Cataratas, de Hernán Vanoli

Mutación, adaptabilidad y Google Iris: entre guerrilleros y enfermedades mortales, las aventuras en la espesura de un grupo de sociólogos forman la nueva novela del autor de Pinamar, editada por Random House.

Por Sebastián Rodríguez Mora

En el final del Libro Primero de la Metamorfosis, Ovidio presenta a Faetón, hijo de Apolo, el cual insiste en pedir a su padre que le permita conducir alguna vez su carro de fuego y luz. Apolo accede, no sin antes prevenirlo de este modo: “Grandes pides, Faetón, regalos, y que ni a las fuerzas / esas convienen ni a tan pueriles años. / La suerte tuya mortal: no es mortal lo que deseas.” Los caballos no respetan otro peso que el de su dueño, Faetón se asusta, el carro se sale de su senda, quemando el cielo y el mundo. Ambos polos humean vapor, África se reseca y las pieles se ennegrecen. La Tierra agonizante se lamenta: “Si los estrechos, si las tierras perecen, si el real del cielo: / en el caos antiguo nos confundimos. Arrebata a las llamas / cuanto todavía quede y vela por la suma de las cosas.” Con esa última cita, Hernán Vanoli abre Cataratas.

Como su contratapa lo establece, se trata una novela de aventuras. Un grupo de becarios del Conicet, hartos de sus vidas de investigadores de la cultura, asisten a un congreso en Misiones enmarcado en un futuro demasiado cercano. Una fantasmal guerrilla llamada Surubí milita con ambientalismo marketinero para salvar a la población de una extraña enfermedad mutante provocada por la contaminación y las inversiones foráneas en represas hidroeléctricas. Cada uno de los personajes principales de Cataratas acarrea con su nombre una significación fuerte en la mitología setentista argentina: Marcos Osatinsky, Alicia Eguren, Gustavo Ramus, Ignacio Rucci y siguen las firmas. Para ellos, la revolución está en otra parte. Enfrente, alrededor, encima, pero nunca adentro. Neuróticos y aspiracionales, los becarios están llenos de deseo. El motor de sus aventuras quema dólares de a monedas acelerando poco a poco sobre el tapiz que Google Iris les mapea en sus retinas.

Una novela de aventuras genérica, si quisiéramos aislar algunos de sus componentes básicos, debe tener dos cosas: desafíos y adaptaciones. Por supuesto que tiros, sangre y muerte también, pero indefectiblemente los personajes deben mutar para sobrevivir hasta la última página. Estos becarios, obsesionados por sacar la cabeza afuera del estipendio con tarjeta de Banco Nación, lucharán por pegarla y huir. Mutar para mutar. Desean con insistencia, aman con bipolaridad, observan con frialdad cómo el territorio de sus vidas y sus destinos se vuelve filoso y dañino. Una novela de aventuras en un mundo que se derrite y se hace marea llevándose todo a su paso.

Cataratas es una novela voluminosa y sin pausas. La narración es, por suerte, casi una constante de acción, no parece haber lugar para reflexiones, explicaciones o derivas analíticas. Quizás uno de los puntos más atractivos de la lectura está en el formato de lo descriptivo. Ejemplos sobran a lo largo de sus 400 páginas: “Al volver a la terraza donde se desarrollaba la fiesta, Marcos Osatinsky se había puesto a cantar la marcha peronista con ese tono titubeante y eufórico que sólo aquellos empleados estatales con máquinas obsoletas cargadas con el sistema Windows logran cuando cantan la marcha peronista, mientras sostienen un vaso de Fernet Branca con Coca-Cola.”

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Una de las primeras conclusiones que pueden obtenerse de la relación entre literatura contemporánea y tecnología es que la mutación de los cuerpos y los destinos es tan posible como inevitable. Un pensamiento apresurado podría apilar tecnología – metamorfosis – futuro y etiquetar ese paquete con el rótulo ciencia ficción: sería un error. Cataratas, junto a Los Cuerpos del Verano de Martín Castagnet, El Recurso Humano de Nicolás Mavrakis y Las Redes Invisibles de Sebastián Robles (en menor medida, pero también La Piel de Juan Terranova) forman un reducto de libros que se ubican como nexo entre lo que entendemos por mañana y lo que sabemos del hoy: el reciente futuro al que pertenecemos. Tecnología para mudar de cuerpo, neuromarketing para modificar los gustos, foros en los que averiguar por mutaciones genéticas, centros de estética; la ciencia permite violar la reja encadenada del orden natural.

La metamorfosis al interior de Cataratas es sólo una de sus posibles lecturas, pero tal vez, en el maremágnum de caracoles gigantes, explosiones y asesinatos sea una que valga la pena recorrer (es muy recomendable esta entrevista al autor). Es una lectura un poco más subterránea, pero evidente. Superficies, subsuelos y capas de lectura; toda geología practicable a una novela contemporánea argentina siempre es bienvenida. Sus becarios harán turismo por el caos antiguo que les rodea la manzana, tan lejos de la Academia como cerca de la muerte y la riqueza. Mutar para huir, como Dafne lo hizo de Apolo. Mutar para sobrevivir y empoderarse. Cuando todo esté confundido, se trata de adaptarse o extinguirse.//∆z

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