La marca de la bestia

Iron Maiden se despacha con The book of souls, el primer disco doble de su extensa trayectoria y demuestra que luego de casi 40 años de historia están más vigentes que nunca.

Por Juan Alberto Crasci

Convengamos que Iron Maiden es una marca registrada dentro de la industria musical y extramusical: en 37 años de trayectoria sacó 16 discos de estudio, 12 en vivo, y 7 recopilatorios (más EP’s, DVD’s, etc.); cuenta con avión propio, cerveza propia y videojuego propio. Convengamos que inventaron el heavy metal; que al escuchar cualquiera de sus canciones entendamos de qué la va todo esto del metal, como entendemos mucho del rock con The Rolling Stones o del punk con The Ramones. Convengamos también que, a pesar de pequeños y contados deslices ―No prayer for de dying o Virtual XI―, no editan discos malos ―¡hasta The X Factor, con Blaze Bayley en voz, es un gran disco!―, como se esfuerza en decir Steve Harris en algunas entrevistas.

Al aceptar estas premisas que destacan tanto el factor artístico innegable de la banda como el comercial, podemos hablar un poco de The book of souls, el nuevo disco, que cuenta con algunas particularidades. Es el primer disco doble de la banda, editado luego de 5 años de silencio. Y lógicamente, si es un disco doble, sabemos que se trata de la grabación más larga de su carrera ―11 canciones distribuidas en 92 minutos de audio―, y cuenta con la canción más extensa de la historia de la banda: “Empire of the clouds”, de 18 minutos de duración. Iron Maiden parece querer batir sus propios récords de aguante y supervivencia dentro del mundo del rock, y lo hace con mucha hidalguía y talento. Mientras otras bandas se juntan, se separan, se juntan y hacen giras presentando grandes éxitos o material de descarte, la doncella sigue en actividad y de forma más que digna: The book of souls es, acaso, el disco más sólido desde el regreso de Bruce Dickinson a las voces y de Adrian Smith a las guitarras, allá por el año 1999, aunque peque por momentos en su extensión, por lo que es complicado escucharlo de corrido, en una sentada, para el ritmo de vida que estamos teniendo todos nosotros en la actualidad. Igualmente, es una gran apuesta la de Iron Maiden, en épocas en la que se graban discos que gracias si su superan los 40 minutos de duración.

ironmaiden015bookofsoulsYendo a lo estrictamente musical, hay un puñado de canciones que podrán transformarse en clásicos inmediatos cuando comience la gira internacional. “If eternity should fail” o “Speed of Light” tienen el gancho justo en los estribillos y en las melodías de voces como para ser coreadas en todos los estadios y no es casual que sean las dos piezas que abren el disco. Lo mismo sucede con “The read and the Black”, o con “Death or Glory”, canciones en las que la banda parece recuperar un poco de la frescura perdida a lo largo de todos estos años, en los que se empeñaron ―y lo siguen haciendo― en componer canciones largas y complejas, con diversas partes instrumentales y vocales. El disco está plagado de grandes riffs y melodías directas; puñaladas dulces dirigidas a los corazones de todos los buenos metaleros que se precien de tales, como también de arreglos de teclados y un sonido aggiornado a los tiempos que corren. “When the River Runs Deep” nos presenta un riff inicial cercano al de canciones de grandes discos de los 80, como Somewhere in time (1986) y Seventh son of a seventh son (1988), gesto también presente en “Shadows of the Valley”, con un inicio similar al de la clásica “Wasted years”, de 1986. El tema que da nombre al disco, “The book of souls”, con su atmósfera oriental nos retrotrae a los tiempos de Powerslave (1984). También nos encontramos con pequeñas innovaciones, como la utilización del piano en el track final, “Empire of the clouds”, ejecutado por Bruce Dickinson, que es además el compositor de la canción. El trabajo de las guitarras de Smith, Gers y Murray es impecable, como así también el de Harris en el bajo. Bruce Dickinson canta como en sus mejores momentos ―se recuperó rápidamente de un cáncer de lengua que lo tuvo a maltraer en el último año― y Nick McBrain, a pesar de ciertos clichés en los fills, sigue siendo el fiel compañero de Harris en la experimentada base rítmica de la doncella.

En resumen, en este nuevo trabajo de Iron Maiden no nos encontramos con revoluciones internas ni con grandes cambios de paradigmas en el sonido ni en la composición ―como toda gran marca, deben reafirmarse en sus formas adaptándose a la época―, pero sí vemos que los muchachos continúan vigentes, componiendo material nuevo de gran calidad, manteniéndose firmes en su lugar luego de 37 años de carrera. ¡Up the irons!//∆z

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