La máquina de pensar en Levrero

Agostina Luz López, Daniel Mella y Pablo Silva Olazábal recuerdan al autor uruguayo, en un nuevo aniversario de su muerte, y reflexionan sobre el legado de su obra literaria.

 Por Pablo Díaz Marenghi y Joel Vargas

Mario Levrero (1940-2004) encaja en lo que se suele denominar un escritor de culto. En vida tuvo una librería de viejos en su Montevideo natal, fue fotógrafo, hizo guiones de historietas, amó la parapsicología y diseñó crucigramas. Además, es reconocido por sus cuentos, novelas y ensayos. Está dentro de lo que el crítico Ángel Rama definió como Los Raros, junto con Felisberto Hernández. Su estilo es inclasificable aunque bien puede describirse como una mezcla de géneros como la ciencia ficción y el policial tamizados por el surrealismo. Allí aparece su versión del detective pulp Nick Carter, su mundo post apocalíptico en el cuento “La gelatina” o, también, su célebre novela autobiográfica La novela luminosa, un diario de la no-escritura financiado por la prestigiosa Beca Guggenheim que convierte en narración la apatía más absoluta.

Levrero tenía una fuerte raigambre con la Argentina. Tanto que vivió un tiempo en Buenos Aires y dio talleres literarios allí. Su escritura contagió, y aún contagia, a cientos de escritores que se cautivan con nuevas ediciones de sus libros. Leerlo es descubrir una capacidad notable de experimentación con el lenguaje, vislumbrar paralelismos con el absurdo de Aira o la geometría fantástica de Cortázar. Es conocer a un enorme narrador que exhibe y deforma sus mundos íntimos a través del delirio. A 13 años de su muerte, tres escritores influenciados por su obra lo recuerdan.

 AZ: ¿Cuál es su libro favorito de Levrero y por qué?

Agostina Luz López (Buenos Aires, 1987) es directora y dramaturga. Se formó con Lola Arias y Nora Moseinco. Es egresada de la EMAD, que dirige Mauricio Kartun. Estrenó Mi propia playa (2009) y La laguna (2012). En 2017 publicó WeiWei (Editorial Notanpüan), su primera novela.

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Mi libro favorito y no es muy original decirlo es La novela luminosa. Lo leí en unas vacaciones en México y fue en la playa una compañía pasional. Lo leía sin parar con intervalos de zambullidas al mar. Me gusta todo del libro, la obsesión detallista del día a día, los análisis de los sueños, la reflexión sobre la escritura, la descripción de la ciudad, las paradojas que va tejiendo, la descripción de sus clases, CHL, su ex mujer. Cuando lo leía sentía que estaba conversando con él y quería seguir haciéndolo sin parar.

Daniel Mella  (Montevideo, 1976) A los 21 publicó Pogo (1997) y se convirtió en una gran promesa de la literatura uruguaya. También escribió Derretimiento (1998), Noviembre (2000) y luego estuvo varios años sin publicar. Luego vinieron Lava (2013) y El hermano mayor (2017, Eterna Cadencia).

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Hay tres libros suyos que me marcaron. La ciudad, que fue el primero que leí, a mis veintiuno. No podía creer que se pudiera ser uruguayo y escribir tan bien. Ser uruguayo y estar vivo, quiero decir. Tenía noticia de los uruguayos muertos que habían escrito grandes cosas, pero de los vivos no me gustaba ninguno. Qué reales y contradictorios eran esos personajes. Qué extraño y qué inmediato era ese mundo. Robé una frase de La ciudad y la transplanté a mi segundo libro. Fue mi primer robo literario.

Después vino El discurso vacío. Ahí me pareció que estaba leyendo una cumbre del estilo. Me impresionó sentir su respiración. Y la lucidez de su mirada, y lo radical que es el juego que que juega en ese libro bajo la apariencia de que no pasa nada.

