Instinto domiciliario, de Juan Pablo Gómez

Esta primera novela, premiada por la Dirección de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires y publicada por la editorial Santiago Arcos, explora en detalle un tema cada vez más sensible en la sociedad actual: ¿cómo vivir juntos? Con una visión desesperanzadora y desesperante, Juan Pablo Gómez nos otorga una posible respuesta que, como todas las verdades, puede ser difícil de asimilar.

Por Alan Ojeda

Hernán, cuya relación con su novia parecía estar condenada al fracaso, encuentra un buen aliado en la muerte, que inesperadamente transforma a su pareja en un cuerpo inerte, en el que los defectos son sólo la sombra del pasado. El personaje no le habla al lector, no le interesa:

“Mugre en el baño, en el piso, en la cocina… Hay también una cucaracha flotando dentro de la olla, con las patitas para arriba. Cuando abro la canilla de la pileta, el chorro la sacude; a veces la hace girar. Pero siempre navega y vuelve a arrimarse a la pared de metal, con los mástiles peludos y antenas de proa. Lleva días ahí, yendo y viniendo, muerta pero viva.

Toda esta mugre no es contra vos, Paula, es mugre y nada más.”

Solo así es posible reanudar las cenizas de una relación. Ya no hay más comunicación que un monólogo eterno, es decir, el fracaso de toda posibilidad de convivencia. Hernán ahora puede desplegar su amor. Eso que antes era simplemente un espíritu sumiso que amaba con silencio y admiración el irritante carácter de su novia ha sido transformado. Instinto domiciliario es la versión romántica actual de “El extraño caso del señor Valdemar” de E.A Poe, pero aún más terrorífica si se lo observa con detenimiento. ¿Por qué? Porque el mesmerismo implicaba una visión trascendental, la vida después de la muerte, el más allá, en cambio en Instinto domiciliario no hay más nada, absolutamente nada más que un hombre luchando contra la fatal descomposición del cuerpo de a quien aún ama.

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La historia se desarrolla sin vertiginosidad. Pese a su brevedad la novela transcurre con calma mientras la psiquis de su personaje principal comienza a hundirse sin pausa en un loop imaginario de recuerdos e imágenes, el único lugar donde las cosas aún se mantienen vivas.

Hernán logra hacer exasperar al lector con su inutilidad esencial. Como Bartleby o la familia de El séptimo continente (1989) de Haneke, comienza a desprenderse poco a poco de toda humanidad. La forzosa convivencia con su tía moribunda y su anciano novio desestabilizan la armonía mortuoria del departamento donde vive y lo obligan a pasar torpemente a la acción. Sin embargo, el conflicto familiar no es lo más importante. No hay que olvidarse que, antes que nada, esto es una narración de amor. La necrofilia es solo una anécdota.

La propuesta es perturbadora. ¿Qué es un cuerpo sino un “algo” indeterminado que ya no pertenece a la vida, pero sigue ahí, inundando nuestra percepción de vacío? ¿Cómo llenar ese vacío? ¿Es esa nada corporalizada una oportunidad?

Juan Pablo Gómez parece señalarnos que, hoy en día, con nuestro nivel de individualismo y neurosis, la muerte sea quizá la única posibilidad que tenemos de amar.//∆z

 

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