La relatividad del error

La cuarta temporada de Black Mirror presenta tópicos ya explorados y algunos altibajos. Sin embargo, vuelve a perturbar en torno al desarrollo tecnológico y las relaciones humanas.

 Por Pablo Díaz Marenghi

Un diseñador de videojuegos freak, introvertido y tímido que se venga de sus compañeros de trabajo convirtiéndose en el tirano de un mundo virtual que homenajea a Star Trek. Una madre sobreprotectora que no tiene mejor idea que implantarle un chip a su hija para monitorear todos sus movimientos a lo largo de su vida. Una empleada de una compañía de seguros que explora recuerdos para reconstruir escenas de accidentes y se topa con la memoria equivocada. Una aplicación que le pone fecha de vencimiento a las relaciones amorosas. Un mundo post apocalíptico en donde los perros robots asesinos mandan. Un museo del horror que esconde más oscuros secretos de los que se ven a simple vista. La cuarta temporada de la serie británica, bautizada como la Twilight Zone del Siglo XXI, producida nuevamente por Netflix no es de las mejores. Retoma líneas ya trabajadas y no logra aterrorizar con pocos recursos, como en las primeras emisiones. Algunos críticos sostienen que la incursión en la industria norteamericana le volvió en contra. Que se volvió más pochoclera. Sin embargo, el ingenio de su creador, Charlie Brooker, no se detiene y aún mantiene esa esencia sórdida que le hace pensar al espectador dos veces antes de chequear una y otra vez su smartphone. A continuación, un análisis a fondo episodio por episodio. Porque la tecnología puede ser un acierto o un error. O, más bien, como lo plantea esta serie: puede ser un error relativo.

“U.S.S. Callister”:

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El episodio inicial reflexiona acerca de la posibilidad de establecer un mundo paralelo de realidad virtual donde poder darle rienda suelta a las fantasías más recónditas. Algo similar a lo que ocurre en “San Junipero” con la prolongación de la vida en un limbo digital y en “Playtest”, en donde también se trabaja el tema virtualidad y videojuegos. Sin embargo, aquí lo que perturba no es lo tecnológico. Eso es un telón de fondo. El drama se sitúa, de nuevo,  en la humanidad: el personaje de Robert Daly (Jesse Plemons), un pobre nerd al cual su amigo de toda la vida le robó todas sus ideas para convertirse en un gurú de la informática, se vuelve un dictador en el universo paralelo que creó, inspirado en una serie símil Star Trek. La recién llegada a la empresa de juegos Nanette Cole (Cristin Milioti), se vuelve inmersa en ese mundo e intentará escapar. Es interesante ver cómo se desenvuelven los delirios de este particular líder mesiánico de esta nave espacial digna de un sueño de Sheldon Cooper. El episodio se vuelve algo predecible sobre el final y el ritmo oscila entre la aventura teen y el drama. Es uno de los favoritos de los fanáticos de la ciencia ficción gruesa, un arranque simpático pero no llega al podio de lo mejor.

“Arkangel”:

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De nuevo los implantes de chip (“Playtest”), de nuevo la capacidad de registrar todo lo visto por los ojos humanos (“The Entire History of You”), de nuevo la capacidad de alterar la percepción (“Men Against Fire”) o de bloquear ciertas imágenes (“White Christmas”). Pesa a estas resonancias, que no molestan durante el visionado, es uno de los capítulos más sólidos de la temporada. Dirigido por Jodie Foster (que lleva los hilos de la narración de una manera notable) se plantea, en un comienzo, el horror de la desaparición de una hija pequeña. Es por esto que su madre, Marie (Rosemarie DeWitt), decide utilizar el sistema Arkangel en su hija, que básicamente consiste en implantarle un pequeño chip que le permitirá, por medio de una especie de tablet, no sólo controlar todos sus movimientos cual GPS sino, también, ver todo lo que ella ve con sus propios ojos. Esto en la niñez no será demasiado conflictivo. Sin embargo, en la adolescencia, será motivo de problemas. Y, como en la mayoría de los capítulos de esta serie, todo se irá volviendo cada vez peor. De nuevo, el conflicto es netamente humano y por eso aterroriza: cualquiera que haya tenido una madre sobreprotectora sabrá que no es imprescindible el sistema Arkangel para atravesar los dilemas planteados.

“Crocodile”:

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El inicio atrapa, aunque es algo trillado: una pareja atropella por error a una persona y decide, en el medio de la desesperación más honda, deshacerse del cadáver y enterrar el secreto en lo más profundo de su memoria. Años después, esta pareja se separa, ella se convierte en una arquitecta consagrada y él vuelve a buscarla para intentar convencerla de qué no puede más con su vida y debe decir la verdad. En un rapto de locura, ella lo asesina y allí comenzará un rally de delirio, sangre, sudor y lágrimas que se cruza con la trama de Shazia Akhand (Kiran Sonia Sawar) , una empleada de una empresa de seguros que utiliza un sistema de exploración de recuerdos (sí, otra vez los recuerdos) para intentar reconstruir accidentes. En una de esas reconstrucciones, verá algo que cambiará todo para peor. El episodio retoma avances tecnológicos planteados anteriormente y no logra tocar las cuerdas de la reflexión tecnofóbica de manera armónica. El personaje de Mia (Andrea Riseborough) atemoriza, por momentos, al convertirse en una asesina despiadada, pero la trama no es contundente. Es más similar a un policial liso y llano (diferente al magistral “Hated in the Nation” de la temporada anterior). Uno de los más flojos en cuanto a lo narrativo.