El tercero es La novela luminosa. Fue el que me produjo las emociones más encontradas. Las primeras tres cuartas partes del libro se llaman “El diario de la beca” y me parecieron un bodrio. No sé por qué. Capaz que me identifiqué con esa tendencia a dejarse estar, a dejar que todo se derrumbe. Pero me parecía sosa y mal escrita, al menos comparada con todo lo anterior. “El diario de la beca” está escrito por un muerto en vida. Lo abandoné luego de cien páginas y pasé a la última parte, a “La novela luminosa” propiamente dicha, y me electrocutó. No entendía cómo dos textos tan distintos podían caber en un mismo volumen. El diario de un muerto en vida al lado del manifiesto absolutamente vital de un condenado a muerte buscando expresar lo inexpresable. Recién después de mucho tiempo le encontré la lógica, y me pareció un bellísimo gesto final: un libro que es la admisión de un fracaso y por lo tanto, también, una rara especie de victoria.

Pablo Silva Olazábal (Fray Bentos, 1964) escritor, periodista y licenciado en Comunicación, publicó el volumen de cuentos La revolución postergada y otras infamias (2005), el de relatos Entrar en el juego (2006), el compendio de entrevistas Conversaciones con Mario Levrero (2016,Editorial Conejos, Argentina) y las novelas La huida inútil de Violeto Parson (2012) y Pensión de Animales (2015).

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El que más me impactó fue la nouvelle Nick Carter. En más de 20 años lo debo haber leído seis o siete veces, pero sin querer, es decir, abriéndolo al azar, empezándome a reír sin poder parar y cayendo fascinado por la fuerza narrativa de esa locura desopilante que no da respiro.

A excepción de La novela luminosa (y seguramente por razones fundadas: el prólogo quiere comunicar lo penoso y pedestre de la vida diaria) casi toda la obra de Levrero está escrita con intensidad, pero en el Nick Carter esa energía alcanza su grado máximo.

Este grato descubrimiento, reitero, se ha confirmado con cada relectura. Me gustó mucho también la trilogía involuntaria y los libros de cuentos La Máquina de Pensar en Gladys y El portero y el otro. También los relatos de Todo el Tiempo. En El discurso vacío me jugaron en contra las expectativas: fue un libro muy elogiado en Uruguay y eso hizo que esperara no sé qué cosa que no se cumplió; además parecía pegar un volantazo a todo lo que llevaba escrito antes. Recién, y aconsejado por Felipe Polleri, cuando me metí en la segunda o tercera lectura, alcancé a ver más allá de lo sencillo: los bordes profundísimos de una tragedia oculta.

Como lector lo que más me interesa al leer es la intensidad (a otros, por ejemplo, les interesa más la ingeniería de la obra, su estructura; a otros la intertextualidad, la innovación estética, etc.) y Nick Carter es el libro donde la energía levreriana aparece en su estado más puro y demencial, sin ninguna clase de ataduras (tal vez porque lo escribió como ejercicio privado, humorístico, para varios amigos, entre ellos Marcial Souto y Jaime Poniachik, quienes quisieron editarlo de inmediato). Levrero no lo quiso firmar porque consideraba que dañaría su carrera como escritor serio (en Uruguay la seriedad es virtud suprema) por lo que  apareció con otro nombre: Jorge Varlotta.

Hace poco me regalaron la primera edición y es grato ver que en el soporte libro continúa la esquizofrenia: el pie de imprenta de la última página lo data como publicado en 1975 pero el copyright dice 1974. (La verdad, como siempre, la tienen las imprentas).

Algo que me ocurrió con este libro fue que me impulsó a escribir; hice una nouvelle con un detective y un ayudante muy ridículos. Luego escribí dos más con esos mismos personajes. (Las tres permanecen felizmente inéditas). Es algo que tienen los grandes libros: liberan al lector, o lo habilitan, o lo “autorizan” a comunicarse con zonas interiores que para él no tenían la categoría de arte, o eran directamente tabú. Cuando leyó La Metamorfosis, García Márquez dijo que “ah, entonces se puede”. Esto es algo que ha pasado y sigue pasando con miles de escritores –y también artistas de otras disciplinas. Descubrir algo que abre caminos para expresar contenidos que ya estaban dentro de uno.

Sobre el resto de la obra de Levrero tengo alto concepto. A propósito, debería reeditarse su volumen de cuentos El Portero y el otro, que me maravilló por lo heterogéneo (los libros de cuentos de Levrero son como catálogos de flechas que van en diferentes direcciones).

la novela levrero

AZ: ¿Cuál es el lugar que ocupa Levrero en la literatura uruguaya y en la latinoamericana?

