El humo indispensable

Los Espíritus y Las Edades le pusieron más calor a la noche del viernes en el CC Matienzo.

Por Santiago Segura
Fotos de Marcos Barrera

Un viernes de trasnoche en el Club Cultural Matienzo. Dos bandas de esas que aún podemos considerar “nuevas” (aunque en distintos momentos del recorrido) y buenas. Cerveza disponible. Todo tras un triunfo futbolero en la Copa América que nos predispone bien y en el marco de una noche más calurosa que el promedio, al menos para la época del año en que estamos. La propuesta cierra.

El dúo de bandas lo conforma Las Edades, la más nuevita; y Los Espíritus, que ya no tanto. Proyectos que van agarraditos de la mano más por afinidad personal que por sintonía en lo musical (al menos es lo que uno sospecha: Maxi Prietto, frontman de Los Espíritus, mezcló el debut de Las Edades, el EP-casete Cinco canciones de amor). La combinación tampoco resulta tan exótica, no confunde ni repele. Además, los tiempos han cambiado para bien: ya no hay naranjazos para el distinto. Y en el Matienzo hay que devolver los ecovasos (esos vasos de plástico un poco más duros que aquellos otros descartables, bah) para que se te devuelva el importe prepagado por los mismos, entonces mejor no revoleárselos al músico. En fin… Tampoco el público de estas bandas debe ser tan distinto entre sí.

A pesar de los anuncios en las redes sociales, era evidente que la música no iba a comenzar apenas sonada la campana de un nuevo día. Tanto que Maxi Prietto se apareció caminando muy tranquilamente a eso de las 0.30 por las puertas del lugar, mientras las bicicletas se apilaban en la puerta de un CCM que estaría colmado: desde temprano hubo cola para conseguir entradas, además de la clientela habitual del club, que incluye una buena cantidad de extranjeros y curiosos que suelen terminar adentro (para el que no comprenda: los shows suceden en un auditorio que no es el único espacio habitable del local de Palermo/Villa Crespo).

No sabría calcular a qué hora aparecieron los miembros de Las Edades en escena. Ya era tarde cuando Lea Franov, Fernando Palazzolo, Nicolás Miranda, Otto y Conte largaron con su música. Si dos guitarras eléctricas son compañía, tres suena a multitud, pero el caso de Las Edades no resultó aplanador en el sentido más estridente de la palabra. A pesar de la abundancia de seis cuerdas y de que la banda suene fuerte, mantienen la esencia pop que se desprende del EP que, como dice su nombre, cuenta con solo 5 canciones. Que sean tres los cantantes les suma puntos y les da mayor presencia escénica. Un grupo que recién arranca necesita de eso: plantarse. Se los ve contentos a ellos y ella, en ese punto de cocción medio: cuando una banda aún mostró poco de su repertorio al público (cinco canciones no son nada, digámoslo) y está entre la timidez del iniciado y la máxima que dictamina que hay que comerse al mundo. Si lo hacen, seguramente lo mastiquen despacio, para disfrutarlo más.

El otro Caso LE es muy distinto. También con tres guitarras pero una disposición sonora totalmente distinta, envolvente, abrasadora, Los Espíritus ya cuentan con cierto renombre dentro de la escena independiente. El dúo vocal Moraes-Prietto al frente, el otro dúo esencial (el percusivo, conformado por Pipe Correa y Fernando Barrey en batería y percusión… ¿cuántas manos tiene?) también adelante, pero en el sonido. Si en Las Edades se nota la frescura del que enuncia, en Los Espíritus también. Pero esta es una frescura post Alikal: más rea, cristalizada con maestría y una pizca de experiencia. Seis elementos que conforman un combo humeante y adictivo (Miguel Mactas es la guitarra que completa el trío, Martin Ferbat el bajista que completa el otro trío).

O sea: siguen siendo una banda nueva, aunque se les note la cancha, la calle. Podrían tocar en un convento y, sospecho, la atmósfera de éste se viciaría de un humo sin ellos imposible, una bruma que brota de la música, entre seductora y traidora, como la de un cigarrillo que da placer pero te mata; o como la del Ricardo Caruso Lombardi que te salva del descenso y después te deja culo para arriba. El humo indispensable. Nacieron para tocar en una cantina y esquivar los botellazos de borrachos que se fajan en incontables mano a mano simultáneos. Pero, lo dijimos, en el Matienzo el alcohol no vuela: se toma. Y a estas alturas de la noche parece que todos estamos bastante alegres, obligados por el calor (echémosle la culpa) a tener el vaso siempre lleno.

La sala está hasta las manos, repleta. Después nos enteraremos de que quedó gente afuera. Los tipos están en su salsa: tienen a la gente bailando, pogueando cuando se puede, sonriendo hipnotizada; y ellos también bailan, claro. Maxi aprovecha los silencios entre tema y tema para dedicarle el show a Tom Lupo, maestro poeta que en reiteradas ocasiones les levantó el pulgar, hoy complicado de salud. El linyera galáctico termina cantando, con una máscara puesta, que lo echan de todos lados. (Bueno… ¿terminó así? Digamos que sí aunque no estemos seguros. Si no fue ese el final, estuvo cerca).

Lupo alguna vez dijo que aquel tipo al que echan del bar, de la comisaría y de su hogar le recordaba al Señor Meursault, el protagonista de la novela El extranjero, de Albert Camus. Acá, más que extranjero hay un personaje llegado desde otro planeta y dispuesto a transformarnos con su música caliente. Pero no pudimos saber más de él porque todo acabó al rato y sí, a nosotros también nos rajaron del bar.//z

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