El final es en donde partí

Black Sabbath editó el flamante 13, el primer disco de estudio con Ozzy, Iommi y Butler en 35 años, que se sitúa entre lo mejor de su obra y cierra con una cita al debut editado en 1970.

Por Matías Roveta

Es necesario empezar por el final: cuando “Dear Father”, la apabullante canción de siete minutos que cierra el disco, está terminando y se escuchan los campanazos junto al sonido ambiente de tormenta, tan escalofriante como reconocible, todo cobra sentido. La imagen del molino de agua con el cielo gris, el frondoso bosque oscuro y esa siniestra figura negra que amenazaba con su mirada, vuelve a aparecer en escena una vez más. El golpe maestro es perfecto: 13 -el nuevo disco que reúne a tres de las cuatro partes fundamentales (Ozzy Osbourne junto a Tony Iommi y Geezer Butler) y que marca la vuelta del cantante para grabar una obra completa de estudio junto a sus viejos compañeros luego de 35 años- parece ser la despedida ideal, el álbum con el que todos quisieran recordar a una leyenda como Black Sabbath. Difícil es predecir si este va a ser el disco final de la banda, pero esa inteligente decisión de incluir a la lluvia nuevamente exige que así sea. Lo cierto es que, conscientes del poco tiempo que les queda o no, estos gladiadores de la música pesada fueron capaces de regalar un (¿último?) momento de magia musical: un álbum que emparda a sus mejores performances y termina igual a como empezó todo, en febrero de 1970, con el homónimo disco debut. Así, Black Sabbath y 13 son los dos extremos perfectos de la discografía de una banda única que, más allá de los cambios de integrantes y los lógicos altibajos a lo largo de los años, definió para siempre la historia del metal.

En esa idea manifiesta de linkear este nuevo trabajo con los mejores discos de la banda en los ’70 tuvo un rol decisivo Rick Rubin, un viejo fan del grupo y el productor estrella que trabajó en 13. Para empezar a desarrollar las ideas principales del álbum, y antes de empezar con los ensayos y las zapadas, Rubin convocó a los integrantes del grupo a su casa de Los Angeles y les hizo escuchar Black Sabbath. Los resultados están a la vista: 13 es un disco con permanentes citas al pasado, con canciones plagadas de claves musicales –algunas obvias, otras más sutiles- que remiten a los mejores momentos del periodo fundamental: 1970-1978. “End of the Beginning” incluye un punteo arrastrado y oscuro que recuerda al de “Black Sabbath” y su intervalo armónico de quinta disminuida, conocido como diabolus in musica, marca registrada de Tony Iommi. “Zeitgeist” cita directamente a “Planet Caravan” con su entramado acústico, el solo jazzero de Iommi a partir de su gusto por Django Reinhardt y las percusiones mínimas de Brad Wilk, el potente baterista de Rage Against the Machine convocado por Rubin para remplazar al gran Bill Ward. “Damaged Soul” es un blues cavernoso que desnuda las influencias en la etapa prehistórica de la banda, cuando todavía se llamaban Earth y el nombre Black Sabbath junto al concepto de hacer música que asustara aún no había hecho aparición para cambiarlo todo. El riff de “Loner” va en sintonía con esos fraseos macizos y sólidos de Iommi en los ’70 – como “Sweet Leaf” o “N.I.B”- y el de “Live Forever” trae a la memoria al de “Children of the Grave”.

Un punto aparte merece la genial “God is Dead?”, primer single del disco. El arpegio de Iommi y el tremendo bajo de Geezer (seguir con atención el pasaje que se inicia a los 7’22’’ y desemboca en el solo de guitarra) hilvanan y sostienen una historia épica en la letra, que sirve de ejemplo perfecto para señalar el estilo de escritura del dúo Osbourne-Butler. Ozzy cita al filósofo Friedrich Nietzsche y habla del infierno y Satán, pero su denuncia apunta a males bien terrenales, bien mundanos: “Ellos matan, roban y piden prestado”, exclama y en otra parte pregunta: “¿En quién podés confiar cuando la corrupción, la lujuria y el credo de todos los injustos te deja vacío e incompleto?” Se trata del mismo recurso utilizado en “War Pigs”, una canción de 1970 que iba a llamarse “Walpurgis” (en referencia a la Navidad satánica), pero cuya letra incluía feroces críticas antibelicistas en tiempos de la Guerra de Vietnam: la estética satánica como disfraz y la aguda crítica social, denunciatoria de problemas bien reales, como verdadera identidad ideológica. Otro punto de inspiración lírica ocurre con “Age of Reason”, una canción que cruza al doom y al power metal y que consagra a Iommi con el gran “maestro del riff”, tal como lo define el propio Ozzy en los agradecimientos del disco. Ozzy apela a su clásica visión apocalíptica, la misma de “Electric Funeral”, y hasta la letra parece citar las líneas iniciales de aquel clásico de Black Sabbath(1970): “¿Escuchaste el furioso trueno en el cielo? / Premonición de un mundo hecho añicos que va a morir”. El final parece acercarse y es inevitable, y un Ozzy consciente de ello indaga sobre la cercanía de la muerte en la mencionada “Live Forever”: “Yo no quiero vivir para siempre / Pero no quiero morir”. Para tranquilidad de El Príncipe de las Tinieblas 13 le pone el broche de oro perfecto a una discografía fundamental, una obra cuyo legado no morirá jamás.//z

Arecia_Octubre

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