós, y creo que es como fabricar heladeras para gente que no descubrió la electricidad. O sea, no hagas heladeras. Hacé otra cosa en la que sí creas y le encuentres un sentido útil. Pero a mí me produce como mucha… Yo no soy en lo absoluto optimista ni pesimista. No creo en nada. A priori no tengo expectativas de nada. Soy bastante nihilista en ese sentido. Creo en la potencia, en la fuerza, en el trabajo; en la convicción de cada uno. Nada más. Suena como bastante individualista y horrible y quizá lo sea. De todos modos, veo que lo que sí hay es como una especie de multiplicación del entusiasmo: gente, tanto de mi generación como de gente que viene una generación más abajo, que van a talleres, se esfuerzan por escribir cada vez mejor, toman conciencia cada vez más de que no da lo mismo escribir correctamente que escribir, gastan mucha guita en capacitarse en talleres particulares, o en hacer un taller en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Hay una red de periodistas en todo Latinoamérica que se conocen entre sí, se escriben entre sí. Hay  una red muy fuerte en eso. Y en los últimos tiempos surgieron revistas muy interesantes como Orsai, Anfibia, Cometa en Perú. Todo esto es producto del derrame de esa enorme cantidad de gente a pesar de la supuesta “crisis del periodismo” que, pienso, es una idea que los mismos periodistas instalaron. No sé si la gente en la calle está preocupada por la crisis del periodismo.

AZ: ¿Creés que el escenario no es tan desfavorable como a veces se cree para hacer periodismo?

LG:  Me parece que no es el peor de los mundos posibles. Para nada. Es un momento de pasaje en que hay que separar la preocupación de los dueños de los medios de comunicación por adaptarse a las nuevas plataformas, por sus búsquedas personales por el poder y lo que estamos haciendo la gente que creemos en esto. Y que creemos en esto no como un gana pan sino como lo que queremos hacer y lo que somos. Desde España nos miran con mucho asombro. Todo esto que está pasando con la crónica, con el periodismo narrativo, en España como que dicen: “¿Hello?”. O sea, perdón, acá nos echan como a doscientos periodistas de un medio y ustedes están abriendo revistas y se sientan a discutir con quinientos periodistas en México acerca de los destinos de la crónica, como se hizo en los congresos de la FNPI, y no se menciona la palabra crisis en ese encuentro. O sea, no es que no se menciona pero no es el foco. No es “reunámonos para ver cómo salimos de la crisis”. Es “reunámonos para discutir de lo que estamos haciendo, cómo lo podemos mejorar, como lo podemos hacer más, multiplicar”. En España nos miran con asombro.

AZ: ¿Cómo te llevás con internet y las nuevas plataformas? No tenés redes sociales

LG: Pero tampoco tengo microondas. Quiero decir, no sé por qué a la gente le llama tanto la atención que la gente no tenga ni Twitter ni Facebook. Yo uso la tecnología lo que siento que la necesito. Tampoco tengo una casa llena de muebles. Podría enumerarte una cantidad de cosas que no tengo en mi casa: no tengo cafetera, no tengo tostadora. No necesito esas cosas. Las redes sociales, tal como soy, no me aportarían más que distracción. No tengo tanto para decir todo el tiempo. Escribo lento y me gusta concentrarme. No me divierte estar poniendo fotos. En mi casa no hay fotos, por ejemplo. O sea hay una foto en mi biblioteca de Homero Alsina Thevenet. Nada más. Las redes no harían más que ponerme ansiosa y me parece que lo más saludable es no estar tan pendiente de la mirada de los otros. La gente, además, en esos lugares dice cosas tremendas. No sé, para mí sería distracción. No critico a la gente que lo usa pero yo sé que con mi manera de pensar, mi obsesión y todo eso no podría sostener un blog, un Facebook, una cuenta en Twitter y todo eso. Y estar todo el tiempo alimentándolo. Querría hacerlo bien y eso lleva un tiempo. Por otra parte, no siento que me pudiera aportar absolutamente nada en términos humanos. No es que no use internet. Todo el tiempo estoy conectada. Pero internet no es nada más las redes sociales.

AZ: Mencionabas tu predilección por los viajes y el hecho de pasar muchas horas de tu vida en aviones y diferentes destinos. Uno de tus primeros anhelos era vivir viajando y escribiendo. ¿Cómo describirías tu relación con los viajes?