“Hang the DJ”:

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Hete aquí uno de los mejores episodios de la nueva temporada, que recuerda a “San Junipero” por el tono, algo más optimista, del relato y por el plot twist final. Primero se presenta a dos jóvenes, Frank (Joe Cole) y Amy (Georgina Campbell) que llegan a un bar guiados por una aplicación que recuerda a algo de “White Christmas”. Esta app, representada por un pequeño dispositivo circular que recuerda a otros ya aparecidos en la serie, también predetermina (a partir de cálculos y algoritmos) cuánto tiempo durará la pareja. Lo interesante es que, si lo hacen al mismo tiempo, pueden ver esa fecha y si no, pueden elegir dejarse llevar y sorprenderse hasta que les llegue el final. Esta pareja dura una noche. Ambos continúan descubriendo otros amores fugaces, relaciones largas y asfixiantes hasta que vuelven a encontrarse y parecería ser que su amor es real. Sin embargo, el conflicto y las dudas reaparecen, como en toda relación amorosa. El capítulo se cierra con un giro que pone en jaque todo lo anterior, algo que remite a The Truman Show, y con el tema “Panic” de The Smiths que da nombre al capítulo convirtiéndose en el segundo episodio más optimista y luminoso de la serie que invita a volver a creer en el amor más allá del influjo tecnológico que está cada vez más presente (desde la neurosis del stalkeo hasta aplicaciones como Tinder o Happn).

“Metalhead”:

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Episodio menor en la filmografía Black Mirror. Por su duración (40 minutos) le cuesta generar empatía en los personajes. La protagonista es Bella (Maxine Peake) quien junto a dos hombres aparentemente está intentando sobrevivir en un mundo post apocalíptico y al tratar de obtener mercadería de un almacén abandonado, se ve perseguida de manera extrema por una especie de perro robot de seguridad capaz de convertirse en una máquina de matar, cual T-1000 en Terminator 2. El episodio es muy bello desde lo visual y lo fotográfico, filmado en un muy buen blanco y negro. La actuación de Peake es notable, hace muy bien de una superviviente que deja todo hasta las últimas consecuencias y se vale de su ingenio para vencer a este robo-can del infierno. Sin embargo, en una serie tan nutrida de subtramas de análisis, relatos y contenido, un episodio tan falto de explicaciones (aunque, claro está, no siempre hace falta explicar todo) decepciona un poco. Aquí lo perturbador es el fin del mundo, el apocalipsis que uno pude deducir su origen en el avance desenfrenado de la tecnología.

“Black Museum”:

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No podía no ser el último capítulo de la temporada. Hasta podría ser, por qué no, el último capítulo de la serie. Es un corolario, y una consagración, para todas las cientos de teorías que circulan hace tiempo en YouTube y demás redes sociales respecto a las conexiones entre capítulos (easter eggs) y a la idea de pensar a todos los relatos de BM como parte de un mismo universo. Este museo del crimen extraño, ubicado en el medio de la nada, al costado de una ruta desértica, confirma todas las especulaciones de los fanáticos. Hasta ahí llega Nish (Letitia Wright) y conoce al derrotado y estrambótico Rolo Haynes (un gran Douglas Hodge), regente de este oscuro museo sin visitantes. En los primeros planos, si uno presta atención encontrará objetos que remiten a muchos capítulos anteriores (la abeja robótica de “Hated in the Nation”; la paleta que se utiliza en “USS Callister” para realizar una clonación genética; la tablet utilizada en “Arkangel” para monitorear a la pequeña Sara; la bañera ensangrentada donde el esposo de Shazia fue asesinado en “Crocodile”). Rolo comienza a contar oscuras historias: la de un doctor obsesionado por sentir el dolor de sus pacientes mediante un dispositivo tecnológico hasta que se vuelve un obsesivo extremo a la Crash de J.G. Ballard, o una mujer que muere atropellada y su novio revive su consciencia de manera técnica  dentro de su mente. Aquí es donde el cerebro de los seguidores de Black Mirror estalla por los aires: uno entiende, por fin, la conexión entre todos los adelantos tecnológicos presentados en la serie, la mayoría desarrollados por la empresa TCKR. La idea de apresar la consciencia (“White Christmas” y las cookies o el revivido de “Be right back”) y de trasladarla a un mundo paralelo (“San Junipero”) se gestó en este emporio de la ingeniería biotecnológica en donde Haynes pasó de la gloria al destierro en ese museo perdido gracias a la última historia que cuenta, una de las más oscuras de todos los episodios, que lo termina vinculando con Nish en un final tan Black Mirror que asusta. En cuanto a guión, manejo de los tiempos dramáticos y la factura fotográfico-visual, es uno de los puntos más altos de una cuarta temporada irregular.//∆z

 

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