Canto al desamor

Hay mugre bajo la alfombra musical de la favorita al Oscar La La Land, opus tres de Damien Chazelle.

Por Martín Escribano

Se lee en la contratapa de Seda, de Alessandro Baricco, que una historia de amor que es tan solo eso no merece ser contada. Con las historias de desamor ocurre lo mismo y La La Land es una de ellas. Más que por sus elogiados planos secuencia y su prometedor número musical inicial, su visionado merece la pena en tanto y en cuanto revela la subjetividad de nuestra época.

Imposible pensar La La Land sin pasar previamente por su antecesora. No hablamos de otros musicales del siglo XXI como Mamma Mia!, Los Miserables o Moulin Rouge! ni tampoco de aquellos a los que pretende homenajear como Los paraguas de Cherburgo o Cantando bajo la lluvia, si no de Whiplash, que puso al treintañero Damien Chazelle en escena.

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Allí, un desquiciado profesor Fletcher utilizaba métodos pedagógicos del todo violentos para que sus alumnos accedieran al “verdadero jazz”. Todavía recordamos las manos ensangrentadas de Andrew Newman sumergidas en hielo durante una sesión de práctica. La dinámica del amo y el esclavo estaba instalada.

Como Newman, Sebastian Wilder (Ryan Gosling) es un amante del jazz. Trabaja como pianista en un restaurante… toca para quienes no escuchan. Su sueño es recuperar un histórico club de jazz hoy devenido en un bar de “samba y tapas”. Luego de dos desencuentros, comienza una relación con Mia (Emma Stone), una actriz a la deriva que va de casting en casting y trabaja tras el mostrador de una cafetería de los estudios de Warner. Tras varios números musicales de elogiable puesta en escena, la película alcanza el status de “triunfo estético”, que no basta para maquillar el fracaso resultante de un capricho de guión. Luego de una ardua lucha, elipsis mediante, nuestros protagonistas… se separan. Nadie sabe aún por qué, pues habían sido los mejores a la hora de ayudarse mutuamente a alcanzar sus anhelados y postergados sueños. El artificio de la escena final no tiene causa más que el ego del director. Su escena de despedida hace ruido… es un gesto estéril disfrazado de sonrisa.

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Whiplash no trataba del amor al jazz y La La Land no va del amor a los musicales. Tras su record de premios en los Globo de Oro y sus 14 rimbombantes nominaciones al Oscar se esconde una lógica solidaria a la del lastre cero. El camino al ascenso laboral es demasiado empinado y muy angosto para ser transitado de a dos… las relaciones terminan siendo un incordio.

Los alumnos del profesor Fletcher no se unían para derrocar al que los sometía. El embiste contra su figura todopoderosa fue individual y fallido. El amo al que responden Sebastian y Mia es menos obvio, menos visible, pero no por eso menos efectivo. Su carácter éxtimo (es a la vez lo más externo y lo más íntimo) lo vuelve más difícil de detectar. La La Land celebra el triunfo del individuo, la inserción plena en el mercado de los sueños, el colorido camino hacia la autorrealización. Caiga quien caiga.//∆z

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