LG: Me gusta viajar. Me gusta el movimiento. Me gusta mucho. A veces es un poco agotador cuando llegas de un país, te quedás un día y medio en tu casa y salís para otro. Pero también gran parte de mi vida social transcurre con mis amigos en otras ciudades. Entonces en Chile, por ejemplo, siento que llego a un lugar como acá, como mi casa. Tengo muchos amigos y me da mucho gusto salir a cenar con ello. Salgo mucho cuando estoy afuera. O sea cuando viajo hago toda la vida social que por ahí no hago acá, porque estoy encerrada escribiendo. Eso me alimenta mucho, me encanta. No hay nada que me dé más placer que ir a una librería en una ciudad desconocida o saber que voy a llegar a Santiago de Chile y que el lunes tal ceno con una amiga e intercambiamos libros. Me gusta, también, viajar por trabajo. Recuerdo un viaje a Copiapó, al norte de Chile, donde estuve diez días. Alquilé un auto, ya que tenía que ir todos los días hasta la punta de Los Andes por un valle, y fue muy grato. Me gusta mucho manejar en la ruta y hacer esta cosa de, como periodista, ver algo que te llama la atención, detenerte, quedarte mirando, golpear la puerta, decir “hola qué tal”, entrar a un pueblo que se llamaba Tierra Amarilla, minero, y decir “bueno, ¿qué cuento acá?, ¿por dónde pasa la historia?”. Quedarte en un bar de camioneros mirando un rato, escuchando hasta que decís “bueno, va a ser por acá, tengo que conseguir un tipo que tenga tal cosa, a ver quién puede ser el granjero que perdió la tierra”. Eso me fascina. Me encanta esa sensación de adrenalina de llegar a un lugar y no saber si vas a ser capaz de abordarlo. ¿Cómo se cuenta un lugar? Es difícil. Entonces, me gusta mucho viajar. Cuando viajo mucho me quejo mucho, ante mí misma, porque no me quejo ante nadie que no sea yo misma. Pero si no me muevo me adormezco. No me gusta.

AZ: Antes hablábamos de literatura. Siempre te reconociste como una ávida lectora. ¿Es así? ¿Qué leíste recientemente?

LG: Leo mucho todo el tiempo. A veces menos de lo que quisiera. Leo mucho también por cuestiones de laburo. Una buena parte de los libros que leo son libros que tengo que leer porque estoy haciendo un trabajo determinado o porque tengo que entrevistar a un escritor. No me gusta leer muchos libros a la vez, pero acá en Buenos Aires es un poco lo que más hago. Leo un poco de acá, un poco de allá, un poco de otro lado. A veces paso por etapas en que me cuesta mucho concentrarme porque estoy con la cabeza más bien metida en una crónica, en lo que estoy escribiendo. Empiezo una novela de Carrère, la dejo, empiezo una de Irving, la dejo, vuelvo a la de Carrère, la dejo, agarro la última de Eugenides, la dejo. Es como una cosa medio esquizoide. Pero sí, leo mucha ficción. No escribo ficción. Hace años que dejé de escribir.

AZ: ¿Podrías nombrar algunos de los escritores o las escritoras que te marcaron?

LG: La última que me marcó es la cuentista y novelista norteamericana Lorrie Moore. Empecé a leerla hace más o menos diez años más o menos y sigo leyéndola con devoción. Esa fue una marca fuerte. Tengo muchos escritores favoritos, sobre todos los americanos. Me gusta mucho John Irving, (Jeffrey) Eugenides, Michael Chabon, (David) Foster Wallace, (Jonathan) Franzen, aunque es como la némesis de Foster Wallace pero me gusta mucho. Eran muy amigos pero por lo general hay como una puja de “si te gusta este no te puede gustar el otro”. Me gusta también F. Scott Fitzgerald, para mí es como una especie de figura literaria con una prosa… una elegancia infernal; Anne Tyler, Richard Ford, me gusta muchísimo Tobias Wolff. Mis primeras lecturas eran más bien novelas, la novela decimonónica francesa o inglesa. George Eliot, (Gustave) Flaubert, Stendhal, todo eso. Era muy lectora de eso y me ha influido mucho, sobre todo en esta cosa de la novela con mucha trama, mucho personaje, muy dickensiano todo. Obvio que cuando era chica me leí todo el “boom”: (Gabriel) García Márquez, (Julio) Cortázar, (Mario) Vargas Llosa, menos (Carlos) Fuentes, que nunca me llamó la atención. En su momento fueron influencias. Me gustan mucho algunos contemporáneos, Alejandro Zambra, el chileno, es increíble. El mexicano Julián Herbert, que es infernalmente bueno, la chilena Alejandra Costamagna también. Y de acá, Alan Pauls me parece que es tremendo. Pero si, leo mucho. Siempre estoy a la pesca. Hay una escritora americana que se llama A. M. Homes que también me gusta mucho; y poetas: (Arnaldo) Calveyra, Idea Vilariño, (Nicanor) Parra, los clásicos T.S. Eliot, (William Butler) Yeats. La poesía española de (Federico) García Lorca, (Francisco) Quevedo me fascina.

