Canciones de dolor y redención

Mostruo! entrega Profunda desorganización, su disco más maduro y contundente a la fecha, para sanar las heridas de una ruptura amorosa con el sonido más pulcro que haya logrado jamás. 

Por Santiago Segura

Lo primero que llama la atención de Profunda desorganización, el nuevo disco de Mostruo!, es visual. La portada presenta novedades: esta vez, no está el característico y gracioso cíclope verde y mutante que -a la manera del Eddie de Iron Maiden-, se carga la parte animada de todos sus álbumes previos. Lo reemplaza un conjunto de moluscos y sus tentáculos sin fin… Quizá una escucha atenta ayude a comprender la decisión gráfica.

En las primeras y no tan atentas escuchas del disco, lo segundo que llama la atención es el nombre. ¿Cómo un disco tan bien elaborado, tan maduro, con un acabado sonoro maestro (desde lo técnico y desde la ejecución instrumental… ¡qué voces!), puede llamarse Profunda desorganización? Ése es el momento en que hay que desmenuzar las canciones más allá de sus logradas melodías y armonías: el tema está en las letras (el disco no tiene librillo, pero se las puede leer en Bandcamp). Ahí está la clave, y el desarrollo de una historia contada con las palabras más fuertes, oscuras y profundas que el cuarteto platense haya dicho jamás: del dolor por el fin de una relación a la soledad, el llanto y la resiliencia (la capacidad para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas) puede haber un solo paso. O un gran disco de rock.

Lean sino las primeras palabras que brotan desde los parlantes: “En lugar de la canción, quisiera que seas vos el que note que una voz anterior nos acuna como el sol, nos desprecia como la tormenta, nos obliga a preguntarnos ¿cómo podemos estar? En esta profunda desorganización, algo esencial ya no lo es más, y se va”. Más que versos de una canción, este comienzo tan narrativo y en una primera persona que estará omnipresente, da cuenta de una historia que continúa; primero, con una soledad que “no hace mal”, luego con la salvación, siempre de a dos (“salvate a vos para mí/ salvame a mí para vos”). Sólo tres canciones, el primer cuarto del disco, basta para que Mostruo! muestre sus credenciales con un sonido cristalino y canciones que profundizan la perfección formal de, vaya redundancia, su anterior disco, Perfecto. El agregado de texturas no tan comunes a su universo (la flauta que desanda la dulzura melancólica y negadora de “La soledad”; los saxos que aportan al groove funk de “Salva”) da el golpe de efecto para un cuarteto caracterizado por su formación rockblusera de espesor setentoso, como si dijeran “esta vez seremos eso y más”. Cuando bajan un cambio las revoluciones encuentran diamantes como el tema-título o “Resiliencia”.

“La piel” sigue el ineludible recorrido, también en un tempo slow, casiMotown, con una letra exquisita y de alto vuelo que guarda una mínima esperanza en lo que debería ser: el erotismo de la intimidad (“Deberíamos estar apoyados en el mar/ midiendo el gesto casual/ para estar al tanto de la piel”) y la imaginación (“Si nos miramos otra vez/ podemos aparecer/ como esos actores que se vuelven locos en París/ preguntándose por la mañana”), que choca de frente con una realidad más cruda, erosionada por el tiempo (“¿Ves esa estela de horas?/ Es el futuro que pierde sangre/ pensando qué más nos puede pasar”). A la altura de la intensa y notable “Vas a llorar” queda claro que, amigos, está todo mal. El estribillo es épico por sus guitarras circulares y otra letra notable: “La ilusión del devenir es injustamente racional/ y es la única historia que contar: / vas a llorar, siempre vas a llorar. / Una imagen gris y una expresión fugaz/ no te hacen especial/ ¿quién es especial?”. Resulta paradójico a esta altura que un viaje así de duro sea a la vez tan placentero para la escucha.

En la segunda mitad del disco, el problema es cómo seguir. Los títulos de las canciones parecen develar el enigma: “Perdí”, “Resiliencia”(que en la canción “no basta”), “El futuro”, “Todo es hoy”. Si Spinetta cantaba “una vez te ofrecí mi amor/ esta vez sólo quiero una sola cosa”, aquella “una sola cosa” del Flaco se extiende en el “Algo” de Mostruo! -¡qué guitarras beilinsonianas!- a “una sola cosa que nos haga bien”; y entre la lista de cosas que podrían hacernos bien según Mostruo! aparece “algún misterio”. Quizá se sane la herida, de a poco… y en silencio. ¿Qué misterio más grande que ése? “Sin ruido, así empieza el futuro”, dice, precisamente, “El futuro”. No más preguntas, señor juez.

“Todo es hoy” parece una sentencia demasiado fuerte para la solemnidad inicial de la canción, que va tomando fuerza hasta convencerse y convencernos de que fingir y escapar no sirve para nada. “El costado tierno” es el broche final y deja un nudo en la garganta, además de funcionar como resumen de todo lo que pasó, desde lo letrístico (“Mientras soñé, no estabas más”; “volví a sentir la soledad”; “ya conseguí mi paz”) hasta lo musical (sonido elegante, combustión grupal, y esa melancolía tan agridulce de las buenas canciones de amor y dolor; más cuando son esas canciones que saben cerrar un disco).

Es entonces, cuando Profunda desorganización se hace carne, que uno comprende lo que lograron Kubilai Medina, Lucas Finocchi, Gabriel Ricci y Luli Mutinelli. Si el característico y gracioso cíclope verde y mutante no está en la tapa es porque… el monstruo es la música.//z

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