El espejo se puede romper

La serie inglesa Black Mirror cruza a Philip K. Dick con Mark Zuckerberg y nos muestra un futuro poco prometedor. ¿Es la realidad tan frágil como la pantalla de un celular?

Por Alejo Vivacqua

Mucho se habla y se escribe  –con razón–  sobre la década dorada de las series norteamericanas.  Con hordas de fanáticos en todo el mundo, las miradas están puestas sobre la gran variedad de producciones que ofrece la televisión yanqui. Sin embargo, Gran Bretaña también vive una pequeña revolución en una época prolífica y de calidad para la pantalla chica. Propuestas como “Luther”, “Broadchurch” y “Sherlock” tuvieron buen recibimiento en el público.

“Black Mirror” también supo cosechar excelentes críticas desde su irrupción en el Channel 4 del Reino Unido, y con su posterior llegada al mundo entero (I-sat suele pasarla en Latinoamérica). Con marcado contenido psicológico, la serie indaga en la relación entre el hombre y la tecnología, y la alienación que produce y producirá un uso indebido y esclavizante de ella.

Dividida, hasta el momento, en dos temporadas de tres capítulos cada una, la serie creada por Charlie Brooker –quien además es guionista en la mayoría de ellos– nos muestra un futuro oscuro, en donde el hombre luchará por romper con la desolación de una sociedad deshumanizada.

Los episodios son dosis de alrededor de una hora y no guardan relación entre ellos, por lo que cada uno puede ser visto de forma independiente. El primer capítulo, que fue emitido el 4 de diciembre de 2011, transcurre en el presente. La princesa Susannah es raptada y, para su liberación, los secuestradores exigen que el Primer Ministro tenga sexo con un cerdo. La demanda incluye que el acto sea transmitido en vivo para todo el mundo, mientras que en las redes sociales las críticas y bromas no se hacen esperar. Cualquier similitud con la actualidad no es ninguna coincidencia. La historia se desarrolla entre la tensión y el absurdo de la situación y es, quizás, el único capítulo en el que el humor sobrevuela en el aire.

En los otros capítulos que conforman las temporadas, el porvenir se nos presenta poco esperanzador. En Fifteen millions of merits (“15 millones de méritos”) por ejemplo,vemos a unos hombres y mujeres que viven en pequeñas celdas de pantallas LED y que pasan sus días pedaleando en bicicletas fijas. Cuanto más pedaleen, más puntos (o méritos) obtendrán, y así podrán participar en un programa del estilo Britain’s got talent, en el que un jurado decidirá su futuro. Los elegidos podrán salir de las celdas y no tendrán que pedalear nunca más. Brooker ya se había metido en el mundo del reality show con “Dead Set” (2008), en donde un ataque de zombis agarra desprevenidos a los participantes encerrados en la casa de Gran Hermano.

En The Entire History of You (“Tu historia completa”) un dispositivo electrónico instalado en la cabeza que permite tener un registro de todos los recuerdos que uno tuvo en su vida sirve como punto de partida para contar la historia de una pareja acorralada por la infidelidad. Ya en la segunda temporada –estrenada en febrero de este año- el primer episodio nos muestra a  una mujer que decide sobrellevar la muerte de su pareja gracias a un complejo programa que intenta recrear lo mejor de él.

Mientras esperamos por la tercera temporada, es importante aclararlo: acá no hay clichés futuristas. No hay autos voladores ni teletransportación. El futuro distópico de “Black Mirror” es cercano, perfectamente posible con un poco de imaginación y, sobre todo, de pesimismo. El miedo funciona como motor en la serie. No es el miedo a ataques zombis o extraterrestres, sino a algo peor: a que todo se nos vaya de las manos y creemos sociedades de hombres aislados e incomunicados. Si es que ya no empezamos a perder el control.//z

Arecia_Octubre

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