AZ: Y sobre otros consumos culturales, cine o historietas, por ejemplo, ¿consumís? 

LG: Sí, sí, el cine mucho. Respecto a la historieta, siempre fui muy consumidora. De chica leía pilas y pilas. Me bajaba una pila de historietas D´Artagnan y Tony por día. En mi casa hay un archivo gigante con esas historietas. De grande me empezó a gustar la novela gráfica. Para mí la obra magna de eso es Maus (1980), de Art Spiegelman, que es increíble. Me gusta mucho un trabajo que está haciendo una mujer estadounidense que se llama Alison Bechdel que tiene dos libros: Fun Home: una familia tragicómica (2006) y ¿Eres mi madre? (2012). Son novelas autobiográficas muy buenas. Me gusta mucho Persepolis, también lo que hace Joe Sacco. He visto muchas editoriales publicando a un novelista con un historietista haciendo una novela gráfica, o a muchos periodistas haciendo eso, y está bien, me gusta ver eso. Pero sí, la historieta es un género que me interesa mucho, pero de todos: desde Asterix y Obelix hasta la época de oro de la historieta de acá: El Eternauta y la época de oro de la historieta acá los ’40, los ’50 que fue fabulosa: Salinas, Giménez, toda esa gente me parece genial y no puedo creer que no sean próceres aclamados en la calle. Me parecen los tipos más geniales del mundo. Porque además tienen una capacidad lúdica que la conservan hasta que se mueren. Tipos que tienen, no sé, 60, 70 años y siguen dibujando el avioncito de la segunda guerra y lo ponen al tipito. Me parece increíble. Es absolutamente genial tener esa capacidad. Creo que los historietistas combinan esta cosa de mucha sabiduría, mucho conocimiento y mucho estudio, con una capacidad lúdica; señores grandes pensando qué bonete le van a hacer a un personaje. Me parece increíble.

AZ: Te tocó hacer perfiles y crónicas de gente muy variada, desde Yiya Murano hasta Nicanor Parra. ¿Alguna anécdota que recuerdes que se haya escapado de tus textos?

LG: Creo que no, las que están son las que están escritas, si no la escribo es porque no la encuentro, salvo que haya sido algo que haya quedado porque no venía a cuento. Por ahí porque me involucraba a mí, no tenía que ver que lo escribiera. Si de pronto recordamos y hablamos de cada reportaje por ahí te digo “só, no sé, qué se yo…”, pero no, la verdad que no. No se me ocurre ahora así como ninguna cosa ni inquietante, ni deslumbrante, ni interesante.

AZ: Por citar un ejemplo, en el perfil que hiciste sobre Yiya Murano hay un momento inquietante en el que afirma: “Yo maté a dos personas…”

LG: Sí, y después me dice que al marido. Bueno, es ese el discurso. Muy manipuladora ella.

AZ: ¿No la volviste a ver?

LG: No, no la vi más. Pocas veces vuelvo a ver a la gente, salvo que ellos busquen el contacto. Con alguna gente sí ha quedado una relación muy entrañable y con algunos me he encontrado, y no es que termina enojada, eh. Para nada, con nadie. Pero me parece que uno es periodista, no el amigo confesor ni cosas por el estilo, con lo cual mi rol siempre ha sido otro. No es, por ahí, la relación que veo que establecen otros periodistas. También tiene que ver con cuidar las fuentes. Algunos periodistas deportivos o de música de rock que van con el músico y salen y se emborrachan juntos. A mí eso no me sirve, esa cercanía extrema para contar algo. Yo necesito una distancia mayor.

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