El milagro de la distorsión

La primera noche del Festipulenta vol. 17 hizo vibrar el ZAS con Riki Riki Tave, Los Pakidermos, Los Espíritus, La Cosa Mostra y El Perrodiablo.

Por Martín Barraco y Sebastián Rodríguez Mora

Fotos por Nadia Guzmán

Entre los pocos parroquianos que delante del escenario esperaban a que comience el primer show, un tambaleante empezó a desnudarse. Sombrero, camisola, pantalones, slip: todo fue quedando en el suelo, hasta que Microbio –así al menos se decía que era su nombre- quedó en estado paradisíaco, antediluviano, auténtico. “Che, hay un tipo en pelotas”. El tintineo de los vasos y el murmullo de los comentarios que se fueron acercando desde la barra al fondo de Zaguán ocultaron en parte el comienzo de algunos ruidos disonantes (aunque humanos), provenientes de detrás del precario telón. La desnudez del performer atrajo toda la atención y pocos cayeron en cuenta de la presencia del grandote encapuchado, que se debatía cada vez más desganado –o cómodo- dentro de una camisa de fuerza.

“¡Que se caiga la máscara!” fue su leitmotiv. Microbio se transformó en un fauno, un pequeño saltimbanqui poseso, un j’accuse torturador. El encamisado enorme se debatía, sufriente, mientras su partenaire le y nos explicaba a los gritos el verdadero significado de ser loco, pirado, quemado. Dejar caer la máscara implica desmontarnos de la espalda a esa abuela, la conciencia; y capaz que entre las muchas resonancias que el Pulenta genere esté eso, poder desconcientizarse viendo las bandas del hoy y del mañana. Ah, y entonces Microbio liberó al encapuchado, le devolvió la cara. Éste se subió al escenario para ser Juanjo Harervack, frontman vitalísimo de La Riki Riki Tave, una banda en permamente estado de gracia.

Si ya de por sí la propuesta de sus discos es más que interesante y compleja, reponerla en el escenario con tal perfección es algo a tener muy en cuenta. Recorriendo mayoritariamente las suntuosas canciones de su último disco, Dormido Cayendo, la Riki tuvo el set más atractivo de la noche, sin lugar a dudas. La propuesta poética que esta banda gentilmente ofrece, sus disonancias perfectas, el coqueteo con lo tecno, todo eso. Sus canciones tal vez sean mejor descriptas si se las piensa como mamushkas, llenas de pequeñas sorpresas sónicas a medida que nos vamos adentrando en ellas. No tuvieron el tiempo que les hubiese gustado, pero se ganaron un lugar para próximas presentaciones en Capital, así que habrá que seguirlos.

Casi enseguida subió la orquesta de Maxi Prietto, más conocida como Los Espíritus. Estuvieron un ratito nomás, con un sonido que en principio parecía un giro de la banda hacia algo más relajado, casi unplugged. Resultó ser que el baterista hace poco fue asaltado, y como saldo le dejaron el húmero del brazo izquierdo a la miseria, fracturado. Su beat de redoblante sonaba ligero como el del jazz, y la atmósfera psicodélica de canciones como “Jesús rima con cruz” o “Lo echaron de bar” por momentos se diluía, pero sólo apenas. De cualquier manera la banda de Paternal volvió a dejar una gran presentación en el escenario del Pulenta, donde no son novatos.

Los Pakidermos power-blusearon la noche en un show estruendoso, aunque para ser justos bastante chato. Hay que destacar el despliegue escénico del espigado cantante del cuarteto de formación clásica –viola, bajo, batería y voz-, constantemente activo y rockstar en sus brillantes pantaloncetes dorados y la camisa adentro con el cuello abierto rebosante de collares. Un ligero parecido a Carca no vendría mal para que se hagan la imagen. La lookeadísima banda de Quilmes tuvo su media hora de debut en Zaguán y se retiraron a seguir cocteleando.

A todo esto, ya encarada la recta final de la extenuante fecha, pudo notarse que el Pulenta está empezando a amontonarse de caras nuevas, raras, chic demodé, si se quiere. Esto quizás sea efecto de la distribución que el espacio está teniendo más allá de la órbita de los buenos muchachos de siempre y el boca en boca que las redes sociales imponen. Para las dos de la mañana, con una inesperada lluvia cayendo sobre la calle Moreno, las puertas se cerraron y la gente esperaba afuera. Doma, el feroz frontman de El Perrodiablo, un rato más tarde se solidarizó con los pocos que hacían fila y se llevó el micrófono con su largo cable para la vereda, desde donde siguió un ratito con su ya famoso íntimo- interactivo-quilombero de cada show.

Pero eso ocurriría unos 50 minutos después, porque antes la beldad de Paula Maffía y el resto de La Cosa Mostra se tenían que hacer cargo del anteúltimo peldaño de la noche, que como siempre para algunos es escaleras abajo y para otros, escaleras al cielo. Quejándose de cómo “va decayendo la calidad de chongos en el Festipulenta” –en su opinión había poca gente en cuero-, su voz estridente que no erra una sola nota fue el caballito de batalla de un set bien guitarrero, bien arriba. Lucy Patané prende fuego su Les Paul a pura fricción violenta y los muchachitos del bajo y batería transpiran la camiseta para seguirles el ritmo a las chicas, que machacan cual dementes sus canciones de amor sangriento. Paula canta con el rouge rojo de la boca encendiéndose, casi fluorescente; las melodías se van desgranando a 150 km por hora en una solemne tormenta de acordes. Un show intenso para recibir a los campeones del bardo escénico, que estuvieron desde temprano en el puestito de merchandising ofreciendo sus remeras y discos: El Perrodiablo despierto y listo para cerrar la noche de viernes.

“Hola, somos los Massacre”, saluda Doma, y ya sabemos de qué va la cosa. Él y Walas comparten esa verborragia, pero mientras que el líder de Massacre elige hablar (y aburrir) sobre las bondades de su banda citando recortes de prensa soviética, británica y de donde sea, el Doma toma el micrófono para bajar línea: “Esta banda es el milagro de la distorsión, entre tanta música de mierda”. Clarísimo.

El Perrodiablo se suelta en el escenario del ZAS y el pogo primitivo empieza a sacarle viruta al piso. El sonido estalla en los oídos, vuelan vasos: la fiesta es total. “Los malditos”, “Las Vegas”, “Cuando ya no sé qué hacer”, la banda platense luce su repertorio con fuerza y con la alegría de saberse la banda que todos fueron a ver, algo tal vez impensado para aquellos que los vieron alguna vez en su primer Festipulenta, cuando telonearon para Viva Elástico. Rematan con “Fito Paez” (“No tengo nada contra Fito Páez, es un buen muchacho”, bromea Doma), y los abrazos arriba del escenario emulan la imagen de un campeonato ganado 1 a 0 con un gol en el último minuto. Un triunfo trabajado, con esfuerzo, de una banda que no la tuvo fácil y que después de otro show para el recuerdo, ostenta el título de campeón pulenta.

Arecia_Octubre

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