ALL: Es como una literatura que con el paso del tiempo se va desplegando más y más, como si fuera un hilo infinito que pudiera desenroscarse de a poco pero eternamente. Yo creo que tiene un lugar muy importante, la novela luminosa es una novela que viaja de mano a mano y produce adeptos. No me gusta tanto o no sé cómo decir el lugar que tiene, no sé cuánto le interesaría a él eso, lo más importante me parece es ese camino desde donde su literatura va resonando cada vez más, saliendo de las sombras. Me gusta pensar en su literatura como un sueño que cada vez tiene más interpretaciones.

DM: Dentro del canon uruguayo se lo viene ubicando como el mejor narrador después de Felisberto y de  Onetti. Para muchos de mi generación no hay ninguna duda de que así es. Nos gustaba, entre otras cosas, que no escribiera sobre temas uruguayos ni que estuvieran en el tapete. No estaba politizado. Era libre. Tenía un mundo. En relación al contexto latinoamericano es difícil hablar. Hay tantos escritores maravillosos. Difícil y al mismo tiempo ridículo. Si el escritor de primera línea es Borges, ¿dónde quedan Nicanor Parra y Lautreamont y Arlt y Aira, dónde Rubem Fonseca y Bolaño y Lispector y Gabriela Mistral y Bioy Casares…? Creo que a Levrero se lo a seguir leyendo por mucho tiempo más. Eso es todo lo que me animo a aventurar. Casi todos sus libros han sobrevivido olímpicamente el paso del tiempo, y no veo por qué no vaya a seguir siendo así.

PSO: Para mí es difícil decirlo, todos los rankings son circunstanciales y más que nada, mentirosos, porque están pautados por razones extra-literarias que a menudo provienen de la sociología, la política, la publicidad, las armazones teóricas, los cánones, las fuerzas académicas, etc. Son razones esencialmente externas al goce lector que siempre es individual (a mí un libro me funciona o no, es así). Por si fuera poco, vivimos una época donde “todo lo sólido se desvanece en el aire” a una velocidad cada vez mayor y cualquier ranking durará lo que un suspiro.

Sí puedo constatar una obviedad: su valoración internacional -y tal vez por reflejo, la uruguaya- no ha parado de aumentar.

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 AZ: ¿Creen que existe un “Estilo Levrero”?  Si creén que sí, ¿cómo lo definirían?

ALL: No soy una conocedora de toda su obra. Más bien, de la última parte, por llamarlo de alguna forma, su escritura autobiográfica, que tal vez dicho de esa forma suena a reducción. Me gusta sus particulares observaciones de la vida, de las rutinas, de las ruinas de la rutina y cómo esas descripciones están llenas de humor y arman ese puente entre lo oscuro y lo luminoso como parte de la vida. Me atrae cómo hurga en el escribir, en las imposibilidades de escribir, y en sus posibilidades también. Y sobre todo esos últimos libros son perfectos autorretratos, análisis de si mismo elocuentes y profundos, donde se mira sin ninguna piedad pero con todo el encanto de su propia mirada.

DM: No sé si hay un estilo Levrero ni si puedo notarlo en mi escritura. Quizás se asome cuando armo frases confesionales. Pero parte de su estilo es la manera en que Levrero se paraba frente a su literatura: como un acto íntimo, y como algo que solo podía suceder en un trance. Eso es lo que me influencia hasta el día de hoy.

PSO: Lo principal es la intensidad y la transparencia de su prosa. Trabaja las palabras para que no se noten (por eso elige las más comunes y por eso su puntuación es exacta, para asegurar la fluidez de la respiración en la lectura). Todo está hecho para que el lector acceda lo más directamente posible a su imaginación. No es un orfebre del lenguaje en el sentido de buscar la belleza de la expresión.

El único libro que escribió con prosa elegante y cuidada es Caza de Conejos: ahí se nota un afán de exquisitez propio de la minificción y de la poesía. Pero, bella o no, su prosa siempre tiende a la invisibilidad (esto hace que sea ortodoxa, como dijo Leo Maslíah: Levrero no quiere romper la gramática ni la sintaxis).

AZ: ¿La lectura de Levrero influyó en sus maneras de escribir? ¿Dónde notan sus huellas?

