Crónica de una muerte anunciada

Desde el estreno de su segunda temporada, Narcos ha sido apuntalada por las más diversas críticas. La serie original de Netflix cuenta la historia del narcotraficante colombiano Pablo Escobar y ofrece mucho más que bellas fotografías de la Colombia convulsionada de los años 80.

Por Iván Piroso Soler

El primer fotograma que ofrece la serie es sugestivo, acaso declamatorio; un sobreimpreso tipeado sobre un oscuro y nublado cielo es preciso: “El realismo mágico se define como un entorno realista y detallado que se ve invadido por algo tan extraño que resulta increíble”. Quizás, en una primera lectura de la serie, el espectador advierta como un detallado entorno a la ultra fotográfica puesta con la que se construyó la Medellín de la serie. Tapizada con estridentes luces nocturnas que se ciernen como un mantel luminoso sobre la ciudad durante la noche o enfundada en un manto verde como lo son las selvas salvajes durante el día, la Colombia recreada para la serie puede interpretarse como el entorno realista del que hablan las palabras de apertura. Sin embargo, con el transcurso de los minutos nos damos cuenta de que, tal vez, el entorno es creado por los archivos periodísticos con los que se arma la historia. Fotografías, impresiones de diarios y tapes de noticieros complementan la construcción que hacen los guionistas alrededor de la figura del prócer de la droga Pablo Escobar Gaviria. Si ambas suposiciones podrían ser correctas, ¿Cuál es el elemento fantástico al que se refieren las aclaraciones introductorias?

Producida por Netflix, en asociación con Gaumont International y escrita enteramente en Los Ángeles, la serie protagonizada por Walter Moura y Boyd Holbrook generó numerosos debates acerca de sus ataduras con lo que realmente sucedió en la Colombia de los 80. No pocas razones le da Narcos a la prensa: a partir de una sobre-estetización impactante y un guión sólido, el último gran éxito del sitio de streaming cuenta el ascenso y la caída del controvertido Pablo Escobar, una figura levantada y derribada como pocas durante los últimos años. Desde la primigenia introducción de la cocaína en el país cafetero por un traficante chileno a fines de los años ’70 hasta la muerte de Escobar, la serie hace un recorrido denso por la década más convulsionada de estas tierras. A través de los ojos del agente del FBI Steve Murphy, el espectador ve el tejido que se crea entre el narcotráfico, el gobierno colombiano y el estadounidense y la población inocente que sufre la ira del patrón. No son pocas las críticas que, una a una, se disparan contra la serie por la forma en la que cuenta esto. Sin embargo, es preciso aclarar que no escapa a una lógica que se hace cada vez más recurrente en las producciones de los últimos años: aquí no hay buenos ni malos. Los bandos se cargan con la vida de gente inocente casi de la misma manera y siempre se hace bandera del fin justificando absolutamente cualquier medio.

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Me matan limón

La primera temporada de Narcos abarca el ascenso y la espectacular caída de Pablo Escobar tras más de diez años acumulando una inmensa fortuna con el tráfico de drogas. La historia la lleva adelante el agente Murphy y es su visión la que se impone a lo largo de las dos temporadas. Aún con sus idas y vueltas entre las experiencias de este agente norteamericano y las decisiones del narcotraficante más famoso, es el personaje interpretado por Holbrook el que lleva las riendas. No está solo. A su lado tiene al agente Peña, un colombiano aliado al gobierno norteamericano para combatir el tráfico de droga en su país cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Lejos de ser la clásica trama de policía bueno-policía malo, ambos enfrentan el regadero de sangre que deja a su paso Pablo Escobar en su carrera hacia la hegemonía en el tráfico de drogas.

Curiosamente, las mayores críticas hacia la serie surgen de la comparación con su antecesora inmediata, la colombianisima Escobar, El Patrón del Mal, emitida en nuestro país en 2014 y producida por Caracol Televisión. Allí era Pablo el protagonista indiscutido y el principal foco de la trama pasaba por la gigante interpretación de Andrés Parra. Distinto es el caso de la producción de Netflix, donde el agente estadounidense impone la mirada de los guionistas sobre la realidad colombiana de aquel momento. En ese sentido se está lejos de reducir esta percepción a una cuestión simplista: si bien es cierto que la sobre-estetización que le imprime el director brasileño Jose Padilha (otrora ideólogo de Tropa de Elite) es más cercana a una Ciudad de Dios que a un Machuca, no por ello cae en una vacuidad cool y frívola. Esto no lo hace (solo) como posicionamiento. Al escapar de la lógica vacía de las viejas producciones norteamericanas que intentaban resaltar el carácter heroico de las sanguinarias empresas yankees alrededor del mundo (24, películas como Black Hawk Down), los personajes entran en tensión y se enriquecen. Murphy no saldrá distinto de la Colombia de Escobar.

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El día en que lo iban a matar, Pablo Escobar se levantó a las 5.30 de la mañana

Entonces se hace necesario volver a la pregunta hecha en un principio: ¿Cuál es el elemento fantástico que se introduce en este entorno realista? Durante ambas temporadas se observan hechos que, de no estar basados en trágicos sucesos que sufrió la población colombiana, parecerían poco verosímiles en cualquier ficción. Aviones estallados en pleno vuelo, palacios gubernamentales violados por grupos guerrilleros asociados a narcotraficantes, persecuciones a través de barrios enteros con todos los vecinos involucrados. Elementos que fuerzan el verosímil insertos en una historia de corte realista.

Quizá por haber ocurrido en un pasado inmediato, varios hechos y caracterizaciones de Narcos fueron puestos en duda desde varios sectores. Sin embargo, nunca viene mal recordar que todo lo que se ve en pantalla es artificio. Desde una super producción hasta una cámara emplazada en una esquina registrando la gente pasar. Todo está manipulado. Sea por el departamento de Estado norteamericano, registrándolo todo desde aviones que escuchan llamados, o por los designios de un rey preso en su propia mansión, todos formamos parte, de alguna forma u otra, de un cuento de realismo mágico.//∆z

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