La TV ataca

La nueva Poltergeist es la prueba de que con algunas películas, al igual que con algunos espíritus, es mejor no meterse.

Por Martín Escribano

Escrita, producida y, nos atrevemos a decirlo, codirigida por Steven Spielberg (aunque el director oficial haya sido Tobe Hooper, conocido por la original The Texas Chain Saw Massacre, toda la película huele a Spielberg), la Poltergeist de 1982 reunía varios elementos que hicieron de ella una de las grandes películas de terror de los ochenta. El típico argumento de la casa embrujada se teñía de un muy buen desarrollo de personajes (algunos hasta disfrutaban de los fenómenos telekinéticos que ocurrían en la cocina o el comedor), cierta tonalidad satírica y también fragmentos de una lograda emoción, como la primera comunicación que Diane tiene con su hija Carol Anne desde “el más allá”.

Elementos, todos, que se han debilitado fuertemente y que hacen de la nueva Poltergeist un título para seguir engrosando la lista de remakes innecesarias. En la tercera cinta de Gil Kenan (director de la aceptable Monster House) aparecen varios guiños a la original: el árbol, el placard, la tele con estática, las alucinaciones hardcore con el sello hooperiano, pero el espíritu festivo de la familia original solo se deja ver de a ratos en el personaje de Sam Rockwell. La parapsicóloga Lesh y la médium Tangina, personajes memorables de la original interpretados con maestría por Beatrice Straight y la pequeñísima Zelda Rubinstein (dispuesta a hacerle frente al mismo demonio desde su metro treinta de altura) han sido reemplazados por Jane Adams (Happiness) y Jared Harris (nuestro querido Lane Pryce de Mad Men) que hacen lo suyo de manera aceptable pero sin un atisbo de la mística de sus predecesoras. Lo mismo puede decirse de la madre de la familia (Rosemarie DeWitt, otra ex Mad Men) y de Kennedi Clements que procura ser una versión morocha de la incomparable Carol Anne.

La razón más interesante para acercarse a la nueva Poltergeist se encuentra en la escena donde los investigadores se sirven de un… ¡drone! que aporta el niño de la familia para salvar a su hermana pequeña, secuestrada por los espíritus malignos. Vía drone, el cine digital nos permite adentrarnos en lo que quedaba fuera de campo en la Poltergeist original. La jugada es efectiva a medias, pues no logra compensar los aciertos de la original, pero sirve para pensar el cine hoy. Hace rato que repetimos que más no es mejor, y la posibilidad de experimentar el “más allá”, con anteojos 3D y todo, deja gusto a poco. Por suerte, el final gana en fidelidad al film de Hooper/Spielberg.

Así y todo, quien desee explorar el subgénero de las casas embrujadas haría bien en revisar la filmografía reciente de James Wan o considerar otros títulos de los ochenta como The Changeling, de Peter Medak. La remake de Poltergeist es una prueba más de que con algunas películas, al igual que con algunos espíritus, es mejor no meterse.//z

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