ALL: La novela luminosa influyó bastante en la escritura de mi primer novela, llamada WeiWei. Tienen puntos de contacto. En WeiWei la narradora está en una residencia de escritura en un pueblo medieval cerca de París y Levrero acaba de ganar la beca Guggenheim por la que inicia ese diario de escritura. Las reflexiones sobre lo que es escribir están presentes en ambas novelas y creo que la novela luminosa y el discurso vacío dejaron en mí sus huellas inevitablemente.

Recuerdo el libro No leer de Alejandro Zambra donde dice que Levrero dijo que novela es todo lo que existe entre tapa y contratapa. Siempre cito esa frase porque WeiWei es una novela fragmentada y rara, pero una novela al fin.

Me parece increíble que esa última obra suya sea tan descomunal, tan llena de sentidos y tan vasta, como si esa proximidad con la muerte le diera vida a todo el pasado y a ese presente.

Levrero siempre va a influir en mi forma de escribir porque es de esos autores a los que siempre voy a volver. Confirmó mi devoción porque al invocarlo se me vienen miles de imágenes y palabras de sus novelas. Empecé a estudiar la psicología/filosofía jungiana este año y también ahí descubrí los puntos de contacto con Levrero. En la novela luminosa manifiesta su admiración por el autor y es verdaderamente sagaz en el análisis de sus sueños.

PSO: Es difícil (para mí) ser tan analítico de mi escritura. Como en otros escritores la liberación y el entusiasmo que me genera su lectura es lo que más me ha impresionado. Salvo en el caso fulminante de Nick Carter, no veo contagio alguno, pero estás hablando con el paciente, no con el médico.

AZ: ¿Pueden contar alguna anécdota que lo incluya a él o a un libro de él?

ALL: Cuando leí La novela luminosa, estaba en Tulum, en México como dije. Dormíamos en una de esas cabañas que están directamente en la playa, sobre el mar. Un día me levanté a las cuatro de la mañana porque el ruido del mar me parecía muy fuerte, como abrazador y volcánico y no me dejaba dormir. De paranoica, busqué en Google si había habido un maremoto o algo así, pero nada pasaba. El ruido del mar de noche puede producirme temor, la inmensidad y la oscuridad juntas me provocan eso. Ya nos estábamos por ir, y el último día de vacaciones me llegó la noticia de que tenían que operar a mi sobrina. Después leí la noche del mar y el miedo como presagio de una noticia que me iba a generar mucho dolor. El taxi desde Tulum al aeropuerto lloré sin parar, las diez horas de avión lloré sin parar. Toda esa secuencia de la noche y los presentimientos y las visiones me pareció muy la novela luminosa y Levrero. Si en algo coincido con él, es en estar atenta a los sueños y a las señales que están todo el tiempo presente, quiera uno verlas o no.

