El tren de los suicidas, de Matías Nicolaci

La tensión entre tiempo y espacio como posibilidad o intersticio para acceder a lo real predomina en el segundo libro del autor, editado por Añosluz.

Por Damián Lamanna Guiñazú

“Espada del augurio, déjame ver más allá de lo evidente”

En el episodio número 7 de la primera temporada de los Thundercats, los héroes felinos se quedan sin thundrilio, un mineral indispensable para el funcionamiento de su tanque y su cubil. Con la necesidad imperiosa de conseguir reservas deben salir a recorrer el nuevo planeta –lógica exploradora si la hay, conocer para subsistir- sirviéndose de unos detectores portátiles. Más allá de las contingencias de siempre, protagonizadas por mutantes torpes y amazonas primero desconfiadas y luego colaborativas, es Tigro –el felino más mental/místico de todos- el protagonista de, como diría Piglia, la segunda historia que todo buen cuento debe tener. Guiado por el aparato, Tigro se adentra en una caverna –la caverna del tiempo sabremos después- que en apenas segundos lo hace envejecer hasta dejarlo postrado al borde de la muerte. Es ahí que el peligro llega a la espada del augurio, poética por excelencia, capaz de abrir la grieta en la vida prosaica, para que sus amigos acudan a rescatarlo. Tenemos un espacio fantástico donde el tiempo corre a mayor velocidad, una boca del lobo que puede comerse a los que intenten atravesarla, pero la resolución es lo verdaderamente asombroso. Chitarah, la felina más veloz de las ficciones, decide entrar a buscar a su compañero y lo hace con una simpleza abrumadora. En apenas segundos logra recorrer la caverna y rescatar a Tigro sin que el paso del tiempo alcance a afectarla (de modo visible, al menos). Su destreza logra imponerse al espacio y al tiempo que rigen allí dentro y en ningún momento esta posibilidad se pone en duda. Luego, Tigro rejuvenece gracias a la fuente de la vida (el agua lava la oscuridad de la tierra) y el episodio, como la gran mayoría, termina en tono festivo, con todos los protagonistas riendo, jóvenes y fuertes.

Como sabemos, la memoria se despliega de modo arbitrario e incontrolable y, aunque las tardes viendo dibujos animados fueron infinitas, son éstas y no otras las imágenes que siempre vuelven. La potencia de la paradoja y el enrarecimiento que confluyen dentro de un relato, la ruptura de una primera lógica para que los niños logren lo fundamental, desconfiar de las reglas tangibles, aprender a subvertirlas o, al menos, creer en la posibilidad de intentarlo. Leer a Matías Nicolaci me hace recuperar ese momento. Apenas comienzan sus historias –historias que se despliegan cuando hay un lector y es tan obvio que a veces se olvida, pero el poder de la literatura es el oído especular de la voz propia en las palabras de los otros-, es difícil no caer en su ritmo y sus obsesiones. En el caso de El Tren de los Suicidas (Añosluz 2015), su segundo libro, consisten en la tensión entre tiempo y espacio como posibilidad o intersticio para acceder a lo real. A ese abismo neutro que también puede adquirir el nombre de vacío, nada o Dios.

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Como en muchas grandes historias, en la mayoría de los textos de Nicolaci siempre hay una pieza inicial que falta y moviliza al narrador/protagonista a intentar identificarla. Un recuerdo difuso e idealizado o algún momento de ruptura o trauma irresuelto que cambia su vida para siempre y lo lleva a buscar la disolución. Esa ausencia –cuadro vacío, si se piensa en un relato paradigmático como “La carta robada” leído a través de Deleuze- presupone la existencia de una frontera que siempre será necesario cruzar o poner en crisis. La literatura -para el Nicolaci que yo me inventé- es un acto de valentía que nunca necesita tirar a quemarropa (o al bulto) si no que parte de alguna emoción filosófica y acaba matizada por un giro absurdo que ni siquiera sorprende a la “víctima” (quizá ahí es donde se escucha con fuerza la voz de uno de los/sus evidentes grandes maestros, Mario Levrero).

Ya en su primera novela, Errar (Añosluz 2013), la propuesta del autor resultaba simple y clara. Primero salir del sistema de consumo (me queda una imagen grabada sobre evitar la vida social para no consumir y a la vez excusarse en la pobreza para evitar la vida social). Luego, ir en busca de un anhelo propio hasta el momento suspendido. En este caso la luna (nombre de un amigo de la infancia perdido, Luna) como idea infantil irrenunciable. El gesto humanista de Nicolaci insta a ir por nuestro imposible, aquello que está ahí y genera las primeras perplejidades de la vida. Salir de la enajenación. Quizás no encontremos nada y la línea que nos separa de lo indecible se mueva hacia adelante, pero al menos haciendo pie en esa frontera podremos ver la imposibilidad de la relación entre cosas y palabras con mayor conciencia y nitidez: proyecciones espectrales del lenguaje, reglas puestas por (nos)otros siempre intangibles.

Justamente, la búsqueda simple, existencial, de Errar se reactiva en El tren de los suicidas con la única premisa de aceptar una atmósfera enrarecida y neblinosa. Así nos identificaremos con personajes que nos recuerdan el cine de David Lynch (ese hombrecito) y la estética de lo horrendo de escritores que no terminan de ser olvidados como Elías Castelnuovo. Acceder a esa otredad a través de giros de lo que podríamos llamar un fantástico filosófico –el mejor ejemplo es el cuento “De la lentitud”- cuya dinámica es la siguiente: primero un razonamiento sobre el tiempo y el espacio, lo real, el lenguaje o el concepto “universal” que se elija. Este razonamiento puede partir del personaje más inesperado (en los textos de Nicolaci nadie es lo que parece en un principio y un departamento de un edificio céntrico cualquiera puede convertirse en un laberinto y un idiota, en un genio de la física). Luego, la irrupción de lo extraño que derrumba ese razonamiento inicial desde su fisura y lo hace cambiar de dirección. Un sujeto al que el mundo se le va de control. La serie es extensa y acá no se trata de glosar el recorrido del libro, porque la idea es incentivar su lectura.

Para concluir me interesa detenerme en la solapa de El tren, primer y único momento donde aparece una tercera persona y uno de los mejores y más elocuentes paratextos que haya leído. Las palabras con las que se presenta al autor son “Matías Nicolaci nació en julio de 1983. Estudió filosofía sin obtener diploma alguno. Es apenas un empleado público del país. Padece de discapacidad social aguda. Habita en un departamento de un ambiente –sin cable, sin Internet, sin televisión y sin teléfono- cuya ventana destila luz hasta las cinco de la mañana.” El autor y todas sus proyecciones habitan una forma de caverna. La que todos conocemos, la que está repleta de oscuridad y deja entrar apenas una luz que proyecta imágenes en las paredes (¿el texto de Platón sigue vigente por su genialidad o porque se construyó una civilización sobre sus palabras?). Ni la tecnología logra ingresar para darle forma a ese vínculo con el afuera. Solo queda el lenguaje, como distorsión del mundo real y en él existe la mayor y más poderosa posibilidad: la literatura. Al igual que en las ficciones infantiles, resulta imperioso romper con las reglas caverna adentro, visualizar las fronteras e ir detrás de ellas. Expandir el mundo depende de liberar más y más nuestras palabras. En este caso, envejecer adornando las paredes del universo personal también es un modo de ser cada día un poco más libres.//z

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