DM: Lo vi y conversé con él una sola vez. Mi amigo Ricardo Henry, que era el primer lector de mis manuscritos, ofreció llevarle el manuscrito de Derretimiento a Levrero, del que era amigo. A mí la perspectiva que me encantaba y espantaba y accedí. Un par de semanas después aparecía su voz cavernosa en el teléfono citándome a su casa a las 4 de la tarde, pidiéndome que no tocara timbre ni un minuto antes ni un minuto después: de otro modo él no tenía forma de saber si era yo el que tocaba timbre. Yo tenía 21 y para mí él era un dios, o una especie de extraterrestre, y llegué quince minutos antes de la hora y me quedé abajo fumando y haciendo tiempo. Cuando se acercaba la hora pensé que quizás su reloj estuviese desfasado con el mío y entré en un estado de agitación. Lo único que podía hacer era guiarme por mi reloj, así que lo hice. Me atendió su mujer. Me hizo subir. Me abrió ella la puerta del apartamento y me pidió que esperara en un living lleno de libros. Ahí estuve otros quince minutos, a puertas cerradas, sentado en un sillón. A medida que pasaba el tiempo me crecía la sospecha de quizás Levrero me estuviese espiando por algún hueco en la pared o entre los libros o mediante algún sistema de cámaras, y empecé a actuar una calma. Me sentía un personaje de uno de sus cuentos o novelas. Podía pararme y ejecutar alguna acción absurda para deleitarlo o confundirlo pero no, me quedé sentado, y cuando finalmente apareció estaba todo desastrado. Tenía un buzo con los hombros llenos de caspa y la bragueta del pantalón salpicada con agua e iba de pantuflas y tenía una barba gris sin recortar. Me condujo a una cocina donde nos sirvieron café en pocillo y nos dejaron un plato con cuatro o cinco macitas. Entonces me dijo algunas cosas increíbles, en una voz muy lenta y grave. Lo primero fue que se había dado cuenta de mi robo, cosa nada extraña porque había sido flagrante y casi textual: se trataba de la primerísima frase de La Ciudad: “La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas y ventanas por mucho tiempo.” Pero no estaba ofendido; se había sentido halagado. Luego dijo que le había parecido brutal y que no había terminado de leerla porque le había afectado el estómago y el sueño, cosa que me pareció buenísima. La iba a recomendar para publicación en Trilce, la editorial donde él publicaba por aquellos tiempos -y fue lo que terminó haciendo. Luego dijo que yo era el mejor escritor que él había conocido en persona. Con el tiempo pude poner esa declaración en perspectiva. Acabé conociendo a varios de sus alumnos de taller y a todos los trataba de grandes escritores, pero por aquel entonces yo ignoraba que no le costaba halagar a los demás y se me nublaron los sentidos y se instaló un silencio que duró hasta el final. Hablamos de escribir un buen rato más y solamente nos recuerdo sentados a la mesa, su boca y sus manos moviéndose poco, yo asintiendo y respondiendo, supongo, alguna incoherencia. Recuerdo sentirme en presencia de la literatura, como envuelto en el espíritu de la literatura. Y recuerdo haber pensado que nunca más iba a querer verlo. Sentí miedo. Levrero no parecía estar bien. Era, a mis ojos jovencísimos, un tipo insalubre. Alguien que se había destruido para crear. Yo quería ser tan bueno como él pero no quería terminar así. No quería que se convirtiera en mi maestro. Con el embrujo de sus libros me alcanzaba.

PSO: La primera clase de su taller virtual consistía en escribir un cuento a partir de una consigna. Mario me dijo mucho después que la ponía porque la gente venía con “ganas de narrar” y tenían que desfogarse antes de empezar el proceso verdaderamente dicho.

Yo escribí un cuento de una sentada y se lo envié casi sin revisar, con la idea de que me señalara los errores. Le puse un título de ensayo “La revolución postergada”, porque paseando por ahí vi en una librería un libro de sociología o de gastronomía que me llamó la atención: “El maíz en América, la revolución postergada”).

Mario me contestó con este mail, escrito en mayo del 2000:

1ª consigna: “La revolución postergada”

Che, el cuento es bárbaro: no sé para qué querés el taller. Me hizo reír a carcajadas –además.

Bueno, parecería que sos un narrador completamente formado; los  ejercicios no sólo se ajustan perfectamente a lo que pide la consigna sino que van más allá.

En cuanto al relato, te aconsejo cambiar el comienzo, porque estas frases truncas las uso desde hace unos años y seguramente hay algunas docenas de textos que empiezan igual. Digo, para cuando lo vayas a publicar.

                        Cordialmente, Mario.

El cuento terminó dándole título a mi primer libro, La revolución postergada y otras infamias, que salió en 2005, al año de la muerte de Mario. Fue un libro que él corrigió con (sorprendente) rigor tres veces a lo largo de varios años; por pudor, temor, timidez y otras estupideces por el estilo omití ese dato, que no figura en el volumen. Aunque a nadie le importe, aprovecho para salvar ese silencio y expresar mi gratitud.

Una aclaración final: no todos los textos que le envié en ese taller virtual (que duró tres meses) fueron tan bien recibidos como el primero; al contrario, cuanto más me esforzaba en “escribir bien”, más los criticaba. Pero que haya escrito el cuento de una sentada me hizo reflexionar, mucho después, sobre la importancia que tiene el destinatario cuando escribís un texto: abre puertas a la creación.

Y otro detalle más: no le hice caso sobre cambiar el comienzo y el cuento quedó tal cual fue la primera vez.//∆z

 

 

Un comentario en “La máquina de pensar en Levrero

  1. Me gusta el abordaje plural. Coincido con que Levrero tiene algo, un “no sé qué” que se contagia con facilidad y que te mantiene enganchado. Yo lo conocí hace cuatro años y sigo con esa comezón.

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